CAPÍTULO 8
Morag soltó a Alasdair cuando Sloan le pidió que los dejara solos tras entrar en el castillo.
Sin dejar de aferrarlo, Sloan lo condujo por el pasillo mientras su amigo, y al que consideraba uno más de la familia, se tapaba el labio inferior, totalmente abierto tras el golpe de Nic.
La sangre goteaba entre sus dedos, y Sloan no dejaba de observarlo entre sorprendido e iracundo.
Alasdair jamás había dado problemas en el clan, y, de hecho, se llevaba bien con todo el mundo, por lo que no lograba entender qué había pasado con Nic para que respondiera de esa manera tan salvaje.
Los dedos de Sloan se apretaron más contra el brazo de Alasdair, pero este intentó apartarlo.
—Suéltame, sé caminar solo.
El guerrero lo soltó y se quedó parado, mirándolo, en medio del pasillo.
—Lo que parece que no sabes hacer es contenerte.
Alasdair resopló y lo miró de arriba abajo.
—¿Y me lo dices tú?
Sloan lo empujó contra la pared.
—Pero ¿qué demonios te pasa con todos, Alasdair? No somos tus enemigos.
El guerrero limpió de nuevo la sangre de su labio.
—Vete al infierno…
Sloan frunció el ceño y lo encaró.
—¿Me vas a golpear a mí también como a Nic? Por Dios, Alasdair, eres como mi hermano.
El aludido apartó la mirada y continuó caminando hacia adelante.
—Supongo que me llevas al despacho de Rowan, ¿no?
El tono oscuro del guerrero hizo renegar a Sloan, que se preguntó de nuevo qué demonios estaba pasando, pues estaba seguro de que ocurrían cosas y él aún no se había enterado de nada.
—En eso tienes razón…
Ambos llegaron en cuestión de segundos frente a la puerta del despacho.
Sloan se adelantó y llamó con insistencia, y solo entraron cuando Rowan dio la orden desde el otro lado.
El segundo al mando la abrió y le dio paso a Alasdair, que no pudo evitar pasar delante de él mirándolo fijamente a los ojos.
—Pero ¿qué demonios ha pasado? —preguntó Rowan levantándose de la silla al ver el estado de Alasdair.
Los recién llegados caminaron hacia el frente, mirando al laird, que rodeó la mesa con la mirada clavada en las heridas de su amigo. Este miró de reojo a Sloan, que carraspeó con incomodidad.
—Te resumiré lo que ha pasado —comenzó explicando su hermano—. Estábamos en el patio y, de repente, hemos visto cómo Alasdair se lanzaba contra Nic para golpearlo.
Rowan arrugó la frente.
— ¿Es eso cierto, Alasdair?
El aludido llevó las manos atrás, sin importarle que el labio siguiera sangrando.
—Sí.
El laird arqueó una ceja ante la sinceridad del guerrero.
—¿Puedo preguntar por qué has hecho eso?
—Porque es un maldito prepotente que se me ha encarado… Hay algo que no sabéis y es que Cora está con él. Los he descubierto besándose más de una vez.
Sloan lanzó una exclamación de sorpresa, mientras que Rowan siguió observando a Alasdair con gesto sereno y frío.
—¿Y por eso te has enzarzado con él?
El guerrero se mostró incómodo.
—Solo protejo a tu hermana.
—Pues a mí me ha dado la sensación de que Cora no quería que lo hicieras —señaló Sloan, estupefacto.
—Vuestra hermana merece algo mejor que Nicolas.
Rowan dio un par de pasos hacia él y se quedó parado a menos de un metro. Su mirada profunda, tan fría como el acero, quiso meterse dentro de él para intentar averiguar más cosas de lo sucedido y, cuando no pudo hacerlo, le cuestionó:
—¿Puedo hacerte una pregunta, Alasdair?
El aludido asintió.
—Sabes que sí.
—¿Estás enamorado de Cora?
A su lado, Sloan abrió mucho los ojos y se giró directamente hacia Alasdair. Este mantuvo una pose quieta, fría, pero no pudo evitar que el labio inferior temblara ligeramente. El guerrero frunció el ceño y tragó saliva visiblemente, pues la nuez de su garganta subió y bajó claramente.
—Pero ¿qué dices? —se obligó a preguntar con la voz ligeramente susurrante.
—Lo que has oído —respondió Rowan.
—¿Estás de broma?
Rowan se encogió de hombros.
—Creo que la situación no admite broma alguna…
Alasdair apretó la mandíbula.
—¿Qué te hace pensar eso?
—El comportamiento que tienes últimamente, tu tensión, tu nerviosismo, tu rodeo para responder algo a lo que simplemente dirías que no rotundamente…
Alasdair resopló, ligeramente nervioso.
—Eso es una locura.
—Sigues sin negarlo.
—Tampoco lo he afirmado.
—Pues haz algo…
Rowan vio con claridad el nerviosismo de su amigo.
Llevaba un tiempo viendo cosas raras entre Cora y él, y no estaba seguro de lo que estaba pasando, pero el comportamiento de Alasdair en ese momento se lo confirmó, aunque él aún no hubiera dicho nada.
La duda se reflejó en el color azul intenso del guerrero, pero acabó negando con la cabeza.
—No la amo.
Rowan lo miró largamente, antes de añadir:
—Entonces, ve y cúrate esa herida y pide disculpas a Nic.
Alasdair resopló.
—¿Es necesario?
—Es una orden.
El guerrero suspiró largamente y acabó marchándose del despacho, dejándolos solos. En el momento en el que la puerta se cerró a su espalda, Sloan dirigió sus ojos hacia Rowan.
