Capítulo 19
Lorella bajó las escaleras y vio a Andrea sentado a una de las mesas del restaurante, saboreando un espresso . Tenía un periódico abierto delante de él. Al oírla, levantó la vista.
—Se acercan las elecciones locales. Ya empieza otra vez todo este cabaret. ¿Por qué no nos dejarán en paz? Si por mí fuera, dejaría que el único y verdadero ganador se decidiera en una lucha de hombres honrada en el Coliseo.
Lorella se echó a reír. —¿Con el reparto original? ¿Tigres, leones, gladiadores?
Andrea apartó el periódico. —Solo podría pasarles a las personas adecuadas.
Lorella sonrió. —¿Dónde está Letizia?
—En el jardín. El sistema de riego se ha puesto en huelga otra vez.
—¿Y ella quiere arreglarlo? —Lorella miró a Andrea desconcertada.
Él restó importancia al asunto con un gesto. —Ya sabes cómo es. No se puede gastar dinero en operarios. Me ha echado a la primera vez que me he pillado el pulgar. ¿Qué se le va a hacer?
Lorella negó con la cabeza. —Nada —pensó un momento y luego se aclaró la garganta—. ¿Andrea? ¿Puedo preguntarte algo?
— Certo .
—¿Sabes qué fue del padre de Pasquale? ¿Está bien? ¿Se ha recuperado?
Su cuñado la miró fijamente durante un largo rato.
Luego se terminó el café de un trago. —Está bien.
Bueno, ha salido adelante, digámoslo así.
Necesita un andador. Pero se compraron una casita hace unos años.
Eso está bien. Creo que le ha hecho muy feliz.
No es lo mismo que la granja que tenían, por supuesto, pero...
—Se interrumpió—. ¿Por qué lo preguntas?
Lorella se encogió de hombros. —Solo por saberlo.
—¿Va todo bien entre Pasquale y tú? Si es que le permites esta pregunta a tu viejo cuñado. —Le dedicó su sonrisa más encantadora, una tan eficaz que podría haber derretido icebergs.
—Mi viejo cuñado es también mi cuñado favorito, ¿qué te parece?
—Me siento honrado, cara . Sobre todo teniendo en cuenta que tienes un sinfín de cuñados. —Él sonrió.
Lorella miró la taza de café vacía y suspiró. —Bueno, Pasquale y yo... no lo sé. Es difícil. Le sugerí que podíamos ser amigos. Pensé que eso sería... ya sabes. Maduro o algo así. —Esbozó una sonrisa forzada.
—Maduro o algo así... —repitió Andrea, asintiendo pensativo—. Intento noble.
—Él no estaba interesado. En fin, es complicado.
—Siempre lo es.
—Creo que es mejor no cruzarse en su camino. Él tiene su propia vida y... una prometida.
Andrea frunció los labios. —Mmm.
Lorella lo miró intensamente. —¿Mmm? ¿Qué significa eso? ¿Mmm?
—Nada. La gente habla, ¿verdad, eh ?
—¿Habla de qué?
—De todo.
—¿Podrías ser un poco más específico?
Andrea le guiñó un ojo. —¿Qué decías eso de «no cruzarse en su camino»?
Lorella dirigió la mirada al techo y respiró hondo.
Luego volvió a mirar a Andrea. —¡No es tan sencillo!
Primero me habla Emilia y luego Renata. Por lo visto, todo el mundo piensa que soy la persona perfecta a la que acudir para hablar de Pasquale.
Y, sin embargo, no tengo ni idea de quién es a día de hoy.
Ha crecido. Puede que sea otra persona, no tengo ni la menor idea.
—Claro que la tienes. —Andrea se levantó, rodeó la mesa y le puso una mano en el hombro—. Y tú también has crecido. —Luego cogió la taza y se fue con ella a la cocina.
—Díselo a ella —murmuró Lorella y se dio la vuelta. Miró por el pasillo que conducía a la entrada lateral y al jardín que había detrás de la casa.
Se levantó y salió fuera. Nada más cruzar el umbral, oyó a Letizia hablando sola con frustración mientras estaba a cuatro patas en un parterre de hierbas aromáticas.
—¿Puedo ayudarte?
—No —respondió ella bruscamente sin volverse.
—Pues parece que te vendría bien un poco de ayuda.
Entonces Letizia miró brevemente por encima del hombro, se incorporó y se apoyó contra el muro de piedra que rodeaba el jardín. Se apartó un mechón de pelo de la frente, manchándose la cara de tierra en el proceso.
—¿Y ahora te has vuelto experta en reparaciones de repente?
Lorella se acercó a su hermana y se agachó a su lado. —¿Podemos olvidar nuestra discusión en la cocina?
—No sé de qué me hablas.
—¿Quién de las dos se está portando de forma infantil ahora?
Letizia esbozó un amago de sonrisa. —Vale, de acuerdo. Pelillos a la mar. Siento lo que dije.
—No hace falta que lo sientas. Después de todo, no te faltaba razón.
—No, no me faltaba. Pero... uno debería dejar el pasado en paz. Veo que te estás esforzando por acercarte a mí, Lollo. Eso es muy... —Se interrumpió.
—¿Bonito? —le ayudó Lorella.
—Iba a decir que es inusual.
Lorella sonrió. —Pues acostúmbrate. Porque no pienso rendirme hasta que por fin te des cuenta de quién puedo ser. Para ti. Y para todos vosotros. Seguís siendo mi familia, aunque no viva aquí con vosotros.
—Lo sé. Es bueno que por fin tú también lo veas así.
—Las cosas buenas llevan su tiempo. Y ahora dime qué le pasa a ese trasto de ahí.
