CAPÍTULO 1 #2
Cora dio un manotazo sobre la encimera. Lo hizo con tanta fuerza que la palma de la mano comenzó a picarle con fuerza, pero no le importó. Se habría roto la mano con gusto si después Alasdair y Rowan la creían.
—Ya está bien con esa tontería, Mackay. Quien no debería meterse en esto eres tú, que no eres del clan.
—Para no ser del clan, me vi envuelto en ello teniendo que casarme con Lottie Ross por tu maldita culpa.
Cora sintió sus palabras como una puñalada, por lo que se enfureció con él.
— ¡Yo no te obligué a casarte con ella!
—¡No importa que no fuera tu mano la que eligió por mí! —vociferó el guerrero sin poder contenerse por más tiempo—. ¡Todo es por ti, Cora! ¡Eres tú la que siempre está en el centro de todo! ¡Eres una maldita carga desde que te conocí, joder!
Alasdair se dio cuenta al instante que se había dejado llevar por los nervios y su propia boca lo había traicionado.
Lo supo antes de volver a mirar a los ojos de la joven, que se llenaron de lágrimas al escucharlo.
Vio la decepción, la rabia, la frustración y la pena en aquellas esmeraldas que lo miraban a tan solo dos metros de distancia.
El guerrero intentó acercarse a ella, pero Cora dio un paso atrás para alejarse de él.
Rápidamente, y sin esperar ni un solo segundo más, la joven se lanzó contra la puerta de las cocinas, dejándolo completamente solo.
Alasdair suspiró largamente y se llevó las manos a la cara.
Durante esos últimos cinco días apenas había dormido o probado bocado alguno.
Ni siquiera había soportado la presencia de nadie cerca de él.
Sus nervios habían tomado el control de su cuerpo y de su vida, algo que jamás había dejado.
Él siempre se había caracterizado por tener un carácter frío, pero sosegado.
Sin embargo, en ese momento se había dejado llevar por todos los sentimientos que había tenido a lo largo de los años y por los demonios que guardaba dentro de él desde que tan solo era un niño.
Había pagado con Cora su propia frustración al creer que todo se iba al traste.
Y tenía la certeza de que la joven jamás lo perdonaría.
Alasdair se apoyó contra la encimera y fijó su mirada en el cesto de fruta que había a su lado.
Necesitó hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no lanzarlo al otro lado de la cocina.
Estaba iracundo consigo mismo, pero más aún con Rowan.
Por primera vez en su vida no estaba de acuerdo con las órdenes de su amigo. Y esperaba hacérselo ver pronto.
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Esa misma tarde, Cora fue en busca de Sloan y Morag.
El matrimonio había levantado una muralla a su alrededor para evitar contagiarse de la incredulidad de los demás.
Por ello, apenas se dejaban ver por el resto de la familia y murmuraban a cada instante entre ellos, como si, de alguna manera, estuvieran a punto de levantarse en armas contra el propio Rowan en cualquier momento.
Por ello, Cora los buscó por todo el castillo hasta que dio con ellos en un pequeño salón del ala este.
—Os he buscado por todas partes.
Morag le sonrió. La joven esposa de Sloan parecía haberse recuperado de sus heridas y volvía a tener la misma fuerza de antes. O al menos esa era la sensación que tenía Cora, que no había vuelto a verla a punto de desmayarse de puro cansancio y dolor.
—¿Ocurre algo?
Cora suspiró y se dejó caer sobre uno de los sofás.
—Sí, que tu hermano mayor y Alasdair han perdido el juicio. No los soporto.
Sloan arqueó una ceja.
—¿Has vuelto a intentar hablar con ellos para convencerlos?
La joven lo miró y negó con la cabeza.
—No he vuelto a hablar con Rowan y con Alasdair… no he hablado, he discutido, que no es lo mismo. No es capaz de ver la verdad. Y, para colmo, me ha culpado de las muertes… Como si yo ya no tuviera bastante culpa sobre mis hombros…
Sloan resopló y apoyó los codos en las rodillas.
—No le hagas caso. Tú no tienes culpa de nada.
Cora lo miró con las mejillas rosadas y un ligero mohín en los labios.
—¿Vas a creer a Alasdair? —preguntó Sloan con mala cara—. No tienes la maldita culpa de nada, Cora. Quien empuñó el arma o dio la orden es el responsable.
La joven desvió la mirada y carraspeó, incómoda. Después, Morag tomó la palabra.
—Me estoy cansando del camino que ha tomado esto. Le daré un día más a Rowan para que decida qué hacer. No solo vuestra gente es quien corre peligro con los Ross sueltos.
Cora la miró con curiosidad.
—¿Qué quieres hacer?
—Si vuestro hermano continúa así, tendré que avisar a mi laird. Solo somos tres contra un clan entero. Con la ayuda de Jacob tendremos más posibilidades de vencer.
Cora asintió.
—Estoy de acuerdo contigo, Morag. Rowan ha perdido el norte o simplemente no quiere seguir liderando el clan.
Sloan suspiró largamente y las miró.
—¿Sois conscientes de que ese plan se considera una traición al laird de los Chattan? Está penado con la muerte o, en el mejor de los casos, la expulsión del clan.
—Por favor, Sloan, no me digas que incluso ahora eres fiel seguidor de las normas. Es el mejor momento para saltárselas.
