CAPÍTULO 1
Cinco días después del ataque de los Ross al castillo Chattan, en el que murieron numerosos guerreros, la madre del laird y Kester, la fortaleza seguía sumida en el más absoluto y desconsolador silencio.
Los hermanos que habían quedado vivos seguían sin hablar entre ellos, enfadados por los acontecimientos y la forma de gestionar el dolor y la pérdida de Amelia y Kester.
Pero algo que Cora aún no había podido encajar era la incredulidad de Rowan y Alasdair respecto al verdadero culpable del ataque y de la guerra que había llevado a los clanes a la ruina.
Había visto cómo Rowan y Alasdair cuchicheaban entre ellos a cada momento, incapaces de creer que fueran los Ross los culpables de eso.
Por otro lado, Arran estaba tan sumido en su propio dolor que apenas era consciente del resto de cosas que pasaban en el clan.
Parecía no haber despertado aún de su letargo para buscar venganza por la muerte de su hermano gemelo.
Sloan se mostraba iracundo en cada esquina del castillo tras hablar con Rowan y este darle largas sobre lo que tanto ella como él pensaban.
Y Cora… Esta aún no había podido olvidar los últimos estertores de su madre mientras agonizaba en el suelo de su dormitorio tras ser atravesada por la espada del mercenario.
En ese instante, la joven se encontraba en lo alto de la torre más alta del castillo. Desde que era una niña le gustaba subir allí para pensar con claridad, pero desde hacía cinco días no encontraba consuelo en ningún rincón del castillo, ni siquiera allí.
Cora levantó su mano y miró el corte que se había hecho días antes, noche en la que juró vengarse de los Ross por lo que estos habían hecho a su familia.
Se había quitado ya la venda que se había puesto justo después, pero no había dejado de dolerle.
Y eso la hacía sentir viva, pues tenía la impresión de que estaba muerta por dentro.
La joven suspiró y levantó entonces la mirada al cielo.
Estaba ligeramente despejado, aunque el horizonte marcaba algo totalmente contrario.
Pero no le importó que lloviera a lo largo del día.
De hecho, ya nada le importaba tanto como la venganza que necesitaba llevar a cabo.
Desde hacía cinco días sentía que el peso de la guerra había aumentado sobre sus hombros, amenazando con hacerla caer si no pon ía remedio rápidamente.
Por ello, en ese instante, mientras observaba el horizonte, juró que iba a prepararse para luchar.
No se quedaría quieta por más tiempo, esperando a que Rowan por fin reaccionara y dejara de negar que habían sido los Ross.
En ese momento, un fuerte pinchazo atravesó su pecho, obligándola a doblarse sobre sí misma.
El ahogo volvía a su cuerpo, impidiéndole respirar con normalidad.
Desde el ataque, había sufrido mucho más aquellos episodios de asfixia en los que apenas podía respirar.
Intentó controlarlos, pero algunos de ellos la habían llevado al extremo de estar a punto de hacerle perder el conocimiento.
Cora sentía rabia, culpa, pero, sobre todo, deseo de venganza y, aunque nadie la ayudara en ese proceso, lo haría ella sola.
Cuando por fin esa sensación logró calmarse de nuevo, la joven miró hacia el patio.
Desde lo alto de la torre podía ver todo con extrema claridad.
Sus ojos verdes se dirigieron hacia el centro del patio, justo al lugar donde habían encontrado el cuerpo de Kester.
Aún podía escuchar los gritos de desesperación de Arran mientras abrazaba a su gemelo intentando despertarlo de la muerte.
Y se le hizo un nudo en la garganta que la obligó a mirar hacia otro lado.
Jamás lo olvidaría. Nunca lograría sacar de su mente el recuerdo de Arran en ese estado, ni siquiera podría dejar a un lado el ser andante en el que este se había convertido.
Su hermano había dejado de ser el hombre alegre que había conocido y había dado paso a un ser fantasmal que apenas hablaba y ni siquiera levantaba la mirada del suelo.
Y eso no podía permitirlo. No había perdido únicamente a su madre y a Kester, también a Arran.
Cora respiró hondo y decidió dejar la torre para bajar a las cocinas a comer algo.
Necesitaba recuperar las fuerzas perdidas durante esos días para así luchar con firmeza y brutalidad cuando por fin se cruzara en el camino de los Ross.
Sin lugar a dudas, habían despertado a la bestia que habitaba en su interior, provocando que rugiera y luchara por salir a flote para acabar con todos.
Y Cora sabía que en el momento en el que le permitiera salir de ella, arrasaría con todo. Pero ya no le importaba.
Lentamente, bajó la torre y se dirigió hacia las cocinas.
Los pasillos estaban repletos de sirvientes, algunos de los que ya estaban antes del ataque y otros que habían entrado a trabajar los días posteriores a este.
Pero apenas la miraban. Ni siquiera hacían ruido.
Parecían haberse sumido en la misma oscuridad que el resto del castillo.
