CAPÍTULO 2
Esa misma noche, Cora no dejaba de dar vueltas en la cama.
Era incapaz de dormir al pensar que estaban perdiendo un tiempo crucial para acabar con los Ross.
Su mente vagaba de ese instante al momento del ataque del castillo y la muerte de Kester y su madre.
Después, regresaba al presente, y así sucesivamente.
Su mente le estaba jugando una mala pasad a, impidiéndole dormir y seguir adelante con su vida.
Por ello, apartó las sábanas de golpe y lanzó un gruñido mientras se incorporaba.
El camisón se le había subido hasta los muslos, mostrando algunos moratones que se había hecho en los entrenamientos de los días anteriores.
Anteriormente, no los había visto. Ni siquiera recordaba el momento en el que se había golpeado, pues había estado sumida en un dolor tan profundo de su alma que el dolor físico no había logrado sentirlo.
La joven se levantó y se calzó los mocasines para dirigirse hacia la ventana.
Desde allí se asomó, pero la oscuridad de la noche no le mostró absolutamente nada.
Todo eran sombras y peligro, y eso aumentó su desasosiego de esa noche.
Por ello, Cora suspiró y decidió salir de su dormitorio para dar un paseo por el castillo.
Necesitaba alejarse de ese encierro en el que únicamente podía pensar en lo mismo una y otra vez.
No se molestó en ponerse una bata ligera sobre el camisón, ya que estaba segura de que todo el mundo estaría durmiendo a esas altas horas de la noche.
Caminó por el pasillo con los brazos cruzados sobre el pecho. Recordó el momento en el bosque cuando Nic la había besado. Aún podía sentir ese nerviosismo en su estómago tras haberlo hecho. Y agradeció que no hubiera nadie a su alrededor para que vieran el sonrojo de sus pecosas mejillas.
Sus pies la llevaron hacia las escaleras, las cuales descendió con lentitud mientras inspiraba con fuerza para intentar sosegar su cuerpo.
Cora miró a un lado y a otro y se sorprendió al ver el castillo completamente vacío.
Hacía demasiado tiempo que no veía a nadie al bajar las escaleras ni se dejaba envolver por ese silencio, algo que su alma agradeció profundamente.
Cora suspiró y caminó sin un rumbo fijo por el silencioso y vacío pasillo.
En ese instante, y sin saber muy bien por qué, su mente la llevó a muchos años atrás, justo el último día que pasó con aquel muñeco de trapo que la había acompañado desde que era tan solo una niña.
Recordó lo mal que se había sentido cuando Alasdair la llamó mocosa por conservar y llevar consigo ese mismo muñeco.
Y aún podía sentir en lo más profundo de su ser la rabia y la tristeza que le produjo tirarlo al fuego.
Recordaba a la perfección cómo las llamas devoraron la tela del muñeco y lo sola y vacía que se sintió al día siguiente cuando salió de su dormitorio sin él.
Habían pasado apenas diez años, pero lo seguía recordando como si hubiera sido el día anterior.
Se le formó un nudo en la garganta al recordar lo mal que se sintió cuando Alasdair la llamó de esa manera.
Le había dolido terriblemente y sabía, a la perfección, que ese fue el inicio de su particular guerra contra él, aunque lo peor llegó cuando se atrevió a besarlo unos años después de ese momento.
Sus mejillas volvieron a teñirse de rojo al pensar en ese instante en la torre del castillo.
¿Cómo es posible que se atreviera a besarlo?
Ella misma se respondió: había bebido demasiado.
Pero incluso así no podía evitar golpearse mentalmente por haberse dejado llevar.
A pesar de su corta edad en ese instante, Cora se había sentido atraída por él.
Cuando lo besó, él tenía casi veinte años, por lo que se había desarrollado de una forma muy atractiva y varonil.
Lo veía realmente guapo y simplemente se había dejado llevar por el sentimiento de una joven que estaba comenzando a experimentar con lo que sentía en su interior.
Y ahora, muchos años después, a pesar de que se había dejado llevar por el odio a Alasdair debido a su rechazo, en lo más profundo de su corazón sabía que ese sentimiento seguía latente, aunque bajo llave.
Cora se retorció las manos con nerviosismo. ¿Cómo era posible que su propio corazón la traicionara de esa manera? Ese mismo día, Nic la había besado y había sentido muchísimas cosas por él, pero no se había acercado a lo que había sentido años atrás cuando besó a Alasdair.
La joven negó con la cabeza para apartar esos pensamientos. Debía dejarlos de nuevo bajo llave y no volver a sacarlos jamás. Alasdair la odiaba, y ella también a él. Así estaban las cosas y así debían seguir.
Sus pasos la llevaron hacia la sala de armas.
Desde el otro lado del pasillo vio que había luz en su interior y que una sombra parecía pulular de un lado a otro.
Cora se quedó parada en mitad del pasillo, preguntándose quién demonios había despierto a esas horas o si tal vez alguien había entrado en el castillo como una semana atrás.
