Capítulo 4
S ofía dejó el libro y se incorporó despacio; la piel se le heló. Había supuesto que su primo estaría fuera durante un tiempo, pero su voz en el vestíbulo indicaba que había vuelto mucho antes de lo que esperaba.
Dejó el libro sobre la mesa y se desplazó con cautela al otro extremo de la estancia, preguntándose dónde podría esconderse. Su primo era persistente, como poco, y la única escapatoria de verdad era refugiarse en su alcoba.
—¿Sofía? ¿Dónde estás?
Su voz cantarina rezumaba regocijo, y a Sofía se le encogió el corazón de miedo. Malcolm estaba claramente borracho, lo cual no auguraba nada bueno. Siempre se volvía más lujurioso cuando había bebido demasiado.
¿Podría llegar hasta la puerta y, cuando la abriera, escabullirse junto a él y echar a correr hasta su cuarto?
Era lo único que quizá lo pillara por sorpresa, porque, incluso completamente borracho, Malcolm seguía siendo fuerte y rápido.
No quería verse acorralada en la biblioteca; en una ocasión anterior, cuando la encontró en el salón, había sacado una llave del bolsillo y cerrado la puerta para impedirle escapar.
Por suerte, no había reparado en la puertecita del lado izquierdo del salón, y Sofía había logrado escabullirse sin demasiada dificultad. Sin embargo, la biblioteca solo tenía una entrada, lo que significaba que, si intentaba hacer lo mismo allí, podría quedar atrapada fácilmente.
Se le revolvió el estómago. Se apresuró hacia la puerta. Su voz se acercaba. ¿Lograría esquivarlo?
Tengo que hacerlo , se dijo, decidida a no perder la cabeza ni ceder al pánico que le bullía dentro. Tengo que escapar.
—Leyendo otra vez, ¿verdad? —se burló Malcolm, ya al otro lado de la puerta—. ¡Claro, mi bella prima siempre con la cabeza metida en un libro!
Sofía se apretó contra la pared, esforzándose por no hacer ruido. Cerró los ojos y se obligó a mantener la respiración lenta y acompasada. En cuanto entrara, la puerta la ocultaría de su vista. Cuando diera unos pasos, dispondría apenas de un segundo para salir disparada hacia su cuarto.
El picaporte empezó a girar despacio. Al abrirse la puerta, Sofía contuvo el aliento.
Su primo entró; apenas vaciló al caminar.
Fuera como fuese, siempre lograba disimular hasta qué punto estaba borracho, aunque la voz solía delatarlo.
Lo había visto beber muchísimo y seguir en pie mientras sus amigos se desplomaban por sofás y sillones, incapaces siquiera de levantar la cabeza.
—¿Sofía? —llamó, con una mano aún en el picaporte—. ¿Dónde estás?
Tenía que moverse. Tenía que irse, ya, en cuanto él diera un paso adelante y soltara el picaporte.
Tomó aire deprisa y se lanzó hacia delante…
pero calculó mal el momento de salir. Chocó contra él con fuerza.
Malcolm trastabilló. Sofía oyó un gruñido al caer y salió corriendo de la estancia…
hasta que una mano le atenazó el tobillo.
Un alarido escapó de sus labios al perder pie, y dio con las manos en el suelo mientras intentaba no golpearse contra él.
—¿Adónde crees que vas con tanta prisa? —espetó Malcolm, llenándola de terror. Sabía lo que quería. Sabía lo que pensaba hacer en cuanto la tuviera agarrada. No le quedaba más opción que huir.
La mano le apretaba el tobillo con fuerza, pero ella lanzó una patada con el otro pie y oyó un crujido al golpear algo duro. Un aullido de dolor le llegó a los oídos. Siguió dando patadas, una y otra vez, hasta que, por fin, la soltó.