Sin embargo, Cora tenía la impresión de que la miraban de reojo cuando ella pasaba por su lado y seguía su camino.
No podía jurarlo, pero tampoco tenía dudas de ello.
Sentía que la culpaban a pesar de que aún nadie conocía la verdad de lo que buscaban.
Y deseó tener la libertad suficiente como para confesar que la buscaban a ella y que los matarían a todos hasta que cayera por fin en las redes del enemigo.
Pero estaba segura de que Rowan pondría el grito en el cielo si contaba algo así sin su permiso.
Cora caminó por los pasillos hasta llegar a las cocinas.
Estas se encontraban vacías, algo que la hizo suspirar de alivio, por lo que podría disfrutar de unos momentos de tranquilidad sin sentir que estaba siendo observada.
Echó un vistazo a su alrededor y no pudo evitar recordar el momento en el que cinco días antes había bajado con la esperanza de encontrar a Faith para que confesara que los Ross eran los culpables de todo aquello.
Evocó que todo estaba revuelto cuando ella llegó, la comida tirada por el suelo, platos rotos, pero, sobre todo, la sangre y el olor a podredumbre y muerte.
Ahora había cambiado por completo. Los sirvientes que habían sobrevivido dejaron todo realmente limpio tras el ataque, por lo que parecía que jamás había ocurrido nada extraño en ese lugar.
Cora suspiró y se acercó a la encimera. Allí vio un plato con un trozo de queso.
Lo tomó entre sus dedos y lo mordió. Necesitaba recuperar fuerzas después de haberse secado por dentro llorando la muerte no solo de su madre y hermano, sino la de todos aquellos guerreros que habían fallecido por defender el castillo y, por ende, también a ella.
La joven volvió a morder el pequeño trozo de queso y lo terminó en cuestión de segundos, justo cuando la puerta de la cocina se abrió tras ella.
Tenía la seguridad de que se trataba de algún sirviente que llegaba para seguir con su trabajo, sin embargo, el silencio siguió a la llegada de aquella persona.
Con gesto curioso, la pelirroja se giró y dio un respingo al descubrir que se trataba de Alasdair.
Intentó disimular para que no se le notara el nerviosismo, sin embargo, supo que era demasiado tarde.
Lo vio reflejado en los ojos azules del guerrero y simplemente se limitó a observarlo, tal y como hacía él mismo.
—Yo… solo he venido a comer algo —tuvo la necesidad de explicarse, aunque rápidamente se golpeó mentalmente por haber hecho semejante comentario.
Cora frunció el ceño. Jamás había tenido la necesidad de darle explicaciones a Alasdair, pero en ese instante la incomodidad la obligó a hacerlo.
—Respecto a lo del otro día… ¿aún sigues pensando que no son los Ross?
Había sentido la imperiosa necesidad de hacerle esa pregunta.
Desde que había sucedido el ataque todos se habían sumido en un silencio sepulcral y no habían sacado el tema, al menos en su presencia, pues le constaba que Sloan y Morag lo habían intentado en más de una ocasión.
No obstante, lo único que habían recibido había sido la negativa de Rowan.
Pero necesitaba saber qué seguía pensando Alasdair de todo eso, pues albergaba la esperanza de que tal vez había cambiado de opinión y podría ayudarlos a que Rowan también lo hiciera.
—No veo motivo alguno para pensar lo contrario.
Aquellas simples palabras hicieron que el mundo de Cora se viniera debajo de nuevo.
La joven chasqueó la lengua y desvió la mirada, no solo porque se sintió enfadada, sino porque no podía sostenerle por más tiempo aquella mirada tan fija y penetrante.
Los ojos de Alasdair parecían tener vida propia.
Siempre lo había pensado, como si tuvieran el don de ver más allá de lo puramente superficial.
O al menos eso era lo que sentía hacia ella.
—¿Y por qué no quieres cambiar de opinión? Por Dios, Alasdair, la propia Lottie me lo confirmó en el dormitorio antes de cortarse las muñecas.
—¿O antes de que la mataras? Nunca te cayó bien.
Cora arqueó una ceja. ¿De verdad volvía a esa misma pregunta?
—Tienes razón. Nunca me cayó bien; jamás deseé que pisara este castillo y nunca me habría caído bien. Sin embargo, nada tiene que ver con lo que yo misma escuché de su propia boca hablando con Faith.
—Otra que también murió, por cierto… Si esos mercenarios que nos atacaron estuvieran bajo el mando de los Ross, ambas se encontrarían vivas.
Cora lanzó un gruñido y se apartó de la encimera para caminar por las cocinas con los brazos en jarras.
—Si yo fuera uno de los guerreros del clan, estoy segura de que me creeríais. Ambos. Pero soy la hermana pequeña de la familia. Supongo que mi palabra no tiene tanto valor, ¿verdad?
—Tú lo has dicho. Eres la pequeña… no deberías meterte en estos menesteres.