—¿A qué ha venido esa pregunta?
—¿Cuál?
Sloan arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
—La de que si está enamorado de Cora.
Rowan se encogió de hombros.
—Simple curiosidad.
—Me parece bien que le mientas a otro. A mí, no.
Rowan suspiró largamente.
—Llevan a la gresca toda la vida y no me parece normal. Ninguno ha confesado lo que les ocurrió para llevarse tan mal. Y solo dos personas que están enamoradas se preocupan tanto en hacerle ver al otro lo mucho que lo odian.
Sloan dudó.
—Eso no es del todo cierto.
Rowan arqueó una ceja.
—Es eso precisamente lo que te ha ocurrido a ti con Morag…
—Tampoco es cierto —negó Sloan con molestia.
—Vaya, a Morag no le hará mucha gracia saber algo así.
—Rowan…
—¿Qué?
—Vete a la mierda…
-------
Alasdair salió del castillo realmente enfurecido.
La sangre que salía de su labio parecía haberse cortado, por lo que ya no tenía que estar pendiente de lo que sangraba.
Sin embargo, seguía sintiendo los latidos de dolor.
Se dijo que necesitaba serenarse antes de llevar a cabo la orden de Rowan, la cual no estaba seguro de cómo hacerla.
¿De qué manera podría pedirle perdón a Nic si realmente no lo sentía?
Lo único que sí podía sentir era la rabia contra él, que no había menguado en absoluto.
Y en ese instante pensó en Cora. Había visto el odio reflejado en sus ojos. Un odio que claramente estaba dedicado a él por lo que le había hecho a Nic. Estaba seguro de que la joven tardaría mucho tiempo en perdonar algo así, si es que lograba perdonarlo, pero ya no había vuelta atrás.
Alasdair suspiró y fijó su mirada al frente, descubriendo a Gillian y Nicolas en medio del patio mientras la primera curaba la nariz al segundo.
Este levantó la mirada, como si hubiera sentido su presencia en el patio, y Alasdair tuvo que ahogar una sonrisa entre sus labios al ver lo que provocaba en el guerrero.
Lo miró fijamente y apretó los puños. Debía pedirle disculpas por lo sucedido y sabía que era el mejor momento debido a que la esposa de Rowan se encontraba justo al lado.
De esta forma, nadie podría negar que no había acatado la orden.
Respirando hondo y armándose de valor, Alasdair se acercó a ellos lentamente, con la mirada de Nic pegada en cada uno de sus movimientos. Lo vio tensarse rápidamente, gesto que Gillian vio al instante y elevó sus ojos hacia atrás, levantando las cejas al ver que Alasdair se acercaba a ellos.
La joven se levantó de la piedra sobre la que estaba sentada y se pudo en medio de ambos.
—Si vienes a continuar lo que has empezado… —dijo Gillian.
—Estoy aquí por orden de tu marido…
Gillian frunció el ceño y lo miró sin comprender.
—¿A qué te refieres?
Alasdair tragó saliva y respiró hondo.
—Te agradecería que te apartaras para verlo por tus propios ojos.
Tras la joven, Nic se levantó también. Alrededor de su nariz se había formado un cerco casi negro debido al golpe que le había dado y del que realmente no se arrepentía.
Y cuando Gillian se apartó de delante del guerrero, Alasdair pudo comprobar que tenía tanta tensión que estaba temblando de auténtica ira.
—¿Qué quieres, Mackay? ¿Buscas pelea de nuevo?
—No te emociones, Nicolas. Si estoy aquí es por Rowan, que desea que te pida disculpas. Como podrás imaginar, no me arrepiento de nada, pero yo siempre cumplo una maldita orden desde que estoy en este clan.
—Tal vez deberías regresar al tuyo —le espetó Nic—. ¿O es que tu papá ya no te quiere?
Alasdair necesitó hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no saltar de nuevo sobre él.
En los labios de Nic se dibujó una sonrisa, sabía que lo estaba provocando para que lo atacara de nuevo y lo expulsaran del clan, pero no iba a conseguirlo.
Alasdair recordó el colgante que pendía de su cuello y las últimas palabras de su padre antes de dejarlo allí.
—Tal vez eres tú quien desea regresar al de tu madre… Me dijo Cora que eras un MacGillivray por parte de madre…
Nic sonrió al tiempo que Gillian lo miró con sorpresa al darse cuenta de lo que podría significar eso.
—No puedo. ¿Y si soy yo el que ayudará a Cora en esta guerra?
Alasdair resopló y apretó los puños con fuerza.
—¿Tú qué vas a ayudar?
—Tal vez tenga razón —intervino Gillian—. Puede que sea el MacGillivray que lo haga. Y lleva junto a Cora toda la vida.
—Cualquiera de este clan lleva a su lado toda la vida, Gillian — respondió Alasdair sin apartar la mirada de Nic, que no dejaba de sonreír.
—Pero no todos en este clan son MacGillivray —siguió pinchando el guerrero—. Tú, por ejemplo, eres un Mackay, querido Alasdair. Y Cora te odia. Jamás aceptaría tu maldita ayuda, aunque fueras un MacGillivray.
El aludido se obligó a sonreír.
—En ningún momento he dicho que quiera ayudarla.
Nic ladeó la cabeza.
—Pues aléjate de ella, entonces.
—Ten cuidado, Nicolas. Las únicas órdenes que acepto son las de mi laird. Y se llama Rowan. No te equivoques, porque, con esas palabras, parece que quieras quitarle el puesto.