CAPÍTULO 3 #3
En un momento dado, Cora aferró con su mano libre la punta de la espada para formar un arco protector sobre ella, pues Arran no tenía piedad alguna.
En ese instante, la joven levantó una pierna y lo pateó con fuerza para empujarlo lejos.
Tenía que ganar tiempo y espacio como fuera, pues estaba perdiendo claramente contra su hermano.
Hasta ese momento, no había querido hacerle daño porque lo amaba con toda su alma, pero debía escoger entre su seguridad o la de Arran.
Y si él prefería convertir el entrenamiento en un combate de verdad, le daría ese gusto.
—Venga, ya, Arran. ¡Soy tu hermana!
Pero el guerrero siguió sin responder. Volvió a lanzarse contra ella, pero Cora giró sobre sí misma y logró apartarse hacia un lado.
Le puso la zancadilla y le hizo caer de bruces contra el suelo, gesto que enfureció a Arran aún más.
Cora aprovechó ese momento para inspirar con fuerza y recuperar el aliento, pero su hermano se levantó con rapidez del suelo y tiró la espada a un lado.
La miró imprimiendo en sus ojos todo el odio y el dolor que sentía y se lanzó contra ella con las manos desnudas.
Al ver ese gesto, Cora hizo lo mismo y tiró su espada a un lado, ya que no estaba dispuesta a luchar con él en condiciones superiores.
La joven dobló ligeramente las rodillas, pero lo que no esperaba era que Arran se agachara y la tomara de la cintura para empujarla contra el suelo.
Primero la levantó y después ambos cayeron.
Cora lanzó un gemido de dolor cuando todos sus huesos se dieron de bruces contra las piedras, pero no tenía tiempo para quejas. La joven rodó por el suelo, intentando alejarse de Arran, sin embargo, su hermano volvió a lanzarse contra ella y la golpeó en el rostro.
Cora lanzó un gruñido de dolor y le devolvió el golpe, pero Arran se recuperó pronto y le propinó un puñetazo en el estómago que logró dejarla sin aliento.
Cora intentó arrastrarse hacia atrás, pero Arran le agarró un pie y tiró de ella hacia él.
La joven acertó a propinarle una patada en el hombro para que la soltara y cuando logró liberarse, se puso en pie de nuevo.
Se intentó acercar al lugar donde estaban los demás, aunque no llegó a tiempo, ya que Arran la agarró del brazo y tiró de ella con fuerza, logrando arrancarle un fuerte grito que por fin llamó la atención de los más cercanos.
Cora acertó a alejar el rostro de Arran al ver que este tenía una daga en su mano y la llevó hacia ella, pero no fue lo suficientemente rápida y logró abrirle una herida en el hombro.
Sin perder tiempo, se lanzó contra ella y la hizo trastabillar y caer de espaldas.
El guerrero se arrodill ó sobre ella y le puso la daga en el cuello.
—¡Arran, no! —escuchó la joven que gritaba alguien.
Cora no vio a quien lo hizo, pero sí vio las manos que aferraron a su hermano por los hombros y lo empujaron hacia atrás. Sloan y Alasdair levantaron a Arran y lo alejaron de ella mientras este comenzó a gritar con la mirada enfurecida sobre ella.
—¡Siempre has sido tú, Cora! ¡Kester está muerto por tu maldita culpa!
Cora sintió sus palabras como la peor de las puñaladas. Aún desde el suelo y respirando con cierta dificultad, la joven se incorporó como pudo y lo miró a los ojos, incrédula.
—¿Qué demonios te pasa, Arran? —preguntó Sloan.
—Ella no te ha hecho nada —le dijo Alasdair con voz que intentó que fuera calmada.
—¡Mentira! Los mercenarios venían a por ella. Si ella estuviera muerta, Kester estaría vivo.
—¡No digas sandeces, Arran! —vociferó Alasdair fuera de sí—. ¡Tu hermana no empuñó el arma que mató a Kester! ¿Has perdido el juicio?
—¡Tú tienes la culpa, Cora! —vociferó de nuevo su hermano.
Sloan le propinó un puñetazo en el vientre que lo obligó a doblarse sobre sí mismo.
—Creo que estás demasiado dolido como para hablar contigo ahora mismo.
—¡Dejadme en paz! —gritó Arran.
Rowan se acercó a él y lo obligó a que lo mirara.
—Entiendo tu dolor, Arran. Kester también era mi hermano y lo amaba con locura, pero no puedes culpar a uno de nosotros por su muerte. No es justo.
—¡Ella sí es la culpable!
—¡Ya está bien! —se desgañitó Cora con lágrimas en los ojos.
El escozor de su hombro no era nada comparado con el dolor de su alma en ese instante. Habría preferido que Ross la matara antes que escuchar las palabras de Arran. Se acercó a él sin dejar de mirarlo mientras Sloan y Alasdair seguían sujetándolo, pues intentaba soltarse a toda costa.
—Eres libre de pensar lo que quieras de mí, Arran.
No voy a condicionar tus pensamientos, pues creo que tienes suficiente con el dolor por Kester, pero esto…
—Se señaló la herida y los golpes del rostro—.
Espero que estés orgulloso de lo que has conseguido, porque estoy segura de que eres el único.
Y si crees que Kester estaría orgulloso al ver lo que has hecho es porque no lo conocías lo suficiente.
Y sin esperar una respuesta por su parte, la joven se giró y caminó con paso cansado hacia el interior del castillo sin poder evitar que las lágrimas rodaran libremente por sus mejillas.