Capítulo 3
—¿ Q ué quieres decir con que no sabes quién era?
Benjamín sonrió mientras uno de sus amigos lo miraba, boquiabierto.
—Exactamente eso. El mayordomo insiste en que anoche tuve a una dama a mi lado, pero, por más que lo intento, soy incapaz de recordar quién era exactamente.
—Típico —masculló su amigo lord Murton—. Eres demasiado atractivo, Harrington. Ese es tu problema.
Las risas corrieron por el corrillo antes de que los hombres siguieran discutiendo la posible identidad de la dama. Benjamín apenas escuchaba a medias; dejaba vagar la mirada por la pista de baile y por los invitados que la rodeaban.
Sabía que tenía un porte bastante gallardo y que había heredado los rasgos firmes y el pelo oscuro y liso de su padre.
Era cierto que, pese a carecer de título, las damas cuya atención buscaba no lo rechazaban, y no pudo evitar reírse del comentario envidioso de lord Murton.
Por lo visto, el hombre hacía tiempo que no tenía a nadie en la cama.
—¡Ah! —exclamó uno de sus amigos, lord Penn—. Creo que sé quién podría haber sido: anoche, en el baile, había una joven a la que no dejabas de cortejar.
—¿En el baile? —repitió Benjamín, frunciendo el ceño—. Creía que después fuimos a White's.
Lord Penn soltó una carcajada.
—¿A White's? ¡No, qué va! Santo cielo, Harrington, ¿cuánto llegaste a beber anoche?
—¿Quieres decir que no fuimos a White's?
Negando con la cabeza, lord Penn le dio una palmada en el hombro.
—No, no fuimos. Debes de estar pensando en la noche anterior.
Benjamín sacudió la cabeza, tratando de aclarar sus pensamientos.
Todas sus veladas transcurrían más o menos de la misma manera, así que no tenía nada de extraño que empezaran a fundirse en una sola.
Sus recuerdos de la noche anterior eran, en el mejor de los casos, borrosos, de modo que aceptó sin discutir la versión de lord Penn.
—Entonces —dijo, volviéndose hacia su amigo—, ¿quién era esa dama a la que estaba cortejando?
El rostro de lord Penn perdió de repente la sonrisa y sus cejas se fruncieron.
—Intentamos advertirte que te mantuvieras alejado de ella, pero te mostraste de lo más insistente.
Creí que habíamos logrado disuadirte, pero luego desapareciste y no volvimos a verte en toda la noche.
—Se encogió de hombros, como si fuera algo muy habitual que Benjamín desapareciera sin más—.
Supuse que te habías ido a casa, porque a esas alturas el baile ya estaba a punto de terminar.
—La dama —dijo Benjamín, con creciente frustración—. ¿Quién era la dama?
No tenía ni idea de qué estaba hablando Penn ni de por qué le habían advertido que se mantuviera alejado de ella, pero la forma en que daba rodeos lo estaba irritando sobremanera.
El ceño de lord Penn se acentuó.
—Creo que era lady Anna.
Ahora le tocó a Benjamín fruncir el ceño.
—¿Lady Anna? —repitió, negando con la cabeza—. No recuerdo ese nombre en absoluto.
Lord Penn soltó una risita, aunque no dejó de fruncir el ceño.
—¿Y por qué ibas a recordarlo? Si ni siquiera recuerdas haber estado acompañado de una dama anoche, no puede sorprenderte no acordarte de su nombre. Es la hija de lord Simons.
Benjamín negó con la cabeza y se giró para observar el salón de baile.
Apoyó los brazos en la barandilla pulida, de pronto aliviado de que estuvieran en el piso superior del salón de baile.
Así podía examinar mejor a todos los invitados sin tener que preocuparse de toparse con la misteriosa señorita Simons.
La sala de juegos quedaba justo a su espalda, llamándolo para que volviera a jugar.
—Creo que iré a jugar una partida de faro —murmuró, irguiéndose un poco.
—Así que vas a olvidarte de la dama, ¿no?
Benjamín asintió, tratando de ignorar la punzada de desasosiego que le golpeó de lleno en el pecho.
No era propio de él llevarse a la cama a una dama soltera.
Prefería a las viudas ricas que, como él, no tenían ningún interés en el matrimonio.
¿Habría hecho alguna estupidez, perdido en un mar de embriaguez?
