Capítulo 11
—¡ B uenos días, milord!
Benjamín soltó un gemido y se llevó una mano a la cara, pero un botón de la camisa se le clavó justo en el rabillo del ojo. Soltó un gritito de sorpresa, parpadeó como un poseso y miró a su alrededor, asombrado al descubrir que estaba en la biblioteca.
—Veo que encontró más brandy, después de todo —comentó el mayordomo, chasqueando los dedos hacia una criada que entró con una bandeja cargada de café, tostadas y pastas—.
Me informaron de que todas las estancias requerían reabastecimiento.
Lamento que lo encontrara escaso. Me aseguraré de que todos los decantadores estén preparados para esta noche.
—Gracias —respondió Benjamín con voz áspera, como si se hubiera tragado un puñado de gravilla.
Intentó incorporarse, abochornado al descubrir que se había quedado dormido en el diván, con una pierna colgando del borde.
La cabeza empezó a dolerle al incorporarse, y se preguntó si el olor a alcohol procedía de la estancia o de él.
—Un baño, creo —murmuró, mientras el mayordomo servía el café—. ¿Qué hora es?
—Pasado ya el mediodía —respondió el mayordomo, con un tono ligeramente animado. Benjamín no sabía si el criado se estaba burlando de él sutilmente o no—. El baño se está preparando en este mismo momento.
Benjamín quiso hacer un comentario sobre la jovialidad y la eficiencia del mayordomo, pero se detuvo justo a tiempo. El hombre cumplía con su trabajo y lo hacía bien.
—Gracias —murmuró al cabo de un momento—. Subiré enseguida.
El mayordomo asintió y empezó a salir de la estancia, pero a Benjamín le asaltó de repente una idea.
—Recibiré a mis invitados mañana por la tarde, según creo —dijo, haciendo que el mayordomo se detuviera—. ¿Está todo preparado?
—Así es —respondió el mayordomo—. Tenemos preparadas la habitación azul y la habitación púrpura para sus invitados.
—Bien —dijo Benjamín en voz baja—. Asegúrese de que todo esté dispuesto. Quiero que se prepare una cena magnífica para mañana, cuando lleguen.
Al recordar que Sara debía continuar su trabajo en el despacho, hizo un gesto con la mano.
—Ah, y dígale a Sara que siga hoy con las cuentas. Ya sabe lo que tiene que hacer.
Hubo una breve pausa antes de que el mayordomo juntara los talones, hiciera una inclinación y se retirara.
Benjamín masticó despacio un trozo de tostada caliente con mantequilla, y empezó a sentirse un poco mejor.
Dio otro sorbo de café y frunció el ceño mientras observaba la estancia, preguntándose qué demonios habría hecho la noche anterior.
Recordaba haberse sentido miserable, echando de menos a sus amigos y su vida de Londres, y por eso había empezado —neciamente o no— a refugiarse en la bebida. Por desgracia, el brandy del despacho escaseaba, así que… ¿qué había hecho entonces?
Frunció el entrecejo. Por más que lo intentaba, no lograba recordarlo, aunque estaba bastante seguro de haber bajado a la zona del servicio por algún motivo. Tragó la tostada y se disponía a coger otro trozo cuando el hielo le recorrió de pronto las venas y lo dejó paralizado.
Sara.
Sara había estado allí.
Se le escapó un gemido mientras hundía la cabeza entre las manos, olvidando al instante la tostada y el café. ¿Qué había hecho?
Se tocó una mejilla y notó un pequeño moratón bajo los dedos. El recuerdo repentino de Sara abofeteándolo con fuerza le asaltó la mente, y volvió a gemir en voz alta.
Todo regresó de golpe, confuso y, sin embargo, nítido.
Había intentado besar a Sara. A un miembro del servicio de su casa, que no estaba haciendo otra cosa que lo que se esperaba de ella.
Había intentado imponerle sus atenciones, como hacían, por supuesto, muchos señores.
Sin embargo, se había prometido a sí mismo no ser esa clase de hombre, pese a la reciente escasez de compañía en su cama.
La verdad era que se sentía desesperadamente atraído por la criada, quizá aún más porque no se permitía tenerla.
Aunque intuía que era mucho más que eso.
Tenía muchísimas cualidades femeninas, y su elegancia y su delicadeza hacían que pensara en ella como en una dama, aunque supiera que jamás podía serlo.
No se parecía a ninguna otra criada que hubiera conocido, sobre todo por su destreza con la aritmética.
Su letra era elegante y fluida, y el esmero que ponía en todo la elevaba aún más en su estima.
¿Por qué, entonces, había cometido la necedad de intentar besarla?
Por otro lado, era una criada, y eso significaba que no debería haberle abofeteado así.
Hacerlo supondría un despido inmediato, pero Benjamín no se veía capaz de echarla sin una carta de recomendación.
Eso sería una crueldad en sí misma, porque no era culpa suya que él se hubiera comportado de aquel modo.
¿Acaso debía limitarse a aceptar sus atenciones, por indeseadas que fueran, para conservar su puesto?
