Corazones en juego (Corazones a la deriva 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

B enjamín no podía explicar la inmensa oleada de emoción que lo recorría mientras deslizaba las manos por los largos y oscuros rizos de Sara.

Aquello era mucho más intenso que el beso inocente de aquella tarde y, aunque distaba mucho de ser el primer beso que daba, jamás había experimentado nada semejante.

Siempre se había sentido atraído por las mujeres, pero solo por lo que podían ofrecerle en ese momento. Lo pasaban bien juntos y luego él se marchaba tan contento.

Con Sara no era así.

La admiraba. Aunque fuese una criada y, por tanto, estuviera bajo su control, el respeto que sentía por ella rayaba en la admiración.

Su corazón compasivo brillaba en casi cada palabra que pronunciaba.

La bondad con que lo había tratado cuando él estaba borracho y fuera de lugar había sido un bálsamo para su alma.

La belleza de su rostro y de su carácter seguían atrayéndolo, por más que se esforzara en resistirse.

Pero no parecía capaz de lograrlo.

Al ver la luz en sus ojos, el rubor de sus mejillas y cómo a ella se le iban los ojos a su boca, se había arriesgado y se había entregado a sus sentimientos. La había estrechado entre sus brazos y había posado suaves besos en su boca, y ella se los había devuelto con idéntico fervor.

Estaba claro que carecía de experiencia con un hombre, pero aquella timidez vulnerable le disparaba el corazón.

Quería enseñarle hasta dónde podían llevarlos aquellas caricias, aunque para sus adentros Benjamín se juró que no le arrebataría la inocencia.

No podía… no volvería a ser esa clase de hombre.

No cuando la propia Sara depositaba tanta fe en él.

Su cuerpo empezó a arder de deseo mientras sus dedos recorrían la curva de su cuello y ella jadeaba contra sus labios.

Con un enorme esfuerzo de voluntad, se obligó a ir despacio, conteniendo el deseo arrollador que sentía por ella.

Aquello no iba a ser la misma experiencia que había compartido con tantas otras mujeres dispuestas.

Aquello era distinto. Sara era distinta.

Con dedos suaves le desabrochó uno de los botones de la espalda del vestido, ansioso por ver más de lo que aquel condenado uniforme le permitía.

Consiguió dejarle un hombro al descubierto y empezó a depositar besos leves en la garganta y a lo largo de la clavícula, oyéndola jadear.

Ella le enredó los dedos en el pelo y arqueó la espalda, como si estuviera desesperada por más caricias.

—Sara —murmuró él, incorporándose para mirarla a los ojos—. Eres tan hermosa…

Ella abrió los ojos, aún temblándole las pestañas, y separó los labios, sorprendida.

—Gracias, milord.

—Benjamín —susurró él, acariciándole el cabello en las sienes—. Tienes que llamarme Benjamín.

Ella parpadeó entonces, como si la hubieran sacado del calor de su abrazo y devuelto a la fría realidad.

—No —tartamudeó, incorporándose un poco más y tirando del hombro del vestido—. No, no debería. Esto está mal. No debería estar…

—No tengo más que buenas intenciones contigo, te lo prometo —se apresuró a decir Benjamín, temiendo de pronto que fuera a abandonarlo—. Sara, lo digo en serio. Llámame como quieras, pero estoy intentando ser un hombre distinto y contigo descubro que…

Ella lo miró, sin intentar ya apartarse.

—¿El qué? —preguntó en voz baja—. Dímelo, por favor. Necesito saber qué sientes.

Decírselo era volverse vulnerable ante ella, pero el deseo de que se quedara a su lado pesaba más que sus reticencias.

—Siento por ti más de lo que he sentido jamás —susurró, la verdad desgarrándole el corazón—. No sé qué haré con ello, ni qué nos depara el futuro, pero no voy a permitirme usarte para luego desecharte. Quiero saber lo que significa querer a alguien de verdad.

Sara no respondió; la boca se le quedó formando un círculo perfecto mientras lo miraba atónita.

—No sé si puedes confiar en mí, después de cómo me he comportado hasta ahora —continuó él, aún más bajo—. Pero lo digo de verdad. Siento cosas por ti que quiero explorar.

—Soy una criada y tengo mucho que perder —respondió ella, con ansiedad en la mirada aunque sin apartarse.

Él negó con la cabeza.

—Jamás permitiré que le ocurra nada a tu reputación. Te lo juro —repuso, desesperado por convencerla de que cada palabra era sincera.

—No puede haber futuro para nosotros —susurró ella, con un brillo de lágrimas en los ojos—. A pesar de lo que siento, no puedo permitir que esto continúe más allá de… de esta noche.

Benjamín no la dejó seguir y volvió a posar los labios sobre los suyos.

Ella respondió al instante, ya más familiarizada con él.

Incapaz de contenerse, Benjamín pasó la lengua por la línea de sus labios y profundizó el beso cuando ella los entreabrió.

Animada, Sara se aferró a él con fervor y le devolvió el beso lo mejor que supo.

El calor rugió en su pecho y le estalló en las venas. Benjamín buscó otra vez la espalda del vestido y empezó a desabrochar más botones y, para su sorpresa, descubrió que ella hacía lo mismo con su camisa. No era lo que había esperado, ni mucho menos lo que se había propuesto.

Las manos de ella le rozaron la piel desnuda del pecho; los dedos fríos lo recorrían con osadía. Cuánto deseaba explicarle lo que sentía, cuánto ansiaba tenerla en sus brazos el resto de la noche…, pero en lugar de eso se limitó a tomarle la mano y a volvérsela a posar sobre el pecho.

