PRÓLOGO #4
Alasdair agradeció que justo en ese instante Cora saliera del salón y no la vieran en ese estado, aunque también que no descubrieran que era ella la persona que atraía su atención, pues no quería problemas.
Alasdair estaba a punto de cumplir veinte años y llevaba más tiempo allí que en su verdadero hogar, por lo que ya consideraba a todos como sus hermanos, excepto a Cora, a quien había comenzado a odiar por todo lo que le hacía sentir cada vez que lo miraba.
—No es nadie.
Kester le dio un manotazo en la espalda.
—¿Alguna mujer requiere de tu atención, Alasdair?
El aludido puso mala cara y negó con la cabeza.
—Prefiero estar solo antes de dejar que alguien me obnubile la mente.
Kester le guiñó un ojo.
—Eres muy aburrido.
—Tal vez… Y ahora lo seré más porque prefiero irme a descansar.
Arran lanzó una carcajada.
— ¿Lo dices en serio? Aún queda tiempo para que termine la fiesta.
Alasdair le dio una palmada en la espalda.
—Prefiero marcharme ya…
—Tú mismo…
El guerrero dejó la copa a un lado y se dirigió directamente hacia la salida. No sabía exactamente hacia dónde dirigirse, pero sí tras de quién iba a ir…
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Cora caminó por el pasillo apoyándose contra la pared. Pensaba que no había bebido tanto hasta que se movió del sitio y todo comenzó a darle vueltas. Pero se lo había pasado realmente bien en compañía de Nic.
La joven subió las escaleras casi rezando para que ni su madre ni su padre hubieran decidido salir del salón y la vieran en ese estado, por lo que tampoco se dirigió hacia su dormitorio cuando terminó de subir las escaleras.
Caminó lentamente hacia las escaleras que la llevaban a lo alto de la torre.
Necesitaba sentir contra su rostro el frío viento del norte que seguramente soplaba en ese momento, pues solo eso podría despejar su mente embotada por el alcohol.
Por ello, subió como pudo la estrecha escalinata y salió al exterior.
Rápidamente, el viento movió su pelo rojo y el frío provocó que tuviera que entornar ligeramente los ojos.
Sin embargo, logró sentir cierta claridad en su mente a medida que se aproximaba a las almenas que decoraban toda la torre.
El vino provocaba que no fuera consciente de la peligrosidad de subir a la torre en ese estado, por lo que se acercó al borde.
Cuando llegó a él, cerró los ojos unos instantes sin darse cuenta de que estaba perdiendo el equilibrio y caía hacia adelante, al abismo. Al instante, sintió una fuerte mano en su brazo y tiró de ella hacia atrás.
Cora lanzó un grito y abrió los ojos de golpe, topándose con los de Alasdair, que la observaba con furia.
—¿Estabas intentando quitarte la vida? —le preguntó el guerrero.
Cora se deshizo de sus dedos y dio un paso atrás, alejándose de él y del oscuro abismo de la torre.
—¿Qué dices? Solo estaba disfrutando del viento.
—Pero ¿acaso no te has dado cuenta de que estabas cayendo hacia adelante?
Cora frunció el ceño y miró hacia el borde de la torre.
—Eso no es cierto…
Alasdair dio un paso hacia ella.
—No deberías haber subido aquí borracha.
—Yo no estoy borracha.
—Oh, por favor, Cora, no has parado de beber.
—¿Tú qué sabrás?
—Te he estado observando.
La joven se quedó paralizada y lo miró de arriba abajo, sorprendida.
— ¿Por qué?
Alasdair se mostró incómodo y evitó responder.
—Te he visto beber, y la hija de un laird no debería beber así. ¿Por qué lo has hecho?
La joven resopló y se tambaleó ligeramente.
—¿Y a ti qué te importa? ¿Y por qué siempre apareces donde estoy yo?
Alasdair apretó los puños y evitó responder a la última cuestión.
—Me importa que bebas porque eres la hija del laird y porque eres demasiado pequeña para hacerlo.
Cora frunció el ceño y rechinó los dientes. De nuevo, aquella maldita palabra asociada a ella.
—¿Pequeña? —Sonrió con tristeza—. Ya no soy una niña. Tengo trece años. ¿Aún no te has dado cuenta? Pensaba que, después de seguirme a todos lados, lo habrías visto.
Alasdair se acercó a ella y esta lo encaró.
—Beber tanto como has bebido y subir a la torre más alta del castillo indica que aún sigues siendo una niña que no es consciente del peligro.
La joven arrugó el rostro.
—Yo no soy una maldita niña…
Y antes de que Alasdair pudiera responder, Cora lo besó.
Fue algo fugaz, pero lo suficientemente húmedo como para que el guerrero pudiera sentir completamente el fuego que había en el interior de la joven a pesar de su edad.
Rápidamente, la apartó de él y puso distancia entre ellos.
La miró con el ceño fruncido y renegó entre dientes.
—Una niña no besa como yo.
—Espero que sea la primera y última vez que haces algo así, Cora. No vuelvas a besarme.
—¿Tanto te ha gustado?
Alasdair se obligó a mostrar disgusto en el rostro.
—Al contrario, he sentido auténtico asco.
Cora sintió esas palabras como un mazazo, un duro golpe para su orgullo que la obligó a dar un paso atrás.
—Te detesto, Alasdair Mackay. Y espero que te prepares porque a partir de este momento te declaro la guerra. Desearás que tu padre no te hubiera traído jamás a este castillo.