Las zapatillas se le quedaron atrás y echó a correr descalza hacia su cuarto, con el pulso rugiéndole en los oídos. Estaba casi segura de oírlo correr tras ella; sus gritos de frustración la acosaban pasillo adelante.
Levantándose las faldas todo lo que pudo, agradecida por el sencillo vestido de muselina que llevaba, Sofía subió las escaleras a toda velocidad.
Los insultos la seguían, cada vez más cerca.
La puerta de su alcoba estaba ya a solo unos pasos.
Oyó sus pisadas retumbando en la escalera.
Buscó a tientas la llave que llevaba colgada del cuello.
Los dedos le resbalaron sobre el metal al meter la llave en la cerradura y girarla deprisa.
En cuanto oyó el clic, abrió la puerta de un tirón, se deslizó dentro y la cerró de golpe.
Se le escapaba el tiempo mientras intentaba volver a meter la llave en la cerradura; tenía que dejarla bien cerrada si quería estar a salvo.
Le temblaban tanto los dedos que necesitó tres intentos hasta que la llave giró por fin.
Un fuerte golpe la hizo retroceder de la puerta. Su grito reverberó por la habitación. El terror le oprimió el corazón mientras él aporreaba la puerta con furia. El picaporte se sacudía una y otra vez… pero, para alivio suyo, la puerta aguantó.
—¡Vamos, Sofía! Me debes esto, ¿no? Me lo merezco por haberte acogido y haberte demostrado tanto afecto.
Sofía se tapó la boca con la mano, obligándose a no gritar.
Los golpes se volvieron más fuertes y violentos, y la puerta empezó a temblar.
Con la sensación de que debía asegurarla aún más para impedir que la echara abajo, Sofía arrastró una silla pesada hasta la puerta y la encajó bajo el picaporte.
Él debió de oír lo que hacía, porque alzó aún más la voz.
—Me has golpeado, Sofía, y te lo voy a devolver.
La voz adquirió un tono áspero que le provocó un escalofrío.
—Sal ahora y te juro que no será tan grave como pensaba al principio.
Apartándose despacio de la puerta, Sofía avanzó con pasos quedos hacia el fuego que ardía en la chimenea, agradecida de que, al menos, desprendiese algo de calor.
Echó unos cuantos troncos más sobre las brasas y se dejó caer sobre la alfombra carmesí de lana, cubriéndose los dedos de los pies con la falda del vestido.
Había hecho aquello muchísimas veces, sabiendo que no tenía nada que hacer salvo esperar.
Tarde o temprano, su primo se cansaría y la dejaría en paz, aunque seguramente no saldría de su cuarto hasta que lo viese marcharse a caballo a la mañana siguiente o partir en el carruaje.
Había creído que había salido a pasar la velada al baile de lady Jamison, pero debía de haber vuelto temprano sin que ella lo supiera.
Era culpa suya por haberse enfrascado tanto en el libro que estaba leyendo.
—No puedes esconderte eternamente, Sofía —le llegó la voz a través de la puerta—. Estaré esperando. Te lo prometo.
Sus pisadas pesadas indicaron que se marchaba, y el temblor que sacudía el cuerpo de Sofía empezó a remitir poco a poco al comprender que, por el momento, estaba todo lo a salvo que podía estar.
La mirada se le fue hacia algo que humeaba en un rincón y sintió que el corazón se le calentaba al ver la bandeja.
Era obra de la cocinera, y Sofía no podía estar más agradecida.
El servicio era su único consuelo en aquella vida de miedo.
Al vislumbrar su reflejo en el espejo, parecía una demente: mechones castaños se le habían escapado del moño habitual y se le rizaban sobre la frente sudorosa. El corpiño del vestido se le había quedado torcido tras la caída, y sus ojos avellana la miraban con desesperación.
Se alisó el pelo con las manos temblorosas, se arregló el corpiño, se puso en pie y se acercó a la bandeja.
