PRÓLOGO #2
—Gracias por este inmenso favor, amigo.
—Sabes que estoy encantado de hacerlo.
—Por eso mismo me veo en la obligación de contarte algo más. No solo corre peligro Alasdair, amigo…
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Año 1461, clan Chattan
Cora caminaba por el pasillo del castillo con la espada de madera que su padre le había regalado el día anterior y con la que había practicado junto a su progenitor en una cabaña contra un hombre de madera que había hecho expresamente para ella, para que practicara tranquilamente y sin la presión del resto de guerreros del clan.
Se había propuesto convertirla en una guerrera desde muy pequeña y ahora, con sus diez años recién cumplidos, la joven parecía apuntar maneras.
Sin embargo, por otro lado, a pesar de que estaba hecha para ser una guerrera, no dejaba de ser una niña aún, por lo que siempre solía ir con un viejo muñeco de trapo que le había quitado el miedo en numerosas noches desde que tenía uso de razón.
A pesar de que ya no jugaba como cuando era más pequeña, le gustaba caminar con él entre sus brazos, pues le recordaba buenos momentos.
Por ello, en ese instante caminaba dando saltitos con la espada en la mano derecha y su muñeco en la izquierda.
El día estaba a punto de finalizar, pero no por ello deseaba meterse ya en su dormitorio a descansar.
Al contrario, siempre la descubrían en mitad de la noche paseando por los solitarios pasillos o en lo alto de la torre más alta del castillo, disfrutando de la soledad que le ofrecía ese momento. Y ese instante no era diferente.
Los pasillos estaban vacíos y no se escuchaba nada a su alrededor, pero a medida que se aproximaba a la sala de armas podía oír el ruido de las espadas al ser colocadas o usadas.
Se dijo que lo mejor sería volver por donde había venido, pero al ver que dentro de ese lugar se encontraba Alasdair Mackay no pudo resistirse a observarlo.
Lo conocía desde que tenía uso de razón, aunque siempre le habían dicho que se encontraba en el castillo desde poco después de su nacimiento.
Y a pesar de que todos lo trataban como un hijo más, para ella había una diferencia clara: no llevaba su sangre.
Y eso se lo hacía saber cada vez que los demás lo trataban como si fuera alguien más de la familia.
Sin embargo, había algo en él que le llamaba poderosamente la atención.
Cora siempre había visto a Alasdair como alguien realmente guapo.
A pesar de su seriedad, autocontrol y disciplina, Cora se sentía atraída por él, pero sabía que no debía sentir eso, ya que ella tan solo tenía diez años mientras que él ya tenía dieciséis.
Y lo peor de todo era que siempre la trataba con más seriedad que a los demás, como si la culpara de algo que ella desconocía.
Desde su posición, Cora observaba, ligeramente escondida, al joven guerrero.
Este se encontraba en medio de la sala de armas haciendo movimientos de muñeca con varias espadas que después colocaba en las paredes de la habitación.
Los ojos verdes de la joven recorrían su fuerte brazo y deseó tener la misma fuerza que él en un futuro.
Pero no solo eso, también quería que todos los guerreros del clan la admiraran como habían llegado a admirar a Alasdair a pesar de no ser un Chattan, sino un Mackay.
Se preguntó una vez más por qué estaba él en ese castillo en lugar de vivir en su propio clan.
Cada vez que le preguntaba a su padre, este le decía que Alasdair tenía que estar allí porque no podía estar entre los Mackay, pero no le daba más explicaciones.
Cora sabía que su padre guardaba cierta información que ella desconocía, y lo peor de todo era que estaba segura de que su madre también conocía esa información y no la contaba.
¿Tan grave era lo que había sucedido en el clan Mackay para que Alasdair tuviera que vivir con ellos?
Cora suspiró y siguió observándolo. Admiró una vez más ese juego de muñecas que su padre le estaba enseñando entonces a ella, pero que el guerrero había adquirido ya años atrás.
Lo que la niña no sabía era que Alasdair se encontraba realmente enfadado en ese instante.
El día había sido realmente agotador y había tenido ciertos problemas con dos de los guerreros del clan tras echarle estos en cara que tenía cierto trato preferente a pesar de no ser del clan.
Pero no solo eso. Le habían comunicado algo que lo había dejado sorprendido, iracundo y triste, y eso lo hacía realmente peligroso.
Por ello, había aprovechado la soledad que le ofrecía la sala de armas en ese instante para intentar calmarse y recuperar el sosiego.
Mientras hacía esos movimientos de muñeca con las espadas, Alasdair no pudo evitar recordar el día en el que llegó al castillo.
Esa noche había visto por última vez a su padre y no había vuelto a verlo.
Inconscientemente, con la mano libre tocó el colgante que le había dado aquella noche y que no se quitaba jamás.
Era un mínimo recordatorio de quién era y de dónde venía realmente, pues temía perder su identidad para siempre.
