Corazones en llamas (Corazones oscuros 3) PRÓLOGO
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Corazones en llamas (Corazones oscuros 3)

Corazones en llamas (Corazones oscuros 3)

Por Emma G. Fraser

© inepub.com

PRÓLOGO

La cúpula estrellada que los protegía a esa hora de la madrugada fue la que les indicó que llevaban el camino correcto hacia su destino.

Las respiraciones de ambos, ligeramente aceleradas no solo por la necesidad de llegar al castillo del laird Chattan, sino también por el miedo y el pánico sembrado días antes en sus corazones, dibujaban suaves y fugaces estelas de vapor que salían de sus bocas debido al frío intenso de esa noche.

El invierno estaba en mitad de su estación y en los últimos días había nevado demasiado, tanto que sus huellas se marcaban en la nieve con fuerza, impidiéndoles seguir su camino con facilidad.

Padre e hijo habían cabalgado durante varios días para llegar hasta allí.

Habían salido de su hogar a escondidas, sin que nadie supiera hacia dónde se dirigían y sin apenas ser vistos por nadie.

Debía ser así, pues así lo había decidido el progenitor después de tener en su poder una información crucial para mucha gente.

Tenía que poner a salvo a su hijo, como fuera, donde fuera… Y la primera persona en la que había pensado era precisamente la otra parte a la que debía contarle lo que estaba pasando.

El hombre, que acababa de cumplir apenas treinta y cinco años, miró hacia su hijo y sonrió con tristeza.

Debía separarse de él en cuestión de horas.

Era por un bien mayor, lo sabía, pero, aun así, no podía dejar de pensar en que era la mejor y, al mismo tiempo, la peor decisión de toda su vida.

Sabía que no volvería a verlo, pero al menos tenía la certeza de que allí podría sobrevivir y convertirse en un hombre de honor.

—Estoy cansado, padre. ¿Cuándo vamos a llegar?

Desde que su hijo había nacido, había hecho todo lo posible para convertirlo en un futuro guerrero, pero tenía apenas seis años recién cumplidos, por lo que no había logrado su cometido.

Y tampoco podía exigirle más de lo que le debía pedir.

Se dijo que , si pudiera alargar esa llegada al castillo, haría lo que fuera para pasar más tiempo con él, sin embargo, hacía frío y las vidas de ambos corrían peligro extremo.

—Queda muy poco, Alasdair. Ya vamos a llegar…

Su hijo era un niño. Un niño pequeño con el que le había faltado vida para compartir, pero si no lo llevaba allí, iba a morir. Lo sabía. Abandonar a su pequeño en un lugar desconocido era lo más difícil que iba a hacer en toda su vida, y no podía dejar de mirarlo.

Su rostro pálido y ligeramente pecoso mostraba la niñez en la que se encontraba.

La inocencia se encontraba marcada en sus ojos de un color azul demasiado intenso.

Su pelo moreno, tan revoltoso como él, se encontraba ligeramente húmedo por la nieve que había caído tan solo una hora antes.

A pesar de su corta edad, Alasdair ya apuntaba a que su altura sería realmente llamativa y, sin lugar a dudas, era su viva imagen.

Desde que el niño había nacido, se vio reflejado en él.

Alasdair poseía su mismo rostro, algo que podría traerle problemas en un futuro si ese parecido seguía siendo tan evidente, pero no podía hacer nada para remediarlo.

El hombre suspiró largamente y sonrió al ver que en la noche se dibujaba la silueta del castillo del laird Chattan. Por fin habían llegado a su destino y podría respirar tranquilo al dejar a su hijo en la protección que le brindaba un clan alejado del suyo.

—Mira, el castillo de los Chattan está a poca distancia.

Alasdair levantó la cabeza de sus propias manos, las cuales estaban totalmente rojas por el frío, y suspiró con alivio.

Tenía demasiado frío y solo deseaba tomar algo caliente y meterse en la cama para dormir.

Antes de salir de su hogar, su padre le había contado algo que no había logrado entender con totalidad, pero sí sabía que era lo suficientemente peligroso como para tener que abandonar su hogar.

Y aunque no le había dicho nada a su padre, estaba realmente aterrado.

No conocía a los Chattan, ni siquiera había oído hablar de ellos, pero tenía miedo de alejarse de la seguridad de su padre.

Lo miró con cierto temor reflejado en sus ojos de niño y este le devolvió una sonrisa triste.

—Estoy seguro de que aquí vas a ser feliz, Alasdair.

—¿Y por qué en casa corro peligro?

—Pueden matarte, hijo. Prefiero saber que estás vivo y lejos de mí a verte muerto entre mis brazos. Eso no podría soportarlo. Los Chattan te cuidarán bien y te darán un futuro. Tal vez dentro de unos años, solo si el destino lo decide, volveremos a estar juntos.

Alasdair asintió, no muy convencido, e intentó tragarse las lágrimas que de repente sentía en las comisuras de los ojos.

Las manos le temblaron insistentemente y tuvo que respirar hondo para no orinarse encima.

Su vida iba a cambiar para siempre y se alejaría de su padre, el único referente que había tenido en la vida.

A medida que se acercaban a la fortaleza oscura que se levantaba frente a ellos en medio de la noche, Alasdair miró de reojo a su padre.

A pesar de que no había luz, sí pudo ver el reflejo de una lágrima surcando la mejilla de su progenitor.

