Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Al día siguiente, Cora se levantó ligeramente más tarde. Había caído rendida al sueño después de la medianoche y no había sido consciente del inicio del día hasta que una de las sirvientas entró en el dormitorio pensando que ya se habría despertado.

Se había vestido y aseado con rapidez y bajó las escaleras para ir a tomar algo a la cocina, pues estaba segura de que su familia habría desayunado ya y no quería estar sola en ese inmenso salón.

Sin embargo, la fortuna quiso que, mientras caminaba por el pasillo, se cruzara con alguien a quien llevaba varios días sin ver, por lo que en sus labios se dibujó una amplia sonrisa, que secundó él:

—¡Nic! ¿Dónde te has metido?

—Me parece que no en la cama, de donde tú vienes. Aún tienes la marca de las sábanas en la cara…

Cora se sonrojó y se tocó la mejilla, provocando la risa del guerrero.

—Lo siento, es que me dormí tarde.

—No tienes que darme explicaciones… y menos pedir disculpas, Cora. Pero, respondiendo a tu pregunta, sí, hemos estado sin vernos varios días.

La joven miró hacia una de las puertas del pasillo.

—¿Qué te parece si entramos en un salón y me cuentas?

—Claro que sí. Vamos…

Ninguno de ellos fue consciente de que un par de ojos los miraban desde el otro lado del pasillo con los brazos cruzados y un gesto iracundo en el rostro.

Durante unos días, Nic no había estado en el castillo y no se había convertido en un rival para él, pero ahora que había vuelto sentía que los celos lo comían por dentro…

Mientras tanto, en el salón, Cora miró al guerrero con ansiedad. Quería saber qué había pasado para que desapareciera sin avisar, por lo que cuando la puerta se cerró tras él, este suspiró y comenzó a explicar.

—Tu hermano Rowan me envió al clan MacBean para avisar al laird sobre lo que habíamos descubierto y lo que había pasado en el castillo.

Le he llevado la carta de Morag en la que solicita su ayuda para luchar contra los Ross.

Y he tenido que esperar allí mientras el laird deliberaba con sus hombres y escribía una respuesta. De ahí que no haya podido estar aquí…

Cora asintió y suspiró.

—¿Y acabas de llegar?

Nic asintió.

—Entonces, no sabrás que Arran se ha marchado del castillo.

En el rostro del guerrero se dibujó una expresión de sorpresa.

—No, nadie me ha dicho nada. De hecho, he llegado a primera hora y apenas he hablado con nadie. Tan solo con Rowan, y este no me ha contado nada.

—Sí, ha decidido marcharse del clan porque no podía soportar ciertas presencias… Y lo dijo mirándome…

Nic silbó y se acercó a ella para poner las manos sobre sus hombros.

—¿Y cómo te sientes?

La joven ladeó la cabeza.

—Todo lo bien o todo lo mal que te puedes sentir después de que tu propio hermano te desprecie así y te culpe de la muerte de otro. La verdad es que lo único que deseo es escapar de aquí e ir contra los Ross. No quiero que nadie me mire ni me señale como culpable.

Nic negó con la cabeza.

—Te puedo asegurar que entre los guerreros nadie cree que seas culpable de esto. Es cierto que se sorprendieron cuando Rowan contó la verdad a todos, pero es normal. Yo también me sorprendí cuando lo hiciste. Por lo demás, tienen lealtad hacia ti.

Nic la atrajo hacia él y la miró a escasos centímetros de su boca.

—Pues es una pena que Arran sí me considere culpable.

—Piensa que en parte es normal. Tiene mucho dolor dentro. Que un hermano muera es muy complicado, pero que este sea gemelo… Es aún más difícil de asimilar. Y no pienses más en eso. Arran ha decidido tomar su camino.

El guerrero besó la nariz de Cora al tiempo que apretaba sus dedos alrededor de su cintura, haciéndole cosquillas, y provocando que esta se riera suavemente.

—Al menos he conseguido que te rías…

—Gracias. Siempre has estado ahí para mí.

Nic se encogió de hombros y acercó lentamente su rostro al de Cora.

Esta se mantuvo quieta, mirándolo a los ojos aún con la sonrisa dibujada en sus labios.

Durante un instante, la imagen que le vino a la mente fue la de Alasdair el día anterior en el bosque cuando la miró con deseo, pero cuando pensó que lo mejor era apartarse de Nic, este ya la estaba besando.

Los labios del guerrero fueron suaves, armoniosos. La besó como cualquier otra mujer hubiera deseado, casi con adoración. Lo hizo despacio, disfrutando de cada milímetro de sus labios. No había prisa, tan solo la atención absoluta del uno en el otro.

Poco a poco, el beso comenzó a sentirse más seguro, pero también más urgente.

Tanto uno como otro había esperado ese momento de nuevo y no lo pensaban desaprovechar.

Las manos de Nic se aferraron con fuerza a la cintura de Cora, como si se tratara del lugar exacto donde querían quedarse.

Las de la joven ascendieron por los brazos del guerrero hasta sus hombros, a los que se aferraron con seguridad.

Y durante unos instantes, el resto del mundo pareció perder interés en ellos, como si estuvieran solos y nadie más existiera fuera de allí.

