Capítulo 22
U n alarido repentino desgarró el aire, y Benjamín tiró de las riendas con tal brusquedad que su caballo se encabritó.
Logró mantenerse en la silla aferrándose con fuerza hasta que el semental se aquietó.
Le llegaban gritos, mezclados con chillidos de terror que le desgarraban el corazón. Tenía que ser Sofía.
Desmontó, ató rápido el caballo a un árbol cercano y avanzó despacio hasta que, al doblar un recodo, distinguió el carruaje unos metros más adelante.
La espesura de los árboles sumía aquel tramo en una penumbra sombría que no hizo sino avivar su ansiedad.
Oía correr un río muy cerca, aunque no lograba distinguir exactamente de dónde venía el sonido.
Se pegó al tronco de un árbol grande y asomó la cabeza con cautela para observar mejor el carruaje.
Sofía estaba de pie en la portezuela, con una mano apretada contra el cuello. La sangre se le filtraba entre los dedos y Benjamín se quedó helado de miedo.
Dunstable gruñó:
—Suéltalo. No tienes fuerzas, Sofía.
Benjamín se acercó más, apenas haciendo ruido sobre la hierba blanda.
Se le hizo un nudo en el estómago al ver que Sofía sostenía en la otra mano un largo cuchillo de plata.
Le temblaba tanto la mano que dudó que pudiera seguir sujetándolo mucho tiempo, aunque era lo único que se interponía entre ella y lord Dunstable.
Parecía debilitarse por momentos, claramente dolorida por la cuchillada del cuello.
Sin pensarlo, avanzó a zancadas, con la vista clavada en lord Dunstable.
—¡Eh! —rugió al ver que Dunstable se sobresaltaba—. ¡Apártese de ella, Dunstable!
—Harrington —se burló Dunstable sin moverse un ápice—. No me sorprende lo más mínimo. Ya suponía que nos seguiría.
—Pero no esperaba que Sofía fuera capaz de plantar cara así y frenarlo antes de llegar a su destino —replicó Benjamín, apresurándose hacia delante—. Aunque lo descuartizaré si le ha hecho daño.
Apretó la mandíbula al acercarse y ver el vivo contraste entre el rojo de la sangre y la palidez de la piel de ella.
Sin previo aviso, Dunstable se abalanzó y le asestó un golpe seco en el brazo.
Sofía lanzó un grito, soltó el cuchillo y trastabilló hacia atrás hasta caer dentro del carruaje.
Dunstable se agachó para recoger el arma.
Benjamín se lanzó contra él y lo embistió con todo el cuerpo.
Dunstable dio un traspié hacia delante, mientras Benjamín pugnaba por recobrar el equilibrio.
El cuchillo relucía en la tierra, justo detrás de él, y se abalanzó a por él, pero un puñetazo salió disparado hacia su cara.
Aturdido, retrocedió tambaleándose antes de caer del todo. El corazón le martilleaba en el pecho mientras intentaba enderezarse, horrorizado al pensar que Dunstable pudiera haberse hecho con el cuchillo.
—¡Basta!
El grito de Sofía resonó entre los árboles y espantó a los cuervos de las ramas. Aún algo aturdido, Benjamín sacudió la cabeza para aclararse la vista antes de ponerse en pie. Vio a Sofía empuñando el cuchillo, justo delante de Dunstable.
—Jamás, jamás , me iré contigo.
Espetó con voz alta y firme.
—Estoy harta de que me trates como a un juguete.
Dunstable hizo ademán de decir algo, pero Sofía dio un paso al frente, con la mano ya firme mientras le apuntaba con el cuchillo.
—Basta, primo. He terminado con esto.
Bajó la vista un instante hacia el cuchillo antes de volver a clavar los ojos en Dunstable. Benjamín por fin llegó a su lado, jadeando.
—He terminado con todo esto —dijo ella, algo más bajo—. Jamás me tendrá, Dunstable. Se acabó.
Y, dicho esto, arrojó el cuchillo tan lejos como pudo.
