CAPÍTULO 9 #2
—Si alguno de ellos se atreve a quejarse, tenemos la excusa perfecta con el ataque al castillo. No podríamos esperar a que todos se organizaran. Los MacGillivray tampoco son objeto de mi devoción. A pesar de que ninguno de ellos tiene nada que ver con los Ross, sigo sin fiarme. Mira los Comyn…
Gillian rasgó el plato con el tenedor por la rabia que le produjo el hecho de que su hermano fuera un traidor.
—Rowan tiene razón —acabó diciendo—. Alguien podría irse de la lengua e informar a Caleb. Y este, lógicamente, le diría algo a los Ross. Debemos ser más inteligentes que ellos.
Morag miró de reojo a Cora, que mantenía su atención sobre un Alasdair que estaba ligeramente rojo con la mirada también clavada sobre su cuñada.
—¿Vosotros qué pensáis? No habéis dicho nada…
Pero ninguno de ellos respondió, provocando que la atención del resto se posara sobre ellos.
Morag carraspeó y tocó el brazo de Cora, que se sobresaltó al sentir los dedos de su cuñada sobre ella. Desde su asiento, Rowan intentó ocultar una sonrisa tras su mano. Alasdair le había mentido en la cara cuando le preguntó si amaba a Cora, pues aquella mirada embobada era suficiente respuesta.
—¿Decías?
Morag le dedicó una sonrisa amable y tranquila.
—¿Vosotros pensáis que estaría bien avisar al resto de clanes implicados o no?
Cora lo meditó unos segundos, hasta que acabó negando.
—Creo que lo mejor es dejar todo como está porque tal vez alguien puede irse de la lengua y contar lo que estamos tramando.
—O tal vez aparecería el MacGillivray que va a ayudarte —sugirió Morag con una sonrisa, provocando que Alasdair crujiera todos sus dedos.
—Las únicas personas que necesitamos para llevar a cabo todo esto somos nosotros y tu clan —dijo el guerrero—. No hace falta que venga ningún MacGillivray o Urqhart para acabar con los Ross.
Morag asintió y desvió su mirada hacia Sloan, que fruncía ligeramente el ceño mirando alternativamente a Cora y Alasdair.
Si todos los presentes habían tenido sus sentidos atentos, seguramente se habrían dado cuenta de la tensión que desprendían Cora y Alasdair en ese instante, pero ninguno quiso decir absolutamente nada para evitar exaltarlos.
No obstante, lo que pasaba entre ellos era tan evidente que hasta el propio Sloan se quedó estupefacto ante lo que acababa de descubrir.
Hasta entonces, jamás se había percatado de ello, pero ahora era demasiado notorio como para negarlo.
Morag le dio una patada por debajo de la mesa, llamando su atención.
No se había dado cuenta de que miraba a su hermana y Alasdair con gesto asqueado y sorprendido.
Por ello, bajó la mirada hacia su plato y se dedicó a remover su comida.
Alasdair y Cora estaban enamorados. De eso no le cabía duda alguna, pero le parecía algo tan extraño que ya no pudo tomar absolutamente nada más del resto de la cena.
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El castillo se había visto envuelto en una especie de bruma que le impedía llegar a él.
A su alrededor, llovía como nunca. Parecía que la ferocidad de la vida se cernía sobre los Chattan y descargaba sobre ellos su ira.
Los ojos se le llenaban de gotas de lluvia, mientras que sobre su cabeza podía escuchar una infinidad de truenos que lograron arrebatarle la seguridad que solía mostrar siempre.
Alasdair miraba hacia el castillo ligeramente apartado de este.
Había salido una hora antes porque Rowan deseaba que llevara al herrero varias armas que quedaron rotas tras la última batalla entre los clanes.
Según le había dicho, su intención era prepararlas para la siguiente batalla, cuando llegaran los MacBean y marcharan todos a la guerra contra los Ross.
Había tardado un poco en el pueblo, ya que se había encontrado con varias peleas entre comerciantes que había intentado sofocar. Por ello, su retorno al castillo fue más tardío de lo que esperaba. Sin embargo, jamás imaginó lo que le esperaba dentro de este.
Se acercó poco a poco. A su alrededor, la intensa bruma provocaba que no pudiera ver con claridad, pero los gritos no dejaban ni una sola duda en su corazón: estaban siendo atacados de nuevo.
Sus pies se clavaban en el fango en el que se había convertido la tierra bajo sus botas.
La lluvia había provocado que todo estuviera realmente embarrado, por lo que a cada paso que daba sentía que sus pies se metían demasiado en la tierra.
Intentaba caminar lo más deprisa posible, pero los gritos en el castillo no cesaban en ningún momento. Su respiración se hizo más intensa y su sufrimiento aumentó a medida que pasaban los minutos y él apenas se acercaba al castillo. ¿En qué momento había comenzado a llover de esa manera tan rara?
