Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Aquel cumplido hizo que Cora levantara la cabeza hacia él.

Descubrió que Alasdair se encontraba a escasos centímetros de ella.

Logró ver con claridad el azul de sus ojos y las pequeñas motas marrones que había en ellos y que apenas se notaban al estar más alejados.

Desde ahí podía sentir la fuerza que manaba de su cuerpo, el deseo y casi la posesión que parecía sentir por ella.

Lo notaba. Nadie podría negarlo, ni siquiera él y, aun así, siempre la había rechazado.

—Tienes razón —acabó diciendo—. Una persona valiente es aquella que se entrega a quien la busca tan solo para defender a los suyos de una muerte segura…

Vio cómo Alasdair fruncía el ceño y clavaba su penetrante mirada en ella. Cora no se molestó en levantar un muro entre ellos en ese momento, pues no le importaba que el guerrero viera lo que realmente pensaba. Por ello, lo escuchó rechinar los dientes y arrugar la frente.

—Supongo que eso es solo un pensamiento y no una maldita intención, Cora —susurró con voz ronca.

Y a pesar de ese tono, sintió su voz como una caricia.

Nadie podía imaginar las veces que había soñado con él, con sus caricias, sus besos, la forma en la que le haría el amor…

Todo. Pero siempre se lo había tenido que guardar para sí, enmascarando lo que sentía con odio y rencor.

Pero Alasdair tampoco era para ella. Tenía la impresión de que todo se le negaba, pues su destino ya estaba marcado.

Y en ese destino no había nada más que ella. Estaba completamente sola.

—Claro… —mintió—. Cuando estoy enfadada y triste, digo tonterías.

Alasdair arqueó una ceja y la miró intentando adivinar si era cierto o no, pero no logró adivinar nada, así que se juró que estaría más pendiente de ella que de costumbre.

—Deberías bajar a curarte eso…

Cora se encogió de hombros.

—No me apetece ver a nadie.

—Si quieres, puedo hacerlo yo.

La joven giró la cabeza en su dirección como si de repente hubiera dicho la mayor de las locuras. Descubrió que hablaba en serio y no pudo evitar esbozar una sonrisa.

— ¿Con quién has entrenado que te ha golpeado en la cabeza?

Alasdair le devolvió una sonrisa sincera.

—Te equivocas. Perdí el juicio en el momento en el que entré en este castillo y me crucé contigo la primera vez…

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Media hora después, Gillian se encontraba curando la herida del hombro de Cora en un pequeño salón, alejadas del resto del ruido del castillo.

Desde allí no podían escuchar absolutamente nada, como si todo se hubiera quedado en silencio.

Sin embargo, la incomodidad y la tensión se respiraba por cada rincón de la fortaleza.

Cora podía sentirlo. Era la misma sensación que había experimentado después del ataque.

Durante el entrenamiento, todos habían podido ver cómo su propio hermano le echaba la culpa no solo de la muerte de Kester, sino de todas las demás, pues en aquella acusación estaba implícita la muerte de gente del clan.

Por ello, Cora no había dejado de pensar en lo que eso conllevaba.

¿Cómo la mirarían después de ese momento?

¿ La tratarían igual que antes o tal vez cambiarían y serían más fríos con ella?

¿Y si pensaban en que era mejor que se marchara de allí y evitara ponerlos en peligro?

—Creo que es la primera vez que te he visto tan pensativa…

La voz de Gillian la sacó de sus pensamientos y la joven levantó la mirada. La esposa de su hermano mayor la miraba con una sonrisa suave, sin juicios, sin acusaciones… Era una mirada limpia, pero, aun así, no logró sentirse mejor.

—Lo siento, tal vez me estabas hablando…

Gillian lanzó una carcajada.

—No, pero me ha llamado la atención que no te has quejado ni silbado mientras curaba la herida, así que me imagino que estabas realmente metida en tus pensamientos…

La joven se encogió mientras volvía a ponerse la camisa y miró la sangre que esta tenía.

—Tampoco me duele tanto.

Gillian arqueó una ceja.

—Debes de tener una herida emocional aún más fuerte que la herida del hombro para que apenas notes el dolor de esta.

Cora la miró de nuevo, hasta que desvió sus ojos.

—No es nada.

—Es por Arran, ¿verdad?

Cora estuvo a punto de negar y marcharse, pero sus ojos se llenaron de lágrimas ante el desprecio de su propio hermano y no pudo escapar.

—No pensaba que Arran guardaría ese rencor hacia mí.

Gillian suspiró y le tomó la mano.

—Solo está dolido. No le hagas caso. Necesitaba alguien a quien culpar de su dolor, y tú te has puesto en su camino. Es simple.

—Pero no puedo dejar de pensar en que tiene razón. Lo he pensado muchas veces… Debí haber salido del escondite donde me metió mi madre y luchar para matarlos a todos. Sin embargo, me quedé encerrada, viendo cómo moría mi madre…

—Ella te ayudó porque sabía que iban a por ti. Dio su vida para protegerte, al igual que Kester y los demás. Me parece muy bonito por su parte.

