Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 8 #2
40%

CAPÍTULO 8 #2

Y sin darle opción a réplica, Alasdair se alejó de ellos aún más iracundo que antes.

Se dirigió hacia el portón de la fortaleza.

Quería apartarse de allí un par de horas para quitarse las ansias de sacarle las entrañas a Nicolas por sus continuas provocaciones, ya que, si no lo hacía, estaba seguro de que iba a hacerlo, aunque se ganara la expulsión definitiva de esas tierras.

—¿Buscas a Cora?

La voz del guerrero apostado al lado del portón llamó su atención.

Levantó la mirada del suelo y frunció el ceño.

No esperaba que nadie le recordara a Cora, ya que en ese instante no quería ver a nadie, sino quedarse solo un rato para serenarse.

Sin embargo, aquella mirada que vio en el guerrero llamó su atención.

—¿Cómo dices?

—Pregunto si buscas a Cora. Hace rato que salió del castillo con el caballo.

El corazón de Alasdair se sobresaltó al escucharlo.

— ¿Con el caballo?

—Con el caballo y un cabreo de mil demonios. Estoy seguro de que habría sido capaz de saltar por encima de la muralla tan solo para alejarse de aquí.

Alasdair sintió que todo su ser se exaltaba ante esa información. Las piernas comenzaron a temblarle y la preocupación se abrió paso en medio de su cuerpo.

—¿Y hace mucho de eso?

—Fue justo después de tu pelea con Nic.

—¿Y por qué demonios no le cortaste el paso?

—Preferiría enfrentarme yo solo a un ejército de Ross... —le respondió con sinceridad.

Alasdair resopló y se giró para correr hacia las caballerizas.

Sin detenerse a ensillar su caballo, el guerrero lo montó y salió de la fortaleza sin saber qué rumbo debía tomar.

No estaba seguro de que Cora hubiera cometido una locura y se hubiera marchado al clan Ross para enfrentarse a ellos, por ello, se dejó llevar por su instinto.

Primero la buscó cerca del lago y en algunos lugares donde la había divisado en otras ocasiones.

Sin embargo, se detuvo en mitad de un estrecho camino y comenzó a pensar como lo haría ella.

La conocía a la perfección, por lo que estaba seguro de que se habría marchado a un lugar donde no querría que la vieran y donde pudiera refugiarse del ruido del castillo.

Su mente lo llevó a un recuerdo de años atrás, cuando la joven comenzó su formación como guerrera.

El padre de Rowan había llegado presumiendo de las habilidades de la joven con la espada contra un muñeco de madera.

Él mismo se había visto peleando en ese lugar antes que ella, por lo que el recuerdo de la cabaña llevó a su mente a preguntarse si tal vez estaría allí.

Alasdair tiró de las riendas hacia la izquierda y cabalgó con rapidez hacia ese lugar, pero a medida que se acercaba redujo tanto la velocidad que apenas se escuchaban los cascos del caballo retumbando contra el suelo.

Cuando por fin divisó la cabaña, se dio cuenta de que el caballo de la joven se encontraba en la puerta, pastando libremente.

En ese instante, Alasdair no pudo evitar soltar un suspiro de alivio, ya que por fin la había encontrado.

Se llevó una mano al pecho para frenar los rápidos latidos de su corazón al pensar que tal vez la había perdido, pero estaba seguro de que simplemente había acudido allí para alejarse de todo y todos.

Desmontando del caballo a pesar de que aún quedaban más de una veintena de metros para llegar a la cabaña, Alasdair dejó solo al animal y caminó lentamente hacia la cabaña. No quería asustar a Cora, pero tampoco deseaba llegar y que esta pudiera escapar de él una vez más.

Cuando le faltaba una decena de metros para llegar a la cabaña, escuchó el ruido en su interior.

Pudo escuchar a Cora luchando contra algo de madera, y estuvo a punto de sonreír al ser consciente de que el muñeco con el que habían luchado años atrás seguía allí.

Sin embargo, se contuvo y siguió avanzando, hasta llegar a una de las ventanas.

Se escondió ligeramente y la observó desde allí.

Cora tenía el pelo despeinado y la ropa descolocada por los continuos movimientos con la espada.

Su pálido rostro se encontraba rojo por el esfuerzo y desde la distancia pudo ver que estaba realmente cansada.

Su pecho subía y bajaba con rapidez, exhausta.

Y, aun así, la joven seguía luchando con todas sus fuerzas y la rabia reflejada en su rostro.

Cora no lo vio en un principio. Estaba tan enfurecida y tan metida en sus pensamientos que apenas era consciente de lo que sucedía a su alrededor.

Ni siquiera tenía miedo de que alguien pudiera atacarla y matarla.

Tan solo quería liberar parte de esa tensión que había acumulado durante demasiado tiempo y que había colmado el vaso con la pelea entre Alasdair y Nic.