Alasdair lanzó un gruñido de rabia y desenvainó la espada.
Esperaba que sus compañeros se encontraran bien con ese ataque, pero, sobre todo, su mente se centró en la mujer que acaparaba sus pensamientos desde hacía demasiado tiempo.
Necesitaba saber que Cora se encontraba bien, que no la habían secuestrado o que nadie se habría atrevido a matarla, porque, en el caso de ser así, acabaría con todos ellos con un par de estocadas de su espada.
Cuando por fin llegó al castillo, Alasdair corrió hacia la entrada de la fortaleza.
El portón había caído a un lado y numerosos cuerpos de compañeros y mercenarios se hallaban en mitad del patio.
La sangre de estos se confundía con la lluvia que caía sobre sus cabezas, pero él no se dio por vencido y siguió hacia adelante.
El joven penetró en la fortaleza lanzando un grito de rabia y frustración.
La imagen de Cora aparecía una y otra vez en su mente, al mismo tiempo que la voz de su padre y sus últimas palabras se repetían incansablemente dentro de su cabeza, provocando que se sintiera abrumado por tantos sentimientos diferentes.
Se preguntó dónde demonios estaría la joven, hasta que de repente escuchó un fuerte grito de Cora en el piso superior.
En ese mismo instante, Alasdair corrió todo lo que pudo hacia las escaleras.
Sus pies iban dejando un reguero de barro, pero no le importó lo más mínimo.
Cuando se lanzó contra las escaleras, vio de reojo a Sloan y Morag luchando en uno de los pasillos, pero no podía ayudarlos en ese instante.
Subió las escaleras de dos en dos y corrió después hacia el dormitorio de Cora.
Allí vio el reflejo rojo de su pelo moverse, pero no estaba sola en la sala.
Un mercenario la acababa de empujar contra la cama y forcejeaba contra ella.
Alasdair intentó lanzarse contra él para ayudarla, pero sus pies parecían haberse quedado pegados al suelo. Miró hacia abajo y vio unas manos negras aferrándolo con fuerza, impidiéndole seguir y hacer su cometido.
—¡Alasdair! —vociferó Cora con desesperación.
El aludido levantó su mirada azul hacia ella y vio el dolor y el miedo. Era la primera vez que veía el segundo sentimiento en los ojos de la joven.
—¡Cora! —gritó con desesperanza.
En ese instante, la joven golpeó al mercenario y logró incorporarse y ponerse en pie.
Cora intentó acercarse a él, pero su enemigo se recuperó enseguida y tiró del brazo de la joven.
La giró con rapidez y clavó una daga en el centro del pecho de esta.
Los ojos de Cora se abrieron desmesuradamente y se giró hacia él con la daga clavada hasta el fondo.
La sangre comenzó a salir de la herida y cubrir su ropa.
Alasdair gritó, pero no salió voz de su garganta.
Y en el momento en el que Cora caía al suelo, muerta, el guerrero se despertó totalmente empapado en sudor.
Alasdair se escuchó a sí mismo gritando algo que no logró saber qué era. Se había sentado en la cama con la respiración acelerada y una mano en el pecho, como si tuviera algo que le doliera allí, y no era más que la posible pérdida de Cora.
Por primera vez en su vida, Alasdair sintió miedo.
Tenía la impresión de que todo su mundo se venía abajo; de que su vida cambiaría por completo y de que nada tendría sentido si la perdía.
Simplemente, no podía. El guerrero bajó la mirada hacia sus manos y las vio temblar como nunca.
Incluso bajo las sábanas las piernas temblaban demasiado.
Su pecho estaba brillante debido al sudor que lo recorría.
Sentía varias gotas escurriéndose por su espalda, hasta acabar contra las sábanas.
Y a pesar de que los minutos seguían corriendo, todo su ser seguía asustado.
Alasdair apartó las sábanas. Acababa de tener el peor sueño de su vida.
Desde hacía demasiados años temía perder a Cora, pero nunca lo había visto tan cercano como ahora.
Y no solo temía perderla por culpa de los Ross, que la perseguían, también por lo que él mismo había hecho para hacerle daño y alejarla de él con la intención de olvidarla.
Pero todo lo que había hecho no había servido para nada, pues siempre se sentía atraído por ella; sabía cómo se sentía, dónde estaba, qué decir para hacerla sentir mejor…
Para él, Cora era una extensión de su corazón y de su brazo porque no solo era la mujer a la que amaba, era la guerrera con la que deseaba luchar en una batalla.
Era su mayor orgullo y nunca había podido decírselo.
Alasdair se levantó con piernas temblorosas y únicamente vestido con unas calzas.
Necesitaba verla. Saber que se encontraba bien y no con una daga clavada en el pecho hasta la empuñadura.
Su mente bullía de imágenes vividas en el sueño y que habían sido tan reales que aún no era capaz de discernir entre la realidad y lo onírico.