Letizia suspiró. —No se enciende. O... se enciende, pero no sale agua.
—¿Has limpiado el filtro con regularidad?
—Sí.
—¿Tenéis un filtro de anillas?
—Pues... no tengo ni idea. —Letizia la miró con atención—. ¿Cómo sabes esas cosas?
—Formación en floristería. ¿Lo habías olvidado?
—Sin título. ¿Lo habías olvidado tú ?
Lorella se incorporó y le tendió la mano a Letizia para ayudarla a levantarse también.
Luego le limpió la tierra de la frente a su hermana.
—Incluso sin título aprendí bastante. Además, siempre me ha gustado trabajar en la naturaleza y en jardines.
Y hace poco ayudé a Pepe con el sistema de riego del hotel.
—¿El conserje Pepe? ¡Pensaba que se había jubilado!
—Lo ha hecho. Pero sigue viniendo a cada momento y refunfuña por todo lo que hace el nuevo conserje de Emilia.
Letizia se echó a reír. —Sí, ya me lo imagino.
Lorella llevó a Letizia hasta el pequeño banco de madera que había junto a la puerta del jardín y después inspeccionó las distintas partes del sistema de riego. Lo encendió y lo apagó de nuevo para comprobar si se escapaba agua por algún sitio.
—¡Ajá! —exclamó.
—¿Ajá? —preguntó Letizia.
—Mira allí, justo al lado de la entrada de agua. Ahí es donde está el agua.
—Pero me hace falta en la... ¿cómo se llama?
—Manguera de goteo. Probablemente haya una fuga por allí, es fácil de arreglar.
—¿Por un operario? —Lorella prácticamente pudo sentir la aversión en las palabras de Letizia y se echó a reír a carcajadas.
—No, por mí.
—¿Tú sabes hacer eso?
—Sí. Solo necesitamos un cúter y algo de cinta americana. Quizá también un manguito, seguro que tienes alguno en el cobertizo, siempre vienen con esas cosas. No te preocupes, estará listo en un periquete. Yo me encargo.
Letizia permaneció sentada con aire dubitativo.
—En serio. Yo me encargo —le reafirmó Lorella—. Vete a la cocina a hacer lo que te gusta. No ayudas a nadie si te cortas un dedo. ¿Quién se supone que calmará nuestra hambre entonces?
Una sonrisa cariñosa se dibujó en los labios de Letizia. Se levantó y se dirigió a la puerta. Se detuvo un instante allí y se volvió una vez más. Había un toque de admiración en su mirada. —Gracias, Lorella.
—De nada, Letizia.
Más tarde, Lorella estaba en el Bistro Romantico de Mariella escuchando sus explicaciones.
—A menudo hacemos cenas cóctel —explicaba Mariella mientras se movía de un lado a otro de su local, ahora ajustando una copa por aquí, luego colocando una silla en su sitio por allá—.
Es donde los aperitivos se colocan en bandejas y los camareros los llevan de mesa en mesa, y cada invitado puede probar lo que quiera.
Pero por suerte para ti, hoy no vamos a hacer eso.
Lorella miró a su alrededor. —¿Por suerte para mí?
—Sí. Es bastante agotador para los camareros.
Hoy hay un menú de gala normal de cinco platos.
Pero eso no significa que vaya a ser aburrido.
Todos los platos tienen que salir al mismo tiempo, o al menos casi al mismo tiempo.
Celio le da mucha importancia a eso, y es vital que trabajemos con agilidad.
—A Celio no le gusta que lo pinten como un tirano —oyó que él gritaba riendo desde la cocina, y ella tuvo que sonreír.
—¡Nadie te está pintando como un tirano! —respondió Mariella. Luego se inclinó hacia Lorella y añadió en voz baja—: Pero como no vayamos lo bastante rápido, se pone a servir él mismo, y eso no puede ser porque se supone que tiene que estar en la cocina.
Celio estaba en el gran pasaplatos. —No sé qué está diciendo ahí, pero soy mucho más amable de lo que ella me pinta.
Mariella se dio la vuelta. —Eres el chef, te quedas en la cocina.
—No tenía intención de hacer lo contrario.
—¡La última vez empezaste a sacar platos!
—Porque alguien tenía una duda sobre mi menú y pensé que, de paso, llevaría un par de cosas fuera. Eso se llama trabajar de forma eficiente.
Lorella se apoyó en una mesa, se cruzó de brazos y observó divertida el pequeño intercambio entre la pareja. Ambos sonreían mientras lo hacían, guiñándose el ojo como si disfrutaran mucho con sus burlas.
—Eso se llama exceso de autoridad, querido —declaró Mariella, poniéndose las manos en las caderas—. Y cuando las cebollas caramelizadas casi se queman y me tomé la libertad de darles una vuelta, te pusiste hecho una fiera.
—No me puse hecho una fiera, y tampoco se quemó nada. Se supone que tienen que estar muy oscuras, de lo contrario no se aprecian las notas amargas, y resulta que esas eran muy importantes para el plato. Eso, amore , sí que fue exceso de autoridad.
Mariella soltó una carcajada alegre, le hizo una seña a Celio para que volviera a la cocina y le lanzó un beso. Luego se volvió hacia Lorella. —Es un cabezón —dijo sonriendo.
—Sois adorables.
Mariella hizo un gesto de restar importancia y no insistió más, pero Lorella pudo ver que aquellas palabras la habían complacido. Le hizo un gesto para que la siguiera. —El menú está en las pizarras pequeñas que encontrarás en cada mesa. Es la letra de Celio, no la mía.
Lorella admiró las letras regulares y de finas curvas y asintió con aprecio.