Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

A la mañana siguiente, Cora se levantó con el ánimo diferente.

Había podido descansar a pesar de lo ocurrido en el día anterior, y se sentía ligeramente más animada.

Se vistió como siempre y dejó su pelo completamente suelto.

Se miró en el espejo y vio que, a pesar de su ánimo, estaba ligeramente más pálida, ya que las pecas de sus mejillas eran más visibles.

La joven siseó cuando se colgó la espada de la cadera e hizo un movimiento con el hombro herido. Casi había olvidado lo que Arran le había hecho el día anterior, lo cual le recordó su intención en los días posteriores, a menos que todo cambiara en el clan.

Cora salió del dormitorio y caminó hacia la escalera. La joven iba tan metida en sus pensamientos que no vio a Alasdair hasta que casi se dio de bruces contra él.

—¿Qué tal el hombro?

La amabilidad con la que el guerrero le había hablado volvió a sorprenderla.

La conversación que habían mantenido en la torre el día anterior ya la había dejado pasmada, pues era la primera vez en su vida que mantenían un intercambio de frases en el que no se insultaran.

Cora no pudo evitar que la sorpresa se viera reflejada en sus ojos, por lo que carraspeó para disimular.

—Está mejor, gracias.

Alasdair asintió con seriedad.

—¿Has podido dormir algo?

Y ahí estaba de nuevo el guerrero con una amabilidad que desconocía por completo y que logró descolocarla.

—Todo lo que se puede dormir después de lo que ha pasado en la última semana…

—Sí, dudo mucho que haya alguien que duerma bien en el castillo después de estos días…

Cora señaló las escaleras abajo.

—¿Vas a desayunar?

Alasdair clavó sus ojos azules en ella, provocando que la joven tuviera que tragar saliva con fuerza.

—Sí, me disponía a ello…

—Si quieres… —Cora dudó—, podemos bajar juntos. Yo también voy…

—Sí, claro.

Ambos comenzaron a bajar las escaleras. Cora no pudo evitar mirarlo de reojo, preguntándose qué pasaba por su cabeza para haber cambiado su actitud hacia ella.

Pensó que tal vez lo ocurrido con Arran el día anterior no le gustó y se prometió tratarla de otra manera, ya que no tenía ni idea de qué había podido pasar para mostrarse de una manera diferente.

— ¿Te importa si te hago una pregunta?

Alasdair levantó la mirada hacia ella mientras terminaban de bajar el resto de escaleras. Asintió con curiosidad, aunque su mirada era tan profunda y seria como siempre.

—¿Por qué nunca vas a las tierras Mackay para visitar a tu familia?

El guerrero alzó una ceja.

— ¿Me quieres echar otra vez?

Cora sonrió ligeramente.

—¡No! Es… simple curiosidad. He perdido a mucha gente estos días y me preguntaba por qué tú no visitas a los tuyos.

Alasdair se encogió de hombros, tan serio como antes, aunque ligeramente tenso.

—Mis padres murieron hace tiempo. No tengo a nadie a quien visitar.

—¿Tampoco hermanos?

—La única familia que tengo es la que he podido hacer aquí —respondió evitando responder de forma clara—. No tengo a nadie en el clan Mackay.

— ¿Y por qué tu padre nunca te visitó antes de morir?

Alasdair se quedó parado en mitad del pasillo con la mirada fija sobre ella. Al sentirla, Cora paró también y se giró hacia él, sorprendida por aquella profundidad.

—¿Por qué me haces esas preguntas?

La joven se encogió de hombros.

—Simple curiosidad.

—No lo creo.

Cora dejó escapar una risa.

—¿Y por qué motivo te preguntaría nada si no es por curiosidad?

—Nunca has sentido curiosidad por mí.

La sonrisa de la joven desapareció de golpe, y dio un paso más.

—Me temo que en eso te equivocas, Alasdair. Hubo un tiempo en el que sí la tuve, pero a ti te molestó que una mocosa mostrara interés.

Rechinando los dientes y golpeándose mentalmente por haberse mostrado amable con él, Cora retomó el camino hacia el salón, dejándolo solo en mitad del pasillo.

Le molestó que Alasdair le respondiera con tono defensivo, por lo que se dijo que lo mejor era mostrar la misma indiferencia de siempre con él.

Desde su posición, el guerrero miró la espalda de Cora mientras caminaba alejándose de él.

Se sentía iracundo consigo mismo. Nunca le había gustado que le preguntaran por su antigua vida antes de llegar allí, por lo que se había puesto nervioso cuando Cora comenzó a hacerle preguntas.

Levantó una mano y tocó el colgante de su padre por encima de la ropa.

Era el único recuerdo que poseía de él, lo único que le recordaba que él no era un Chattan y que pertenecía a otro clan, que nunca había tenido familia y su verdadero padre no había podido enseñarle todo lo necesario para la vida.

Suspiró cuando Cora desapareció de su vista. No había sabido gestionar ese nerviosismo que la joven le provocaba con su sola presencia, y mucho menos al mostrar interés por él, algo que jamás había hecho.

Chasqueando la lengua, Alasdair siguió los pasos de Cora por el pasillo hasta que llegó al salón, donde ya estaban todos los demás reunidos para desayunar.