Él tampoco quería dejarlo allí, pero no había más remedio.

Y se dijo que debía mostrar fortaleza y frialdad para que su padre no se marchara de allí tan apenado.

A pesar de su corta edad, Alasdair respiró hondo, tragó sus lágrimas y frunció el ceño. Dentro de su ser, todo su cuerpo temblaba de miedo, pero su rostro mostraba algo totalmente diferente.

Desde lo alto de la muralla, los guerreros apostados en ella los apuntaron con los arcos, provocando que los caballos de ambos se quedaran completamente quietos mientras el padre de Alasdair bajaba la capucha de su capa.

—Vengo en son de paz, amigos. Necesito hablar con vuestro laird, a solas.

—Decidnos vuestro nombre.

—Mi nombre solo se lo revelaré a él cuando lo tenga delante. No puedo arriesgarme a que alguien me reconozca.

Los guerreros Chattan dudaron un instante para después dar la orden y abrir el portón.

—Nuestro laird está descansando ahora. Puedes hablar con él mañana.

Alasdair miró a su padre mientras desmontaba cuando llegaron al centro del patio. Lo vio negar con la cabeza.

—Lo siento, pero es una cuestión de vida o muerte. Debo hablar con él ahora. La vida de mi hijo corre peligro.

El segundo al mando del clan Chattan dudó un instante, pero acabó asintiendo y pidiéndole que entraran con él en el interior del castillo.

—Iré a avisarlo inmediatamente. Mientras tanto, esperen aquí. No sé si querrá verlos con tanto misterio de por medio…

El guerrero del clan Chattan los miró de arriba abajo, especialmente a Alasdair, que mantuvo el mentón elevado y las manos a la espalda, mostrando casi un desafío a pesar de que sus piernas temblaban con tanta fuerza que estaba a punto de caerse de bruces contra el suelo.

Su padre asintió y ambos esperaron en mitad de un pasillo casi a oscuras, con un par de guerreros apostados en la puerta de entrada al castillo, como si estuvieran vigilando que no hacían nada extraño.

La espera no se hizo demasiado larga, pues en cuestión de cinco minutos, Liam Chattan se encontraba frente a ellos.

En el momento en el que el padre de Alasdair se giró hacia él para recibirlo, Liam se quedó estupefacto en medio del pasillo.

Su boca se abrió por la sorpresa, mientras que sus ojos parecieron perder cualquier rastro de sueño que albergaba aún en ellos.

—Pero ¿qué demonios…?

Liam miró a sus hombres rápidamente y les ordenó que se retiraran de allí, dejándolos solos. Sin embargo, aquella reunión a esas horas de la noche no podía mantenerla en medio de un pasillo.

—Acompañadme a un salón cercano.

Liam los guio por los oscuros pasillos hasta llegar a la puerta de un salón. Rápidamente la abrió y los hizo entrar.

—Pero ¿qué haces aquí?

El padre de Alasdair sonrió con cierta timidez.

—Han pasado muchos años, ¿verdad, Liam?

—Tal vez demasiados —dijo con voz aún sorprendida—. De haber sabido que venías os habría preparado unas habitaciones.

—No me puedo demorar mucho en esto, Liam. Debo ser breve y regresar a mi hogar cuanto antes. Necesito pedirte algo. Por supuesto, no es obligatorio, pero quiero que me escuches.

—Adelante, amigo.

—Acabo de recibir una información que me ha confirmado que la vida de mi hijo está en peligro.

Liam dirigió entonces la mirada hacia el pequeño Alasdair. Este se había sentado en un sillón y apoyaba la cabeza en la mano. Sus ojos habían comenzado a cerrarse por el cansancio y el laird Chattan volvió a mirar a su antiguo amigo con curiosidad.

—¿A qué te refieres?

—A que hay alguien que intentará matarlo, por lo que no puede estar más tiempo en nuestro hogar. Mi petición es que se quede entre tus muros y que nadie sepa que está aquí.

—De acuerdo. Tienes mi juramento de que la seguridad de su hijo será como la de mis propios hijos. Puedes quedarte tranquilo.

El padre de Alasdair sonrió y asintió antes de girarse hacia el niño.

—Hijo, ven aquí.

Alasdair, que había cerrado los ojos, se despertó de golpe y se sobresaltó. Rápidamente, se levantó de su asiento y se acercó a ellos. Su padre se agachó a su lado y metió la mano por su cuello, entre sus ropajes mojados.

—Liam Chattan se encargará de tu educación y, a partir de ahora, será tu laird. Debes hacer caso en todo lo que te enseñe y espero que te convierta en un buen guerrero.

—Seré el mejor, padre —le aseguró el niño arrancándole una sonrisa triste.

Entonces, este sacó de entre sus ropajes un colgante. Lo pasó por encima de su cabeza para quitárselo y se lo colgó a Alasdair del cuello.

—Toma, mi colgante ahora es tuyo. Quiero que, aunque pases aquí muchos años, no olvides jamás de dónde vienes y quién es tu padre. No te lo quites nunca. Llévalo como un amuleto que te dará suerte con tu propósito de vida. Y recuerda siempre lo que te he contado antes de salir de nuestra casa.

—No lo olvidaré jamás, padre.

Este asintió y volvió a incorporarse para mirar a Liam a la cara.