Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Antes del anochecer, Rowan y Alasdair se encontraban solos en el despacho del primero. Tras hablar con los demás guerreros y saber lo que el laird MacBean pensaba de todo eso, los nervios de todos parecieron templarse ligeramente, ya que disponían de una semana para prepararse física y mentalmente.

—Algo debe de preocuparte mucho para que estés así de callado —dijo Rowan.

—Sabes que igualmente no soy muy hablador…

Rowan sonrió y se apoyó contra la mesa al tiempo que se cruzaba de brazos. Su amigo estaba sentado en una de las sillas y desde que había entrado se había quedado completamente callado, metido en sus pensamientos.

—Tal vez otro creerá tus palabras. Sabes que yo no lo haré… Te conozco bastante bien.

Alasdair se cruzó también de brazos.

—Y ahora te pones a la defensiva.

Tras la mirada de su amigo, Alasdair deshizo el cruce de brazos y renegó entre dientes.

—¿Me vas a decir qué ocurre o te lo tengo que sacar a la fuerza?

El guerrero dudó un instante, pero después comenzó a hablar.

—Creo que Cora tiene la intención de marcharse —soltó de repente.

Rowan frunció el ceño.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Su comportamiento, sus palabras, lo solitaria que ha estado estos días… Todo.

Rowan se sentó al lado de Alasdair y lo miró.

— ¿Crees, entonces, que va a marcharse del clan como Arran?

—No. No me refiero eso. Pienso que va a ir a enfrentarse sola a Ross.

Rowan se quedó estupefacto.

—Cora no haría tal cosa. Sabe que moriría.

—No parece tener muchas ganas de vivir.

—Me da la sensación de que la conoces demasiado bien…

El tono de voz empleado por el laird hizo que Alasdair levantara la cabeza hacia él. Lo miró fijamente y, de repente, sintió que la mirada de Rowan parecía ir más allá de lo superficial, como si pudiera leer dentro de él.

—No es eso —se obligó a responder—. Me pediste que la vigilara, y eso he hecho. He visto cómo se comporta con otros, su mirada, sus gestos… Todo en ella está tenso.

—Pero es normal teniendo en cuenta lo que se aproxima…

Alasdair suspiró y acabó encogiéndose de hombros.

—No sé… Da igual, no me hagas caso.

Rowan sonrió y le puso una mano en la pierna.

—Sigue vigilándola para evitar que haga locuras.

Alasdair arrugó el rostro.

— ¿No puede hacerlo otro?

—Eres en quien más confío respecto a Cora.

Alasdair estuvo a punto de decirle que no debía confiar tanto porque lo que sentía por ella y lo que deseaba hacerle tal vez no lo aprobaría jamás.

—¿Ha pasado algo con ella?

El guerrero no pudo evitar sobresaltarse, temeroso de que hubiera le ído sus pensamientos.

—No, nada fuera de lo normal.

Rowan esperó unos segundos hasta asentir.

—Entonces, confío plenamente en ti, amigo.

Este asintió y se levantó de la silla para marcharse.

Necesitaba alejarse de él y quedarse solo unos instantes.

Por ello, recorrió con prisa el pasillo hasta llegar a uno que no solía ser transitado ni tan siquiera por los sirvientes.

En el momento en el que llegó a él, se quedó completamente parado.

Con rabia, le dio un puñetazo a la pared y lanzó un gemido de dolor cuando sintió crujir todos sus dedos, aunque la fortuna no quiso que se rompiera alguno.

Apoyando las manos contra la pared, Alasdair suspiró.

Su mente no dejaba de pensar en Cora. La había visto a punto de ahogarse en mitad del salón.

Ella pareció decírselo con una mirada, por ello se había levantado tan rápidamente de su asiento.

No quería que nadie más la tocara o ayudara.

Quería ser él quien estuviera a su lado, cuidándola como siempre, hablándole, incluso peleando. Pero nadie más, ni siquiera Nicolas.

Alasdair apenas podía contener los celos que sentía cada vez que ese guerrero se acercaba a Cora.

Los había visto crecer juntos y ser amigos, pero ahora parecían haber cruzado la frontera de la amistad, y eso no podía permitirlo.

Sin embargo, su orgullo le impedía acercarse a ella con otras intenciones.

Alasdair se mordió el labio inferior al pensar en esas intenciones.

Lo que más clamaba su cuerpo era acortar la distancia con ella, tocar su cuerpo con adoración, besarla como si fuera el último aliento de vida, abrazarla, hacerla suya mientras gritaba su nombre una y otra vez.

Quería hacerle perder el sentido entre sus brazos mientras le hacía el amor y acariciaba su hermoso cuerpo.

Pero Cora estaba prohibida para él. No podía hacer eso.

Habían crecido juntos, aunque él fuera varios años mayor.

Los hermanos de la joven lo consideraban uno más de la familia.

Por ello, ¿cómo podía atreverse a desear de esa manera a Cora?

Aún podía recordar el beso que la joven le dio hacía ya muchos años.

Había sido casto, casi infantil, pero para él había sido el mejor de su vida.

Había sido real, inocente y lleno de puro sentimiento.

Y él la había rechazado por miedo, provocando que, a partir de ese instante, Cora lo viera como un enemigo, una cucaracha a la que aplastar mientras él se consumía de deseo por ella.

