CAPÍTULO 7 #3
—Soy el que la protege, y tú no eres el indicado para estar con ella.
Nic también dio un paso hacia él y torció ligeramente la cabeza.
—¿Tal vez el indicado eres tú, Mackay? Tengo la impresión de que no quieres que esté conmigo porque la quieres para ti…
Sin poder contenerse, Alasdair lo golpeó en la cara, provocando que Nic se viera impulsado hacia atrás.
Pero este se recuperó rápidamente del golpe y se lanzó contra él.
Esta vez no estaba Cora delante para impedirle que le partiera la cara a Mackay.
Además, llevaba mucho tiempo deseando poder hacerlo.
En cuestión de segundos, ambos guerreros acabaron en el suelo, enzarzados en una pelea en la que únicamente necesitaban sus puños.
Los dos eran ajenos a su alrededor, por lo que no vieron que los demás se lanzaron contra ellos para intentar separarlos.
Sin embargo, en los momentos en los que aún estaban solos, se golpearon con fuerza en el rostro.
Nic logró partir el labio inferior de Alasdair y clavar su puño en el estómago del guerrero.
Pero él mismo recibió un fuerte golpe en la mejilla y la nariz, que provocó que saliera un fuerte chorro de sangre de ella.
Rápidamente, fueron separados por varios guerreros, entre los que se incluían Sloan y Morag, que aferraban con fuerza a Alasdair. Este trataba soltarse por todos los medios, al igual que Nic, que no dejaba de insultarlo.
Instantáneamente, Cora se interpuso entre ellos con una expresión de sorpresa en sus ojos.
Aún no podía creer que ambos se hubieran enzarzado en una pelea como aquella.
Había escuchado los gritos y vio los rostros de Sloan y Morag mientras miraban algo detrás de ella, pero en el momento en el que se giró y los vio sintió que todo su cuerpo se enfurecía tanto con Alasdair como con Nic.
—¡Basta ya! —vociferó cuando escuchó el insulto de Nic hacia Alasdair—. Parecéis dos malditos niños pequeños peleándoos como si el otro os hubiera quitado un muñeco.
—Ha empezado él —exclamó Nic señalando a Alasdair, que lanzó un gruñido de rabia.
Cora lo miró y se acercó a él, señalándolo con el dedo.
—¿Se puede saber cuándo vas a dejarme en paz? Estoy harta de que te metas en mi vida, Alasdair. Olvídate de mí.
Los ojos azules del guerrero se clavaron en ella y rechinó los dientes. Estuvo a punto de gritarle que eso era imposible, que jamás podría olvidarse de ella, pues toda su vida había girado en torno a su persona.
—¡Parece que quieres que me quede sola!
Morag y Sloan apartaron a Alasdair y lo llevaron hacia la entrada del castillo mientras ella se quedó parada mirándolos.
Después desvió su mirada hacia Nic, pero también se encontraba enfadada con él.
Por ello, caminó hacia las caballerizas y tomó su caballo, sin ensillar, y se dirigió hacia el portón de salida.
—Ábrelo.
—No sé si es lo mejor…
—¡Abre! —vociferó la joven—. Lo que no es mejor ahora mismo es que te pongas en mi camino o la pelea entre Nic y Alasdair no será la única del día.
El guerrero asintió y se limitó a abrir el portón, dejando que se marchara.
Cora cabalgó con rapidez, alejándose del castillo y de todo el dolor que le provocaba ese lugar en ese instante.
Se sentía más sola que nunca, con más enemigos, con más angustia y con más desorden que en toda su vida.
Parecía que todo lo que conocía temblaba bajo sus pies, provocando que se volviera en su contra; la gente se peleaba a su alrededor; algunos la odiaban; otros la querían muerta; otros habían muerto por ella…
Hiciera lo que hiciera, tenía la impresión de que había entrado en una espiral de la que ya no podía salir.
Y no podía permitir que eso siguiera así.
No quería que se pelearan por ella, así que tomó una decisión respecto a su relación con Nic.
Pero tampoco quería que Alasdair decidiera por ella, así que pensó que lo mejor era alejarse. Y debía hacerlo cuanto antes.
Cora cabalgó por las tierras de su hermano con la furia reflejada en el rostro. Todo se había precipitado, pero era lo mejor. Debía salir de allí cuanto antes y terminar con el trabajo que Ross había comenzado o todas las personas a las que conocía seguirían sufriendo o peleándose.
Cora tiró de las riendas del caballo, provocando que este se levantara sobre sus patas traseras.
La joven miró al cielo con lágrimas en los ojos.
Estaba cansada y la bestia que habían despertado en su interior le dijo que era el mejor momento para tomar las riendas de su vida.
Por ello, cabalgó hacia una cabaña donde su padre solía llevarla para entrenar.
Allí habían dejado un muñeco de madera con el que habían entrenado con la espada como si fuera un guerrero de verdad.
Tenía que entrenar muy duro y, cuando viera el momento propicio, abandonaría el castillo para marchar a tierras de los Ross y enfrentarse a su destino.
Cuando llegó allí, desmontó de un salto y desenvainó la espada.
Había tenido que regresar sobre sus pasos, pues esa cabaña estaba relativamente cerca del castillo, pero al menos había podido soltar algo del odio que corría por sus venas.
Cabalgar tan deprisa siempre le había gustado.
Sentía una libertad que dentro del castillo no tenía.
Era el único momento en el que podía dar rienda suelta a la verdadera Cora, sin restricciones, sin buenas palabras, sin leyes de por medio. Eran solo su caballo y ella.
Pero ahora se encontraba en la puerta de la cabaña.
No había regresado desde que murió su padre, al igual que ese lugar del bosque en el que había estado días antes.
Siempre había tenido cierto miedo a regresar porque los recuerdos se arremolinaban en su mente.
Pero ahora no. En ese instante solo podía pensar en el odio que corría por sus venas, en su destino y en sus propios planes de vida.
Cora abrió la puerta de una patada y entró en ella.
El muñeco de madera con el que había entrenado años antes seguía en la misma esquina donde su padre solía dejarlo.
No obstante, el paso del tiempo había sido realmente negativo para este, provocando que algunas zonas se vieran ligeramente negras por la carcoma.
Pero no le importó. Lo colocó en el centro de la cabaña, desenvainó y comenzó a atacarlo con toda la furia que habitaba en su cuerpo.
Dejó que esa bestia, ese animal, su propio yo interior arrasara con todo, sin piedad, tal y como haría con Ruairidh Ross.
Ya no podía con todo el peso de sus hombros, ni con su vida, ni con todo lo que estaba pasando en el castillo.
Y mientras golpeaba al muñeco de madera deseó desaparecer, pero desaparecer para siempre.