El lanzamiento distó de ser perfecto, pero sí lo suficientemente lejos como para desaparecer por el borde del sendero, hacia donde corría el río.
Al mismo tiempo, Dunstable soltó un alarido de rabia y pareció, por un instante, a punto de abalanzarse sobre Sofía.
Benjamín se interpuso delante de ella; con la mano libre encontró la de Sofía, fría, y se aferró a ella como si fuera su única tabla de salvación.
—Váyase, Dunstable —gruñó con el ceño fruncido—. Sofía no será suya. Ha perdido. Váyase, o le irá mucho peor.
Poco a poco empezó a retroceder, llevándose a Sofía con él. A esas alturas, Dunstable tenía el rostro de un rojo intenso, y Benjamín no lograba adivinar qué pretendía hacer. No podía correr riesgos ni darle la espalda.
—Ve a mi caballo —murmuró a Sofía—. Vete ahora. Rápido. Está a la vuelta de la esquina.
Ella se alejó a toda prisa y Benjamín vio cómo los ojos de Dunstable la seguían por el sendero. El brillo maligno que había en ellos lo asustó más de lo que jamás admitiría. Era como si aquel hombre estuviera poseído, enloquecido por lo que no podía tener.
En el instante en que Dunstable se abalanzó sobre él, Benjamín estaba preparado.
Corrió a su encuentro, esquivó el brazo derecho que se le venía encima y le asestó un puñetazo en plenas costillas.
Dunstable soltó un alarido y retrocedió tambaleándose, pero Benjamín no le dio tiempo a orientarse.
Con dos golpes secos lo dejó tendido en el suelo, inconsciente.
El hombre había atacado con demasiada desesperación, con demasiada prisa y descuido.
Benjamín apoyó las manos en las rodillas e inspiró hondo tres veces, serenándose y al mismo tiempo asegurándose de que Dunstable estuviera realmente noqueado.
No había movimiento, salvo el lento subir y bajar del pecho, así que, sin temor ya a que pudiera volver a atacarlo, se giró en busca de Sofía.
No la encontró junto a su caballo, sino un trecho más allá, al lado de su propia yegua, observándolo.
Parecía tan agotada que a él se le encogía el corazón. Tenía los ojos cansados y el cuello manchado de sangre. Se apoyaba en la yegua, que se mantenía erguida y firme, como si comprendiera que su ama la necesitaba.
—Sofía —la llamó, corriendo hacia ella—. Oh, Sofía.
En cuanto llegó a su lado, ella se aferró a él como si llevaran muchísimos días separados.
Le rodeó el cuello con las manos y apretó la cara contra su hombro, y Benjamín no pudo hacer otra cosa que abrazarla con fuerza.
Los sollozos le sacudían el cuerpo; la impresión de lo ocurrido se apoderaba de ella.
Deseoso de aliviarle el sufrimiento, Benjamín le susurró palabras de consuelo al oído mientras le frotaba la espalda con suavidad.
—¿Te ha hecho mucho daño? —le preguntó, apartándose para examinarle el corte del cuello. No era especialmente profundo, pero había sangrado mucho. La visión le encendió la furia en las venas y deseó haber arrojado a aquel hombre al río, boca abajo.
—Debería…
—Llévame a casa, Benjamín.
La súplica de Sofía le desgarró el corazón en pedazos. Su ira se apagó como una vela sofocada y, en un instante, la subió a su caballo.
En ese momento apareció lord Haversham al doblar la esquina, acompañado de sus mozos de cuadra, y Benjamín agradeció su llegada; el hombre parecía francamente impresionado al ver la escena. Haversham prometió ocuparse de Dunstable, y uno de sus mozos llevaría la yegua de Sofía a casa.
—Tu primo no volverá a hacerte daño —le prometió Benjamín a Sofía antes de montar detrás de ella y dejar que su amigo se ocupara de todo aquello. Solo quería ocuparse de Sofía, que seguía erguida sobre su caballo, a pesar de todo lo que había pasado.