Alasdair apoyó la frente en la fría piedra de la pared.

Necesitaba calmar su interior, pero no podía.

Tenía que olvidarla, pero siempre la seguía a todos lados.

Entonces, ¿qué debía hacer? La agonía de su pecho se abrió paso.

Quería protegerla desde la distancia, pero también amarla libremente.

Lo primero podía hacerlo. Lo segundo… lo tenía prohibido.

El guerrero vio que su colgante asomaba entre la ropa y lo observó con cierta rabia. Lo sacó por encima de su cabeza para mirarlo mejor y lo apretó con tanta fuerza entre sus dedos que logró traspasar la carne.

—Maldita sea… —murmuró—. Maldita sea mi vida, mi destino y mi estirpe…

Lo primero que deseó el guerrero fue tirarlo al fuego más cercano, pero no podía hacerlo. Era el único recuerdo de su familia, de sus antepasados, de su vida anterior a esa…

—La amo con toda mi alma, padre —susurró—. No soy digno de este colgante…

El guerrero suspiró largamente y volvió a colgárselo del cuello.

Se giró y se apoyó completamente en la pared, dejando caer la cabeza contra esta y cerrando los ojos un instante.

Le dolía terriblemente el pecho. Sentía que se encontraba en una cruzada consigo mismo, por lo que sentía por Cora y por lo no que no debía sentir.

Ese amor lo hacía enloquecer por ella, pero la odiaba al mismo tiempo al verla en brazos de otro hombre.

Y ese odio provocaba que la tratara como siempre, con indiferencia, pero, al mismo tiempo, con ardor y siempre vigilante.

Alasdair se pasó las manos por el rostro. No podía cambiar lo que sentía. Lo había intentado infinidad de veces, sin éxito. Lo único que le quedaba era esperar a que todo finalizara y, cuando acabaran con los Ross, él se marcharía del castillo.

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Al día siguiente, lo primero que hizo Cora cuando se levantó fue pensar en su caballo.

Necesitaba saber cómo se encontraba y si debía hacerle algo antes de escapar de allí.

Tenía que idear algo para sacarlo del castillo sin levantar sospechas, así que lo mejor era comenzar por conocer su estado en ese momento.

Se vistió y bajó las escaleras con prisa. Cruzó el patio sin apenas reparar en nadie más que en la puerta de las caballerizas y se metió en ella con el deseo de estar un rato a solas. Sin embargo, había alguien más allí, y era Nic.

En sus labios se dibujó una sonrisa al tiempo que se aproximaba a él.

Aunque no quería hablar con nadie, Nic siempre era un gran amigo con el que había pasado muy buenos ratos a lo largo de toda su vida.

Y con él sí que le apetecía estar, pues a su lado siempre lograba sentir que todo estaba bien y que no había peligro cerca.

—No esperaba encontrarte aquí —le dijo al llegar junto a él.

—Y yo pensaba que hoy te despertarías con ganas de amargarle la vida a Mackay…

Cora sonrió, aunque se mostró ligeramente incómoda al pensar en Alasdair.

—No lo nombres, por favor. Siempre aparece cuando menos lo esperas.

Nic se rio y la abrazó fugazmente.

—¿Cómo te sientes hoy? Ayer parecías… enferma.

Cora se encogió de hombros, restándole importancia.

—Estoy bien. Ayer me molesté demasiado y cuando me altero, me duele el pecho. No están siendo unos días espléndidos, la verdad. Está todo roto.

—Todo no. Nuestra amistad sigue intacta. ¿O ya no quieres ser mi amiga?

—Sabes que sí, Nic. Respecto a lo que ocurrió ayer en el salón…

—No hace falta que me expliques nada, Cora. Sé que me sobrepasé y no debí intentar quitarte la ropa. Por Dios, eres la hermana del laird. Rowan me mataría si se enterara de ello.

Cora frunció el ceño.

—Rowan tendría que aceptar si decidimos convertirnos en una pareja oficial.

Nic la miró con una sonrisa.

—¿Y le tendría que pedir tu mano y esas cosas? Me va a matar.

La joven se carcajeó.

—Creo que primero deberíamos sobrevivir en esta contienda…

La sonrisa de la joven se volvió triste a medida que pronunciaba aquellas palabras. Si Nic moría también en la batalla, aunque no fuera su pareja, sino su amigo, iba a culparse el resto de su existencia.

—Lo haremos.

—Estás muy seguro.

—En la vida hay que estar muy seguro de lo que haces. Y si sale mal, la culpa es del destino.

—Ojalá yo pensara igual.

Nic sonrió ampliamente y alargó una mano para posarla en su cintura y atraerla hacia él mientras se mordía el labio inferior.

La vio realmente hermosa, con su piel pálida llena de pecas que parecían mirarlo con orgullo.

Sus ojos verdes eran retadores siempre, pero con él eran inocentes.

Y eso era lo que le gustaba de ella, que con él siempre había sido diferente respecto a los demás.

Cora subió sus manos a sus hombros mientras Nic la besaba con suavidad. No quería espantarla como el día anterior. Al contrario, deseaba hacerle ver que advertía en ella algo más que una amistad. Sin embargo, una voz profunda e iracunda interrumpió rápidamente aquel beso.