La cogió, la llevó junto al fuego y paseó la vista por la tetera y la bandeja de pastelillos. La cocinera debía de haber oído llegar al señor y le había subido la bandeja a la habitación, sabiendo que pasaría el resto de la noche escondida. Sofía estaba profundamente agradecida.
Apretó los ojos con fuerza para contener las lágrimas. No tenía nada más que aquella vida, ni amigos ni conocidos cerca, nadie a quien recurrir.
Seguía sumida en la confusión horas más tarde, sentada en silencio ante el fuego moribundo, con los pensamientos embrollados.
El té estaba frío, los pastelillos habían desaparecido y solo le quedaba su propia sombra por compañía.
Un leve rasguño en la puerta dejó a Sofía rígida, hasta que oyó la voz de la cocinera susurrando a través de la cerradura.
Corrió a la puerta, se descolgó la llave del cuello y abrió; la cocinera, la señora Andrews, entró, la cerró a su espalda y le indicó por señas que volviera a echar la llave.
—Está rondando por los pasillos; he tenido que andar con cuidado —susurró la señora Andrews, escrutándole el rostro—. ¿Se encuentra bien, señorita?
Sofía esbozó una sonrisa.
—Sí, gracias. Y gracias por lo que me dejó.
La señora Andrews frunció el ceño.
—Solo lamento que la criada que envié para alertarla de que el señor había vuelto no llegara a tiempo.
—No pasa nada —respondió Sofía, volviendo a sentarse junto al fuego—. ¿Está segura de que no se expone viniendo aquí?
La señora Andrews se sentó frente a ella, con el rostro lleno de preocupación.
—Era importante decirle, señorita Carmichael, que su primo ha mandado llamar al herrero del pueblo.
—¿Al herrero? —preguntó Sofía, extrañada de que la mujer pareciese tan alarmada—. ¿Para qué?
La señora Andrews negó con la cabeza.
—Para poner una cerradura nueva en esta habitación.
El hielo le recorrió las venas.
—¿Una cerradura nueva? —susurró, aferrando con las manos los brazos del sillón—. Piensa…
—Sí —completó la señora Andrews cuando a Sofía se le apagó la voz—. Piensa obligarla, querida, de un modo u otro. Aquí nunca ha estado segura, pero a partir de mañana se quedará por completo sin refugio.
A Sofía se le quebró el aliento.
—¿Mañana? —exhaló, con el estómago encogido—. ¿El herrero viene mañana?
—Tiene que irse —dijo la señora Andrews con energía—. He venido a ayudarla.
—¡No… no puedo! —protestó Sofía, mientras el miedo se le iba enroscando por dentro y miraba con desvarío la pequeña habitación que había sido hogar y prisión desde que llegó a aquella casa—. ¡Aún no tengo adónde ir!
La cocinera se inclinó y le dio unas palmaditas en la mano.
—Tengo una hermana que trabaja en otra finca. Le escribí... Bueno, fue el ama de llaves quien lo hizo en mi nombre, porque a mí no se me da bien escribir cartas..., pero ya sabe que la espera. Tendrá que hacer noche a mitad de camino en una posada; llévese las monedas que tenga.
Sofía no supo qué decir, de pronto abrumada por la bondad de la señora Andrews.
—Le dará un puesto de criada. Ya sé que no es la condición que le corresponde por nacimiento —prosiguió la cocinera—, pero al menos le dará tiempo para pensar qué puede hacer. Aunque tendrá que seguir oculta. No creo que ese primo suyo vaya a renunciar a usted tan fácilmente.
—No… no sé cómo agradecérselo —susurró Sofía, con lágrimas a punto de brotarle—. Sin usted y los demás, a estas alturas ya estaría del todo a su merced.
La expresión de la señora Andrews se ensombreció.
—Un día recibirá su merecido, estoy segura. Pero ahora lo importante es que se aleje de este lugar. Vamos, querida. La ayudaré a hacer el equipaje.