Capítulo 21
C obarde , se recriminó mientras guardaba sus pocas pertenencias en la bolsa. ¿Por qué era incapaz de decirle a Benjamín lo que de verdad deseaba?
Porque temía su respuesta. Un hombre como él había estado con muchas mujeres… mujeres hermosas, con experiencia. Estaba segura de que en Londres podría elegir entre infinidad de posibles prometidas. No iba a atarlo a ella por puro sentido de la obligación.
Se sentó ante el escritorio de su cuarto y escribió unas notas rápidas: para la señora Martins, para la señora Potts y para el propio Benjamín. Eran breves agradecimientos por haberla librado de su primo y por haberle dado refugio. Se disculpaba por todo engaño y pedía perdón.
Recorrió la casa con sigilo para no llamar la atención.
Sabía que, si alguien la veía, le rogarían que se quedara, pero no sería una carga para nadie por más tiempo.
Tenía monedas suficientes para, si lograba llegar a Londres, perderse en la ciudad, alojarse un par de noches en una posada y buscar empleo.
Quizá le conviniera más ser institutriz, pensó.
Había demostrado cierta habilidad ayudando a Benjamín con las cuentas, y no estaba segura de poder hacerse pasar de nuevo por criada sin alguien como la señora Martins que la ayudara.
Le llevó un rato, pero convenció al mozo de cuadra para que la ayudara a preparar el caballo.
Le dijo que solo iba a reunirse con un familiar en la posada cercana.
Quizá allí pudiera vender el caballo y encontrar modo de llegar a Londres.
Una punzada de culpa le atravesó el pecho ante la mentira.
Por lo visto, todo el servicio conocía ya su verdadera identidad, y el mozo no halló motivo para no creerla.
Mientras se alejaba cabalgando de la finca, las lágrimas le resbalaron por las mejillas a Sofía al pensar en Benjamín.
¿Sentiría alivio al verse liberado de su promesa?
¿Se enfadaría porque se hubiera marchado sin decir palabra?
Hacía muy poco que lo conocía, pero ya se daba cuenta de cuánto iba a echarlo de menos.
Sin embargo, cuanto más se quedara, más crecerían sus sentimientos por él y más difícil le resultaría irse. No se había despedido porque unas pocas palabras tiernas o unos besos suyos bastarían para que sucumbiera a su encanto y volviera a ser una carga.
No había cabalgado mucho cuando oyó el estruendo de un carruaje que se aproximaba por detrás. Intentó apartarse del camino sin ser vista, pero el vehículo dobló la curva tras ella antes de que pudiera esconderse.
—¡Sofía! —oyó la voz a través de las portezuelas cuando el carruaje se detuvo a su lado.
¿Se habría dado cuenta Benjamín de que ya se había ido? ¿Cómo podía haberlo sabido tan pronto?
Frunció el ceño al ver el carruaje detenerse a su lado, sin distinguir a la persona que iba dentro. Sofía pensó que Benjamín sonaba algo distinto a antes.
Un hormigueo de inquietud le recorrió el cuerpo mientras empezaba a azuzar al caballo para alejarse, pero ya era demasiado tarde.
Una mano fuerte salió del interior cuando Malcolm irrumpió desde el carruaje.
El caballo retrocedió con brusquedad, pero Malcolm sujetó las riendas y la hizo bajar de un tirón.
Le apoyó un cuchillo en la garganta. Sofía intentó gritar, pero la hoja apretó un poco más contra la piel, obligándola a callar.
—Ni se te ocurra, Sofía —siseó Malcolm; la voz le envió escalofríos de terror por todo el cuerpo—. ¿De verdad creíste que iba a hacer lo que dijo tu amante y marcharme sin ti?
Soltó una risa seca que la hizo estremecerse.
—Te lo he dicho más de una vez: siempre consigo lo que quiero… y eso te incluye a ti.
—Por favor —logró susurrar Sofía, con el corazón martilleándole el pecho—. ¡Déjame en paz!
Él le clavó más los dedos.
—Jamás —masculló con aspereza—. Eres mía y de nadie más. Y, querida Sofía, ¡qué fácil me lo has puesto! Ahora, ¡anda!
Sofía no tuvo más opción que alejarse del caballo cuando Malcolm le retiró el cuchillo de la garganta para apoyárselo ahora en la espalda. O hacía lo que él decía o se jugaba la vida.
—Y si gritas o intentas huir, te corto en pedazos —dijo Malcolm con firmeza mientras llegaban a su carruaje—. Prefiero tenerte muerta que en brazos de él.
