Corazones en juego (Corazones a la deriva 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

S ofía continuó con su trabajo, esforzándose por no pensar en todo lo ocurrido y concentrándose en la tarea que tenía entre manos.

Sin embargo, no lograba pensar en otra cosa que en su última conversación con lord Harrington. Dejó la pluma, soltó un suspiro de frustración y se levantó de la silla.

Se acercó a la ventana y se rodeó el cuerpo con los brazos, preguntándose qué sería de ella. Le había aterrorizado la idea de que lord Harrington la despidiera de su puesto en la casa, y le había preocupado adónde iría a partir de entonces. Se negaba a volver jamás a la mansión de su primo.

Cuando lord Harrington se había inclinado para besarla, Sofía se había quedado tan desconcertada que, por un instante, permitió que él le rozara los labios; pero de repente la había invadido un miedo atroz y, sin siquiera proponérselo, le había soltado una bofetada.

Él había retrocedido tambaleándose, llevándose una mano a la marca enrojecida de la mejilla, los ojos desorbitados por la sorpresa, y ella se había derrumbado, horrorizada, contra la pared.

Las extremidades se le habían vuelto rígidas, el cuerpo se le había hecho pesado por lo que acababa de hacer…

y, de algún modo, había encontrado fuerzas para marcharse.

Había recorrido a trompicones el camino de vuelta a su cuarto, con la mano en la boca mientras se le escapaban sollozos silenciosos.

Cuando amaneció sin la menor mención del incidente, Sofía no supo qué pensar.

Se había preguntado si, en su estado de embriaguez, él habría olvidado por completo el episodio, pero luego pensó que quizá sencillamente tuviera intención de reprenderla a solas, en el despacho.

Sin más opción que hacer lo que le habían pedido, se había sentado a solas en su sillón de caoba y había esperado a que lord Harrington regresara.

Las palabras que él le dirigió fueron exactamente lo contrario de lo que esperaba.

Verlo tan compungido, tan arrepentido, le había quitado un peso de encima; el alivio le había inundado el alma.

No era como su primo, que trataba a los demás a su antojo sin pensar en sus sentimientos.

Además, la noche anterior la había dejado marchar sin hacer preguntas, al contrario que Malcolm, a quien la bofetada habría enfurecido.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, Sofía sabía que aquello era algo que lord Harrington estaba muy acostumbrado a hacer.

Un caballero de su fortuna y su título tomaba sus placeres donde se le antojaba, aunque la aliviaba comprobar que parecía sentir cierto respeto por el servicio.

La forma en que se había disculpado con ella lo demostraba con creces.

Contemplando el bosque a lo lejos, Sofía suspiró. No había tenido intención de preguntarle qué quería decir con lo de las expectativas de su padre, pero la expresión de dolor en su rostro le había provocado una oleada tan grande de compasión que la pregunta se le escapó casi sin darse cuenta.

—Insensata, insensata —murmuró para sí. Dejó caer las manos a los costados mientras se apartaba de la ventana.

No debía sentir por lord Harrington más que respeto, dado que era el señor de la casa y ella, al parecer, una mera sirvienta.

Sentir simpatía por él no podía ser sensato, por mucho que su imprudente corazón ansiara saber más de él.

Cuando los labios de él habían rozado los suyos, había reaccionado llevada por meses de miedo, perseguida por un hombre a quien no le importaba en absoluto…

pero ahora veía que lord Harrington, como mínimo, intentaba ser un señor respetuoso y considerado.

La estima que sentía por él había crecido al considerar su disculpa, y los dedos le rozaron brevemente los labios al recordar cómo él se los había tocado con los suyos, tan fugazmente.

A Sofía nunca la habían besado, pero de pronto descubrió que la idea de que lord Harrington volviera a hacerlo le recorría la espalda como una descarga: no de miedo, sino de una emoción nueva, una que la asustaba y la excitaba a partes iguales.

Nunca podría permitirse ceder a esos sentimientos, por supuesto, sobre todo teniendo en cuenta que él ignoraba su verdadera identidad.

Aquellos sentimientos la confundían, y el estómago empezó a revolvérsele con una mezcla de ansiedad y deseo.

Sofía volvió a mirar el escritorio donde la aguardaban las cuentas, con la mirada perdida, esforzándose por poner orden en sus pensamientos.

¿Y si le dijera la verdad?

La idea fue tan punzante que le arrancó un jadeo.

Abrió mucho los ojos mientras consideraba la posibilidad de contarle quién era, y se preguntó qué haría él.

¿Le permitiría seguir allí, en su puesto?

¿La devolvería a su primo, negándose a verse envuelto en la situación?

No podía imaginar que hiciera algo semejante, pero, bien pensado, tampoco lo conocía demasiado.

Quizá, si llegaban a tratarse más, se sentiría capaz de confiar en él.

Vivir como vivía en ese momento estaba muy bien, pero, a largo plazo, Sofía no tenía la menor idea de qué podía hacer.

¿Seguir cobrando un sueldo de lord Harrington hasta que su primo muriera?

Eso podía tardar muchísimos años, y para entonces ella sería vieja y canosa, seguiría sin tener acceso a su fortuna y, desde luego, no encontraría marido en su situación actual.

