Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) CAPÍTULO 1 #4
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CAPÍTULO 1 #4

Aquella última semana había sido verdaderamente difícil.

Nadie podía imaginar el dolor que sentía.

Comprendía el sentimiento de los demás, por supuesto, pero nadie imaginaba lo que ella soportaba, el peso de la culpa que llevaba sobre sus hombros.

Este era realmente abrumador. Aún escuchaba los gritos de Arran, el dolor que mostraron los demás, pero, sobre todo, podía sentir la amargura de las lágrimas que ella misma se había obligado a tragar.

Días antes juró que no volvería a llorar hasta que no hubiera acabado con el hombre que le había arrebatado a parte de su familia.

Y así pensaba hacer. El día que Ruairidh Ross exhalara su último aliento de vida haría una fiesta y, al terminar, lloraría como nunca.

Los pasos de la joven la llevaron al bosque.

Allí se sintió ajena a las miradas de los guardias del castillo, que no podían verla desde donde se encontraba.

Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.

Por fin había silencio y pudo cerrar los ojos unos instantes.

Nadie podía imaginar el sosiego que sintió en su alma en ese momento. Pero no podía perder el tiempo.

Cora desenvainó la espada y comenzó a hacer movimientos con ella para entrenar. Necesitaba estar fuerte para enfrentarse a sus enemigos, así que empezó a realizar movimientos con la espada y el juego de pies que su padre le había enseñado cuando era pequeña.

El tiempo transcurrió sin que se diera cuenta. Disfrutaba tanto luchando que siempre perdía la noción del tiempo, pues era algo que le recordaba a su padre y a un tiempo mejor dentro del castillo.

—Si me acerco a ti, ¿me vas a morder?

Cora se sobresaltó y se giró hacia el recién llegado.

Nic le sonreía apoyado contra el tronco de un árbol mientras la observaba con los brazos cruzados.

La joven se incorporó y respiró hondo para intentar recuperar el aliento.

Finalmente, Nic logró sacarle una sonrisa.

Lo que sentía por él parecía haber traspasado su amistad y era cada vez más fuerte.

Cuando lo veía frente a ella se sentía ligeramente nerviosa, como si temiera hacer algo mal que pudiera molestarlo.

Nic era una de las pocas personas que la conocía en profundidad.

Siempre había estado ahí para ella, la había apoyado, comprendido y escuchado cuando nadie más parecía hacerlo.

Envainando la espada, se acercó a él.

—Tal vez acabes mordido.

—Al menos has alejado el filo de tu espada. Sé que no me vas a atravesar con ella.

La sonrisa de Cora se ensanchó y se apoyó junto a él en el mismo árbol.

—Te he visto salir del castillo. Parecías estar hecha una furia…

La joven asintió.

—Acababa de discutir con Rowan y Alasdair. Mi hermano no hace nada para vengar la muerte de mi madre y Kester.

—Es el laird. Supongo que tendrá sus motivos.

Cora arqueó una ceja.

—Un laird debe estar siempre dispuesto a proteger a su gente. Y mientras los Ross sigan sueltos, corremos peligro.

La mirada de Nic barrió el bosque.

—No he visto que estuvieras muy preocupada por si te atacaban ahora.

La joven sonrió con tristeza.

—Tal vez mi muerte simbolice la paz.

Nic la miró como si le hubieran salido dos cabezas.

—¿Qué dices?

—Que los Ross me quieren a mí.

El guerrero la miró con seriedad, de repente preocupado por lo que pudiera ocurrirle.

—¿Es una broma?

Cora negó con la cabeza.

—Mi hermano no quiere deciros que los Ross me buscan a mí por culpa de una profecía. Toda la guerra, todas las muertes y todo lo que ha pasado es porque yo aún sigo viva.

Nic arrugó el rostro.

—¿Por qué no me lo has contado antes? Te habría ayudado…

—Porque Rowan lo prohibió. Ahora ya me da igual que todo el mundo lo sepa. De hecho, considero que es una forma de hacer justicia a los que han muerto.

—¿Y Rowan no se enfurecerá contigo por contármelo?

—No me importa, Nic. Que haga lo que considere. Tal vez si me expulsa de este clan todo acabe.

Nic suspiró y arqueó ambas cejas, sorprendido.

—Me has dejado de piedra, Cora. No pensaba que corrieras peligro. Te ayudaré en lo que necesites.

Cora sonrió con tristeza.

—¿Sabes que esa profecía hablaba de que había alguien que me ayudaría? El “gato mayor”…

Nic la miró sin comprender.

—¿Eso qué quiere decir?

Cora se encogió de hombros.

—No tengo ni idea, pero creemos que puede ser algún MacGillivray. El símbolo de ese clan es un gato.

Nic sonrió ampliamente.

—¿Sabes que mi madre perteneció al clan MacGillivray?

El corazón de Cora se sobresaltó y lo miró, sorprendida.

—¿Lo dices en serio?

El guerrero asintió.

—Sí, adoptó el apellido de mi padre cuando se casó con él. Por eso nadie sabe que soy un MacGillivray por parte de madre. Así que, si esa profecía se refiere a un MacGillivray, déjame decirte que pienso ayudarte en lo que haga falta.

La joven dejó de apoyarse contra el árbol y lo abrazó.

—Sé que lo harás, Nic.

El guerrero la aceptó entre sus brazos y le acarició la espalda sin ser consciente de que un par de ojos más los observaba desde los límites del bosque y apretaba con tanta fuerza la empuñadura de la espada que estaba a punto de atravesarse la piel de la palma de la mano.

Pero, sobre todo, al ver que Cora se separaba de Nic para besarlo.

En ese instante, un fuerte relámpago de rabia sacudió el cuerpo de Alasdair. Desde la distancia los vio besarse y acariciarse como si estuvieran prometidos, como si fueran realmente algo, como si ella ya le perteneciera a Nic.

Y eso no pudo soportarlo.