Al oír la frialdad de aquellas palabras, Sofía supo que haría exactamente eso.
La rabia lo había enloquecido por completo, y ella estaba obligada a obedecer.
La desesperación empezó a treparle por dentro mientras intentaba ganar tiempo ante el carruaje cerrado que iba a llevársela con el hombre del que tanto se había esforzado por escapar.
¿Por qué había sido tan estúpida como para marcharse de casa de Benjamín?
—Sube —le ordenó Malcolm, empujándola hacia delante—. Y recuerda: ni un ruido.
Trastabillando un poco, Sofía consiguió subir al carruaje, y una mueca de dolor le cruzó el rostro cuando el tobillo volvió a palpitarle.
El vehículo se puso en marcha casi al instante, alejándola del único refugio que había conocido desde que abandonó la casa de su primo.
El corazón le dolía. Benjamín leería su nota y creería que se había marchado por voluntad propia.
Jamás sabría que la habían raptado. ¿Cómo iba a librarse ahora de su primo?
* * *
Benjamín se levantó al oír unos toques en la puerta del despacho.
—Adelante —dijo, alzando la vista con la esperanza de encontrarse a Sofía, pero en su lugar encontró a la señora Martins, que lo miraba nerviosa mientras retorcía entre las manos un pliego de vitela.
—Señora Martins —la saludó, poniéndose en pie. Lo punzó la culpa por cómo le había hablado la noche anterior. Era evidente que había aterrorizado un tanto a la mujer, aunque la hubiera tenido por una persona estoica—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Milord… —la voz se le apagó—. Parece que la señorita Carmichael… se ha marchado.
—¿Qué?
—Se ha marchado, milord —contestó, con la mirada yendo de un lado a otro de la estancia, sin posarse nunca en él—. Me ha dejado una nota, y había otra con su nombre.
Se acercó a él y le tendió el pliego con dedos algo temblorosos. A Benjamín le sorprendió que los suyos también temblaran al desplegar el papel, aunque no sabía si de nervios o de rabia. Ni siquiera advirtió que la señora Martins salía en silencio y cerraba la puerta tras de sí.
La nota no era larga, trazada con la elegante caligrafía que tan bien había empezado a conocer.
Querido lord Harrington:
Gracias por todo cuanto ha hecho por mí.
Durante el tiempo que he pasado en su casa, primero como criada y después como invitada, solo he recibido su amabilidad y su generosidad.
Le agradezco cuanto me ha ofrecido, pero me veo incapaz de aceptarlo.
Ya no deseo ser una carga para usted ni para su familia.
Por fin he reunido el valor para hacer lo que debí hacer desde el principio: encontrar un lugar para mí, donde nadie me conozca ni sepa de dónde vengo, lejos de mi primo y de todas sus amenazas.
Le deseo lo mejor. Sepa que es usted un buen hombre y espero que encuentre el amor y la felicidad que merece.
Siempre suya,
Sofía
Benjamín cerró el puño sobre el papel, arrugándolo en la palma.
Se había ido. Le deseaba lo mejor. Un gruñido se le escapó de la garganta al imaginarla sola en el camino.
Se dijo que el dolor que empezaba a latirle en el pecho se debía a la preocupación por su desamparo, y no a lo que sentía por ella.
Sabía que la deseaba, de eso no cabía duda. Y le importaba. Lo que sentía por ella era mucho más hondo que nada de lo que había sentido antes por otras mujeres, a las que había deseado por sus cuerpos y no por lo que eran en realidad.
Era culpa suya que se hubiera marchado. La había empujado a marcharse: con sus besos, con sus atrevimientos.
Ella no quería verse atada en matrimonio a un hombre como él, y ya no soportaba vivir bajo el mismo techo.
La mirada se le fue hacia la silla donde ella se había inclinado sobre su trabajo durante tantos días.
El tintero y la pluma aguardaban su regreso.
Con la ira aflorándole, se acercó de una zancada y los arrojó al suelo.
Respirando con brusquedad, fue hasta el aparador y se sirvió una buena cantidad del decantador.
Se la echó atrás de un trago; el licor le abrasó la garganta y fue a asentarse en la boca del estómago, donde quedó cociéndose a fuego lento en el vacío que había dejado ella.
* * *
Estaba sentado en su sillón, iba ya por la segunda copa, cuando llamaron a la puerta y entró el mayordomo.
—Milord —empezó—, lord Haversham se encuentra en el salón preguntando por su ausencia y por la de lord Dunstable. ¿Desea que…?
