CAPÍTULO 6 #2
Alasdair rechinó los dientes y miró con deseo sus labios. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no tomarla allí mismo. Por ello, se separó abruptamente de ella y se marchó del dormitorio dando un sonoro portazo.
En el momento en el que Cora se quedó sola, dejó escapar el aire contenido en su pecho. Había estado tan cerca de Alasdair que le comenzaron a temblar las piernas. Su respiración se había agitado y en el centro de su estómago sentía algo tan extraño que no sabía realmente de qué se trataba.
Que Dios la perdonara, pero había rezado para que acabara besándola.
La intensidad que había demostrado el guerrero con ella por su relación con Nic había logrado excitarla.
Nunca había visto a Alasdair tan fuera de sí al ver cómo ella podría entregarse a otro.
No obstante, se dijo que eso no significaba nada respecto al guerrero, que solo quería amargarle la vida un poco más, no acercarse a ella de la manera que le habría gustado desde hacía años.
Cora suspiró mientras se sentaba en la jamba de la ventana.
Desde que tenía uso de razón había visto a Alasdair en el castillo, pero nunca lo había sentido como un hermano.
Lo había visto diferente a los demás, más serio, más solitario, más gruñón…
Y eso había llamado su atención cuando la edad avanzó y comenzó a sentir cosas en el centro de su pecho.
Sus gustos se habían despertado hacía tiempo y se había fijado en que Alasdair había cambiado radicalmente, convirtiéndose en uno de los jóvenes más atractivos del clan.
Eso era indudable. Pero después de que este la llamara mocosa había tenido que esconder sus sentimientos bajo llave.
Los había tenido así durante años, hasta que en los últimos días Alasdair había cambiado.
Ahora parecía seguirla a todos lados, la buscaba, conocía todo sobre ella y…
parecía celoso de su relación con Nic. O al menos eso creía ver ella.
La joven apoyó la cabeza contra la pared fría y cerró los ojos unos instantes.
Amaba a Nic por encima de todo. Era su amigo del alma desde que tenía uso de razón, pero lo que sentía por él no era tan profundo como lo que sentía por Alasdair.
Y se odió a sí misma por no saber manejar ni olvidar al amigo de su hermano Rowan.
Tenía que hacerlo, pues era la única manera de seguir adelante con su vida.
Aunque en el momento en el que pensó en lo que tenía planeado, una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
Ella no tenía futuro. Su destino estaba sellado desde hacía muchos años.
Y no estaba dispuesta a que los Ross volvieran a aparecer en tierras Chattan.
Era ella quien debía presentarse en tierras enemigas.
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Cora miró a su alrededor con interés después de que Rowan reuniera a todo el clan en el gran salón del castillo para comunicarles algo importante. Algunos de ellos se veían nerviosos por la nueva comunicación, ya que sabían que seguramente tendría algo que ver con la guerra que se avecinaba.
A pesar de que la joven intentaba ignorar la mirada que había frente a ella y que apenas le quitaba el ojo de encima, le resultaba casi imposible.
Alasdair clavaba su mirada en ella después de haber estado a punto de besarla en su dormitorio y Cora no estaba segura de hacia dónde iban sus pensamientos cuando la observaba de esa manera.
La joven tragó saliva y desvió su mirada, pero siempre acababa mirándolo de nuevo casi con el mismo interés que él.
Y estuvo a punto de dar gracias a Rowan cuando este comenzó a hablar, llevando hacia él la atención de todo el mundo, incluido Alasdair.
En ese instante, Cora soltó el aire contenido en su pecho y elevó la mirada hacia su hermano.
—Ya sé que os estáis preguntando por qué os he convocado de nuevo aquí. En los días anteriores, envié a Nic a tierras MacBean para llevar la carta escrita por mi cuñada Morag. Ha tardado varios días en regresar y ya tenemos una respuesta de nuestros aliados.
La propia Morag apoyó los brazos en la mesa, completamente interesada en aquella conversación, aunque también ligeramente nerviosa ante la posibilidad de que su laird decidiera no ayudarlos.
—Después de leer la misiva de regreso, Jacob MacBean nos ha pedido unos días para reorganizarse y dejar todo atado y seguro en su clan.
Nos ha comunicado que necesita una semana para llevarlo a cabo antes de venir al castillo y marchar, junto a nosotros, a tierras del clan Ross para declararles la guerra.
Un ligero murmullo se extendió por el salón, aunque la primera en resoplar fue la propia Morag, que acabó dejándose caer contra el respaldo de la silla, ligeramente enfadada.
—¿Por qué una semana? ¿Dice algo más la carta?
—No. Solo que necesita organizarse. Y es normal, Morag. Es un gran clan y Jacob quiere dejarlo seguro antes de partir. ¿Y si lo atacan antes?
—¿Y si nos atacan antes a nosotros?
Rowan arqueó una ceja.
— ¿Estás en contra de la decisión de tu laird?
