Corazones en juego (Corazones a la deriva 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

B enjamín se incorporó de la incómoda cama, se frotó los ojos y suspiró.

La posada no tenía precisamente las habitaciones más acogedoras, pero, por suerte, aquella era su última parada antes de llegar a su nueva finca.

No sabía qué esperar, aunque al menos le alegraba pensar que dormiría en una cama como es debido.

Se puso en pie y se vistió a toda prisa sin su ayuda de cámara, tomando aire bruscamente cuando el frío le azotó la piel desnuda. Golpeó los pies contra el suelo para que le volviera algo de calor a los dedos y entonces se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo sin despertarse tan temprano.

Abrió la puerta de la habitación, todavía con los ojos medio cerrados al salir al pasillo.

—¡Ay!

Algo —mejor dicho, alguien— chocó contra su pecho, haciéndole retroceder un paso hacia el marco de la puerta mientras alargaba las manos por instinto.

—Maldita…

La maldición se le apagó al mirar a la persona que ahora sostenía entre sus brazos, a la que había atrapado antes de que cayera, y se quedó sin habla ante el rostro que lo miraba fijamente.

Unas pecas claras salpicaban una nariz respingona, sobre unos labios rosados y unos pómulos altos.

El único defecto parecían ser los dos dientes delanteros inferiores, ligeramente torcidos, aunque, de algún modo, contribuían al atractivo magnético de su rostro.

Los ojos que lo miraban estaban tan cerca que distinguió las motas doradas que tenían cuando se abrieron de par en par del sobresalto. Parecía venir de la habitación contigua a la suya y debía de haberse movido a bastante velocidad para chocar contra él con tanta fuerza.

Era poca cosa, apenas una muchachita menuda, pero él se quedó clavado en el sitio, hipnotizado.

—Disculpe —dijo ella mientras se apartaba de sus brazos y, tras un instante de vacilación, echó a andar, dejándolo mirarla mientras se alejaba.

Compórtate , se dijo. Ni siquiera había llegado a su finca y ya andaba prendado de la primera mujer hermosa que, literalmente, se le había cruzado en el camino. Negó con la cabeza y salió de la habitación en busca de algo de comer.

—¡Milord!

Benjamín hizo una mueca ante la alegre bienvenida del posadero, sin sentirse ni la mitad de despierto que él.

—Buenos días.

—Le traeré algo de comer en un momento, milord —prosiguió el hombre, señalando una mesa de madera toscamente tallada sobre la que ya descansaban una jarra de agua y algo que parecía café—. Por favor, tome asiento.

Musitando las gracias, Benjamín se sentó, examinando la taza con recelo.

Parecía más lodo que café, aunque no pudo evitar disfrutar del aroma que desprendía.

Se la llevó a los labios y dio un sorbo prudente, y se sorprendió bastante al comprobar que no estaba tan malo como había supuesto.

Alzó la vista al ver acercarse a su cochero.

—Milord, disculpe que lo interrumpa cuando va a desayunar, pero hay una mujer que dice que se dirige a su finca.

Ligeramente irritado por la interrupción, Benjamín lo miró.

—¿Y bien?

—Preguntaba si podría sentarse conmigo en el pescante, milord. Tiene un caballo, pero se le ha soltado una herradura y no dispone de dinero para que se la vuelvan a poner.

—¿Y qué se supone que hace esta dama en mi finca? —preguntó Benjamín, dando otro sorbo de café.

—Creo que es una de las criadas.

Benjamín se encogió de hombros.

—Muy bien. Que se siente arriba.

—¿Y qué pasa con el caballo? Dice que piensa venderlo, pero no hay tiempo si vamos a salir enseguida.

Poniendo los ojos en blanco, Benjamín negó con la cabeza.

—Diles que me pasen la cuenta de la herradura y que traigan al animal con nosotros.

No alcanzaba a comprender qué hacía una criada con un caballo, pero, como quería que lo dejaran en paz, despidió al cochero y esperó el desayuno.

* * *

Después de desayunar, Benjamín se preparó para el breve trayecto hasta su finca.

Salió hacia el carruaje, olvidando a la pasajera que debía acompañarlo hasta que vio dos figuras sentadas en el pescante.

Antes de subir, alzó la vista y se encontró con una mirada demasiado familiar: aquellos ojos que había visto apenas una hora antes.

Esta vez Benjamín percibió algo más en su expresión.

En aquellos ojos castaños, los más grandes que había visto en su vida, también distinguió un miedo inmenso.

Por alguna razón que Benjamín no acertaba a explicar, sencillamente no podía apartar la mirada de ella y ella, a pesar de su condición, seguía mirándolo. Tras aclararse la garganta y recordarse con firmeza que era una criada y nada más, Benjamín logró esbozar una leve sonrisa.

—Así que volvemos a encontrarnos. Eres la nueva criada, ¿verdad?

—Lo soy —respondió ella antes de bajar la mirada—. Es decir, lo soy, milord.

Un repentino rubor le cubrió las mejillas y Benjamín pensó que era una de las criaturas más exquisitas que había tenido ocasión de contemplar.