—Probablemente sea lo más sensato —convino lord Penn, acercándose a su lado para mirar también el salón—. Porque estoy casi seguro de que lord Simons ya sabe lo que has hecho.
Benjamín se tensó de golpe al ver a un hombre mayor fulminándolo con la mirada desde abajo, con la cara roja de ira.
Jamás había visto a ese hombre, pero, por lo visto, él sí sabía quién era Benjamín.
A su lado había una joven que le tiraba del brazo como si intentara impedir lo que estaba a punto de hacer.
Benjamín la miró, frunciendo el ceño mientras reparaba en su rostro ovalado, su tez pálida, su cabello claro y sus ojos oscuros.
Era guapa, desde luego, pero no la recordaba en absoluto.
—Creo que vienen hacia aquí —dijo lord Penn en voz baja, con un punto de preocupación—. Quizá deberías irte, Harrington.
Lo mejor, por supuesto, sería marcharse, pero Benjamín ya no tenía escapatoria, porque el hombre y su supuesta hija ya subían por la escalera que él tendría que bajar para salir.
—Demasiado tarde —murmuró, pasándose una mano por la frente—. ¿Y ahora qué hago, Penn?
Penn se encogió de hombros y miró a su alrededor.
—Me temo que vas a tener que hablar con el hombre, Harrington, aunque, si quieres salir de esto con algo de dignidad, más te vale hablar con él en privado.
Cruzó a toda prisa el pasillo y probó el picaporte de una puerta cerrada. Esta se abrió y Penn asomó la cabeza un momento antes de volverse hacia Benjamín con un gesto de asentimiento.
—Diría que esto servirá —dijo, indicándole que entrara.
Consciente de que tenía muy pocas opciones, Benjamín entró en la pequeña sala y oyó cómo la puerta se cerraba a su espalda.
¿Podría esquivar al hombre por completo?
Apoyó la espalda contra la pared y aspiró hondo, con la esperanza de que la suerte estuviera de su lado.
Fuera lo que fuese lo que había hecho, estaba claro que era cosa seria.
Sin previo aviso, la puerta se abrió de golpe y el caballero, de rostro encendido, irrumpió en la estancia arrastrando a la joven consigo. Benjamín trastabilló al girarse para encararlo y vio a lord Penn entrar tras ellos y cerrar la puerta sin hacer ruido.
—¡Usted! —gritó el caballero, entrecerrando los ojos—. ¡Debería sacarlo fuera y pegarle un tiro aquí mismo!
Benjamín parpadeó y su mirada se desvió hacia la dama que estaba a la izquierda del caballero. Tenía las mejillas sonrosadas, pero lo miraba con tal embeleso que el desasosiego que sentía en el estómago no hizo más que extenderse.
—Le ruego me disculpe, señor —dijo, inclinándose en una reverencia—. Me temo que no he tenido el placer.
Por desgracia, sus serenas palabras surtieron el efecto contrario. Al hombre casi se le salieron los ojos de las órbitas mientras daba un paso al frente y le clavaba un dedo en el pecho a Benjamín.
—¿Cómo se atreve? —susurró en un tono amenazante—. No finja que no me conoce, lord Benjamín Harrington. ¡No me dejaré engañar!
—Me temo que es completamente cierto —intervino lord Penn, con apenas un deje de risa en la voz—. Harrington apenas sabe quién es usted, lord Simons.
—¡Entonces por qué ha entrado corriendo aquí! —exigió el hombre, sin apartar el dedo del pecho de Benjamín—. ¡Su culpabilidad es evidente!
—Como le he dicho —respondió Benjamín en voz baja—, no lo conozco, señor, ni conozco a esta joven, que supongo es hija suya.
Para su sorpresa, la muchacha soltó un jadeo y se llevó una mano a la boca; abrió mucho los ojos al mirarlo, y las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas como arroyos mansos.
—Lo lamento de veras —prosiguió Benjamín, frunciendo el ceño—. No pretendo causarle angustia.
No tenía intención de herirla, pero tampoco creía que una mentira le sirviera de ayuda en ese momento.
El caballero que tenía delante pareció algo desconcertado y por fin retiró la mano del pecho de Benjamín.
—Se llevó a mi hija, lady Anna, a su cama —dijo despacio, mientras sus ojos penetrantes lo escudriñaban—. Que abandonara el baile sin su acompañante es un asunto completamente distinto, pero siempre ha sido una muchacha sincera.