Su corazón se sobresaltó, provocando que pudiera escuchar sus rápidos y furiosos latidos en el centro de su pecho.
Durante un instante, la joven se dijo que debía marcharse de allí, sin embargo, la curiosidad pudo con ella y siguió hacia adelante.
Inconscientemente, llevó la mano a la cadera para tomar la empuñadura de su espada, olvidando que estaba en camisón y no llevaba con ella ningún arma.
No obstante, a pesar de la sensación de peligro, continuó hacia la puerta de la sala de armas.
Conteniendo el aliento, Cora se asomó ligeramente para ver quién demonios había dentro de ese lugar a esas horas y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a Alasdair.
Este se encontraba entrenando con la espada completamente solo contra un contrincante invisible.
Se movía deprisa, como si realmente estuviera furioso por algo y no podía contenerse.
La joven salió de su escondite y se acercó unos pasos sin darse cuenta, pues de haberlo hecho, se habría cubierto el cuerpo con los brazos, ya que el camisón que llevaba puesto dejaba poco a la imaginación debido a la finura de su tela.
Sin embargo, no era la única, pues el guerrero se había desprendido de su camisa y se encontraba únicamente con sus pantalones puestos, mostrando la amplitud de su espalda.
Alasdair estaba de espaldas a la puerta, por lo que no la veía en ese momento, y siguió con su entrenamiento. Cora se preguntó por qué no estaba durmiendo y descansando en lugar de estar allí, ya que tenía tiempo suficiente para entrenar al día siguiente con los demás.
Durante unos momentos, la vista de Cora la traicionó y recorrió la anatomía de Alasdair con libertad.
Hacía mucho tiempo que no lo hacía y no se había dado cuenta de sus cambios.
Su anatomía parecía haber aumentado, puesto que sus músculos sobresalían más que antes.
Desde la puerta, Cora podía ver la tensión en ellos, sus movimientos, las contracciones y relajación de estos a medida que realizaba una maniobra u otra.
También pudo comprobar la tensión en los fuertes muslos del guerrero, que en lugar de su habitual kilt llevaba unos pantalones negros que hacían resaltar la blancura de su piel, al igual que el sudor de su espalda.
A pesar de encontrarse dentro del castillo, el pelo del guerrero, siempre rebelde e indomable, se movía con cada estocada que daba a su enemigo invisible y, aunque no podía verle la cara, Cora estaba segura de que sus increíbles ojos azules miraban profunda y penetrantemente a la nada.
Su mente le gritó que no debía estar allí en ese momento, que tenía que dejarlo solo. Pero no podía dejar de observarlo. Y lo peor de todo era que se le había secado la boca al instante.
Un momento después, Alasdair giró sobre sí mismo para seguir con su entrenamiento y fue entonces cuando la vio junto a la puerta.
Rápidamente, se giró de nuevo hacia ella para mirarla, provocando que los hombros de Cora se sacudieran al saberse descubierta.
Sin decir nada, la joven se giró para marcharse de allí, pero la voz de Alasdair y sus pasos acercándose a ella la detuvieron.
—¿Ahora me evitas?
Cora apretó los puños y se obligó a girarse hacia él.
—Antes buscabas cualquier momento para enfrentarte a mí.
Alasdair rechinó los dientes y se quedó parado a un metro de ella.
Se obligó a mantener la mirada elevada y clavada en los ojos de la joven, pues de soslayo había visto perfectamente su anatomía a través del fino camisón, y había estado a punto de quedarse perplejo ante esa visión de ella.
El guerrero necesitó de toda su fuerza de voluntad para mantenerse quieto y con la mirada sobre la joven, mientras el destino estaba en su contra y movía ligeramente el camisón de Cora, provocándolo, especialmente cuando esta deshizo el cruce de brazos, sin ser consciente de que sus pechos resaltaban demasiado a través de la tela.
—No tengo ganas de discutir, Alasdair. Es muy tarde.
—No tanto como para que pasees por el castillo.
Cora frunció el ceño.
—Estoy en mi casa y hago lo que me da la gana.
—¿Y eso incluye observar a un guerrero mientras entrena?
—No son horas para andar entrenando en ningún lugar del castillo. La culpa es tuya.
Alasdair dio un paso más hacia ella y levantó una mano.
Cora, al pensar que iba a tocarla a ella, dio un paso atrás, pero lo que hizo fue dejar el camino libre para que el guerrero pudiera cerrar la puerta, impidiendo que tuviera un solo resquicio por el que marcharse.
Y dio un paso más, acercándose a ella y acorralándola contra la pared.
La mano que ya tenía levantada quedó apoyada justo al lado de la cabeza de Cora, que estaba visiblemente nerviosa, a pesar de que mantenía erguido su mentón con orgullo.
—Cualquier otra señorita como tú habría estado metida en su cama ahora, durmiendo plácidamente.