Sobresaltado por lo inapropiado de semejante pensamiento, apartó la vista de la joven y fue a sentarse dentro, preguntándose cómo había podido permitirse una habitación así en la posada.

Sin embargo, en cuanto el carruaje se puso en marcha, Benjamín se reprendió por dejar que un par de ojos tan hermosos como los de aquella dama le turbaran la mente de aquel modo.

Estaba allí para convertirse en un hombre nuevo, ¿no era así?

Y eso significaba que trataría a su personal con respeto y consideración, y no se acostaría con ninguna de las criadas.

Iba a resultar especialmente difícil cuando entre ellas había una criatura tan magnífica, pero Benjamín estaba decidido a demostrar a su padre que era un hombre distinto.

* * *

—¡Ya hemos llegado, milord!

La alegre voz del cochero sobresaltó a Benjamín, que cayó en la cuenta de que se había quedado dormido.

¿Ya estaban? Al mirar por la ventanilla, vio aparecer la casa: bastante grande y de estuco blanco.

Al frente había unos jardines pequeños, pero lo que parecía un extenso bosque se extendía más allá de la parte trasera de la finca.

Los jardines, aunque cuidados, daban la impresión de que les vendría bien una renovación, sobre todo porque carecían por completo de color.

La casa en sí parecía estar en bastante buen estado, aunque algunas de las estatuas de la entrada empezaban a cubrirse de verdín.

Tendría que asegurarse de que el jardinero eliminara cualquier rastro de musgo o liquen, pues pensaba que la finca debía presentar un aspecto algo más grandioso.

El carruaje se detuvo justo delante de la puerta principal y a Benjamín le complació encontrar a todo el servicio formado para recibirlo.

Descendió los escalones del carruaje y los primeros en saludarlo fueron los dos únicos que recordaba de sus visitas anteriores: el mayordomo, Smithers, y el ama de llaves, la señora Martins.

Le presentaron a los demás y él asintió a cada miembro del servicio por turno.

—Me alegra mucho estar aquí —dijo jovialmente al servicio reunido—. Estoy seguro de que nos llevaremos todos estupendamente.

Los despidió y, volviéndose hacia el ama de llaves, señaló a la criada que estaba bajando del carruaje.

—Esta es nuestra nueva criada —dijo, sin advertir la expresión de sobresalto en el rostro de la señora Martins—.

El cochero la encontró en la posada. Algo relacionado con un caballo que perdió una herradura, por eso vino conmigo.

De momento, el caballo puede quedarse en las cuadras.

Más adelante hablaré con ella sobre el animal y lo que vamos a hacer con él.

—Por supuesto, milord —murmuró el ama de llaves, con los ojos puestos en la nueva criada—. Es muy amable por su parte traerla hasta aquí.

—Bueno —rio Benjamín entre dientes—, tampoco podía dejarla en la posada, ¿no? Aunque no acabo de ver por qué necesitamos otra criada, ¡si ya parece que hay muchísimo servicio!

Los ojos del ama de llaves relampaguearon.

—Desde luego que la necesitamos, milord. La casa es grande y hay muchísimas tareas.

Él se encogió de hombros, sorprendido por la contundencia con que la mujer había respondido.

—Nadie conoce esta casa mejor que usted, señora Martins. Me remito a su criterio.

Para entonces, la criada ya estaba de pie justo a su izquierda, con los ojos fijos en el suelo. Era más menuda y esbelta de lo que había pensado en un principio. A juzgar por su palidez, esperaba que no fuera a desmayarse. Quizá había viajado una larga distancia y simplemente estaba agotada.

—Hoy no tendrá tareas, señora Martins —dijo, sin entender por qué había dicho eso.

No debía mostrar una atención especial a ningún miembro del servicio.

—Asegúrese también de que coma algo, porque parece a punto de desmayarse.

Sonrió a la atónita ama de llaves, desconcertado por haberse preocupado tanto por una de sus criadas.

—Es usted muy amable, milord —dijo en voz baja la criada, pero Benjamín se limitó a encogerse de hombros.

—Será mejor que entre ya a explorar mi nuevo hogar —dijo con una sonrisa—. Señora Martins, tráigame una bandeja al despacho, por favor. Café, no té.

—De inmediato, milord —respondió la señora Martins, haciendo una reverencia.

Benjamín asintió, dedicó una última mirada a la casa y entró.

* * *

La casa era grande, pero no desmesurada.

Benjamín deambuló por ella a su antojo, contemplándola con ojos nuevos, como lo que ahora era: su responsabilidad, hasta que al final regresó al despacho.

La bandeja del té seguía sobre el amplio escritorio de caoba de su padre, y a Benjamín le invadió una incómoda sensación al sentarse tras él.

Había algo en estar a ese lado del escritorio, en vez de sentado al otro, que le infundía una sensación de deber y de propósito.

—Aunque no estoy seguro de poder cumplir con esas exigencias —murmuró para sí, añadiendo un chorrito de leche al café.

