CAPÍTULO 3 #2
—¿En qué nos protegería esa mentira? —preguntó Morag—. Los Ross podrían habernos atacado mientras tanto… Y no estaríamos reordenados ni preparados para ello. Ha sido una completa locura que podría habernos llevado a una masacre aún mayor… Nos has puesto en peligro a todos.
—Morag… —susurró Sloan desde su asiento.
—¡Tiene razón! —exclamó Cora mirando fijamente a Sloan—.
¡No lo defiendas! ¡Podríamos haber muerto todos si nos hubieran atacado de nuevo!
Por Dios, Rowan, es una completa locura.
A mí ya no me importada nada si me crees o no.
Esta semana ha sido la peor de mi vida y no he podido apoyarme en ti por culpa de tu maldito plan de mierda.
Cora miró a Alasdair.
—¿Protección? ¿Qué clase de protección me puede dar algo que me puede llevar a una muerte asegurada? No quiero esa clase de protección, Rowan.
—No fue fácil llevarlo a cabo.
La joven arqueó una ceja.
—Ah, ¿no? Yo vi a Alasdair disfrutar de lo lindo mientras negaba lo de los Ross mirándome a los ojos.
—Si tu hermano está contando esto ahora es porque se ha dado cuenta de que era un error —le espetó Alasdair.
—¿Tú también lo consideras un error?
—Desde el primer momento. Yo siempre he pensado que no hace falta proteger a una persona que puede hacerlo por sí misma.
Cora sintió un pinchazo en el corazón al escuchar sus palabras. ¿Era su forma de decirle que la consideraba una guerrera y no una mocosa? No tuvo tiempo de seguir pensando nada, pues rápidamente Sloan interrumpió.
—¿Y por qué no me dijiste nada? Soy tu segundo al mando. ¿O ahora es Alasdair?
—Lo sigues siendo, Sloan. Pero necesitaba que esto fuera creíble. Contigo en mi contra sería más fácil.
—¿Y en algún momento has pensado que podríamos perder el respeto por ti? —preguntó Morag.
Rowan sonrió de lado.
—¿Lo dices por la carta que le has escrito a tu laird?
Morag rápidamente miró a Gillian, que de repente se sintió muy atraída por el estado de sus uñas.
—Ya veo que no se puede confiar en todo el mundo… —renegó la joven.
—Gillian me lo ha contado para hacerme reaccionar, no para traicionarte —respondió Rowan.
Morag apartó la mirada y suspiró, callada, mientras Rowan continuaba con su explicación.
—De igual modo, quiero contaros algo que aún no sabéis y que mi familia y yo hemos estado manteniendo en secreto durante semanas…
Todos sabéis que hace unos años comenzó la guerra entre estos siete clanes y que todos nos culpaban de haberlos atacado a pesar de que nosotros no habíamos hecho nada.
Mi madre… mi madre nos contó algo que nos dejó petrificados y que, durante estas semanas, hemos preferido mantener en secreto antes de contarlo.
Pero creo que ya es el momento de hacerlo.
Rowan miró a Cora un instante para después continuar.
—Mi madre sabía el motivo real de toda esta guerra. Nosotros pensábamos que lo hacían para conseguir tierras o intentar destruirnos, pero no era así. Lo que pretendían era conseguir a mi hermana Cora.
Un nuevo murmullo se elevó en el salón, pero Rowan lo acalló levantando las manos para que lo dejaran continuar.
—No se trata de un simple secuestro para hacernos daño, sino algo más macabro y perverso.
Ahora sabemos que los Ross la quieren porque alguien tuvo una visión sobre ella y la vio destruyendo ese clan.
De ahí mi interés en protegerla a toda costa.
Hasta ahora solo lo sabía mi familia, pero creo que vosotros también formáis parte de ella y debo contároslo.
Espero que podáis entender el motivo que me llevó a guardar ese secreto.
Sus hombres asintieron, aún sorprendidos por la revelación de ese secreto. Miraban a Rowan y Cora alternativamente, y la joven se sintió ligeramente incómoda por ello.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Arran, hablando por primera vez y sorprendiendo a los demás con su voz completamente rota por el dolor de esos días—. ¿Qué vas a hacer?
—Morag va a enviar esa carta a su laird para que todos los MacBean nos ayuden. Mientras tanto, nosotros nos organizaremos para luchar y esperaremos a que vengan. La muerte de nuestros familiares y compañeros no quedará impune.
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Esa misma tarde, antes del anochecer, Rowan reunió a todos los hombres en el patio para un entrenamiento más profundo.
Para su sorpresa, Cora también había sido convocada, al igual que Gillian y Morag.
Su hermano dijo que todo aquel que pudiera portar una espada y quisiera defender a su clan podía coger un arma y unirse a ellos.
Por ese motivo, algunos de los miembros más jóvenes del clan que vivían en el pueblo aceptaron la invitación y fueron con ellos a entrenar.
Los Chattan necesitaban a todo aquel que tuviera fuego en el cuerpo y quisiera vengar a sus familiares asesinados por los Ross.
