CAPÍTULO 5 #2
Esa misma tarde, y sin esperar más tiempo para cambiar de opinión, Arran recogió sus pocas pertenencias y decidió marcharse.
En el patio se habían reunido sus amigos y compañeros de lucha, pero también lo que quedaba de la familia.
Rowan, Gillian, Sloan y Morag se encontraban en el centro del patio para despedirlo.
Habían llevado su caballo hasta allí con la montura puesta y, mientras colgaba las alforjas, hablaban de algo que Cora no lograba adivinar desde la puerta de salida del castillo.
Apoyada en la jamba, la joven observaba a su familia, obligándose a sí misma a permanecer apartada, pues Arran no querría aguantar su presencia en ese momento. Los vio abrazarse, y una parte de ella se rompió al no despedirse de su hermano, ya que sentía que lo había perdido para siempre.
—¿No te acercas?
La voz de Alasdair pareció retumbar en el pasillo. Había aparecido de repente y se quedó parado a su lado.
—He tomado la decisión de no volver a acercarme a aquellos que no me quieren.
—Sabia decisión.
Cora lo miró con una ceja arqueada.
—¿Y tú? Deberías estar despidiéndote de un amigo.
—El amigo dejó de serlo en el momento en el que perdió el juicio y le hizo daño a una persona aún más importante que él.
La seguridad en su voz provocó que Cora lo mirara una vez más, curiosa.
Se preguntó a quién se refería, y en el momento en el que Alasdair giró la cabeza hacia ella, descubrió la respuesta que necesitaba.
De repente, la joven sintió que las piernas le temblaban y que todo su ser vibraba bajo aquella mirada azulada.
Ambos se mantuvieron quietos y en silencio, ya que Cora no supo qué responder a eso.
Cora se salvó de contestar cuando el sonido del portón llegó hasta ellos y los obligó a romper la conexión entre las miradas.
Rápidamente, giró la cabeza en dirección a Arran y lo vio partir del castillo sin mirar atrás.
Un profundo dolor en el pecho se abrió paso, instigándola para llorar.
Sin embargo, logró contenerse con todas sus fuerzas y en el momento en el que vio que Arran atravesaba la muralla, Cora no pudo evitar mirar fugazmente a Alasdair y comenzó a caminar sola hacia el centro del patio.
Desde allí, casi corrió hacia las escaleras de subida a la muralla.
Apartó a los guerreros que había allí y observó cómo su hermano se alejaba del castillo y se acercaba al bosque.
La joven apretó los puños contra su costado y se contuvo de gritar, pues habr ía vociferado con fuerza para insultarlo y llamarlo cobarde.
Sin embargo, algo en su garganta se atravesó, impidiéndole hablar .
Cora sabía que las miradas de todos estaban puestas sobre ella.
Especialmente, sentía la de Alasdair desde el otro lado del patio, apoyado contra la jamba de la puerta de entrada.
Pero ninguna le importaba más que la del propio Arran en ese instante.
Le habría gustado ver que la miraba una última vez en lugar de fingir que ella ya no existía para él.
Y como si hubiera leído sus pensamientos, antes de penetrar en los límites del bosque, Arran giró la cabeza y clavó su mirada de acero sobre ella. Ambos la sostuvieron durante unos segundos, hasta que el guerrero se volvió hacia su camino y desapareció entre los árboles.
Cora supo entonces que aquella mirada era la última que le dedicaba su hermano. Lo había perdido para siempre, y ahora era su turno para tomar las riendas de su vida y de su destino.
La joven se giró en la muralla y miró al centro del patio.
Comprobó que sus hermanos se habían marchado y que ya no estaban allí.
Supuso que prefirieron dejarle ese momento a solas para evitar la vergüenza de tener que mirarlos a la cara tras el rechazo de Arran.
Sin embargo, unos ojos de color azul intenso la observaban desde la entrada al castillo.
Sorprendentemente, Alasdair no se había movido de donde se encontraba antes de que ella corriera hacia la muralla.
Seguía con la mirada puesta sobre la joven, provocando que Cora se quedara paralizada en lo alto de la escalera.
¿Qué hacía él allí? ¿Por qué no se había marchado junto a los demás?
¿Por qué la miraba como si fuera un lobo a punto de saltar sobre ella?
Cora siempre había sentido las miradas de Alasdair como algo extraño, como si él siempre supiera dónde estaba, qué sentía o qué estaba a punto de suceder, pero nunca había logrado adivinar por qué, ni tampoco Alasdair la dejaba entrar en él.
La joven rezó para que el guerrero dejara de observarla de esa manera.
Y al ver que Alasdair no apartaba su mirada, Cora descendió las escaleras y continuó con sus planes.
Se dijo que debía seguir adelante lo antes posible y tomar las riendas de su destino.
Si la querían a ella, la tendrían… Pero primero debía prepararse, tenía que entrenar para aguantar la muerte, que, indudablemente, estaba cerca.
Ignorando la mirada de Alasdair, que sentía sobre su espalda como puro fuego, Cora caminó hasta el portón. Se acercó al guerrero que había al lado de este, y le pidió que abriera.
