Capítulo 10
—¡ E stás trabajando demasiado!
Sofía sonrió e intentó ocultar el bostezo tras la mano mientras la señora Martins la conducía a su saloncito.
—En absoluto. La verdad es que lo estoy disfrutando bastante.
La señora Martins frunció el ceño.
—Te manda llamar muy a menudo.
Era cierto. En los últimos cinco días, Sofía había sido requerida en el despacho del señor casi a diario, y pasaba horas trabajando en sus cuentas e incluso en parte de la correspondencia. Era como si se estuviera convirtiendo en su secretaria personal.
Y no le molestaba. Le mantenía la mente ocupada y, desde luego, se le daba mucho mejor que fregar suelos o aprender a lavar ropa.
A veces lord Harrington se sentaba con ella; otras, Sofía trabajaba sola.
Por desgracia, Sofía había oído algunos murmullos sobre ella en las dependencias del servicio, pero supuso que era inevitable.
—He oído lo que dicen de mí —empezó, al ver la expresión compasiva de la señora Martins—. ¿Hay algo que pueda hacer al respecto?
La señora Martins suspiró y negó con la cabeza.
—Me temo que no mucho. He intentado atajar los cotilleos, pero no dejan de extenderse.
Como criados del señor, no gozamos de los mismos derechos a los que tú estabas acostumbrada, como dama.
No importa, por ejemplo, si estás o no a solas con el señor.
Eres una criada, así que haces lo que se te ordena.
Aquí tu reputación no cuenta, como empleada doméstica, pero los demás murmurarán, por envidia si no es por otra cosa.
—Se encogió de hombros, con el rostro surcado de arrugas muy serio—.
Además, tampoco ayuda que el señor tenga una cierta reputación.
Un nudo de alarma se le formó en la garganta a Sofía.
—Dicho esto, hasta ahora no ha intentado nada con nadie del servicio, y espero que siga así.
Y nunca he oído que impusiera sus atenciones —concluyó la señora Martins, dándole una palmadita en la mano—.
Ahora, termínate el té y vete a la cama.
Es tarde y estoy segura de que el señor requerirá tus servicios por la mañana.
Será mejor que vaya a mandar a esas criaturas a dormir.
Sofía soltó una risita, sabiendo exactamente a qué criadas se refería la señora Martins.
Esbozó una sonrisa mientras veía al ama de llaves salir de la estancia dejando la puerta entreabierta.
Se sirvió otra tacita de té, le añadió un chorrito de leche y se recostó en la silla.
Sabía que los demás criados cuestionaban el trato preferente que recibía tanto de lord Harrington como de la señora Martins, pero procuraba no preocuparse.
Ya no sentía tanto miedo como antes, y estaba disfrutando de su nueva vida allí, a pesar de las largas jornadas y los madrugones.
Era mejor que vivir con un miedo constante, atrapada en una telaraña de la que no podía escapar.
El único problema que tenía entre manos era la atracción inesperada que sentía hacia lord Harrington.
Sofía detestaba estar empezando a desear pasar tiempo en su compañía.
Era más que el placer de que la libraran de quitar el polvo, y aquellos sentimientos le resultaban de lo más desconcertantes.
Era apuesto, por supuesto, pero tenía la impresión constante de que, bajo esas capas de seguridad en sí mismo y orgullo, había algo que intentaba ocultar con desesperación.
Nunca se lo había dicho, pero en sus ojos aparecía la frustración cada vez que se acercaba a comprobar sus progresos.
Estaba, claro, aquella vez que mencionó que las cuentas y esas cosas le resultaban más difíciles que a ella, pero no era algo de lo que tuviera que avergonzarse.
Suspirando, se llevó la taza a los labios y dio un sorbo a aquel té bien cargado. Quizá le avergonzaba necesitar su ayuda para entender del todo sus cuentas o para revisar los errores que ella encontraba. Los caballeros podían ser tan orgullosos…
Sofía notó que las mejillas le ardían al recordar lo cerca que se había puesto de ella: al situarse detrás para mirar su trabajo, su cintura quedaba a la altura del hombro de Sofía.
