Capítulo 10 #2
—Sabe distinto al de Letizia —dijo Lorella, tomando otro bocado.
—Yo no utilizo solo jamón curado, sino también carne de salchicha cruda de la paleta de cerdo, que mezclo con la ternera picada —comenzó a sermonear Giampaolo, mientras contemplaba su pastel de carne con una mirada tierna—.
Y en la receta original solo usas parmesano para la cobertura, pero yo utilizo un toque de Cacio Rosso .
Tiene un sabor muy intenso con un regusto ligeramente amargo.
Combina de maravilla con la salsa de tomate dulce.
Lorella asintió y siguió comiendo. —Emilia me dijo que eras un cocinero excepcional. Ahora sé a qué se refería.
— Grazie —dijo Giampaolo con dignidad—. ¿Y tú?
Lorella lo miró con las mejillas llenas, masticó, tragó y preguntó: —¿A qué te refieres?
—¿Qué eres tú ?
—Eh...
Aquella era una buena pregunta, para la que Lorella no tenía una buena respuesta. O al menos ninguna respuesta que pudiera satisfacer a Giampaolo en pocas palabras. ¿Qué era ella? ¿Una trotamundos? ¿Una trabajadora eventual de espíritu libre?
—Una vez hice una formación como florista —dijo, optando por la respuesta más sencilla.
—Me acuerdo. Pero ¿qué significa eso? ¿Que lo hiciste una vez?
—No lo terminé.
—Claro que no. Te limitaste a huir. ¿Por qué lo hiciste?
Lorella se encogió de hombros, terminó lo que quedaba del pastel de carne y luego se recostó.
No tenía ganas de discutir las decisiones de su pasado con Giampaolo.
Además, él sabía muy bien lo que había pasado entonces.
Todo el mundo lo sabía. La muerte de su madre, el aislamiento emocional y general de su padre, y las dos pobres hijas habían sido el principal tema de conversación en el pueblo durante semanas.
Aunque Giampaolo viviera más a las afueras, era impensable que no se hubiera enterado de nada.
—Bueno, me parece justo —dijo Giampaolo, como si ella hubiera expresado todos aquellos pensamientos en voz alta y él mismo hubiera llegado a la conclusión de que no había nada más que discutir—.
¿Así que ahora eres un'addetta alle pulizie ?
—Su mirada se dirigió a sus manos, y ella prácticamente podía verlo recordando la devoción con la que había trabajado en su jardín.
—No soy limpiadora, solo estoy ayudando a Emilia.
— Ah, sì, comprendo —dijo él, aunque evidentemente no comprendía nada en absoluto—. ¿Y después?
—Aún no lo sé.
Las pobladas cejas de Giampaolo se juntaron, y Lorella pudo ver por su mirada irritada que le costaba leerla. —Tú vienes de una generación distinta, Giampaolo. Hoy en día todo es un poco diferente.
—Bastante cierto. No me atrevería a juzgar tu vida, sorellina .
Pues es evidente que lo harías...
—Me alegra oírlo.
—Si eres feliz así, sola, sin un hogar, sin raíces, sin estabilidad, entonces estás en tu derecho de vivir así.
Lorella estuvo a punto de replicar con un inevitable e indignado «¡No estoy sola!
», pero Giampaolo ya se estaba levantando de su silla entre gruñidos.
Lorella se puso en pie de un salto para ofrecerle un brazo donde apoyarse, pero Giampaolo ignoró el gesto.
Ella lo acompañó de vuelta a la cocina. —Me parece genial que sigas cocinando —afirmó con amabilidad.
Giampaolo se giró. —¿Qué quieres decir con eso de «sigas»?
—Eh... ya sabes. A tu edad.
—Soy chef. Esa clase de cosas no se dejan por el hecho de jubilarse.
—Bien por ti.
—¿Qué?
—Que hayas encontrado un trabajo que te llene tanto.
Giampaolo asintió escuetamente. —Todo el mundo debería tener uno.
—Le lanzó una mirada significativa, luego sus ojos bajaron a sus manos y volvieron a sus ojos—.
Puedes venir a mi jardín siempre que necesites un lugar para retirarte, Lollo.
—Antes de que ella pudiera darle las gracias, él volvió a entrar en la cocina.
Lorella lo miró alejarse con gratitud y luego se dirigió por el pasillo hacia el vestíbulo.
Justo cuando iba a doblar la esquina hacia la entrada principal, vio a Pasquale y a Renata en recepción y se quedó petrificada.
Renata tenía los ojos entrecerrados y Pasquale gesticulaba con una determinación feroz que ella nunca le había visto.
No podía oír lo que se decían, pero era obvio que no estaban precisamente intercambiando cumplidos.
Lorella se quedó allí indecisa, pero cuando Pasquale se apartó del mostrador y giró un poco en su dirección, ella se sobresaltó violentamente, dio media vuelta y huyó por el pasillo.
Seguía sin saber cómo procesar lo que había oído. ¡Pasquale estaba prometido!
Pasquale. Está. Prometido.
Se lo repetía para sus adentros mientras ponía metros y más metros de distancia entre él y ella, pero el significado de aquellas palabras no terminaba de calar.
Por eso mismo, no sabía cómo lidiar con ello.
Lo único que sabía era que un breve vistazo a la nuca de Pasquale bastaba para que se le encogiera el corazón.
No entendía qué le estaba pasando. Nunca habría esperado que un encuentro con él tuviera el poder de descolocarla de tal manera.
Por supuesto que se había acordado de él una y otra vez durante todos esos años, quizá hasta hubiera soñado con él.
Pero lo había archivado como recuerdos normales de tiempos hermosos.
No lo había echado de menos. No había echado de menos su vida en la Toscana.
¿Por qué, se preguntaba ahora, mientras corría hacia el otro extremo del hotel solo para evitar tropezar con él, se sentía de pronto tan impotente?