CAPÍTULO 9
Aún no sabía cómo había llegado al castillo desde que Alasdair dejara de abrazarla, pero este le prometió que no volvería a hacer algo así, y a pesar de todo, ella lo creyó.
Habían regresado juntos, pero le costó creerlo.
No obstante, apenas recordaba el recorrido hasta allí debido al dolor que asolaba su pecho en ese instante.
Dejó que Alasdair llevara los caballos a las cuadras y ella se limitó a quedarse en medio del patio.
Desde allí, giró la cabeza hacia su derecha y descubrió que Nic se encontraba en un lado de la muralla, vigilando.
Él no se había percatado de su presencia, pero ella no podía apartar la mirada de él.
En ese momento, vio salir a Alasdair de las caballerizas y dirigirse hacia el castillo tras una mirada.
Frente a ella se encontraban los dos hombres que habían logrado despertar en ella ciertos sentimientos, pero lo que sentía por Alasdair era demasiado fuerte como para seguir mintiéndose a sí misma.
Por ello, respiró hondo y miró al cielo.
Este se encontraba encapotado y amenazaba lluvia.
De hecho, el intenso olor a tierra mojada llenaba completamente el ambiente.
Cora sintió que se ponía nerviosa, pero no podía dejarlo pasar por más tiempo. Clavando la mirada de nuevo en Nic, puso rumbo a las escaleras más cercanas de la muralla. Las subió casi con los pies a rastras y se acercó a él, sorteando a los guerreros que había en cada puesto.
Nic se encontraba de espaldas a ella cuando llegó junto a él.
Cora carraspeó ligeramente y este se volvió hacia ella.
Hizo todo lo posible para que en su rostro no se viera reflejada la sorpresa al ver que su rostro se había vuelto casi negro en su totalidad debido a los golpes de Alasdair, por lo que apartó ligeramente la mirada hacia sus manos.
—Cora…
La joven se armó de valor y volvió a levantar los ojos hacia él.
—Creo que después de lo que ha pasado hoy tenemos que hablar… —comenzó diciendo.
Nic asintió y miró a uno de sus compañeros en la muralla para pedirle que le diera unos minutos para hablar con la joven. Tras eso, ambos descendieron de la muralla y se dirigieron hacia un lugar apartado donde poder hablar con tranquilidad y sin más ojos sobre ellos.
—Tú dirás…
Cora sonrió ligeramente.
—Lo primero que debo hacer es pedirte disculpas por los golpes de Alasdair.
—¿Lo estás excusando?
—¡No! Es solo que sé que os peleasteis por mí, así que debo pedir disculpas yo también.
Nic suspiró y asintió.
—Yo tampoco debí reaccionar así.
—Supongo que todos estamos muy tensos…
El guerrero asintió.
—Pero no has venido solo a eso…
La joven sonrió de nuevo y negó con la cabeza.
—Creo que me conoces demasiado.
Nic intentó sonreír, pero solo le salió una mueca por el dolor de su nariz.
—Y como me conoces bastante bien, he de decir que iré directa al grano… He estado pensando en lo que ha pasado estos días y creo que lo mejor que podemos hacer es dejar lo que hemos comenzado tú y yo y seguir siendo amigos. Creo que eso dejará de hacernos daño mutuamente…
Nic la miró unos segundos en silencio que para Cora parecieron ser milenios, hasta que acabó respondiendo.
—Lo que ha pasado con Alasdair es lo que te ha hecho tomar la decisión…
Cora asintió.
—Sí, creo que siendo amigos no habrá problemas…
—Entonces, todo esto lo haces por él… —Cora afirmó—. Lo amas, ¿verdad?
La joven sintió que su corazón se paraba de golpe ante aquellas simples palabras.
Inconscientemente, dio un paso atrás y miró a un lado y a otro a su alrededor, temerosa de que alguien pudiera haber escuchado a Nic.
Sin embargo, estaban completamente solos y nadie los había oído. Aun así, siguió conteniendo el aliento.
—¿Qué dices? ¡Claro que no!
A pesar de que intentó sonar segura de sí misma, la voz se le quebró ligeramente y el temblor de esta le indicó a Nic la verdad sin necesidad de que Cora expresara lo que sentía por él.
—No es eso lo que me transmites, Cora. Se te nota demasiado.
La joven sintió un nudo en la garganta. ¿Eso era cierto? ¿De verdad se le notaba tanto como para que él se hubiera dado cuenta? ¿Qué le hacía pensar eso? Cora se retorció las manos y sintió que su pecho se quedaba sin aliento, amenazando con asfixiarla. No obstante, logró contenerse.
—Eso no es cierto, Nic.
No supo si sus palabras sonaron ciertas o no, pues lo siguiente que dijo Nic también la dejó sin palabras y con la mente en otro lugar.
—Pero lo que más me molesta es que él también te ama.
Cora clavó su mirada en Nic y vio la verdad en sus ojos, por lo que no eran unas palabras inventadas en un momento de dolor o humillación, sino que estaba realmente seguro de lo que estaba diciendo.
Pero ¿qué le hacía pensar que Alasdair estaba enamorado de ella?