—El laird ha extremado las precauciones, y es más complicado salir de aquí.
—¿Complicado? Solo tienes que levantar ese tronco de madera para dejarme salir. Es igual de difícil que antes…
Lo vio rodar los ojos.
—Sabes a lo que me refiero, Cora.
—Y tú sabes tan bien como yo que, si no me abres tú el portón, pienso descender por la muralla con una cuerda. Si esta se rompe y me parto el cuello, llevarás sobre tus hombros el peso de mi muerte.
—Tú lo ves fácil.
Cora frunció el ceño. ¿Fácil? Acababa de marcharse su hermano porque no soportaba su presencia y la culpaba de la muerte de Kester. ¿De verdad pensaba que era fácil?
—Mi hermano tiene sus planes, pero yo tengo los míos.
Lo vio suspirar y acabó aceptando.
—Está bien, Cora. Bajo tu responsabilidad…
La joven sonrió de lado y asintió. Todo era bajo su responsabilidad y culpabilidad, pero quedaba poco para que siguieran mirándola de esa forma.
En el momento en el que portón se abrió, Cora salió del castillo y se dirigió hacia un lugar donde su padre solía llevarla a entrenar.
Este solía visitar diferentes lugares cercanos al castillo para entrenarla, ya que tenía la certeza de que debía prepararse en los diferentes terrenos.
Dejó atrás el castillo sin mirar ni tan siquiera de reojo, pues no quería saber si la estaban siguiendo con la mirada.
Necesitaba alejarse del ruido, como días atrás.
Cuando por fin llegó, desenvainó la espada y comenzó a hacer movimientos al mismo tiempo que se movía entre las piedras y ramas caídas.
Hacía demasiado tiempo que no entrenaba en un terreno así, con desniveles y obstáculos que dificultaran su entrenamiento.
Desde la muerte de su padre, se había acostumbrado a entrenar en el patio del castillo, sobre un terreno llano y sin apenas obstáculos.
Y para llevar a cabo su plan necesitaba volver a tener la agilidad de antes.
El tiempo pasó y, poco a poco, su cuerpo comenzó a sentirse cansado.
Cora notaba cómo una gota de sudor bajaba por su espalda a medida que saltaba de una piedra a otra al tiempo que fingía atacar a algún enemigo.
Su respiración era acelerada y en su mente no solo estaba lo que se encontraba haciendo en ese instante, sino también Ruairidh Ross.
Imaginaba que estaba luchando contra él, aunque sabía que todo su clan se echaría sobre ella cuando acabara con el laird.
En un momento, Cora paró unos segundos para tomar aire y tranquilizar su respiración.
Estaba realmente cansada, pero su ánimo no había decaído.
Al contrario, hacía tanto tiempo que no luchaba así que había recordado de nuevo cómo se sentía cada vez que luchaba contra su padre.
Una sonrisa se dibujó en sus labios y cerró los ojos unos instantes mientras elevaba la cabeza hacia arriba.
En ese momento, Cora escuchó el crujido de una pequeña rama al partirse justo detrás de ella.
Aferrando con fuerza la espada, se giró con rapidez y elevó la punta de esta para ponerla justo en el cuello del recién llegado.
Con la mirada fija sobre él, Cora frunció el ceño, pero no dijo nada, sino que se quedó mirándolo de una forma tan profunda como él.
Alasdair se encontraba tenso, esperando el siguiente movimiento de la joven.
La había estado observando desde un lugar escondido detrás de un seto y no pudo sino quedarse impresionado por la habilidad de Cora.
Únicamente la había visto luchar en los entrenamientos y, aun así, la consideraba una muy buena guerrera.
Pero ese día… se había quedado sin palabras.
La había visto correr de un lado a otro, saltar de las piedras sin miedo, moverse con rapidez al tiempo que hacía arcos con la espada para atacar a un enemigo invisible.
Al verla así, su propio cuerpo se había comenzado a moverse desde donde se encontraba escondido para acercarse a ella.
No se había dado cuenta de que se estaba moviendo hasta que la tuvo frente a sí en cuestión de segundos.
El guerrero tragó saliva y Cora apartó la espada de su cuello, no así su mirada, que la mantuvo clavada en él.
—Pensaba que me conocías un poco para saber que si vengo al bosque es porque quiero estar sola.
Alasdair arqueó una ceja cuando la joven dio un paso atrás para alejarse de él.
—Y yo pensaba que me conocías y sabías que si te veo ir al bosque iré detrás porque mi obligación es protegerte.
Cora arqueó una ceja.
—Sabes que hoy no soy la mejor compañía del mundo.
—Ayer tampoco lo eras y, aun así, me quedé.
La joven sintió un nudo en la garganta, por lo que se alejó aún más de él. Quería poner distancia, ya que lo que sentía por Alasdair a veces le hacía demasiado daño. Apartó la mirada y envainó la espada, gesto que provocó que el guerrero se cruzara de brazos con una mirada ligeramente brillante.