Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

A pesar de que sabía que lo primero que debía hacer nada más entrar en la fortaleza era ir a curarse la herida del hombro que le había abierto Arran, Cora no era capaz de enfrentarse a nadie en ese instante.

Necesitaba estar sola durante unos minutos antes de dar las explicaciones oportunas a aquellas personas que le preguntaran el motivo de la herida.

Cora limpió con rabia las lágrimas de sus mejillas, sin poder evitar un gemido de dolor cuando tocó los lugares en los que su propio hermano la había golpeado.

Aún no podía creerlo. Siempre había tenido una excelente relación con Arran y Kester.

Le había dolido terriblemente la pérdida del segundo, pero ver el odio en el primero le dolió aún más.

Sentía que se le rompía nuevamente el corazón, como hacía una semana. No solo había perdido a Kester y a su madre. Había perdido también a Arran. Y, tal y como él mismo le había dicho, era culpa suya.

Cora apretó los puños y subió las escaleras rumbo a la torre más alta del castillo. Sabía que allí no la encontraría nadie en varios minutos y era el único lugar donde siempre había logrado encontrar sosiego y tranquilidad.

Cuando Cora subió el último escalón y salió a la superficie, necesitó llevarse una mano al pecho y se dobló en dos.

La asfixia que siempre aparecía en momentos así le dio de lleno, provocándole un intenso dolor en el pecho.

La joven cerró los ojos y los apretó con fuerza al tiempo que luchaba incansablemente por llenar sus pulmones de aire que le parecía negado en ese instante.

¿En qué momento se había convertido en enemiga de su propia familia?

¿Pensarían todos lo mismo? El hermano y el padre de Gillian habían muerto en esa guerra provocada por su presencia en el mundo; la propia Morag se había visto abocada a un matrimonio que no había deseado; Kester y su madre murieron terriblemente por defenderla…

Eso sin contar con todas las vidas perdidas de seis clanes más, aparte del suyo.

¿Todos la culparían como había hecho Arran minutos antes?

En ese instante, pudo sentir más que nunca el peso de todas esas muertes.

Cora se apoyó contra la pared y se dobló sobre sí misma mientras seguía luchando por respirar, hasta que, en un instante, la imagen del rostro de Alasdair apareció en su mente, como otras veces, y comenzó a sosegarla.

Poco a poco, el dolor de su pecho disminuyó y su respiración se hizo más regular.

Cora sentía que su cabeza iba a explotar allí mismo.

Tenía la impresión de que iba a echar fuego en cualquier momento.

Una gota de sudor recorrió su espalda, hasta perderse entre su ropa.

Y cuando por fin logró recuperar el aliento, miró hacia el cielo y respiró hondo con fuerza, agradeciendo a este, una vez más, que no le arrebatara la vida antes de enfrentarse ella sola a los Ross.

Las manos y las piernas le temblaban con demasiada fuerza, aunque lentamente volvieron a serenarse.

En el instante en el que se sintió mejor, el dolor de la herida en su hombro se hizo más acuciante, reclamando atención. Pero aún no se sentía preparada para enfrentarse a la gente del castillo.

Separándose de la pared, Cora se acercó al borde de la torre.

Desde allí podía ver con claridad el patio y comprobó que los guerreros habían seguido con su entrenamiento.

Sin embargo, sus hermanos y Alasdair ya no estaban allí.

Supuso que Rowan había llevado a Arran al despacho para amonestarlo por haberla golpeado de esa manera sin un motivo aparente.

Sin embargo, no quiso saber más de lo que había pasado en el patio.

Necesitaba llevar su mente lejos de allí, y no pudo evitar que esta viajara hacia el clan Ross.

Cora miró hacia el horizonte, justo donde sabía que estaba el camino que la llevaría a esas tierras, y se preguntó qué debía hacer.

No podía quedarse por más tiempo esperando, pues no podría aguantar las miradas de los demás sobre ella; miradas que, aunque no fueran acusadoras, igualmente le molestaban al ser incómodas.

Su padre siempre la preparó no como un guerrero más, sino como si él ya supiera que su vida pendería de un hilo y que mucha gente estaría en su contra.

Siempre se preocupó de que fuera independiente y no necesitara de nadie para llevar a cabo su vida.

Y fue entonces cuando lo entendió: debía marcharse de allí y enfrentarse a su destino.

Sabía que los Ross jamás los dejarían en paz, pues mientras ella siguiera viva, sufrirían por si se presentaba en sus tierras a matarlos a todos.

Por lo tanto, si ese era el mayor temor de los Ross, ¿por qué no hacerlo?

Ya no tenía miedo a la muerte, ni a lo que pensaran de ella…

Y para colmo se estaba quedando sin gente que pudiera defenderla.

Estaba sola. Su padre siempre lo supo y por ello la educó para que estuviera preparada.

Con lágrimas en los ojos nuevamente, Cora miró hacia el cielo y preguntó a su padre qué debía hacer; qué le tenía preparado el destino y qué consideraba que era mejor para todos.

