Capítulo 13
B enjamín dejó que el beso flotara un instante, antes de mover los labios despacio contra los de ella, pidiendo apenas un poco más sin querer asustarla. Ella no respondió con miedo ni vacilación, sino con un deseo propio. Exhaló un leve suspiro contra sus labios, y eso terminó de desarmarlo.
La rodeó con un brazo para encontrar un mejor ángulo, alzándola sin esfuerzo y sentándola sobre su regazo. Su brazo firme la mantenía cerca, y ella alzó las manos para enredarlas en su cabello y apartárselo de la frente.
Él le rozó los labios con la lengua y, cuando ella se abrió para él, se la deslizó suavemente en la boca, acariciándola con ternura.
Ella le devolvió el beso con idéntica intensidad, algo que lo sorprendió y lo complació a la vez.
Sus manos recorrieron los costados de ella, notando las curvas que sabía que se ocultaban bajo ese chillón uniforme de criada.
Se apartó de sus labios y le besaba el cuello cuando ella emitió un gemido de placer que le devolvió la cordura y lo sacó del hechizo.
La levantó con suavidad de su regazo y volvió a sentarla en la silla de al lado.
—Le… le pido disculpas, Sara. No debería haber hecho eso.
—Si hay que disculparse, creo que yo tengo la misma culpa, milord —dijo ella, alzando la mirada con una sonrisa dulce.
Milord . Aquel tratamiento le recordó que estaba aprovechándose de una mujer a su servicio, justo una de las cosas que le había prometido a su padre —y a sí mismo— que no haría.
Seguía bebiendo demasiado, tomándose libertades con una mujer con la que no debía y confiando en que aquella criada sacara algo en claro de sus libros mayores.
Suspiró. No estaba progresando gran cosa.
—¿Está contenta con su trabajo, Sara? —le preguntó, poniéndose en pie de golpe y empezando a pasearse por la habitación.
—Sí, milord —respondió ella con un gesto de asentimiento, desconcertada.
—¿Le parece que es… apropiado que trabaje en las cuentas de esta finca? —preguntó, aunque no tenía ni idea de por qué le consultaba aquello a la criada.
—Reconozco que, por lo que sé, es muy poco habitual, milord, pero no veo qué daño puede hacer —dijo ella, con la mirada serena, franca e interrogante.
—Quizá pueda encontrarle un puesto que no sea el de criada —dijo él—. Resulta un título bastante extraño para usted, teniendo en cuenta que apenas ha desempeñado ninguna de las tareas habituales de una criada… ¿Contable, tal vez? Tendré que pensarlo.
Ella se limitó a asentir.
—Aceptaré lo que usted considere mejor, milord —dijo.
* * *
La conversación había sido un tanto extraña, pero Sofía ya había aprendido que de lord Harrington podía esperarse cualquier cosa.
Como aquel beso. Él le había dado todas las oportunidades para apartarse, y aun así ella lo había deseado…
incluso lo había anhelado. Cuando el rostro de él quedó a un suspiro del suyo, no pudo evitar inclinarse, para probar a qué sabía.
Lo que compartieron la había dejado sin aliento, e incluso ahora le costaba concentrarse en lo que él decía.
—¿Tiene algo que comunicarme sobre las cuentas? —preguntó él, volviendo a su escritorio—. ¿Algo que deba saber?
Sofía vaciló un instante, sin saber si debía señalar ya el problema.
—No estoy del todo segura, milord.
—Eso no suena bien —comentó él, enarcando las cejas con sorpresa—. ¿Pasa algo?
Intentando explicarse sin entrar en demasiados detalles, Sofía negó levemente con la cabeza.
—Puede que haya un problema, pero aún no he decidido si merece la pena comentárselo. Tal vez solo sea mala contabilidad.
El rostro de él perdió la sonrisa.
—Bueno, hágamelo saber cuando lo decida, Sara. Confío en su criterio, por supuesto, pero aun así me gustaría saber qué es lo que la ha preocupado, aunque al final no sea nada.
Sofía parpadeó, sorprendida por el cumplido.
Era como si, por un instante, le estuviera hablando como si fuera su igual.
Sintió un repentino y desesperado impulso de contarle la verdad, pero antes de que pudiera abrir la boca, llamaron a la puerta.
Sofía se levantó discretamente y regresó a su escritorio del rincón, haciéndose prácticamente invisible.
—¿Sí? —preguntó lord Harrington cuando el mayordomo entró con una nota en la mano.
—Acaba de llegar esto para usted, milord.
Sofía procuró no parecer interesada, recordando que se suponía que no debía ocuparse de nada salvo de las cuentas. Empezó a calcular mentalmente otra operación, esforzándose por ignorar todo lo demás.
—Ah, no es nada —murmuró lord Harrington—. Es solo lord Dunstable. Llegará un día más tarde de lo que pensaba. Algo sobre un pariente suyo. —Se encogió de hombros y dejó la nota a un lado—. Así que mañana vendrá solo lord Haversham, y lord Dunstable pasado mañana.