El aroma a pino y nuez moscada había llegado hasta ella y le había trastocado los sentidos por un instante.
Cuando él había adelantado la mano para señalar algo que ella había escrito, sus dedos le habían rozado el hombro, y el cuerpo le ardió con un fuego repentino e inesperado.
No era sensato sentir ningún tipo de afecto por el señor.
Además, Sofía no le estaba contando exactamente la verdad sobre quién era y qué hacía en su casa.
Si él supiera que era una dama, ¿cambiaría en algo su comportamiento hacia ella?
Dado lo que el servicio decía de él —que era un libertino que buscaba placer donde le apetecía—, Sofía tenía que creer que era más seguro seguir siendo una criada a sus ojos, pues no se había acercado a ninguna doncella desde su regreso una semana atrás.
Y aunque su instinto le decía que él no tomaría lo que no se le entregara libremente, se resistía a creerlo, dada su experiencia pasada con Malcolm.
—Eres una tonta, ¿sabes? —se dijo a sí misma mientras recogía la bandeja del té y se dirigía a la cocina para lavar los cacharros—. Más que tonta. Idiota.
Tras echarse una buena reprimenda, Sofía empezó a lavar las tazas de té y dio las buenas noches a la señora Martins al cruzarse con ella en el largo y estrecho pasillo.
Las dependencias del servicio estaban tranquilas y en silencio, y Sofía se descubrió disfrutando de aquella quietud.
La cocina aún conservaba el calor, después de todo el ajetreo del día, y Sofía decidió sentarse a la gran mesa de madera del centro y, sencillamente, escuchar la quietud.
Le proporcionaba una paz que apenas había conocido en el último año.
Apoyó la cabeza en los brazos y sonrió para sus adentros, pensando en lo bendecida que había sido al escapar de un tormento como el de su primo.
La mirada se le quedó prendida en la vela de la mesa, contemplando cómo el pálido resplandor se extendía por la cocina.
Disfrutaría de aquel momento de paz, porque una nunca sabía qué vendría después.
* * *
Un golpe seco la hizo incorporarse de repente, y se dio cuenta de que se había quedado dormida. Parpadeando con fuerza, Sofía vio que la vela se estaba consumiendo y que un escalofrío comenzaba a extenderse por sus hombros. ¿Qué habría sido aquel ruido?
Se levantó despacio de la mesa, cogió la vela y empezó a avanzar sin hacer ruido hacia sus aposentos.
Quizá no había sido más que un ratón en la bodega, aunque tendría que haber sido un ratón muy grande para producir un golpe como el que había oído.
La idea le arrancó una sonrisa y alivió parte de la tensión que sentía.
Caminaba despacio cuando volvió a oír el ruido, seguido de una retahíla de maldiciones masculladas.
Había alguien en la despensa.
Sofía tomó aire y dio un paso al frente, alzando la barbilla y cerrando una mano en un puño, por si necesitaba un arma.
Una lucecita en el interior de la despensa le confirmó que no se equivocaba al suponer que había alguien dentro y, sin pararse a pensar en el posible peligro, abrió la puerta de par en par.
Lord Harrington la miró fijamente, con los ojos muy abiertos, el pelo revuelto y la camisa casi por completo por fuera; los botones de arriba, desabrochados, dejaban ver la ligera sombra de vello sobre los músculos del pecho.
—¡Oh, milord! —tartamudeó Sofía, sin saber de pronto adónde mirar mientras las mejillas se le encendían—. Perdone, creí que…
—No encuentro el brandy.
Sofía volvió a mirarlo y vio un leve extravío en sus ojos. Estaba claro que había bebido más de la cuenta, aunque por qué buscaba brandy, cuando había de sobra en casi todas las habitaciones de la casa, era algo que Sofía no alcanzaba a explicarse.
—Sé que en su despacho hay brandy, milord —dijo en voz baja, sin la más remota idea de cómo sacarlo de la despensa.
—Ahí ya no queda —respondió él, con los ojos un poco vidriosos.