En su interior, sabía que lo suyo con Nic era una completa locura y tal vez un problema, pero se había aferrado al guerrero tan solo para llevarle la contraria a Alasdair.

Lo sabía. Lo sentía en su interior. Se habría lanzado a los brazos de cualquiera tan solo para intentar olvidarlo.

Pero no podía. Y eso la enfurecía aún más.

La joven clavó la espada una vez más en el muñeco de madera, sintiendo cómo su brazo derecho tembló ante la potencia del ataque.

Pero estaba demasiado enfadada como para dejarlo ahora.

Quería hacerle pagar a alguien todo lo que había en su interior, por lo que lo mejor era hacerlo con ese muñeco que no podía quejarse o mostrarse contrario a ello.

Respirando con cierta dificultad, la joven dio un paso atrás y miró la figura de madera.

En más de una ocasión había imaginado a Alasdair en su puesto, atacándolo, haciéndole sentir todo lo que ella había sentido por su culpa.

Lo amaba. Lo hacía desde tantos años atrás que había perdido la cuenta.

Pero él siempre la había visto como un problema, llegando a confirmárselo.

Y eso le dolía más que el rechazo de cualquier otra persona, incluso más que saber que estaba siendo perseguida por los Ross para acabar con ella.

Y eso la hizo sentir sola. Todo lo vivido durante el ataque de los mercenarios al castillo, la muerte de su madre, la de Kester, los gritos de los guerreros antes de morir, la búsqueda antes de huir de ahí, la llegada de Rowan y los demás…

Todo volvió a su mente y sintió que colapsaba.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que no pudo contener por más tiempo en su cuerpo.

A pesar de su llanto, Cora levantó de nuevo su espada contra el muñeco de madera.

Sus sollozos comenzaron a llenar el espacio de la cabaña, pero se encontraba sola, por lo que nadie la escucharía.

Sin embargo, unos minutos después escuchó un crujido en la puerta.

Esto provocó que se sobresaltara y, sin dejar de llorar, se giró hacia la sombra que había entrado en la cabaña.

—Ya ni siquiera me sorprendes, Alasdair —fue lo primero que le dijo—. Me extraña que no hayas llegado antes…

Y a pesar de que intentó darle la espalda, este respondió con rapidez.

—He venido después de pedirle disculpas a Nic por lo sucedido.

Cora dejó escapar el aire, pero sin sorprenderse. Le dio la espalda y aferró su espada con fuerza.

—Por una maldita vez en tu vida, déjame en paz, por favor.

La joven escuchó sus pasos a su espalda y cuando lo primero que cruzó por su mente fue levantar su espada contra él, abrió los dedos alrededor de la empuñadura y dejó caer el arma al suelo, incapaz de hacerle daño a pesar de todo.

—Aún no ha nacido la persona que me aleje de ti, Cora —dijo con voz suave.

Pero la joven no se encontraba en condiciones de iniciar una guerra contra él nuevamente.

Estaba realmente dolida y rabiosa. Por ello, se giró de nuevo hacia él y lo atravesó con la mirada.

De sus ojos escapaban lágrimas sin contención, y sin esperar a que el guerrero dijera algo más, lo golpeó en el pecho con furia.

—¡Siempre estás en medio, Alasdair! Déjame en paz de una maldita vez.

Cora volvió a golpearlo, pero el guerrero se quedó con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, mostrándole que no iba a defenderse.

—Para ti soy una simple mocosa, pero no dejas de alejarme de las pocas personas que muestran interés en mí.

Alasdair la miraba a los ojos desde esa distancia tan corta, provocando que Cora aumentara su rabia al ver la frialdad que mostraba en ese instante.

Lo golpeó de nuevo en el pecho, haciendo que el guerrero se viera impulsado ligeramente hacia atrás.

Al ver ese pequeño logro, esta lo golpeó de nuevo casi sin ver dónde lo hacía, pues no podía dejar de llorar.

—Prefiero enfrentarme a Ross antes que tener que aguantar tus continuos ataques…

—Yo no te ataco, te protejo —susurró el guerrero.

—¡No! —exclamó la joven sin dejar de llorar.

Estaba tan cansada que se habría dejado caer de rodillas frente a él.

No quería sufrir más, por lo que acabó con las manos en el rostro y su cuerpo sacudiéndose debido al llanto.

Al instante, sintió las manos de Alasdair alrededor de su cuerpo, abrazándola y estrechándola contra él en silencio.

No la juzgó, no se rio, no le pidió absolutamente nada.

Tan solo se limitó a abrazarla y a intentar calmar lo que había en su interior.

Alasdair podía imaginarse el terrible dolor y angustia que arrastraba la joven desde el ataque al castillo, aunque también desde mucho antes.

El guerrero la acunó entre sus brazos, recogiendo cada lágrima, cada temblor y cada lamento.

Cora guardaba el mismo dolor que él, solo que ella no lo sabía.

De la misma forma que tampoco conocía que él estaría ahí siempre para ella y jamás permitiría que nadie le hiciera daño.