CAPÍTULO 5 #3
—Qué decepción. Pensaba que querrías cruzar la espada conmigo.
Cora volvió a mirarlo y arqueó una ceja.
— ¿Has venido hasta aquí para luchar contra mí? Te advierto que hoy estoy deseando hacerle morder el polvo a alguien después de lo que ha pasado con Arran.
Alasdair esbozó media sonrisa, algo que llamó la atención de Cora. El guerrero no solía sonreír, pero cuando lo hacía, todo su rostro parecía iluminarse. Perdía aquella seriedad y tensión que parecía tener en todo momento, haciéndolo más cercano, más humano, más… atractivo.
La joven tragó saliva y carraspeó.
—La verdad es que me ha gustado ver cómo corrías de un lado a otro. No estaría mal hacerte morder el polvo a ti entre las ramas caídas de esos árboles.
Cora desenvainó de nuevo la espada, al mismo tiempo que él.
—¿Me estás retando? Lo pregunto porque no pienso parar hasta vencer. Necesito romper algo, y no estaría de más rasgar tu camisa.
— ¿Para ver mi pecho desnudo?
Cora se quedó estupefacta sin darse cuenta de que había sido una estratagema de Alasdair para desviar su atención.
En ese momento, el guerrero cruzó su espada con ella y se lanzó contra la joven para atacarla.
Rápidamente, y obligándose a reaccionar, Cora dio un salto hacia atrás y levantó su espada para atajar el ataque de Alasdair.
Sus pies chocaron contra una piedra cercana, pero en lugar de trastabillar, la joven se subió sobre ella y saltó hacia un lado, provocando un silbido del guerrero.
Cora estaba aún sorprendida por la actitud de Alasdair.
En sus ojos veía admiración profunda, pero no lograba creérsela después de todo lo vivido con él.
Mientras seguían luchando, Cora se preguntó qué le había pasado a Alasdair para que, de repente, tuviera sentimientos diferentes hacia ella.
Hasta entonces, no habían hecho más que pelear y odiarse, pero desde el ataque al castillo y la muerte de su madre y Kester, Alasdair parecía estar pendiente de ella en todo momento.
Cora lo sabía, lo sentía en lo más profundo de su ser.
Incluso tenía la impresión de que el guerrero sabía dónde estaba ella a pesar de que no se veían.
Y eso en parte le gustaba, pero también le hacía daño.
Le hacía recordar aquel maldito beso que le dio esa noche muchos años atrás, aunque también su rechazo.
Y a pesar de que ahora no parecía haber ese rechazo, Cora seguía sintiéndose extraña en su presencia.
En un momento dado, Alasdair hizo un movimiento diferente.
Giró sobre sí mismo y logró ponerse detrás de Cora cuando la joven intentó escapar.
Pero él fue más rápido y logró pasar un brazo por los hombros de ella y la empujó contra su pecho.
Con la mano libre, colocó su espada en el cuello de la joven y sonrió contra su oreja.
Al instante, los nervios de Cora saltaron por los aires.
Tener tan cerca a Alasdair la exaltaba y la hacía temblar.
Siempre le había pasado, pero había logrado fingir y ocultarlo detrás del odio. Pero en ese instante no le salía.
Su corazón se aceleró al sentirlo tras ella. Aquel amplio pecho la recibió con calor y cuando sintió los labios del guerrero contra su oreja, la espada estuvo a punto de escurrirse de entre sus dedos.
—Si yo fuera un enemigo, estarías muerta…
Cora necesitó de toda su fuerza de voluntad para no responder lo que realmente deseaba decirle.
Giró la cabeza hacia él y clavó su mirada en aquellos ojos azules que la miraban a escasos centímetros de los suyos.
La joven podía sentir en su hombro la fuerte mano de Alasdair y el poderoso calor que manaba de sus dedos, pero también sintió las cosquillas de su propio cuerpo al tenerlo tan cerca de ella.
—Entonces, debo dar gracias por que no lo seas… —susurró casi sin voz.
En ese instante, los ojos de Alasdair lo traicionaron y se dirigieron hacia sus labios.
El propio guerrero no pudo evitar morderse los suyos mientras parecía besar los de la joven en su mente.
Y cuando aquellos zafiros volvieron a ascender para mirar sus esmeraldas, Cora se dio cuenta de que lo que sentía por él seguía siendo igual de fuerte que años atrás, que no sabía en qué momento se enamoró de él y que era una maldita imbécil por no haber podido olvidarlo.
Los dedos de Alasdair se apretaron más contra ella cuando sintió un poderoso deseo que le era casi imposible de retener para sí.