Se recostó mientras lo tocaba con vacilación, y Benjamín se obligó a no moverse, a no responder del mismo modo.

Sara lo exploró con cuidado, con los ojos cada vez más abiertos al ver lo ancho de su pecho.

Benjamín contuvo el aliento; su deseo por ella crecía a cada segundo.

Ella fue bajando los dedos por su abdomen, notando los músculos tensos.

—Espera, espera —susurró él, atrapándole la mano y clavándole la mirada—. Sara, no puedo. No podemos… seguir.

Una guerra feroz estalló en su interior: el cuerpo le gritaba que la tomara allí mismo, mientras la mente le insistía en que al menos intentara comportarse como un caballero.

—¿Por qué? —preguntó con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas. Él no quería que sintiera vergüenza ni bochorno, no quería que se echara la culpa.

—Si continúas, lo más probable es que te lleve a la cama —dijo Benjamín con franqueza—. Tus caricias me prenden fuego aunque tú no lo sepas.

Sonrió con suavidad y alzó la mano para apartarle un mechón de la cara.

—Estoy haciendo todo lo posible por obrar como es debido contigo.

Era evidente que ella era completamente inocente en lo tocante a las relaciones entre hombre y mujer, y hasta eso le advertía que no debía seguir adelante.

—Te estás esforzando por ser un caballero respetable —murmuró Sara, bajando la mirada—. No puedo reprochártelo.

Benjamín le rodeó los hombros con un brazo y la estrechó contra sí para tranquilizarla.

—No tienes nada que temer de mí, Sara. Quiero continuar, de verdad que sí, pero antes debo saber qué puedo ofrecerte.

Ella se tensó entre sus brazos, con el rostro vuelto hacia otro lado.

—No pienso prostituirme, lord Harrington.

Él negó con la cabeza, dolido de que ella pensara eso.

—No, en absoluto, no me refería a eso.

Le tomó la barbilla con la mano y le hizo alzar el rostro con delicadeza hasta que lo miró.

—Todo esto es muy nuevo para mí, Sara. No sé qué hacer con estos sentimientos ni qué significan. —Al ver que su expresión se suavizaba, sonrió con ternura—. ¿Me concederás algo de tiempo para aclararlo? Te prometo que no te trataré de manera distinta a como ha sido hasta ahora.

Al cabo de unos instantes, ella asintió, sin rastro de enfado ni disgusto en el semblante. Benjamín soltó un suspiro hondo y la sostuvo en sus brazos, recostándose contra el respaldo del sillón.

—Esto es más difícil de lo que imaginaba —masculló con ironía—. No creí que ser respetable resultara tan fatigoso.

Sara soltó una risa queda y apoyó la cabeza en su hombro. Benjamín sonrió para sus adentros mientras permanecían así sentados, notando cómo una repentina oleada de apacible felicidad le templaba el corazón.

Cuando por fin la soltó, le abrochó con cuidado los botones de la espalda del vestido, le dio un beso rápido en la frente y la acompañó hasta la puerta mientras su erección latía en muda protesta.

* * *

A la mañana siguiente, Benjamín intentó tratar a Sara como de costumbre, pero descubrió que sencillamente no podía evitar que la mirada se le desviara hacia ella cada vez que tenía un momento libre.

A menudo se encontraba con que ella también lo miraba, con los ojos llenos de algo que él no alcanzaba a comprender del todo.

Era tan emocionante como aterrador.

Hoy la deseaba más que ayer, quizá todavía más por saber que no podía tenerla.

Era muy consciente de que a su padre no le haría ninguna gracia enterarse de que se había llevado a una criada a la cama, o de que había decidido convertirla en su querida.

Qué extraño que la mera idea de sugerirle algo así a Sara le resultara verdaderamente horrenda.

Ella valía para él mucho más que ser su amante ocasional.

¿Qué era lo que sentía por su criada? ¿Y por qué no conseguía sacársela de la cabeza?

Valía su peso en oro puro por toda la labor que había hecho para él, pero eran su corazón compasivo y su bondad natural los que seguían atrayéndolo.

Y, después de lo que habían compartido la noche anterior, Benjamín no podía ignorar el anhelo que sentía por ella.

Pero ¿qué clase de futuro puedo ofrecerle? , pensó, frunciendo el ceño. Es una criada y yo soy de noble cuna.

Aunque, bien pensado, no era el heredero, ni siquiera el segundón. Seguramente no importaría con quién se casara.

Benjamín se quedó mirando, sin pestañear, el papel que tenía delante.

¿Matrimonio? ¿Desde cuándo se le ocurrían esas ideas?

Desde que tenía uso de razón, la sola noción le había resultado desagradable, justo hasta que conoció a Sara.

Entonces todo empezó a cambiar, cuando comenzó a plantearse posibilidades que nunca había creído posibles.

¿Sentía aquello por ella porque estaba tan lejos de su vida habitual?

Sin embargo, en Londres había mujeres por todas partes que podían ser esposas adecuadas y nunca había pensado lo mismo de ninguna. Además, no faltaban las criadas agraciadas y jamás les había dedicado una segunda mirada.

Sara. Todo era por Sara. Cuando la miraba a los ojos, quería ser el caballero respetable y honorable en el que ella pudiera confiar y al que pudiera respetar. Al enredarse en su corazón, lo había obligado a examinar su conducta y a intentar cambiar. En definitiva, ella le hacía bien.

—Entonces quizá padre no ponga objeciones —masculló Benjamín, mientras la mirada se le escapaba una vez más hacia la espalda menuda de Sara—. ¿Será posible que por fin haya encontrado a una mujer con quien sentar cabeza?