—Entonces, ¿en la biblioteca o en el salón? —preguntó Sofía, preguntándose cómo había conseguido bajar las escaleras sin romperse el cuello, a juzgar por cómo se tambaleaba—. Busquemos en otra parte. Aquí no encontrará nada.
Era una idea atrevida, pero Sofía sabía que no podía dejarlo en la despensa, o la cocinera tendría un ataque por la mañana. Ya estaba todo un poco revuelto, y había pisado algunas de las verduras para la cena del día siguiente. Había más en peligro si Sofía no lograba sacarlo cuanto antes.
—¿Me lo enseña? —preguntó lord Harrington, alargando la mano hacia ella—. El brandy, quiero decir. Nada más.
Se le escapó una risa baja, y a Sofía le ardieron las mejillas.
—Sí, por supuesto —murmuró, esforzándose por no reaccionar cuando él le rodeó la cintura con un brazo; el deseo y la inquietud se debatían en su interior—. Por aquí, milord.
Para su sorpresa, lord Harrington permaneció callado mientras subían los escalones, quizá porque se concentraba en no saltarse ninguno. Era una tarea bastante difícil, y más de una vez Sofía tuvo que cargar con todo su peso, pero al fin llegaron al vestíbulo.
—Primero la biblioteca, creo —dijo Sofía, con la esperanza de que él le permitiera regresar a la zona del servicio en cuanto se acomodara frente al fuego—. Estoy segura de que allí hay brandy.
Por qué no se le había ocurrido buscarlo allí antes, en lugar de hurgar en la despensa, no lo sabía, aunque tal vez estar un poco perjudicado no diera siempre claridad a los sentidos. Por qué creía que necesitaba más era ya otra cuestión.
—Ya estamos —dijo, abriendo la puerta de la biblioteca y dejando que él entrara antes que ella—. Creo que hay brandy en aquella esquina.
Para su absoluta sorpresa, lord Harrington la rodeó por la cintura para sostenerse antes de mirarla directamente a los ojos.
—Mi necesidad de brandy ha empezado a disminuir —murmuró, mientras una mano le sostenía la barbilla y le rozaba la piel con suavidad—. En su lugar, siento crecer otra necesidad.
Un miedo espeso empezó a treparle por la garganta, recordándole de golpe todas las veces que su primo la había acorralado.
—No, milord —dijo con firmeza, intentando apartarse—. No soy esa clase de mujer.
Él frunció el ceño y aflojó el brazo, pero no la soltó.
—Me intrigas, Sara —dijo en voz baja, escrutando su rostro—. ¿Qué es lo que tienes que tanto me desconcierta?
Sofía se sintió del todo incapaz de responder; el miedo empezó a remitir a medida que los recuerdos de Malcolm eran sustituidos por las emociones del momento presente con lord Harrington.
Había una diferencia entre él y Malcolm, pues no la sujetaba de forma agresiva ni le exigía que se desnudara.
Sin embargo, no podía olvidar lo que el resto del personal le había contado sobre su reputación.
—Creo que debería retirarme, milord —dijo en voz baja, apartándose de él, y él dejó caer el brazo de su cintura—. Hay brandy en la bandeja junto al fuego, así que no se quedará sin él, aunque yo diría que ya ha bebido bastante por esta noche.
Se tapó la boca con la mano al darse cuenta de lo que había dicho. Las palabras habían salido antes de que recordara su posición en aquella casa, y solo podía esperar que él olvidara su insolencia mientras se encaminaba hacia la puerta, pero él le atrapó la mano.
Al volverse hacia él, vio una expresión extraña en su rostro, como si ni él mismo tuviera muy claro por qué la había detenido. Sin embargo, no sintió terror ni una necesidad desesperada de salir corriendo a esconderse.
—Sara —susurró él con suavidad antes de dar un paso al frente, acariciarle la mejilla con ternura y, tras una pausa, darle tiempo para apartarse. Por una razón que ni ella misma alcanzaba a comprender, se quedó donde estaba.
Entonces él inclinó la cabeza para besarla.