Sabía que Rowan lo mataría si se fijaba en su hermana después de todo, pero no podía arrancar de su corazón lo que sentía por ella desde hacía demasiados años.
Había sido un fuerte golpe, muy duro, pero en el momento en el que vio la increíble mujer en la que se había convertido y la sensualidad que derrochaba, sin saberlo, todo su ser acabó a los pies de Cora.
Y a cada instante que pasaba lo sentía más fuerte. Y por eso la odiaba.
Inconscientemente, Cora comenzó a acercarse más a él, pero en ese instante, el miedo lo engulló por completo, obligándolo a separarse de ella y a seguir luchando en ese lugar con tantos obstáculos.
Vio la ira reflejada en los ojos de la joven ante su rechazo, pero sabía que era mejor así. Prefería que lo odiara por rechazarla a amarla libremente y acabar odiado por todos los demás del clan.
Cora lograba parar sus estocadas con maestría, haciendo que ambos pudieran encontrar diversión en lo que estaban haciendo, hasta que la joven consiguió sacar el colgante que estaba escondido entre sus ropas y esbozó una sonrisa.
—¿Qué es ese colgante? Nunca te lo quitas.
Rápidamente, Alasdair apartó la punta de la espada de Cora y volvió a esconderlo entre el cuello de su camisa.
—De acuerdo, no debo hacer preguntas del misterioso pasado del guerrero… —acabó diciendo la joven al ver la rapidez con la que lo escondía de nuevo.
—La curiosidad mató al gato… —respondió Alasdair con ese mismo aire misterioso que ella había descrito.
Cora sonrió y envainó la espada.
—Y hablando de ellos… Creo que el gato del que habla la profecía es Nic.
La breve sonrisa de Alasdair se desvaneció de golpe. La joven fue consciente de la tensión que generaron sus palabras en el guerrero, aunque la escuchó con atención.
—¿Por qué crees eso? Ninguno hemos logrado adivinar a quién se refiere…
Cora se encogió de hombros.
—Nic me dijo hace unos días que tiene sangre MacGillivray. Tal vez sea él la persona a la que se refiere la profecía.
Alasdair lo meditó y acabó encogiéndose de hombros.
—Aunque Nicolas es un buen guerrero, no lo veo muy capaz de protegerte frente a los Ross. Y si lo hace, acabaría muerto.
—Tienes muy poca fe en él. ¿Por qué te cae tan mal?
Alasdair se mordió la lengua para evitar confesarle la verdad. En su defecto, hizo un gesto con el rostro, restándole importancia.
—No me cae mal. Simplemente, no creo que sea él la persona a la que se refiere esa visión. De todas formas, tampoco creo demasiado en visiones. Aunque alguien sea capaz de ver ese futuro, este puede cambiar.
—Entonces, ¿no crees en los videntes?
—Creo en lo que yo puedo ver y hacer. Nada más.
Cora sonrió, provocando que Alasdair se quedara embobado mirando la luz que apareció de repente en el rostro de la joven.
Siempre que esta sonreía, parecía quitarse la amargura de encima, haciendo que su belleza fuera extremadamente peculiar y llamativa.
Sus pecas incluso parecían destacar en su bello y blanco rostro. Y a él le encantaba perderse en eso.
—Sabía que dirías eso…
—¿Tan evidente resulto? —preguntó el guerrero con una sonrisa ligera.
Cora se encogió de hombros.
—No, pero te conozco bien.
—Así que estos años no solo me has odiado, sino que también me has estudiado…
La joven sonrió aún más.
—Hay que estudiar bien a tus enemigos todos los sentidos…
El guerrero contuvo una sonrisa y la recorrió con la mirada.
—En todos los sentidos… —susurró con voz ronca.
Cora se puso de repente igual de nerviosa que antes, cuando la había estrechado contra su pecho. La joven tragó saliva y apartó la mirada, pues se sintió desnuda ante él y no quería que descubriera lo que sentía.
—Creo que es hora de volver al castillo.
Alasdair la miró de nuevo a los ojos y acabó asintiendo.
—Sí, es lo mejor.
Para su sorpresa, Alasdair le sonrió y le indicó el camino con una mano, pidiéndole que iniciara la marcha.
Con las piernas ligeramente temblorosas, Cora se movió y deshizo el camino hasta el castillo.
Junto a ella estaba la imponente y segura presencia de Alasdair, que caminaba con las manos atrás y la mirada puesta al frente, pero ella desconocía que su interés y su atención estaban únicamente puestas sobre su persona.