Su mirada se clavó en él y apretó los labios mientras fulminaba a Benjamín con la vista.
—Me lo ha contado todo y estoy aquí para exigir una reparación.
Benjamín, desconcertado, dejó que su mirada se desviara hacia lady Anna. ¿Era esta la dama a la que había llevado a su cama? ¿Una debutante soltera e inocente? ¿Cuándo se había vuelto tan estúpido?
—Intentó llevársela a la cama —continuó lord Simons, ahora con la voz temblorosa de ira—. Por fortuna, estaba demasiado borracho para hacer otra cosa que quedarse dormido, pero eso no quita la vergüenza que ha cargado sobre los hombros de mi hija.
—¿Y sabe todo esto porque ella se lo ha contado? —intervino lord Penn, enarcando las cejas.
Lord Simons asintió, sin apartar la vista de Benjamín.
—Me lo ha contado todo y estoy aquí para exigir una reparación.
—¿Quiere casarla con Harrington? —preguntó lord Penn, con una risa en la voz—.
¿Con Harrington, de sobra conocido por ser un libertino y un calavera?
—Negó con la cabeza cuando Benjamín le lanzó una mirada—.
Vamos, lord Simons, sea razonable. Aunque lo que dice sea cierto, su hija merece algo mejor que Harrington.
A Benjamín se le encogió el estómago al ver que la muchacha rompía a llorar otra vez.
—¿Dice que no la toqué? —preguntó en voz baja, y vio que el hombre asentía con brusquedad—.
Entonces seré sincero con usted, lord Simons, y le diré que no recuerdo haber estado en compañía de su hija anoche y que, además, lo que dice lord Penn es del todo cierto: no soy una buena elección como marido.
—Esbozó una sonrisa irónica al ver que lord Simons se desconcertaba un poco—. ¿Qué otra reparación busca?
Lord Penn sonrió y se recostó con indolencia contra la pared.
—Lord Simons, ¿alguien más sabe de la excursión nocturna de su hija?
—Bueno, los criados —masculló el hombre, mientras se alejaba poco a poco de Benjamín—. Dado que regresó a casa con el aspecto bastante revuelto, después de haber tenido que caminar de madrugada desde su casa hasta la nuestra en la ciudad.
A Benjamín se le hizo un nudo en el estómago al fijarse en las pálidas facciones de la joven, con las mejillas aún húmedas por las lágrimas derramadas.
Nunca había pretendido hacer una necedad semejante, y seguir negándolo no hacía sino aumentar su culpa.
Si alguien descubría lo que había hecho, su reputación quedaría total e irremediablemente arruinada, mientras que él seguiría haciendo cuanto le viniera en gana, sin que rumores ni chismorreos le pusieran freno.
De repente, las palabras de su madre volvieron para atormentarlo, añadiendo más peso a su culpa.
Estás cubriendo de vergüenza a nuestra familia .
—Lord Simons… lady Anna —dijo, bajando la mirada un instante—. Lo lamento de veras si lo que dice es cierto. No miento cuando le digo que anoche estaba totalmente ebrio y que no recuerdo nada de lo que ocurrió.
—Eso es…
Benjamín alzó una mano para acallar el arrebato de lord Simons.
—Por favor, milord —dijo en voz baja—. Lo que iba a decir es que tiene toda la razón al buscar algún tipo de reparación, pero no creo que un matrimonio precipitado sea lo más conveniente, dada mi reputación.
Los ojos de lord Simons brillaron, pero no puso objeciones.
—Entonces, ¿qué sugiere?
—Hay que ordenar a sus criados que no cotilleen, so pena de despido —dijo Benjamín con firmeza—. Además, añadiré cuanto pueda a la dote de lady Anna... con discreción, por supuesto, para que pueda encontrar un marido digno.
Estaba seguro de que no era lo que el hombre buscaba, pero Benjamín sentía que no podía hacer nada más.
Para su enorme sorpresa, lord Simons no tardó mucho en considerar la situación y mencionó una cantidad de dinero que hizo que Benjamín hiciera una mueca.
No era una suma que pudiera reunir por sí solo, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Tampoco podía negarse sin más, visto lo que a todas luces había hecho, así que acordaron un precio, se estrecharon las manos y Benjamín se quedó preguntándose cómo iba a explicarle algo así a su padre.