Por ese motivo, gran parte del patio del castillo se encontraba repleto de gente que comenzaría a entrenar para estar preparados contra los Ross.
Rowan se encontraba al lado de su familia y dio las instrucciones necesarias para que todos pudieran entrenar con seguridad y sin hacerse daño.
Asimismo, ordenó a varios de sus hombres que entrenaran poco a poco con los jóvenes que no eran guerreros y se habían unido a ellos para luchar.
Carecían de conocimientos sobre la lucha y no podían enfrentarse al resto de guerreros como si fueran profesionales.
Y tras unas palabras, dio la orden para que comenzaran el entrenamiento.
Y ninguno de ellos perdió el tiempo para ello.
Ordenarse les tomó unos minutos, hasta que todo el mundo tuvo pareja contra la que luchar.
Cora, por su parte, miró a un lado y a otro intentando divisar a Nic, pues no lo había visto en toda la tarde, y frunció el ceño al verse completamente sola y sin nadie con quien entrenar.
—¿No tienes contrincante? —preguntó una voz a su espalda.
La joven se dio la vuelta y vio a Arran, mirándola.
Incómoda, miró hacia otro lado. Antes prefería luchar contra Alasdair que hacerlo contra él y sentir su mirada inquietante, triste y rota sobre ella.
A pesar de que siempre había buscado la risa de Arran en muchas ocasiones, ahora prefería alejarse de él, pues no podía con el peso de esa penetrante mirada.
Sin embargo, Alasdair se encontraba con otro guerrero del clan.
Cora no tenía escapatoria, por lo que tendría que enfrentarse a la mirada de Arran por primera vez desde el ataque y la muerte de Kester. La joven tragó saliva y negó con la cabeza.
—No, no tengo pareja para entrenar.
Arran sonrió ligeramente.
—Ahora sí —le respondió haciendo un giro de muñeca con la espada en la mano.
Cora asintió e intentó sonreír, pero solo le salió una mueca extraña.
Desenvainó su espada y clavó los talones en el suelo con fuerza.
Dobló ligeramente las rodillas y aferró la espada con ambas manos.
Durante un instante, prefirió tener frente a sí al laird Ross en lugar de Arran.
No habían cruzado ni una sola palabra durante esa semana, incluso lo había evitado para no tener que soportar el dolor de su hermano, ya que apenas podía con el suyo propio.
Pero ahora que todos estaban pendientes de sus parejas para luchar, ella solo podía enfrentarse a esa mirada de acero.
—¿Alguna vez te has preguntado qué se siente cuando te falta una parte de ti misma, Cora?
Aquella pregunta descolocó a la joven. Esta frunció el ceño y miró a Arran cuando todos los demás ya estaban metidos en sus respectivos entrenamientos.
—Yo nunca he estado completa, Arran. Todos habéis hecho vuestra vida y yo era un complemento más en la familia.
—Eso no es cierto, Cora. Eras el ojo derecho de padre.
—¿Yo? Lo éramos todos. Nos amaba a todos por igual. Siempre dedicaba un momento a todos.
—Pero contigo siempre estuvo más tiempo. Incluso fue él mismo el que te entrenó para ser una guerrera.
La joven arrugó el rostro.
—¿A qué viene eso ahora, Arran?
Lo vio tragar saliva y prepararse para atacar. La espalda de Cora se tensó de golpe al saber que tenía que prepararse. Arran aún no había soltado a Kester dentro de él, y eso podía ser muy peligroso.
—A que siempre has sido tú, Cora. La protagonista de todo. Solo tú.
La joven dio un paso atrás, deseando terminar con el entrenamiento antes incluso de empezarlo.
—¿Y crees que eso es fácil?
—Yo ya no creo en nada…
Cora abrió la boca para responder, pero Arran se lanzó contra ella con la espada en alto. Rápidamente, ella describió un arco con la mano y logró parar su estocada con maestría.
—¡Siempre has sido tú! —vociferó Arran.
Cora tragó saliva y dio un salto atrás para escapar del filo de su espada. La joven frunció el ceño y rechinó los dientes con fuerza.
— ¡No soy tu enemiga, Arran! Soy tu hermana…
Pero el guerrero no le respondió, sino que atacó con todas sus fuerzas mientras los demás eran ajenos a aquella batalla entre ellos.
Cora ni siquiera tuvo un instante de libertad para poder pedir ayuda con la mirada a alguien que hubiera cerca.
Para Arran no parecía ser un entrenamiento normal, sino que quería pagar con ella la frustración de su alma, todo su dolor y todo lo que había sufrido desde la pérdida de Kester.
Era un completo y total ajuste de cuentas con ella a pesar de que Cora no era la culpable de nada.
La joven se dijo que no hablaría más, pues necesitaba todas sus fuerzas para frenar las estocadas de Arran, que la miraba como si tuviera ante sí a la peor de sus enemigas.
El guerrero imprimía en cada golpe toda su fuerza, logrando desviar la espada de Cora en cada ocasión, pero también empujándola fuera del resto de guerreros y acercándola a la entrada del castillo.