Las manos de Nic se volvieron nerviosas, logrando descolocar la ropa de la joven al sacar su camisa de entre sus pantalones.

En ese instante, la mente de Cora le jugó una mala pasada, poniendo la imagen de Alasdair en el centro de todo.

La joven se sobresaltó al pensar en él y en el deseo que siempre había sentido por el guerrero, pero que nunca había sido correspondido.

Se separó abruptamente de Nic y lo miró con cierta vergüenza.

¿Cómo era posible que la imagen de Alasdair se hubiera filtrado en sus pensamientos mientras besaba a Nic?

Junto a él siempre se había sentido bien, su amistad había ido a mayores con el tiempo y este la apoyaba en todo.

Entonces, si Alasdair la rechazaba, ¿qué problema había en que ella se divirtiera junto a Nicolas?

—Lo siento, tal vez he ido demasiado deprisa, Cora.

La joven negó con la cabeza y sonrió, avergonzada.

—No, no es eso. Tranquilo. Es solo que no me sentía cómoda ahora.

Nic sonrió y asintió.

—Disculpa. No lo he notado. Será mejor que te deje sola para que te arregles la ropa. Nos vemos en otro momento…

Cora asintió y lo miró mientras se marchaba y la dejaba sola.

Únicamente en ese momento, se permitió soltar el aire contenido.

Se había puesto realmente nerviosa y no había sabido controlar el momento, por lo que agradeció que Nic no se hubiera dado cuenta de que se había separado de él porque la imagen de otro había aparecido en su mente.

Cora se llevó las manos al rostro y se frotó las sienes.

No podía dejar que Alasdair controlara su vida si este la despreciaba.

Debía odiarlo y seguir con la misma relación que habían mantenido durante años y que no había cambiado nunca, hasta los días anteriores.

Desde el ataque al castillo, Cora había sentido su relación con él de una forma diferente.

A veces se seguían odiando, pero otras parecían tener una tregua entre ellos.

Y eso había provocado que todo su ser dudara.

Con la vacilación aún sobre ella, Cora decidió salir del salón y dirigirse a un lugar donde poder pensar con claridad.

Caminó por el pasillo sin darse cuenta de que no era la única en este, sino que Alasdair se encontraba en el mismo lugar donde había estado minutos antes cuando la vio entrar al salón con Nic.

La joven se colocó la ropa lentamente mientras pensaba en lo sucedido.

Y estaba tan metida en sus pensamientos que estuvo a punto de darse de bruces con el problema que tenía en mente.

Los ojos del guerrero la miraban de forma iracunda, tan penetrante que estuvo a punto de darse la vuelta y caminar hacia otro lado del pasillo. Sin embargo, se quedó parada, encarándolo, mientras terminaba de colocar su ropa, gesto que no pasó desapercibido a Alasdair.

—Acabo de ver a Nic salir del mismo salón que tú…

Cora arqueó una ceja.

—¿Y?

Alasdair rechinó los dientes.

—¿Te has entregado a él?

Cora no pudo evitar que sus mejillas se tiñeran de rojo por la vergüenza ante semejante pregunta tan impropia e íntima.

—¿Qué? No digas tonterías…

Cora intentó rodearlo, pero Alasdair le cortó el paso, provocando que la joven chocara contra su pecho.

—Podrían haberos visto…

Ella lo miró a los ojos y frunció el ceño.

—No es asunto tuyo —le espetó al ser consciente de que los había estado espiando.

La joven finalmente acabó rodeándolo y se marchó por el pasillo.

Necesitaba encerrarse en su dormitorio para que nadie más viera la vergüenza que sentía de repente.

Sin embargo, Alasdair no había dado por finalizada su conversación y la siguió por el pasillo.

Cora escuchaba sus pasos tras ella, pero tenía la esperanza de que, al llegar a su dormitorio, la dejaría en paz.

No obstante, no fue así. Cuando la joven intentó cerrar la puerta tras ella, Alasdair alargó una mano e impidió que esta se cerrara. Entró en el dormitorio y la cerró tras él, acercándose a Cora, que se marchó al otro extremo de la habitación.

—¿Se puede saber por qué has entrado? No te he dado permiso.

—Estábamos hablando.

Cora resopló y se cruzó de brazos.

—Yo he dado por terminada la conversación.

—En eso te equivocas porque yo no.

La joven arrugó el rostro.

—No tienes derecho a meterte en mi vida, Alasdair. Soy una mocosa, ¿recuerdas?

—Así es como te comportas al entregarte a Nic en un salón.

Cora se acercó a él, quedándose a escasos centímetros.

—Yo no me he entregado a nadie. Y, si lo hubiera hecho, eres el menos indicado para preguntar y pedirme explicaciones.

—Eres la hermana del laird. No puedes hacer eso con Nic.

—Entonces, ¿con otro sí?

Alasdair rugió de rabia y la acorraló contra la pared con la mano en la barbilla, elevándosela. Ese movimiento provocó que los labios de ambos se quedaran a escasos centímetros.

—No eres de Nic.

Cora lo miró con ojos retadores.

—Tienes razón. Soy mía. Pero si decido entregarme a alguien que no me vea como una niña, tengo derecho a hacerlo.