Capítulo 14 #2
—Yo… deseo serle de ayuda —respondió ella en voz baja, sintiendo una oleada de ternura hacia él—. Veo que hay cosas que lo inquietan pero no tiene con quién hablar.
Al darse cuenta de que estaba siendo demasiado audaz, apretó los labios y trató de sonreír.
—Aunque estoy segura de que sus compañeros le serán de gran consuelo.
Quería averiguar hasta qué punto estaba unido a Malcolm, decidir si debía o no sacar a colación el asunto de su verdadera identidad.
—Le aseguro que me servirán de muy poco —masculló lord Harrington con una risa queda, negando con la cabeza—. Tenía ganas de que llegaran, pero debo confesar que no creo que vayan a servirme de gran ayuda.
—¿Ah, sí? —preguntó Sofía, incapaz de contenerse—. Pensé que tal vez lo ayudarían con algunos de los aspectos más difíciles de la administración de la finca.
Él soltó una risa suave.
—Piensa demasiado bien de la gente, Sara.
Cuando los invité, al principio creí que quizá tendrían algún consejo que darme, pero veo que no va a ser así y que solo estaba buscándome una excusa.
No, son hombres que disfrutan de los placeres de la vida y…
bueno, como probablemente ya sepa, yo soy uno de esos hombres, aunque últimamente trato de cambiar.
Habría seguido igual de no ser por ciertas circunstancias —que no le contaré para no pasar vergüenza— que me obligaron a marcharme de la ciudad.
Si mi padre no me hubiera empujado a esto, ahora mismo no estaría aquí.
Se llevó la copa de brandy a los labios y bebió un largo trago mientras Sofía esperaba a que continuara.
—No debería juzgarlos, pues soy igual que ellos.
No soy un buen hombre, Sara —terminó, bajando la mirada hacia su vaso—.
Sin embargo, estoy intentando serlo. Quiero enmendar mi conducta y demostrarle a mi padre que puedo llegar a ser un hombre respetado por los demás.
Pero me temo que la tarea es demasiado grande para mí.
Mis amigos, aunque son buena compañía, seguramente intentarán apartarme de mis obligaciones y arrastrarme de nuevo a una vida de frivolidad, incluso en mi propia finca.
Sofía vio la confusión en sus ojos, el dolor en su expresión, y no pudo hacer otra cosa que tender la mano para tomar la suya, aunque sabía que no debía permitirse nada semejante, sino mantenerse bien lejos de él.
Y, sin embargo, su corazón compasivo ansiaba consolarlo, asegurarle que no era el hombre que temía ser.
—No, milord, no diga eso —exclamó ella, con los ojos fijos en los de él, que ahora la contemplaban con sorpresa—.
Lo he visto esforzarse por hacer lo que debe, aunque sé que las cuentas le resultan especialmente complejas.
Ha mostrado arrepentimiento y ha hecho exactamente lo que se esperaba de usted al visitar a sus arrendatarios y empezar ya a planear mejoras.
Tiene un carácter firme. Por mucho que sus amigos deseen otra cosa, sé que será capaz de resistir esas tentaciones.
Su determinación le honra, milord. No tenga tan mala opinión de sí mismo, se lo ruego.
Su expresión se tornó dolida, como si le costara aceptar lo que ella decía.
Sofía no soltó su mano, haciendo todo lo posible por ignorar el cosquilleo que ya empezaba a extenderse por su brazo.
No deseaba otra cosa que ofrecerle un poco de consuelo, animarlo a creer en la firmeza de su propio carácter.
—Estaré aquí siempre que desee hablar, milord —dijo, con una voz apenas más alta que un susurro—. Sé que no es mi lugar, pero…
—Sí que le corresponde —dijo él con voz grave, posando la otra mano sobre la de ella—. Cielos, Sara, su sola presencia me reconforta más de lo que jamás habría podido imaginar. Creo que tendré que retenerla aquí conmigo para siempre.
Sus labios se alzaron en una leve sonrisa, y Sofía se quedó sin aliento.
—Estoy siendo demasiado atrevida —murmuró ella, intentando retirar la mano—. Perdóneme, milord.
—No hay nada que perdonar, Sara —susurró él, negándose a dejarla marchar.
Reclinó la cabeza contra el respaldo del sillón y soltó un largo suspiro de frustración.
—Su dulzura no hace sino acrecentar su hermosura.
Volvió a mirarla y alzó los dedos para rozarle la mejilla.
—¿Qué voy a hacer con usted?
Sofía no pudo evitar levantarse de la silla y acercarse más a él.
Cuando tiró de ella para sentarla en su regazo, fue de buena gana, con el corazón retumbándole en el pecho y la respiración entrecortada.
No debería estar haciendo aquello. No debería dejarse atrapar de ese modo, sobre todo cuando él desconocía la verdad sobre quién era ella.
—Mi querida Sara —murmuró él, con los ojos clavados en su alma—. Vuélvame a abofetear si lo desea, pero me temo que no puedo evitarlo.
Sofía no pudo responder y, cuando los labios de él se apretaron contra los suyos, sintió que se derretía entre sus brazos.
Lo dejó echarle la cabeza hacia atrás y volverla hacia él, como si fuera arcilla en manos de un maestro alfarero.
El calor le abrasó la piel mientras le rodeaba el cuello con los brazos y, cuando él empezó a sacar las horquillas de su pelo, Sofía lo atrajo aún más hacia sí, sin querer que aquel instante terminara.