No dijo nada más, pero le atrajo la cabeza contra el pecho.
Sabía que ella no lo deseaba, que no lo amaba, pero se juró a sí mismo que haría cuanto estuviera en su mano para protegerla en el futuro.
No porque tuviera que hacerlo, sino porque quería.
Le importaba de verdad. Jamás había experimentado sentimientos semejantes, pero, a medida que florecían en su pecho y la estrechaba contra él, lo comprendió con una sacudida.
La amaba. Amaba su espíritu apacible, su compasión, su disposición a pasar por alto todos sus defectos y encontrar lo bueno que había en él.
No quería asustarla diciéndole aquellas palabras en ese momento, no después de todo lo que había pasado. Se conformó con ceñirla con fuerza con un brazo mientras ponía el caballo rumbo a casa.
—Ay, Benjamín —susurró, y por fin se desmadejó contra él, vencida por la debilidad. No dijo una palabra más, y Benjamín la sostuvo con fuerza durante todo el camino de vuelta, mientras el amor por ella lo inundaba por completo, hasta que no pudo pensar en nada más.
* * *
Sofía se aferró a Benjamín mientras él la guiaba al interior, aún temblando ligeramente. Benjamín fue dando órdenes a gritos, la alzó en brazos y, pese a sus protestas, la subió a su habitación con una facilidad pasmosa.
Estaba cansada. Muy cansada. Débil por todo lo ocurrido y dolorida por los cortes y moretones que Dunstable le había infligido.
Y sin embargo, a pesar de todo, Sofía sabía que estaba a salvo.
Había vuelto a casa. No había nada que pudiera preocuparla, nada que la hiciera temer por su vida.
Estaba con Benjamín, y eso significaba estar a salvo.
Los criados que la habían observado con recelo el primer día hacían ahora cuanto podían por ayudarla, pues habían acabado aceptándola.
Sofía vio a la señora Martins dirigiendo a las doncellas de un lado a otro por la habitación, preparando sábanas limpias para la cama, toallas suaves calentándose junto al fuego y asegurándole que ya le estaban preparando un baño.
Sofía hizo ademán de protestar, pero Benjamín la dejó con cuidado en un sillón junto a la chimenea, negó con la cabeza y le apretó la mano con suavidad.
—Confía en mí, cariño —susurró con dulzura—. Lo necesitas. La señora Martins se ocupará de la herida del cuello y decidirá si hace falta un médico.
—No vas a dejarme, ¿verdad? —preguntó Sofía al instante, aferrándose a sus dedos—. No me dejes, Benjamín.
Sabía que no le correspondía pedírselo, después de todo por lo que le había hecho pasar, de todo lo que él ya había hecho por ella. Pero lo único que deseaba era que la tomara entre sus brazos y le demostrara que todo iba a salir bien.
Algo brilló en sus ojos, aunque su mirada se suavizó.
—Por mucho que me gustaría quedarme, no puedo —dijo en voz baja, mientras una comisura de los labios se le curvaba en una media sonrisa—. No creo que la señora Martins viera con buenos ojos mi presencia durante el baño.
Sofía se ruborizó y le soltó la mano poco a poco.
—No, supongo que no puedes. Pero, Benjamín, por favor…, por favor, no te vayas lejos.
—Volveré en cuanto estés lista para recibirme —prometió él, inclinándose para rozarle la frente con los labios.
Ella cerró los ojos, consciente de que no sentía el menor deseo de apartarse de su beso—.
Tengo que atender un poco de correspondencia, pero no me llevará mucho tiempo.
Aquí estarás perfectamente a salvo, con la señora Martins.
—Lo sé —susurró Sofía, odiando que tuviera que separarse de ella, aunque fuera por poco tiempo—. Gracias, Benjamín.
Su sonrisa parecía forzada. La mirada se le desvió hacia el cuello y luego volvió a sus ojos.
—Has demostrado más fuerza de la que jamás habría esperado —dijo con suavidad—. Estoy inmensamente orgulloso de ti.