No podía fingir que no echaba ya de menos los placeres de la ciudad; habían sido una parte tan importante de su vida durante tanto tiempo que su ausencia le dejaba una especie de vacío interior.

Pasar de un amplio círculo de amistades a no tener a nadie le resultaba extraño.

La soledad se le fue cerrando alrededor del corazón, y se hundió en el respaldo de la silla con un suspiro.

—Quizá debería hacer venir a un par de amigos —murmuró, torciendo el gesto en una mueca.

No le cabía duda de lo que diría su padre si se enteraba de que había hecho venir a sus amigos de la ciudad. Pero, bien pensado, no le correspondía al viejo decidir qué hacía Benjamín ni a quién alojaba en su casa.

Pero quiero tener éxito , reflexionó. La verdad era que, si decidía invitar a sus amigos, lo más probable era que volviera a caer en aquel estilo de vida. Acabaría fracasando, la finca se iría a pique y su padre lo desheredaría. No, no podía pedirles a sus amigos de la ciudad que vinieran.

—Aunque podría invitar a algunos a los que no veo desde hace tiempo —caviló, abriendo uno tras otro los cajones del escritorio, a derecha e izquierda, hasta que encontró papel.

Hizo girar un momento entre las manos la pluma que descansaba sobre el cuero del escritorio, la mojó en el tintero y empezó la primera de dos cartas, invitando a cada uno de aquellos caballeros a visitarlo en su nueva finca.

No veía a ninguno de los dos desde hacía unos cuantos años, pero aquel le parecía un momento tan bueno como cualquier otro para retomar el trato.

Ambos vivían cerca, estaban solteros y tenían título y finca propios, así que Benjamín dedujo que podrían serle de alguna ayuda, dado que él no tenía la menor idea de qué hacer.

La pluma raspó el papel durante unos minutos más, hasta que las dos cartas estuvieron secadas con arenilla, dobladas y selladas.

Después, poniéndose en pie, Benjamín tiró del cordón de la campanilla y se quedó junto a la ventana, contemplando los jardines de la finca.

El corazón se le hinchó con un repentino orgullo mientras inspiraba hondo, dueño, al menos por el momento, de cuanto abarcaba la vista.

—¿Sí, milord?

—Tengo aquí dos cartas —respondió Benjamín, alzándolas—. ¿Y podría subir también las cuentas? Supongo que debería echarles un vistazo.

El mayordomo tomó las dos cartas, pero no se retiró. En lugar de eso, las dejó sobre la mesa, fue al otro extremo del despacho y abrió un cajón grande de la librería.

—Aquí encontrará todas las cuentas, milord —dijo, dejando un voluminoso libro mayor sobre el escritorio de Benjamín—. El administrador está a su disposición para reunirse con usted cuando lo desee.

—Concerte una cita con él para mañana —respondió Benjamín, volviendo a sentarse y pasando los dedos por la cubierta desgastada del libro—. Digamos que a las dos de la tarde.

El mayordomo asintió y recogió las cartas de Benjamín.

—Por supuesto, milord. ¿Desea algo más?

Benjamín negó con la cabeza mientras abría el libro y descubría que no contenía más que números.

—Hay brandy fresco en el decantador, milord —prosiguió el mayordomo al ver que Benjamín no contestaba—. Y la cena se servirá en breve.

Benjamín masculló algo ininteligible y lo despidió con un gesto, completamente absorto en el libro mayor. Recorrió con el dedo toda una página, repasando las cifras y la breve nota de lo comprado junto a cada apunte.

El problema era que a Benjamín no se le daban especialmente bien los números.

Ya notaba cómo empezaba a martillearle la cabeza mientras se esforzaba por calcular lo que había entrado y lo que había salido.

Aunque todo parecía estar en orden, si no revisaba las cuentas personalmente, ¿cómo podía estar seguro de que no había descuadres?

Tenía que conocer al detalle lo que ocurría en su finca, y eso implicaba familiarizarse con las cifras.

Contuvo un suspiro cuando volvió a fallarle el cálculo mental.

Con un gemido ahogado, apoyó la cabeza entre las manos.

Una aguda añoranza de Londres y de todos los placeres que la acompañaban lo atravesó, pero Benjamín la rechazó al instante.

No podía perderse en ensoñaciones sobre el regreso a aquella vida, ni hundirse en la autocompasión.

Tenía que hacerlo. Tenía que salir adelante, porque volver como un fracasado significaba que su futuro sería muy distinto del que había planeado.

Ya habría tiempo para la frivolidad y la jovialidad más adelante, pero en aquel momento debía asumir sus nuevas responsabilidades y tareas con una determinación feroz que, por ahora, no sentía.

—Quizá mire las cuentas mañana —murmuró para sí, cerrando el libro y apartándolo a un lado.

Al ver el decantador de brandy en la esquina, Benjamín se levantó y se sirvió una copa; la hizo girar antes de dar un sorbo.

—Puedo hacerlo —se repitió una y otra vez mientras el brandy le iba encendiendo el cuerpo. No fracasaré.