No quería que nadie más de su familia sufriera por ella, ni mucho menos que volvieran a culparla de más muertes.

Por ello, cuando encontró la respuesta en su corazón, se dijo que debía ir a por ello.

Tenía que ir a por los Ross y desviar la atención de estos del resto del clan Chattan.

Pero ¿cómo? Debía prepararse físicamente para enfrentarse a ellos, pero, sobre todo, a la muerte, pues sabía que no podría acabar con un clan entero ella sola.

—Pensaba que estarías curándote esas heridas…

La voz de Alasdair la sobresaltó y la sacó de sus pensamientos de golpe. La joven se giró hacia él y lo vio llegar con un gesto sereno y amistoso. El guerrero se acercó a ella con las manos a la espalda y pasos lentos. Acabó poniéndose a su lado, frente al abismo de la torre, y miró al horizonte.

—Esa herida del hombro es muy profunda…

Cora tragó saliva.

—Hay heridas más profundas que no tienen la capacidad de sangrar como esta… —respondió la joven.

—Y ambas hay que curarlas y cuidarlas o emponzoñarán tu cuerpo y tu alma…

Cora lo miró de nuevo y Alasdair le devolvió la mirada.

Aquellos ojos de un azul tan profundo como el mar la miraron.

Fue una mirada limpia, carente de ironía u odio.

Era la primera vez que la joven veía ese sentimiento en Alasdair, especialmente si estaba dedicado a ella.

Vio una emoción extraña reflejada en su iris que logró embrujarla.

Cora sentía que no podía apartar la mirada de él y que este parecía leer su alma con facilidad.

—Deberías estar abajo con los demás, entrenando… —acabó diciéndole—. Supongo que has podido comprobar que no soy la mejor compañía.

—Soy yo quien decide quién es la mejor compañía para mí, no los demás.

Cora sintió que las piernas volvían a temblarle ante aquella afirmación mirándola directamente a los ojos.

Pero con Alasdair nunca había miradas normales.

Parecía que el guerrero le miraba el alma cada vez que la observaba.

Esos ojos eran como una caricia en lo más profundo de su ser y, aunque había intentado olvidarlo con los años, no podía.

—Creo que aún no has entendido que todo aquel que se acerca a mí, acaba muerto, Alasdair.

—Yo creo que lo que tú no has entendido es que aún no ha nacido la persona que se atreva a alejarme de ti. Ni vivo, ni muerto… Estoy donde quiero estar. Si no, me habría quedado abajo con los demás.

Cora frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso?

—Porque es la verdad.

La joven sonrió con tristeza.

—Pensaba que era una maldita carga… para todos.

Alasdair chasqueó la lengua.

—Lo dije enfadado.

—Las conversaciones más sinceras son las que se hacen enfadados. Sale lo que realmente piensas de esa persona.

Alasdair se giró por completo hacia ella.

—Ahora mismo estoy enfadado. No, estoy furioso, ¿puedo ser sincero, entonces?

Cora asintió.

—Quiero pedir disculpas… —le dijo el guerrero con tono suave—. Esa es la verdad.

La joven lo miró sin comprender y se giró también hacia él.

—¿Por qué?

—Por todo lo que te dicho estos días. Estaba enfadado con Rowan por su maldito plan y solo quería apartarte de mí para evitar que lo descubrieras porque habría acabado contándotelo.

Las cejas de la joven se alzaron de golpe por la sorpresa.

—¿Lo dices en serio?

—Yo nunca bromeo.

Cora lo miró largamente en silencio. Se le hizo un nudo en la garganta que aplacó, en parte, el dolor de su hombro.

—No me esperaba eso de ti, Alasdair.

—Supongo que hay muchas cosas de mí que ni sabes ni esperas…

Cora se quedó sin palabras. Se limitó a mirar a Alasdair y a ver la verdad en sus ojos. Era la primera vez que mantenían una conversación sin intentar matarse o insultarse, y no sabía exactamente qué debía hacer a continuación.

—Arran se ha comportado como un gilipollas —acabó diciéndole él.

—Ha dicho la mayor verdad de toda su vida.

Alasdair frunció el ceño y dio un paso hacia ella.

—¿A qué te refieres?

—A que es verdad que todos han muerto por mi culpa. Es algo que ya pensaba antes, pero él me lo ha confirmado.

Los ojos de Cora se dirigieron hacia el abismo que había a menos de un metro frente a ella.

—Sería tan fácil acabar con todo esto…

El guerrero siguió sus ojos y comprendió al instante a qué se refería.

Su corazón se sobresaltó y apretó los puños con fuerza.

Dio otro paso hacia la joven, quedándose a escasos centímetros de ella y con la seguridad de que, si hacía lo que pensaba, podría agarrarla para evitar que lo llevara a cabo.

—Tú no eres una cobarde, Cora —le dijo con suavidad mirando las pecas que surcaban su precioso rostro.

Varios mechones que habían escapado de su trenza ondeaban con el viento, dándole un aspecto salvaje, atractivo y, al mismo tiempo, inocente.

—Eres valiente, pelirroja.