El motivo por el que su padre lo había llevado allí también apareció de repente en su mente, provocando que torciera el gesto y apretara con saña la espada.
Hacía diez años que su vida había dado un giro radical, cambiando sus posibles planes y haciendo que estuviera en tensión a cada instante.
Jamás olvidaría el motivo, especialmente después de que su padre le hubiera dado aquella charla antes de abandonar su hogar y ser llevado junto a los Chattan.
Y desde entonces habían pasado tantas cosas que a veces pensaba que jamás podría regresar a su hogar.
Alasdair suspiró y se giró para colgar en la pared la espada, sin embargo, un movimiento junto a la puerta llamó poderosamente su atención.
Una melena pelirroja, salvaje y despeinada, junto con unos ojos intensamente verdes lo observaban ligeramente escondidos tras la puerta de la sala de armas, haciendo que Alasdair rodara los ojos.
No era el mejor momento para que precisamente ella estuviera cerca de él.
No estaba de humor para aguantarla, y menos después de que la hubiera descubierto infinidad de veces persiguiéndolo por el castillo o el patio, observándolo, como si esperara algo de él.
—Te he visto, Cora.
Con una sonrisa ligeramente tímida, la niña apareció de detrás de la puerta y se acercó a él lentamente.
Alasdair reparó en el muñeco que tenía en una mano y en la espada que portaba en la otra.
Evitó hacer un gesto de contrariedad, pues la niña se encontraba en esa etapa intermedia de la vida en la que seguía siendo niña, pero ya se iba desarrollando hacia la pubertad, aunque el guerrero no pudo evitar fruncir el ceño.
Alasdair la miró de arriba abajo. A pesar de tener diez años, Cora era más alta que las niñas de su edad y su esbelta figura potenciaba el efecto que provocaba en los demás, ya que había escuchado a varios niños decir que era realmente hermosa.
Y no se equivocaban. Desde su nacimiento, Cora había mostrado su belleza, que sería arrebatadora cuando se convirtiera en adulta.
Sus ojos verdes, totalmente llamativos, poseían una viveza, atención y curiosidad que no podía ocultar.
Su pelo rebelde, jamás peinado, ondeaba cada vez que se movía y caía por su espalda libremente.
Sus pasos se mostraban seguros a pesar de su corta edad y, según lo que decía Liam Chattan, estaba llamada a ser una de las mejores guerreras del clan, pues aprendía pronto los movimientos de la espada.
Y, sin embargo, ese muñeco de trapo seguía estando en su mano.
Alasdair se acercó a la pared para colgar otra espada y se giró hacia ella con los brazos en jarras.
—¿Qué haces aquí en lugar de haberte ido a descansar?
La niña torció los labios en un gracioso mohín que solía hacer cuando algo la contrariaba.
—Aún es temprano y no tengo sueño. Estaba paseando por el castillo cuando te he visto aquí. ¿Qué haces?
—Solo estoy colocando las espadas. Los chicos hoy no han recogido nada.
Sin perder su sonrisa, Cora le mostró la espada nueva de madera que le había regalado su padre como si fuera un trofeo para ella, pero apenas causó nada en Alasdair.
—Mira, me la ha regalado mi padre y hoy hemos estado entrenando con ella. Voy a ser una guerrera, como tú.
— ¿Es lo que te gustaría de verdad?
Cora asintió y se acercó más a él.
—Seremos guerreros los dos. ¿Te imaginas que incluso nos casamos cuando seamos mayores?
Los ojos de Alasdair se abrieron desmesuradamente por el espanto. El joven resopló y dio un paso atrás, alejándose de ella, pues no estaba de humor para hablar de esas cosas en ese momento, y menos con Cora.
—No digas sandeces. Soy seis años mayor que tú, Cora. Además, jamás me casaría contigo. Eres una mocosa.
La sonrisa de la niña se desvaneció de golpe, no por el hecho de que se hubiera negado a casarse con ella en un futuro, sino por sus últimas palabras. Esas sí le habían dolido en lo más hondo.
—Eso no es cierto. No soy tan pequeña. Tengo diez años.
—No te separas nunca de ese muñeco. Sigues siendo una mocosa. Además, yo no estoy en este castillo para enamorarme de nadie. Déjame en paz de una maldita vez y vete a jugar con ese muñeco y tu espada nueva.
Cora dio un paso atrás, como si hubiera sido golpeada por él.
No fue consciente del ligero arrepentimiento que apareció en los ojos de Alasdair al ver lo que había provocado en ella, pero no se quedó a verlo.
Simplemente, Cora se giró y salió corriendo de la sala de armas rumbo a su dormitorio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas por el camino y comenzó a derramarlas antes de lo que esperaba, impidiéndole ver con claridad el suelo que pisaba.
Pero no le importaba caerse en ese instante.
Solo deseaba llegar a su dormitorio y encerrarse para que nadie viera el dolor que le habían provocado las palabras de Alasdair.