Morag perdió el color del rostro y rechinó los dientes.
—No en contra, simplemente pienso que, si hubiera ido yo, tal vez el tiempo se habría acortado.
Sloan arqueó una ceja también.
—Se necesita tiempo para reorganizarse. Nosotros mismos también lo necesitamos.
—Pero los Ross están muy bien organizados. Tienen a los mercenarios.
—Razón de más para dejar todo bien atado en ambos clanes antes de partir a la guerra —dijo Rowan mirándola fijamente—.
Sé que el ánimo entre todos está caldeado porque hemos sufrido bajas muy importantes y queridas por todos nosotros.
Pero no podemos ir sin un rumbo fijo o pereceremos en el primer ataque al castillo Ross.
Ruairidh debe de ser un hombre realmente inteligente como para haber llevado a cabo esto durante demasiados años.
—Debemos tener también cuidado con los Comyn —dijo Gillian con una seguridad pasmosa mientras todos a su alrededor se quedaban sin palabras al escuchar lo que dijo sobre su propio clan—.
Si mi hermano es un traidor y está con Ross, puede acudir a su llamada, y entonces estaríamos perdidos. Debemos tener cuidado.
Rowan frunció el ceño, pero fue Alasdair el que habló por él.
—¿Crees que tu hermano tiene demasiados aliados en su propio clan?
—Lo que yo pienso es que ni siquiera mi gente sabe que es un traidor. Lo hizo todo demasiado bien, y él no se manchó las manos con la sangre de mi padre. Puede que ni sus hombres conozcan su verdadera cara y los envíe a una muerte segura sin saber contra quién tienen que luchar.
— ¿Y si le enviaras una misiva a alguien cercano a tu hermano? —preguntó Sloan.
—Esa persona moriría en cuanto tuviera la carta entre las manos. No quiero tener el peso de su muerte sobre mis hombros.
A medida que todos hablaban, Cora se internó en sus propios pensamientos.
No podía esperar una semana para que los MacBean y los Chattan marcharan a la guerra, pues no quería ver cómo moría más gente por una causa en la que ella era la protagonista.
Necesitaba marcharse ya antes de que la guerra acabara con todos los allí presentes.
Era a ella a la que querían y era quien debía enfrentarse a sus enemigos.
Días atrás hizo un juramento de sangre y no pensaba permitir que los demás volvieran a poner su vida en riesgo por ella.
Tenía que irse antes, entregarse a los Ross para evitar esas muertes.
Pero cuando levantó la mirada hacia Alasdair y vio que este la observaba…
parecía perder el norte y su propio objetivo en la vida.
El guerrero tenía algo en su mirada que la elevaba, que la hacía olvidar todo, que la manejaba a su antojo, como un extraño brujo que hacía lo que quería con ella, incluso poner en duda su relación con Nic.
—Tú estás muy callada. ¿Por qué no opinas?
La voz de Alasdair se elevó por encima de las demás y, curiosamente, todo el mundo dejó de hablar para conocer lo que ella opinaba de todo eso. Cora tragó saliva y lo odió una vez más por ponerla en un aprieto, ya que no quería que nadie se diera cuenta de lo que realmente estaba pensando.
—Yo no quiero que os juguéis la vida por mí. Aún no sabemos quién es ese “gato mayor” que me va a ayudar. Incluso puede que ya esté muerto. Lo que creo es que todo esto es una completa locura ideada por alguien que carece de juicio. Y, ante todo esto, estamos solos.
Cora suspiró y miró a Rowan.
—Esta familia está completamente rota. Hasta Arran se ha ido por mi culpa.
Rowan suspiró y negó con la cabeza.
—No ha sido por tu culpa.
—¿Acaso no lo miraste a los ojos? ¿No lo escuchaste el día del entrenamiento cuando se lanzó contra mí? Me culpa de la muerte de Kester, de la misma forma que Sloan se culpó a sí mismo por la muerte de Craig.
El aludido frunció el ceño e intervino.
—No es lo mismo.
—¡Sí, lo es! —exclamó dando un manotazo sobre la mesa y levantándose de golpe.
Sin embargo, en ese instante, sintió un pinchazo en el corazón, el mismo que siempre le indicaba que estaba a punto de perder el control sobre sus sentimientos y se iba a ahogar.
Rápidamente, se llevó la mano al pecho, provocando que Alasdair se levantara de la silla de un salto con la mirada fija sobre ella.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
Cora se obligó a incorporarse y a mirarlo.
—No es nada.
La joven respiró hondo y les dio la espalda, cruzándose de brazos.
—Mientras yo siga aquí, atacarán el castillo.
—Esta es tu casa, Cora —intervino Rowan.
—En mi casa deberían estar mis padres y mis hermanos. Y ya faltan muchos de ellos…
Rowan suspiró y la miró cuando la joven se giró de nuevo.
—Solo debemos aguantar una semana. Después, iremos a la guerra.