Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Te equivocas. Yo no soy una señorita que espera que un hombre la salve. Yo soy una guerrera.

—Una guerrera no viste un camisón tan fino.

Y sin poder contenerse por más tiempo, los ojos azules de Alasdair descendieron por el cuello de la joven para posarse sobre la fina tela.

A esa corta distancia pudo ver reflejados los pezones, que presionaban contra la tela con firmeza cuando la respiración de Cora se alteró.

Y a pesar de su inagotable contención, Alasdair sintió que todo su ser vibraba con demasiada fuerza.

—A ti no debería importarte cómo visto.

—Me importa si provocas que alguno de los guerreros te persiga por el castillo para hacerte… algo.

Cora arqueó una ceja.

—Todos en este castillo me respetan. Bueno, todos salvo tú.

—Con esa vestimenta es muy difícil mantener un respeto.

Cora lo empujó lejos de ella.

—Eres un maldito imbécil, Alasdair.

El guerrero gruñó por lo bajo y frunció el ceño. Sus ojos se entrecerraron al mirarla de nuevo, provocando que Cora de repente se sintiera ligeramente pequeña frente a él.

—Supongo que Nicolas es menos imbécil que yo o tal vez más por acercarse tanto a ti.

Cora lo miró sin comprender.

—¿A qué te refieres?

Alasdair sonrió de lado al ser consciente de su nerviosismo.

—A lo que ha pasado hoy en el bosque —le respondió.

Los ojos de Cora la traicionaron cuando miró hacia la puerta para marcharse de allí y evitar responder a eso. Sin embargo, su orgullo pudo con ella.

—No sé de qué me hablas.

Alasdair volvió a acercarse lentamente a ella. La tensión entre ambos era palpable en ese instante, tanto que las manos de Cora comenzaron a temblar al ver que el guerrero se acercaba aún más y volvía a acorralarla contra la pared.

—¿Y por qué te ruborizas?

—No lo he hecho —le aseguró a pesar de que sentía que sus mejillas ardían de auténtica vergüenza.

Sin embargo, lo que Alasdair desconocía era que no se había ruborizado por lo que él le estaba preguntando, sino por haberse aproximado a ella con el torso completamente desnudo.

—He visto cómo te ha besado —continuó Alasdair, ajeno a los verdaderos pensamientos de la joven.

Cora tragó saliva ruidosamente.

—¿Y a ti qué más te da?

Inconscientemente, el guerrero acercó su rostro un poco más al de la joven.

—Así que admites que te ha besado…

Cora resopló.

—Soy libre, Alasdair, y no todos los hombres me consideran una mocosa. Los hay que ven en mí a la mujer que soy… —le espetó con firmeza a pesar de su nerviosismo.

Alasdair apretó los dedos contra la pared. Lo único en lo que pensó en ese instante fue en besarla, algo que necesitaba hacer para bajar ese orgullo. Pero se contuvo a duras penas. Cora acababa de recordarle sus propias palabras.

—No quiero que ese desgraciado te bese otra vez.

Cora acercó también su rostro al del guerrero, quedándose a escasos centímetros de distancia.

—Haré lo que yo quiera, Alasdair.

—Tu hermano no aprobaría tu relación con Nic.

—Me importa una mierda lo que mi hermano piense sobre eso. Y tú deberías meterte en tus asuntos en lugar de en mi vida.

Cora levantó un dedo y lo clavó en el pecho del guerrero al pronunciar esa última frase. Jamás pensó que sería un error hacerlo, pero al tocarlo sintió algo extraño en su cuerpo. Era la primera vez que tocaba su pecho desnudo, y había sido una auténtica equivocación.

—Podría contárselo para que te prohíba verlo de nuevo.

Cora arrugó el rostro y lo empujó lejos de ella.

—Vete al infierno, Alasdair.

Sin perder más tiempo, Cora abrió la puerta y se marchó de la sala de armas como alma que lleva al diablo. No miró atrás en ningún momento, pero si lo hubiera hecho, habría visto la mirada de Alasdair fija sobre ella hasta que se perdió en la siguiente esquina del pasillo.

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Al día siguiente, Alasdair recorrió el pasillo a una hora realmente temprana para no perder tiempo y hablar con Rowan.

Después de haberse encontrado a Cora en la sala de armas, no había dejado de pensar en ella durante el resto de la noche.

A pesar de haberse ido a descansar poco tiempo después de que la joven lo dejara allí, Alasdair no había podido pegar ojo.