Sus pies lo llevaron hacia su habitual asiento, justo frente a Cora, que clavó su mirada iracunda en él, aunque no le dijo absolutamente nada.

El guerrero le devolvió el mismo gesto, pero cuando se dio cuenta de que se estaba comenzando a perder entre las pecas de Cora, y que había comenzado a contarlas, desvió sus ojos, maldiciéndose a sí mismo por ese pequeño momento de debilidad.

En cuestión de minutos, todos comenzaron a desayunar. Las conversaciones se elevaron por encima del silencio provocado por la llegada de ambos, y el tiempo transcurrió demasiado lento para ellos.

Desde su posición, Cora comía la avena casi obligatoriamente.

No sentía hambre, pues tener frente a sí a Arran le había puesto los nervios de punta.

A medida que pasaban los minutos, su hermano le dedicaba miradas desde su asiento.

Y a pesar de que la joven intentaba fingir que no era consciente, todo su ser estaba en tensión y se mostraba incómoda.

Se preguntó qué demonios estaría pensando Arran para dedicarle esas miradas.

Durante un instante, creyó que le lanzaría un cuchillo, pero después descubrió que las miradas de Rowan y Sloan se encontraban puestas sobre el gemelo que había quedado vivo, por lo que estaban pendientes en todo momento de sus movimientos.

Se preguntó si Rowan lo habría amonestado o castigado por lo que le había hecho el día anterior, pero después se dijo que lo mejor era no pensar en eso y no preocuparse, ya que ella tenía sus propios problemas y preocupaciones como para estar pendiente de Arran.

Se repitió que no le había hecho nada, por lo que tenía que ignorarlo.

No obstante, el amor que siempre había sentido por él la obligaba a levantar la mirada continuamente hacia Arran, hasta que este se levantó cuando terminó su desayuno.

Sin poder evitarlo, Cora se sobresaltó al ver que se movía de esa forma tan rápida, por lo que llamó la atención de Alasdair, que se tensó al instante y levantó la mirada hacia ella, como si hubiera estado esperando que la atacaran y él estuviera atento para protegerla.

Ambos se miraron durante un par de segundos, sorprendidos por la reacción del otro. Sin embargo, rápidamente, la atención se centró en Arran, que, a pesar de haberse levantado, se había quedado de pie, mirándolos con profundidad.

—Ahora que estamos todos reunidos aquí me gustaría deciros algo.

Rowan apoyó los codos en la mesa y dirigió su cuerpo hacia adelante para escucharlo con atención. Los demás lo miraron sorprendidos.

—Tú dirás, Arran.

El aludido tragó saliva y miró fugazmente a Cora, que se tensó aún más. Al lado de Arran, Alasdair lo miraba atentamente, con los ojos puestos en cada uno de sus movimientos, creyendo que atacaría de nuevo a la joven.

—Después de lo que pasó ayer, he tomado una decisión…

Cora sintió un nudo en la garganta y se cruzó de brazos al tiempo que se dejaba caer contra el respaldo de la silla. No estaba segura de querer escuchar sus palabras, aunque Arran continuó hablando.

—Creo que lo mejor es que me marche del castillo y del clan.

Todos se quedaron petrificados al escucharlo, aunque Rowan se obligó a reaccionar con rapidez.

—Nadie ha pensado en expulsarte del clan, Arran.

—No he tomado esa decisión pensando en que podríais echarme. Si me voy es porque yo lo deseo. No quiero estar en un lugar que me recuerda todo el rato a Kester y en… lo que ha pasado.

Desde su asiento, Cora sintió tal nudo en la garganta que necesitó carraspear suavemente para apartarlo.

Sus ojos amenazaron con llenarse de lágrimas, pero logró contenerse a tiempo.

La joven simplemente miraba a Arran, hasta que sintió una mirada diferente sobre ella y llevó sus ojos al frente.

Alasdair la observaba con atención, como si quisiera adivinar lo que pasaba por su pensamiento.

—Pero te marchas ahora que vamos a ir a por los Ross. ¿Por qué no te quedas y luchas?

La voz de Sloan provocó que la mirada entre Alasdair y Cora se rompiera, pues llamó la atención sobre él.

—Creo que ahora mismo no soy la persona más indicada para marchar a una guerra, ni tampoco para soportar… ciertas presencias.

Esas dos últimas palabras las pronunció mirando a Cora.

La atención de todos volvió a recaer en la joven, que apretó los puños contra su cuerpo.

No solo pudo sentir el dolor de Arran, sino que el suyo propio aumentó hasta límites que no había aguantado anteriormente.

Volvía a culparla con la mirada de nuevo ante todos, y esa vez, Cora ya no pudo aguantarlo.

Si su propio hermano quería ponerla a prueba y recordarle el juramento que había hecho días atrás, lo había conseguido. Cora dio un manotazo sobre la mesa y se levantó de golpe, tan deprisa que logró tirar la silla al suelo.

La joven se dijo que debía encontrar el momento propicio para llevar a cabo su propio plan, ajeno al de Rowan, pues su vida, al igual que la de Arran, ya no debía depender de aquellos muros del castillo.

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