Cora la miró largamente, casi sin parpadear, hasta que finalmente le dijo:

—¿También te parece bonito que tu hermano se haya convertido en un traidor por mi existencia?

Gillian le dedicó una sonrisa triste.

—Hay cosas que no se pueden cambiar. Caleb habría sido un traidor igualmente de no haber habido guerra.

Simplemente, esta lo ha obligado a sacar esa parte de él antes de tiempo.

Le habría hecho lo mismo a nuestro padre tan solo para obtener el cargo, Cora.

Quien es un traidor o un asesino, finalmente acaba sacándolo, sea la circunstancia que sea.

La joven asintió levemente y suspiró, levantándose del sofá para marcharse. Sin embargo, la pregunta de Gillian la dejó estupefacta.

—¿Cómo te sientes? Dime la verdad.

Cora arqueó una ceja.

—Ya te lo he dicho.

—Escucha, mi padre siempre decía que todo el mundo recuerda al muerto cuando este se va, pero nadie pregunta al vivo cómo se siente ante la muerte. Sé que estás triste por la pérdida de tu madre y Kester, además de lo sucedido con Arran. Pero, independientemente de eso, ¿qué sientes realmente?

La joven dudó un instante, mientras se hacía esa pregunta a sí misma.

—Te lo pregunto porque todo el mundo está pendiente de los Ross, de los ataques, de una nueva guerra, de protegerte… Pero nadie pregunta cómo te sientes de verdad ante todo esto o qué piensas…

—Eres la primera que me pregunta eso.

Gillian sonrió.

—Lo hago porque te veo agobiada, como si te hubieran dado vueltas y te sueltan de repente y tú no puedes sostenerte en pie, pero tampoco tienes un lugar al que aferrarte.

Cora sonrió de lado.

—Lo has descrito a la perfección. Me siento así.

Todo parece temblar y no puedo hacer nada.

Nadie me pregunta qué pienso de todo esto o qué me gustaría hacer.

Todo depende de mi existencia, pero soy la única a la que no tienen en cuenta, Gillian.

A Rowan se le ocurre un plan y la primera en la que piensa para no contárselo es a mí; si mañana marcharan a la guerra, yo sería la última en enterarme; si me quiere poner protección, no piensa en que yo ya puedo protegerme a mí misma; ni siquiera me pregunta si la quiero.

Simplemente, lo hace y yo debo obedecer.

No me importa hacerlo porque es mi hermano mayor y mi laird, pero no tiene en cuenta que mi padre ya me educó para ser una guerrera.

Soy la última en todo en este castillo. Y estoy harta.

Gillian se puso en pie y le colocó una mano sobre el hombro sano.

—Te entiendo a la perfección, Cora. Las mujeres siempre hemos sido una moneda de cambio, algo con lo que pagar ciertas cosas.

Yo misma estoy aquí por algo parecido. Pero quiero que sepas que, en mi caso, no todo fue malo.

Conocí en profundidad a tu hermano y me enamoré de él.

Dentro de algo que no queremos o deseamos podemos encontrar la felicidad.

Cora lo dudó, pero se obligó a asentir. Únicamente, deseaba estar sola y salir de allí cuanto antes.

No quería hablar más, tan solo pensar en lo que pretendía hacer a partir de ese momento.

Días atrás había hecho un juramento de sangre, y pensaba cumplirlo.

Y ni siquiera las órdenes de su hermano Rowan podrían con ella.

—A veces, sí se puede encontrar. Otras veces, la única salida que ves no es la que todo el mundo espera de ti.

Vuestro caso, Gillian, es excepcional. Incluso el de Sloan, algo que aún me sigue sorprendiendo.

Pero yo… mi caso es diferente. No es a ti a quien buscan, no es a ti a quien quieren matar, no es a ti a quien vieron en aquella maldita visión, sino a mí.

Todo gira en torno a mí. Si yo no hubiera nacido, tu hermano y tu padre no habrían muerto; los míos estarían vivos, y toda esa gente también lo estaría. Y, sin embargo…

—Tenía que ser así, Cora —insistió Gillian—.

Ross está loco y nos llevó a todos a la guerra.

Tal vez, incluso aunque tú no existieras, lo habría hecho igualmente porque habría buscado otro motivo para eso.

No debes asumir una culpa que no es tuya, Cora, sino de ese desgraciado.

Todos los que han muerto lo han hecho por su culpa.

Cora acabó asintiendo y sonriendo.

—No me hagas caso, Gillian. Hoy no es mi día y no soy la mejor compañía…

Y sin darle tiempo a replicar, la joven se marchó del salón rumbo a su dormitorio para lavarse y quitarse la sangre seca. A cada instante que pasaba tenía más claro su destino. Y no podía demorarse demasiado en llevarlo a cabo.