Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) PRÓLOGO #3
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PRÓLOGO #3

Y cuando por fin llegó, cerró la puerta con un sonoro portazo y se apoyó contra ella con lágrimas en los ojos.

Sus sollozos comenzaron a llenar el espacio, pero no le importó al estar sola.

Con gesto iracundo, la niña dejó a un lado su espada nueva y aferró con fuerza su muñeco.

La había acompañada durante toda su vida y ahora le echaban en cara que lo llevaba a todas partes.

El muñeco la hacía sentirse segura cuando lo tenía cerca, pero que Alasdair se riera de ella por llevarlo le había hecho demasiado daño.

Por ello, le dio un beso de despedida al muñeco y, sin pensárselo mucho, corrió hacia el fuego y lo tiró.

Limpiándose las lágrimas de las mejillas, Cora observó cómo el muñeco de trapo comenzaba a quemarse y a desparecer de su vista, provocando que lo último que quedaba de su niñez desapareciera para siempre.

Al día siguiente, Cora bajó a desayunar como cualquier otro día.

Se había colgado un cinto de la cadera y de él pendía la espada de madera con la que iría a entrenar con su padre.

A partir de ese momento, quería ser una guerrera más, no una niña.

Deseaba que la viera como lo que quería en su vida, no lo que fue.

Ya no era una niña y nadie más volvería a burlarse de ella como lo había hecho Alasdair el día anterior.

Cora entró en el salón, donde los demás ya estaban sentados. Torció el gesto al comprobar que era la última en llegar, pero su madre le dedicó una amplia sonrisa.

—Estaba empezando a pensar que te habías quedado dormida, hija —dijo Amelia.

Cora le intentó devolver la sonrisa, pero le salió una mueca. La atención de todos estaba puesta sobre ella, pero la niña se sentó en su lugar y comenzó a servirse avena para desayunar.

—Qué raro verte sin tu muñeco en la mano, hermana —apostilló Kester—. ¿Estás bien?

Cora tragó saliva cuando la mirada de Alasdair se levantó de su plato y la clavó sobre ella. Había tenido la mala suerte de que el joven siempre se sentaba justo frente a ella, por lo que su mirada fue rápida en recorrerla.

—No creo que lo veas más, Kester. Ahora está reducido a cenizas.

Alasdair arqueó una ceja al escucharla, pero Cora se limitó a mirar su plato o a su hermano.

—¿Y eso? ¿A qué se debe?

—A que voy a ser una guerrera del clan. Y ya no soy una mocosa, como otros piensan.

Rowan frunció el ceño al escucharla.

—¿Quién te ha llamado mocosa? Dímelo y le partiremos la cara…

Cora sonrió ligeramente, tentada a responder la verdad cuando Alasdair se tensó frente a ella.

—Eso da igual. Me puedo defender yo sola de ese imbécil.

Cora fue consciente de la tensión con la que Alasdair apretaba los cubiertos y la miraba con auténtico odio, pero decidió ignorarlo. Si él la veía como una mocosa, ella no haría nada más para demostrarle que estaba equivocado.

Y, sin ser conscientes de ello, esa fue la semilla que más tarde germinaría para provocar la guerra entre ambos.

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Tres años después…

El tiempo siguió pasando dentro de los muros del clan Chattan mientras que la tensión entre ellos parecía ir a mayores.

Tanto Cora como Alasdair intentaban ignorarse, pero siempre se descubrían mirándose el uno al otro, especialmente Alasdair, que parecía estar atento a sus movimientos y siempre aparecía cuando menos lo esperaba.

Ese día, en el clan se celebraba el cumpleaños del padre de la joven. El laird cumplía un año más y siempre le gustaba celebrar con su familia y los guerreros del clan para estrechar lazos los unos con los otros.

Los hermanos de Cora parecían haberse perdido entre los guerreros y apenas hacían caso a la joven. Esta buscó a su madre para estar con ella un instante, pero la vio sentada junto a su padre, hablando animadamente, por lo que decidió quedarse donde estaba.

Después de tres años en los que había practicado mucho con la espada de madera, hacía varios meses que su padre le había regalado una espada de acero , forjada especialmente para ella. Regalo que la había emocionado y la llevaba con orgullo colgando de su cadera.