El guerrero respiró hondo.
—No me has dejado terminar, esposa. Estoy con vosotras…
Morag sonrió ampliamente y le dio una palmada en la espalda.
—¿Sientes la excitación al saltarte las normas?
—Lo que siento es que ya podemos ir buscando un clan al que marchar cuando Rowan nos destierre de este…
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Al día siguiente, Cora se prometió hablar con su hermano mayor en cuanto tuviera una oportunidad.
Le había permitido unos días a todo el mundo para que se repusieran de las pérdidas, pero no podía dejar que las cosas siguieran como estaban.
Tenían que tomar una decisión cuanto antes, y sería a primera hora de la mañana.
La joven se vistió y, por primera vez en su vida, peinó su cabello en una trenza.
Colgó al espada de su cadera y salió del dormitorio con la intención de buscar a su hermano mayor incluso debajo de las piedras.
Sin embargo, la fortuna estaba de su parte cuando, tras bajar las escaleras y dirigirse hacia la salida del castillo, lo vio entrar en este junto a Alasdair.
Cora estuvo a punto de lanzar un resoplo al ver al guerrero Mackay junto a su hermano, no obstante, logró contenerse y fingió que no le importaba su presencia. Tenía que hablar con Rowan cuanto antes, y no pensaba dejar escapar esa oportunidad.
—Te andaba buscando, hermano…
Rowan levantó la mirada hacia ella y asintió.
—Si lo prefieres, podemos ir a mi despacho para hablar…
Cora negó con la cabeza y, contrariamente a lo que pensaba, sus ojos miraron fugazmente a Alasdair, que mantenía la atención sobre ella.
La joven aún no había olvidado lo que le había gritado el día anterior, y probablemente no lo olvidaría jamás, pero no pensaba mostrarle el dolor que le produjeron sus palabras.
No obstante, una parte de ella deseaba alargar la mano hacia el pelo moreno y revuelto de Alasdair y tirar de él hasta hacerlo gritar de dolor.
La joven carraspeó.
—No hace falta. Podemos hablar aquí. No me voy a demorar mucho…
Rowan se cruzó de brazos.
—Pues tú dirás…
—Quiero preguntarte cuándo demonios vamos a salir del castillo a buscar a los Ross.
Su hermano arqueó una ceja ante la seguridad que mostró la joven.
—¿De verdad sigues con eso, Cora? Los Ross nos trajeron a Lottie como muestra de su inocencia. Y fue asesinada por los mercenarios.
Cora frunció el ceño.
—¡Que fue ella la que se cortó las muñecas, por Dios! ¿Es que no has oído hablar nunca de alguien que se haya quitado la vida, Rowan?
—Tampoco le encuentro mucho sentido a que se quite la vida si son los Ross quienes tienen la culpa de todo. Si fuera así, habría hecho lo posible para vivir y seguir adelante hasta acabar con todos nosotros.
—Pero ¿por qué no eres capaz de ver que esa desgraciada llegó a este castillo para recabar información para su padre?
—Cuidado con tus palabras. La joven a la que te refieres era la esposa de Alasdair…
Cora llevó su mirada hacia el aludido, que apretó los puños con fuerza y la miró elevando el mentón. Sin embargo, en su mirada vio algo extraño que no logró adivinar.
—No me importa, Rowan. Si lo deseas, puedes expulsarme del castillo y del clan por dirigirme así a mis enemigos, sean esposas de alguien del clan o no.
—Tus palabras podrían llevarnos a la guerra con los Ross.
—Pero ¿no te das cuenta, Rowan? Iremos igualmente a la guerra. ¿Tú te llamas laird de los Chattan? No mereces el cargo que tienes. Seguramente padre estará revolviéndose en su tumba…
Rowan dio un paso adelante para enfrentarse a Cora, pero la mano de Alasdair se interpuso.
—No merece la pena, Rowan.
El aludido clavó su penetrante mirada en Cora, pero no causó el efecto deseado, pues la joven elevó el mentón con orgullo y lo retó con la mirada a que dijera algo contra ella.
—Desaparece ahora mismo de mi vista, Cora, o tendrás problemas más fuertes que el simple hecho de que te persiga un laird para matarte…
La joven rechinó los dientes, mordiéndose la lengua para evitar decir lo que pensaba en ese momento de él. Por ello, resopló y acabó alejándose de ellos hacia el patio.
Alasdair se giró, clavó su mirada en la espalda de la joven y acabó suspirando en medio del patio.
—Ven a mi despacho —ordenó Rowan con voz tensa.
El guerrero asintió y siguió a su amigo hasta esa estancia en la que podrían hablar sin que otros oídos pudieran escucharlos. Al llegar, Rowan se dirigió hacia la mesa y apoyó las manos sobre esta, dejando caer los hombros, derrotado.
—Dime que no me he equivocado en esta decisión…
Alasdair suspiró y tardó más de la cuenta en responder. Se cruzó de brazos y chasqueó la lengua.
—Lamento ser yo quien te lo diga, pero creo que esta es la peor decisión que has tomado en tu vida. No está funcionando. Te van a odiar todos.
Rowan cerró los ojos un instante y se giró hacia su amigo con el sufrimiento reflejado en sus ojos.
—A ti también te van a odiar.
Alasdair se encogió de hombros.