El mayordomo asintió, preguntó si el señor necesitaba algo más y, al ser despedido, cerró la puerta tras de sí.
Una gota de sudor cayó de la frente de Sofía sobre el pergamino y emborronó la tinta. En el instante en que oyó a lord Harrington murmurar el nombre de su primo, se había convertido en un manojo de terror y pánico.
Le temblaban tanto las manos que se vio obligada a soltar la pluma, y de algún modo consiguió volcar el tintero.
La tinta se extendió por todo el pergamino en el que había estado trabajando, aunque por suerte las cuentas no resultaron dañadas.
Tras lograr enderezar el tintero, Sofía inspiró con un temblor e intentó levantarse.
Las piernas no le respondían y tuvo que aferrarse a los bordes del escritorio.
—Disculpe, milord —consiguió decir con la voz algo entrecortada—. Yo… lo siento, no era mi intención, yo…
—Se interrumpió, señalando la tinta derramada.
—Déjeme buscar un trapo.
Lord Harrington no pareció lo más mínimo alterado; se limitó a encogerse de hombros mientras se ponía en pie. Recogió el pergamino, con la destreza suficiente para no dejar caer ni una sola gota de tinta, y lo arrojó entero al fuego.
—Nada de qué preocuparse —dijo con despreocupación, como si todo estuviera en orden—. Solo hay unas cuantas salpicaduras que limpiar.
Regresó a sentarse ante su escritorio, dejándole a ella que limpiara las gotas restantes.
Sofía cerró los ojos un instante, tratando de serenarse. Solo tenía que salir de aquella habitación y alejarse de él para disponer de unos momentos y recuperar la compostura. Tenía las extremidades pesadas, y la falta de fuerzas le dificultaba hasta moverlas.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, sí —murmuró Sofía, intentando esbozar una sonrisa sin conseguirlo—. Solo estoy un poco avergonzada, nada más. Le ruego que me disculpe.
Lord Harrington la observó un instante más antes de volver a centrar la atención en su correspondencia. Conteniendo las náuseas, Sofía se dirigió hacia la puerta, con la mano tan temblorosa que apenas podía agarrar el picaporte.
—¿Está segura de que se encuentra bien?
Sofía no podía volverse para mirarlo, por miedo a echarse a llorar, lo que daría pie a muchas preguntas.
Cuéntale la verdad.
Otra vez aquella vocecita insistente en el fondo de su mente la apremiaba a hacer lo que pudiera, a suplicarle que la salvara de su primo. La mano le resbaló al intentar girar el picaporte; tenía las palmas demasiado sudorosas para agarrarlo.
—¿Podría hablar con usted, milord? —susurró, secándose la mano en el vestido con todo el disimulo que pudo. Consiguió girar la cabeza lo justo para mirarlo y vio que la estudiaba con cierta preocupación.
—Sí, por supuesto, Sara —respondió él—. ¿Es por las cuentas? ¿O es por… lo que compartimos?
Seguía creyendo que estaba alterada por el beso o por lo que había descubierto y, en aquel momento, ella no encontraba palabras para contarle nada más.
Además, estaba claro que era muy amigo de Malcolm, puesto que lo había invitado a su casa.
Dios santo, ¿cuáles eran las probabilidades?
Le dolía el corazón y el cuerpo aún le temblaba de miedo por haber vuelto a ver a su primo.
Apenas podía hablar mientras se decía que respirara hondo.
Le bailaron estrellas ante los ojos, advirtiéndole de que estaba a punto de desmayarse.
Por fin, el picaporte giró bajo sus dedos.
—Las cuentas —consiguió decir, ya muy alterada y con la única necesidad de escapar—. Puede esperar.
—Más tarde, entonces —dijo él, como si estuviera manteniendo una conversación de lo más normal, incapaz de interpretar su angustia como otra cosa que desconcierto por algo de las cuentas—. Esta tarde debo salir a visitar a mis arrendatarios, así que hablaré con usted al anochecer.
Sofía no respondió, aunque sabía que debía hacerlo. No podía hablar con él ahora, cuando tenía la mente hecha un lío y no le quedaba rastro de compostura. Necesitaría tener la cabeza tranquila si quería contárselo todo con claridad.
Consiguió escabullirse por la puerta y cerrarla tras de sí.
Sofía sacó fuerzas de donde no las tenía y se obligó a seguir adelante.
No podía desplomarse en medio del pasillo para que la encontraran lord Harrington o alguno de los criados, a quienes por fin empezaba a ganarse con su amabilidad.
Serénate, muchacha , se dijo. Apretando los dientes e intentando controlar los temblores como podía, Sofía obligó a las piernas a moverse.
La llevaron a la escalera de servicio y luego abajo, a la cocina, donde por fin se sintió a salvo.
Se derrumbó sobre la mesa, apoyó la cabeza en los brazos y respiró hondo.
Trató de serenarse mientras intentaba decidir qué iba a hacer ahora.