—¡Maldición! —lo interrumpió—. Me he olvidado por completo de él. Me ocuparé yo mismo.
Si iba a beber, más valía no hacerlo a solas. Además, cayó en la cuenta de que no le había contado a Haversham nada de lo ocurrido con Dunstable. La situación de Sofía lo había absorbido por completo. Pero lord Haversham debía de estar bastante desconcertado acerca del paradero de sus compañeros.
Benjamín lo encontró de pie en el salón, copa en mano y con aire muy contrariado.
—Mis disculpas, Haversham —dijo Benjamín al entrar—. A decir verdad —y no se lo tome a mal—, me había olvidado por completo de usted.
El hombre no pareció ofenderse en lo más mínimo, aunque sus pálidos ojos azules dejaron entrever un atisbo de sorpresa.
—Lord Dunstable ha dejado mi casa —continuó Benjamín, explicándole con rapidez lo sucedido la noche anterior—. Lamento decir que su estancia aquí ha terminado de forma abrupta, aunque, por supuesto, será más que bienvenido si desea quedarse.
Lord Haversham frunció el ceño y se pasó una mano por la frente. Parecía bastante aturdido, y Benjamín se preguntó si el hombre aún sufría los efectos de haberse excedido con el brandy la víspera.
—¿Dice que lord Dunstable se marchó anoche? —murmuró lord Haversham, con expresión de total confusión—. He de decir que eso no me cuadra del todo.
Benjamín se tragó un suspiro y carraspeó para atraer la atención de Haversham.
—¿Qué quiere decir, Haversham?
—Quiero decir que estoy casi seguro de haber visto a lord Dunstable fuera de mi ventana esta mañana.
Un puño helado de miedo le atenazó el corazón a Benjamín.
—¿Frente a su ventana?
—Sí, estoy casi seguro de que era él —prosiguió lord Haversham, aún con el ceño fruncido—.
Me pareció extraño verlo en su carruaje, en la parte trasera de la casa.
No supe qué pensar, la verdad. Luego, cuando salí de mi cuarto y miré por la ventana, el carruaje arrancó. Parecía llevar muchísima prisa.
Benjamín no esperó a oír una palabra más. El corazón le golpeaba el pecho con furia mientras salía a toda velocidad de la sala, prácticamente corriendo por los pasillos y gritando el nombre de su ama de llaves.
—¡Señora Martins! —llamó con desesperación—. ¡Señora Martins!
La mujer salió de las dependencias del servicio con expresión de sobresalto.
—¿Cuándo se marchó... Sofía? —preguntó él, con la mirada desencajada.
—Encontré las notas en mi escritorio hace apenas unos minutos, así que pudo haber sido a cualquier hora de esta mañana. Quizá los mozos de cuadra lo sepan —dijo ella—. ¿Por qué? ¿Ocurre algo?
—Creo que lord Dunstable puede haberla seguido —respondió—. Debo ir tras ella de inmediato.
Benjamín aspiró hondo y se serenó por un instante. Solo pensaba en Sofía; el corazón ya clamaba por ella. Sabía que, si Dunstable la tenía, no la soltaría sin plantar batalla. No quería ni imaginar lo que ya podía haberle ocurrido.
A toda velocidad, Benjamín corrió hacia las caballerizas, gritando desaforadamente que le trajeran su caballo.
Los mozos, aunque sorprendidos de verlo en un estado tan alterado, obedecieron y, en cuestión de minutos, Benjamín montó su caballo, un gran semental negro que sabía que era veloz.
No llevaba arma alguna, pero no podía arriesgarse a volver a por una, consciente de que cada momento que pasaba era otro en que Sofía se alejaba más y más de él.
Benjamín agradeció que el suelo estuviera húmedo y le permitiera distinguir con claridad las huellas del carruaje.
El corazón le martilleaba en el pecho mientras cabalgaba, aterrado ante la idea de que Dunstable ya le hubiera hecho algo a Sofía.
Mientras espoleaba al caballo, Benjamín se maldijo entre dientes por haber dejado la conversación en malos términos, por no haber prestado más atención a la posibilidad de que lord Dunstable hablara muy en serio, de que hubiera querido decir cada palabra, cada amenaza.
Benjamín había sido lo bastante necio como para creer que Dunstable simplemente había emprendido el camino de vuelta, como si sus advertencias hubieran bastado para obligarlo a marcharse en silencio sin tratar de recuperar lo que consideraba suyo.
—Te encontraré, Sofía —susurró Benjamín al viento mientras lanzaba el caballo al galope—. Te juro que te encontraré.