Por una parte, ese insomnio lo achacaba al hecho de que Rowan aún no había contado a nadie que realmente sabía que el culpable era Ross y que simplemente había ideado un plan que estaba abocado al fracaso desde el primer momento con la única intención de protegerlos.

Sin embargo, unos pensamientos diferentes siempre lograban interrumpir los anteriores, provocando que su mente saltara una y otra vez al recuerdo de Cora en medio de la sala de armas con un camisón que dejaba poco a la imaginación.

Había podido ver cada curva de su cuerpo, casi la textura de su aterciopelada piel, la cúspide de sus pechos…

Todo en ella le había arrebatado el sueño esa noche, y nadie podía imaginar el mal humor que tenía en ese instante.

Pero no solo por ese recuerdo de la noche anterior, sino por los pensamientos recurrentes que había tenido a lo largo de toda la noche.

Su mente se había imaginado a Cora desnuda en su cama, acariciándola, besándola para borrar los labios de otros hombres, le había hecho el amor infinidad de veces, la había escuchado gritar su nombre en un fuerte gemido de placer…

Y no debería ser así. Tenía que odiarla, no desearla.

Alasdair inspiró con fuerza para alejar esos recuerdos de la noche y encontró a Rowan en mitad de un pasillo.

—Tienes mala cara… —fue lo primero que este le dijo al ver sus ojeras.

—No he dormido bien.

—¿Algo que yo no sepa?

Alasdair tragó saliva.

—No, nada. Preocupaciones…

El guerrero esperó haber sonado seguro porque en su interior se notó demasiado la mentira. Casi suspiró al ver asentir a Rowan, y lo invitó a entrar en una sala cercana.

—Tengo la impresión de que me quieres decir algo.

—Sí, aunque no creo que te sorprenda lo que me gustaría pedirte.

Rowan se cruzó de brazos.

—Tú dirás.

—He estado pensando durante la noche y creo que lo mejor es contarle a todos la verdad para ir preparándonos contra los Ross.

—¿Por qué ahora no dejas de pensar en eso?

—Porque no quiero seguir mintiendo a nadie. Nosotros no somos así, y es un juego peligroso que podría romper la familia. Ya has visto cómo están Sloan o Cora.

Rowan arqueó una ceja.

—Nunca has sido demasiado cercano con Sloan y, por lo que sé, no te llevas bien con Cora. ¿Por qué ahora te preocupas por lo que piensen de nosotros?

Alasdair carraspeó y miró hacia otro lado.

—No es que me preocupe que ahora Cora piense mal de mí. Ya lo hace, pero a ti siempre te ha admirado. Te va a odiar. Creo que no deberíamos alargar esta situación. Incluso los hombres se están poniendo nerviosos.

Rowan se mantuvo callado y clavó su mirada en Alasdair.

Tenía claro que su amigo le estaba ocultando algo para pedirle eso, pero no sabía qué exactamente.

Lo miró de forma penetrante, intentando adivinar qué estaba pasando y que él aún no sabía, sin embargo, lo único que logró descifrar fue la incomodidad que desprendía Alasdair en ese instante.

No obstante, no quiso indagar más de lo necesario.

—Está bien, amigo.

El guerrero arqueó ambas cejas.

—¿Lo dices en serio?

—¿Prefieres que me eche para atrás?

—¡No! Es la mejor elección.

Rowan asintió.

—Estoy de acuerdo contigo. Ni siquiera Gillian se ha dado cuenta del engaño. Me va a matar…

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A esa misma hora temprana, Sloan y Morag se encontraban en el salón principal esperando para desayunar mientras discutían sobre la carta que la joven le había escrito a su laird para enviarla cuanto antes.

—Dijiste que estabas conmigo, Sloan —susurró.

El guerrero puso los ojos en blanco.

—Y lo estoy, Morag, por Dios. Solo te pido que me des una oportunidad más para hablar con Rowan antes de traicionarlo. No me gusta dar un paso en falso. ¿Y si logro convencerlo de que son los Ross?

—No tenemos tiempo.

Sloan rugió y se dejó caer contra el respaldo de la silla mientras se frotaba las sienes.

—Morag, no te he dicho que esperes a la semana que viene para enviar la carta.

Simplemente, unas horas. Hablaré con él esta tarde y, si logro convencerlo, enviarás esa nota enseguida con uno de los hombres.

Si no, tendré que ser yo quien lo haga a espaldas de Rowan.

Y tendría que pensar en una excusa para marcharme y dejarte aquí.

Morag arqueó una ceja y sonrió de lado.