Frunció el ceño y se apretó una sien con la mano cuando la cabeza empezó a dolerle.

Ojalá su padre no hubiera dispuesto que debía casarse para recibir su herencia.

—Iré día a día —murmuró para sí misma, mientras volvía a sentarse e intentaba concentrarse en su trabajo.

Ya se preocuparía por el futuro más adelante.

De momento, tenía trabajo y con eso le bastaba.

Quizá las circunstancias cambiasen, o sucediese algo que pudiera alterar su camino de algún modo.

Pasara lo que pasase, Sofía estaba decidida a mantenerse satisfecha y productiva.

Si en algún momento resultaba necesario que saliera a la luz la verdad, ya se preocuparía entonces, no antes.

De nada le serviría darle vueltas ahora a semejante ansiedad.

Sofía trabajó en silencio durante un buen rato, frunciendo el ceño al descubrir otro error minúsculo, pero importante.

Parecía faltar una pequeña cantidad en los cálculos.

No era frecuente y, por tanto, podía pasar desapercibido con facilidad, pero aun así estaba ahí.

Frunció más el ceño al anotar el error, al darse cuenta de que ya era el quinto fallo de ese tipo que descubría en las cuentas de los dos últimos meses.

Desde luego, aquello era un tanto extraño.

—Veo que sigues trabajando con tanto empeño, como siempre.

Sofía dio un respingo y alzó la vista para encontrarse a lord Harrington sonriéndole desde arriba; había entrado e incluso había cerrado la puerta sin que ella lo advirtiera. Tenía que aprender a estar más atenta a cuanto le rodeaba. Tendía a enfrascarse en su tarea.

—Ah, sí, milord. Por supuesto. Hay mucho que hacer. —Le ardió el rostro al preguntarse si habría sonado a queja—. No es que sea demasiado, claro está. No es eso lo que quiero decir. Yo…

Lord Harrington soltó una carcajada y alzó una mano, con un brillo divertido en los ojos.

—No tienes por qué preocuparte tanto, Sara. Sé lo que intentas decir. Estoy seguro de que estás avanzando muy bien.

Sofía consiguió recobrar el aliento y, sin dejar de luchar contra el calor creciente de sus mejillas, intentó sonreír.

—Gracias, milord.

Santo cielo, con solo verlo de nuevo ya se azoraba. La calidez con que la trataba había aumentado un poco desde el día anterior, y Sofía supuso que era un intento de disipar cualquier temor que aún pudiera tener a un posible despido.

—Milord, ¿le gustaría…? —No sabía muy bien cómo hacerle el ofrecimiento sin insultarlo.

—¿Sí? —preguntó él, ladeando la cabeza con curiosidad mientras la miraba fijamente.

—¿Le gustaría que intentara ayudarle a entender un poco mejor las cuentas? —preguntó con cautela, sin saber cómo iba a reaccionar.

—Me gustaría —dijo él con una sonrisa que la tranquilizó—. Aunque debo advertirte que las probabilidades de que entienda algo, por buena maestra que seas, son más bien escasas. Muchos tutores intentaron enseñarme, pero ninguno tuvo demasiado éxito.

Ella cogió los libros mayores e hizo ademán de llevarlos al escritorio, pero él se los quitó de las manos. Sintió el calor de sus dedos al rozar los de ella. Él movió la butaca alrededor del escritorio para colocarla a su lado.

—Bien —dijo ella—. Empezaremos por la importancia de anotar el coste correcto de cada artículo, que aparece en esta columna. Al lado están las cantidades. He ido comprobando si los cálculos del total están bien hechos y, por último, las sumas de cada columna para los totales semanales y mensuales.

Él siguió con la mirada el dedo de ella mientras señalaba la página que tenía delante.

—Esa parte la entiendo —dijo él con una sonrisa—. Es con los cálculos con lo que tengo problemas.

—Muy bien —dijo ella, asintiendo.

Sacó una hoja en blanco y empezó a explicarle despacio una ecuación sencilla. Él asintió en señal de comprensión y, cuando ella le planteó otra parecida para que la resolviera, la solucionó sin dificultad.

—Muy bien —dijo ella con una sonrisa, antes de pasar a algo más complicado.

Continuaron así un buen rato, y Sofía quedó satisfecha con los progresos de él.

Escuchaba lo que ella decía, aunque a ella se le trababa la lengua cuando los ojos de él se encontraban con los suyos o cuando percibía su cercanía.

De vez en cuando le llegaba aquel aroma inconfundiblemente suyo: el pino del bosque por el que cabalgaba y el leve rastro de brandy en el aliento.

Él completó un cálculo más complejo, y ella alzó la vista con una sonrisa en los labios para encontrarse su rostro muy cerca, muy serio, con la boca suspendida a un suspiro de la suya.

—¿Sara? —murmuró él, casi como una pregunta, como si quisiera saber si volvería a abofetearlo si intentaba algo. En respuesta, ella se incorporó y salvó la distancia entre ambos; rozó la boca de él con la suya, sorprendiéndolo tanto como se sorprendió a sí misma.