Raro era el día que no la llevaba consigo, incluso en esa fiesta la tenía colgada de su cadera, al igual que el resto de guerreros.

A sus trece años, Cora bebió una copa de vino que tenía entre las manos.

Lo hizo de un solo trago, aprovechando que nadie de su familia estaba atento a lo que estaba haciendo.

Imitaba el gesto de cada uno de los guerreros.

Los observaba y quería llegar a convertirse en uno más de ese grupo algún día para proteger su castillo como los demás.

En ese instante, alguien se acercó por detrás, provocando que se sobresaltara.

—Tienes suerte de que sea yo y no otro quien se haya fijado en esa copa que tenías en las manos.

Cora lanzó una carcajada y puso una mano sobre el hombro de su amigo Nic.

Hacía tiempo que se conocían y habían conectado prácticamente desde el primer momento, por lo que se habían convertido en amigos desde entonces.

Practicaban juntos con la espada y el arco y solían quedarse hasta tarde hablando de temas sin importancia, pero que lograban hacer de su vida algo más interesante de lo que podía ser.

—Ya tenemos edad para beber como los demás.

Nic sonrió y se encogió de hombros.

—Es cierto que, si miramos a los demás, también están bebiendo como si fuera el último día de sus vidas, pero es la primera vez que he visto a una mujer beberse un trago así de golpe.

Cora sonrió aún más.

—¿Preferirías verme bordar sentada en una esquina del salón?

Nic fingió meditarlo.

—Tal vez sí…

Cora le propinó un suave codazo.

—¡Eh! Espero que te prepares para el siguiente entrenamiento. Pienso hacerte morder el polvo por lo que acabas de decir.

Sin perder la sonrisa, Nic miró a su alrededor y al comprobar que nadie más los miraba rellenó la copa de Cora.

—¿Brindas conmigo?

La joven asintió.

—¿Por qué quieres brindar?

—Por nuestra amistad.

—Magnífico motivo…

Ambos bebieron el contenido de la copa de golpe y volvieron a llenarla seguidamente.

—Cualquiera que te vea dirá que quieres emborrachar a la hija del laird.

—Tal vez es mi intención, amiga. Una mujer no es una verdadera guerrera hasta que no atraviesa su primera borrachera…

Cora lanzó una carcajada.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Me lo acabo de inventar, pero no me digas que no es cierto…

La joven bebió de nuevo.

—Tienes toda la razón, amigo.

Ambos siguieron bebiendo y hablando durante un buen rato, hasta que Cora comenzó a sentir que todo el salón se movía demasiado deprisa a su alrededor.

Dejó la copa sobre la mesa más cercana y no pudo evitar trastabillar al regresar junto a Nic.

Este la cogió y la ayudó a incorporarse antes de caer al suelo.

—Al final he logrado emborrachar a la hija del laird.

Cora le guiñó un ojo.

—Y por tu bien espero que nadie se dé cuenta o te echarán del clan por hacerlo.

Nic rio y dejó la copa a un lado.

—Supongo que no puedo pedirte ahora un baile.

—¿Ahora? Todo el mundo se daría cuenta de que apenas puedo mantenerme en pie. Creo que es mejor que me vaya a descansar.

—Te veo mañana en el entrenamiento…

Cora asintió y se dirigió hacia la puerta de salida del salón.

En más de una ocasión, trastabilló cuando el salón daba vueltas más deprisa.

Miró a su alrededor para comprobar que sus padres o hermanos no la habían visto y siguió adelante, pero un par de ojos sí estaba pendiente de cada movimiento suyo, especialmente desde que Nicolas se había acercado a ella.

Alasdair la observaba desde el otro extremo del salón. Se encontraba hablando con Kester y Arran, pero su atención realmente estaba puesta sobre la joven. La había visto beber sin parar y ahora se marchaba intentando disimular su estado.

—¿Estás con nosotros o te has ido a algún lado?

La voz de Arran lo distrajo, atrayendo su atención.

—Estoy aquí.

—Sí, claro. Pues tus ojos parecen estar en otro lugar. ¿Dónde, por cierto?