Sofía cerró los ojos para impedir que las lágrimas le resbalaran por las mejillas.
Lo deseaba más de lo que nunca habría podido soñar.
Cuando lo vio aparecer al doblar la esquina, sintió que el corazón se le llenaba hasta casi estallarle por el alivio y el amor que sentía por él.
Él le apretó la mano con suavidad una vez más, antes de que sus pasos dejaran atrás el sillón y se encaminaran hacia la puerta.
Lo oyó decir algo a la señora Martins antes de que la puerta se cerrara de golpe.
—Ya, ya —murmuró la señora Martins, acercándose a Sofía—.
Ha pasado usted por un trance terrible, ¿verdad?
¡Cuánto me alegro de que esté bien! —Le inclinó la cabeza con delicadeza hacia un lado y soltó un siseo entre dientes al ver la marca del cuello—.
¡Santo cielo, pero si le ha hecho un buen corte!
¡Le va casi desde la clavícula hasta la mandíbula!
—Ahora ya no duele mucho —respondió Sofía, preguntándose si la conmoción de todo lo sucedido habría mitigado de algún modo el dolor—. Iba a llevarme a lo más profundo del bosque, así que supe que tenía que actuar.
Hablar de lo ocurrido no le causaba más sufrimiento; lo relataba como si fuera una mera espectadora que hubiera presenciado todo desde fuera.
—Apretó el cuchillo con fuerza y, cuando intenté agarrarlo, alzó bruscamente el brazo. Traté de esquivarlo, pero el carruaje era pequeño y la hoja me alcanzó en la piel.
Sofía cerró los ojos, sin tener del todo claro qué había ocurrido después.
—Creo que debí de tirarlo del carruaje al caer, mientras intentaba esquivar el cuchillo, porque lo siguiente que supe fue que él estaba en el suelo, fuera, y el cuchillo en el suelo del carruaje.
La señora Martins le apoyó una mano suave en el hombro, con el rostro surcado de ansiedad y compasión.
—Es usted increíblemente valiente, querida.
—En realidad no —respondió Sofía, con la voz cada vez más ronca—. No me quedaba otra opción. No podía permitir que me utilizara a su antojo. Tenía que intentar defenderme.
—¿Y el señor llegó justo cuando estaba usted haciéndolo?
Sofía asintió, y el alivio la cubrió como una manta tibia.
—Estoy muy agradecida. Si no hubiera llegado cuando lo hizo…
La señora Martins sonrió, aunque los ojos le brillaban con lágrimas.
—No piense en eso, querida. Será una señora maravillosa en esta casa, estoy segura. —Sorbió una vez, se secó los ojos y sonrió.
—Ay, no —dijo Sofía, abriendo mucho los ojos—. Aún tengo que hablar con lord Harrington, pero no creo que…
—Nada de eso ahora —la interrumpió la señora Martins, en un tono mucho más enérgico—.
Tendría que haber visto al hombre, primero cuando descubrió que se había marchado y después cuando dedujo que aún podía estar en peligro a manos de lord Dunstable.
Jamás lo había visto en semejante estado.
Y ahora, si hace el favor de acompañarme, querida, el baño ya debe de estar preparado.
Sofía consiguió devolverle una sonrisa temblorosa y se puso de pie, siguiendo a la señora Martins desde el dormitorio hasta una habitación más pequeña donde la esperaba una bañera humeante.
El aroma de lavanda y rosa la envolvió, ayudándola a relajarse poco a poco.
Había un fuego cálido en la chimenea y un biombo en un rincón.
—Hay una doncella aquí para ayudarla a desvestirse y a lavarse el pelo —continuó la señora Martins, mientras cerraba la puerta tras ellas—. Me llevaré su ropa enseguida para que la laven.
Sofía sonrió con gratitud.
—Gracias, señora Martins.
El ama de llaves le devolvió la sonrisa, con expresión dulce.
—No hay de qué, señorita Sofía. Bienvenida a casa.