Solo había visto dolor y rencor en su mirada cuando la miraba, pero jamás un rastro de algo parecido al amor, ni siquiera un poco de cariño.
—Te equivocas, Nic. Él no me ama.
El guerrero sonrió ligeramente de lado.
—Debes de estar demasiado ciega para no darte cuenta, Cora. Siempre está a tu lado, aparece cuando menos lo esperas; parece que estuviera siguiéndote con la mirada en todo momento; parece saber lo que sientes y se ha enfrentado a mí para que me aparte. Eso solo lo hace alguien enamorado.
La joven sintió que, si seguía así, acabaría llorando, pues sentía el picor en sus ojos. Eso no podía ser cierto. Ella era un problema para él, una carga. No la amaba, ni lo haría nunca. Nic estaba equivocado. Por ello, sonrió con cierta timidez.
—Después de lo de hoy, yo también pienso que lo mejor es apartarme, Cora, pero lo que siento no se acaba aquí. Sin embargo, no puedo competir con alguien como Mackay, que parece estar hecho para ti en todos los sentidos.
—No, Nic. Eso no es cierto. Siempre estamos a la gresca. Y no es por amor.
Nic sonrió con tristeza.
—Llegará el día en el que me des la razón, aunque ahora no sepas verlo. Y me alegro de que sea él y no otro quien esté a tu lado porque sé que él jamás dejará que te hagan daño. Él hará que sobrevivas.
Cora no sabía qué decir. Se había quedado sin palabras, por lo que solo dejó que Nic la besara en la mejilla y se marchara hacia la muralla nuevamente al mismo tiempo que sobre sus cabezas parecía desatarse una tormenta.
Numerosos truenos comenzaron a escucharse mientras el viento se levantaba con fuerza a su alrededor.
Abrazándose a sí misma y sin poder despertar de ese letargo en el que había sumido tras las palabras de Nic, Cora se encaminó hacia la entrada del castillo.
Estaba realmente sorprendida. Ni siquiera era capaz de pensar en algo que no fuera el hecho de que Nic pensaba que Alasdair también la amaba.
¿Sería eso posible? ¿Tal vez por ese motivo había acudido a la cabaña después de lo que le había hecho a Nic?
Recordó que no hizo movimiento alguno mientras ella lo golpeaba, incluso después la acunó entre su pecho…
Y sus miradas al volver… No podía ser cierto, pero tampoco podía negarlo.
Algo dentro de ella pareció despertar, una poderosa ilusión que hizo revivir sus primeros deseos hacia Alasdair muchos años atrás.
Pero su razón la obligó a pararse y no ilusionarse por algo así.
Tal vez Nic estaba confundido y veía amor en la protección que Alasdair estaba obligado a proporcionarle.
Cora suspiró y miró hacia el cielo antes de internarse en la fortaleza.
Las primeras gotas de lluvia caían ya sobre su cabeza y solo pudo preguntarse si el destino, en algún momento, estaba dispuesto a darle una buena oportunidad en la vida después de tanto sufrimiento.
Y al no encontrar respuesta, decidió entrar y olvidar lo que Nic le acababa de decir.
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Durante la cena de ese día, una extraña sensación parecía extenderse por el camino. Así era como lo sentía Cora, aunque los demás parecían no notarlo. Por ello, se dijo que aún pendían sobre su cabeza las palabras de Nic y que por eso veía a todos de una manera extraña, incluso a ella misma.
La joven había acudido a cenar como todos los días, sin cambiar nada de su atuendo o su carácter, pero sentía lo mismo que alguien podía sentir en su interior cuando un secreto salía a la luz.
Observó a toda su familia, descubriéndolos como cualquier otro día, hablando sobre los Ross y lo que querían hacer.
Pero cuando sus ojos verdes se posaron sobre Alasdair algo pareció cambiar entre ellos.
Las murallas que siempre había levantado a su alrededor para que el guerrero no pudiera entrar en ellas se resquebrajaron de golpe.
¿Cómo era posible que Alasdair fuera capaz de provocar eso en ella con tan solo una simple mirada?
Aquellos ojos azules parecían intuir algo en ella, como si supiera qué pensaba, qué opinaba o qué estaba a punto de hacer.
Y eso la hacía sentir desnuda. Era la única persona que conocía que provocaba esos sentimientos en ella.
Y, para colmo, lo odiaba desde hacía demasiado tiempo atrás.
Alasdair la miraba con tanta profundidad que Cora llegó a preguntarse qué demonios pensaba cada vez que tenía su vista sobre ella.
Aquella mirada no era normal. Parecía un lobo a punto de saltar sobre su presa y comérsela, como si el guerrero depositara una especie de llama dentro de ella que lograba hacerla arder.
—Creo que tal vez podríamos avisar a los demás clanes implicados, excepto los Comyn, por lo que ya sabemos… —decía Morag cerca de ellos.
—No nos hace especial ilusión avisar a los Urqhart, por ejemplo… —gruñó Sloan.
Morag sonrió.
—A mí tampoco me gusta. ¿Crees que me apetece ver a los Gunn después de lo que ocurrió en su clan? Me produce más asco que ilusión. Pero tal vez querrían ayudarnos.
Rowan negó con la cabeza.