Muchos caballeros dirían que sí , susurró una vocecilla en el fondo de su mente.
—¡No! —exclamó Benjamín en voz alta, golpeando la mesa con el puño—. ¡No voy a ser esa clase de amo!
No era solo el edicto de su padre lo que pesaba sobre él, comprendió Benjamín, sino un deseo que crecía poco a poco: el de ser conocido como un caballero que trataba bien a su servidumbre.
No quería convertirse en un tirano cruel y despiadado, sino en un señor atento y considerado.
Haría que su padre se sintiera orgulloso, sí, pero Benjamín anhelaba ser esa clase de caballero por sí mismo, no por su padre.
Además, Sara había dejado su anterior empleo por culpa de un hombre así. Se prometió ser mejor que él.
Se levantó de la silla y se tambaleó un instante mientras la vista se le nublaba.
La jaqueca volvió a martillearle, pero apretó los dientes y siguió hacia la puerta pese a todo.
No era momento de compadecerse de sí mismo.
Tenía que encontrar a Sara y hablar con ella en privado.
Quién sabía lo que le estaría pasando por la cabeza.
Probablemente estaría aterrorizada pensando que iba a echarla de casa por haberle golpeado. Quería tranquilizarla de inmediato.
Con la esperanza de no ir demasiado desaliñado, Benjamín regresó hacia el despacho, confiando en que Sara ya estuviera allí, tal como el mayordomo debía de haberle indicado.
Al abrir la puerta, la vio sentada ante el pequeño escritorio del rincón.
Tenía el rostro casi blanco, lechoso, cuando alzó la cara hacia él en cuanto entró.
—Ay, milord —exhaló ella.
Vio que le temblaban las manos al entrelazar los dedos y que los labios se le apretaban en un rictus de preocupación.
—Buenos días.
—Buenos días, Sara —masculló él, preguntándose cómo explicarse ante alguien que, a fin de cuentas, formaba parte del servicio de su casa—. Gracias por ser tan diligente en su trabajo.
Ella alzó la vista hacia él, con miedo en los ojos.
—Milord, debo disculparme por…
—No tiene que disculparse por nada —dijo él con firmeza, y vio cómo a ella se le entreabría la boca de la sorpresa—. Acabo de recordar cómo me he comportado y debo confesar que me avergüenzo de ello.
La observó con atención: parpadeó con rapidez y un súbito rubor le encendió las mejillas.
Tenía profundas ojeras, sombras azuladas y grisáceas que delataban que no había dormido bien.
¿Habría estado preocupada por si la echaba de casa?
Resultaba evidente que no esperaba que él le hablase de aquella manera, sino que más bien había estado aguardando a que la increpara o la despidiera.
—Fue usted muy buena conmigo, ¿verdad? —prosiguió, ignorando el calor que le ascendía en oleadas desde lo más hondo hasta el pecho al recordar lo cerca que había estado su boca de la de ella—. Me subió las escaleras y me llevó a la biblioteca. No sé por qué estaba abajo, pero yo…
—Buscaba brandy, milord.
La vergüenza lo invadió.
—Ya veo —dijo con voz pastosa—. Bien, le agradezco su ayuda.
—No debería haberle golpeado —dijo Sara al cabo de un momento, con la voz entrecortada—. Yo… simplemente reaccioné. No supe qué otra cosa hacer.
Benjamín cerró los ojos un instante y comprendió hasta qué punto habían dejado huella en ella sus actos.
—Hice mal al actuar como lo hice —dijo en voz baja—. Sé que muchos caballeros tratan a su servidumbre como les viene en gana, pero yo no seré ese hombre. Mi padre lo espera de mí, y empiezo a darme cuenta de que yo también me lo exijo.
—¿Su padre? —repitió ella, curiosa, dando un paso hacia él—. ¿Por…? —Se tapó la boca con la mano al recordar su posición, visiblemente apurada—. Ay, milord, le pido perdón —exclamó, y las mejillas se le tiñeron de un encantador tono rosado—. Es que lo veía usted muy grave y quería aliviar su…
—No se preocupe —murmuró él, sorprendido de descubrir que deseaba compartirlo todo con ella—. Veo que ya se ha acomodado, así que la dejo con su trabajo.
Ella sonrió, aunque con una sonrisa temblorosa, y el alivio se le reflejó en la cara.
—Es usted muy bueno, milord —dijo con suavidad—. Le agradezco su amabilidad.
Benjamín no supo qué responder; quería devolverle aquellas mismas palabras.
Cuánto había soportado ella de él. Quedó prendado un instante de su hermosura, pensando en la bondad que irradiaba su expresión.
Era como si ella lo viera tal como era en realidad y, sencillamente, lo hubiera perdonado por cómo se había portado con ella.
—Será mejor que me marche —murmuró, y se encaminó hacia la puerta. Volvió la vista atrás y vio su oscura cabeza ya inclinada sobre el trabajo. El corazón le latió de un modo extraño mientras tomaba aire, enderezaba los hombros y salía del despacho. Estaba más que listo para el baño.