Capítulo 6 #3
Y tanto que lo he visto , pensó ella, pero Pasquale era el menor de sus problemas ahora mismo. —Mi cuenta está vacía —dijo sin rodeos, incapaz de pensar en otra cosa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Letizia.
Lorella suspiró y unas lágrimas de desesperación asomaron a sus ojos. Se tapó la cara con las manos, queriendo ocultar su debilidad ante su hermana. Pero, por supuesto, Letizia se puso a su lado, la abrazó y le acarició el pelo como a una niña pequeña hasta que se calmó de nuevo.
—Eran todos mis ahorros —dijo, apartándose un poco de Letizia. Cogió una servilleta y se secó los ojos.
—¿Tienes todos tus ahorros en una sola cuenta? —preguntó Letizia con evidente tono de duda.
Lorella le lanzó una mirada de advertencia. —No soy precisamente rica, Letizia.
—Yo tampoco. Pero aun así tengo varias cuentas, aunque solo sea por razones fiscales.
—Pues yo no. Tengo una cuenta. Trabajo, ahorro, viajo. Luego empiezo de nuevo. Así es como vivo. Acéptalo. —No quería hablarle mal a su hermana; no era culpa de Letizia—. Perdona —murmuró.
—Ahora cuéntame qué ha pasado realmente.
—He estado en el banco. Mi cuenta está vacía. Todo el dinero ha desaparecido.
—Sí, pero... ¿cómo? No le habrás dicho a nadie tu número secreto, ¿verdad? ¿O lo has escrito en algún sitio? No se debe hacer eso.
Lorella puso los ojos en blanco y reprimió un bufido.
—Solo pregunto —añadió Letizia a la defensiva.
—No, no lo he hecho.
—¿Te han hackeado la cuenta?
—No. El dinero se retiró en efectivo.
—Entonces alguien tenía tu tarjeta —concluyó Letizia.
Lorella negó con la cabeza pero, a mitad del gesto, se dio cuenta de que eso era exactamente lo que había pasado.
Había trabajado en el bar todos los días durante dos semanas, desde la tarde hasta altas horas de la noche, antes de volar aquí.
Como siempre, había dejado el bolso en la oficina que hay detrás de la barra.
En esa oficina tan extremadamente abierta y accesible , como comprendió dolorosamente en aquel momento.
Por supuesto, Stevie, el dueño del bar, solía estar en la oficina, pero lo mismo ocurría con todos los demás camareros, además de las dos limpiadoras y los repartidores de bebidas.
Cualquiera, absolutamente cualquiera, podría haber cogido su tarjeta.
Sobre todo Noel, un artista callejero del East End que solo llevaba unas semanas trabajando en la barra y al que había conocido hacía dos meses.
Ella le había conseguido el trabajo. Le había dado acceso a su piso y a su cama, y quizá un poquito a su corazón.
—Noel —susurró, volviendo a esconder el rostro entre las manos.
—¿Qué? —preguntó Letizia, volviendo a pasarle el brazo por los hombros.
—Mi... mi novio —balbuceó Lorella entre sus manos—. Aunque, bueno, no era nada serio, la verdad...
—¿Tienes novio?
Lorella bajó los brazos, cogió la servilleta más cercana y se sonó la nariz con fuerza. —Probablemente ya no.
Una mirada de reojo al rostro concentrado de Letizia le indicó que estaba atando cabos. —¡¿Tu novio te ha quitado el dinero?!
—Eso parece. Tuvo la oportunidad.
—Pero... ¿cómo consiguió...? ¿Entonces sí que le diste tu clave?
—Está en un trozo de papel dentro de mi monedero.
Ahora Letizia se levantó de un salto. —¡Lorella! ¡Eso es...! ¡¿Cómo puedes ser tan insensata , ingenua y descuidada ?!
Lorella dejó colgar la cabeza. Ahí estaba otra vez, su sustituta materna con la voz de regañina que la había acompañado durante media infancia.
Lorella no discutió. Diez o quince años atrás lo habría hecho, y el resultado habría sido una bronca monumental entre las hermanas.
Pero Letizia tenía razón. La Lorella adulta lo sabía.
Le daban ganas de darse bofetadas a sí misma, pero ¿de qué serviría?
Un golpe seco la sacó de sus dolorosos pensamientos. Letizia había tirado un teléfono móvil sobre la mesa.
—¿Qué se supone que haga con esto?
—Llámalo.
—¿A quién?
—A ese... a tu... ¡a ese bastardo!
Las cejas de Lorella se arquearon. —¿Para qué? ¿Para pedirle amablemente que me devuelva el dinero? ¿Quién es la ingenua ahora?
—Al menos inténtalo.
—Noel no tiene teléfono. Es artista.
—¿Perdona?
—Que no tiene telé...
—¡Lorella! —la interrumpió Letizia irritada.
Oír su nombre completo de boca de Letizia en lugar del apodo cariñoso que Lorella no soportaba fue casi peor en aquel momento.
Lorella levantó la vista hacia su hermana con sentimiento de culpa.
Letizia apretó sus labios, habitualmente hermosos, carnosos y sonrientes, con tanta fuerza que parecían una línea blanca en su rostro.
Lorella se encogió, esperando recibir la siguiente bronca, bien merecida.
Pero Letizia se limitó a negar con la cabeza, se dio la vuelta y regresó a la cocina.
Supongo que entonces no hace falta que te pida que me prestes dinero , pensó Lorella, incapaz de asimilar la magnitud de lo ocurrido.
—¿Qué hago ahora? —preguntó, mirando el crucifijo de madera que colgaba sobre la entrada de la cocina. Al no recibir respuesta, volvió a ocultar el rostro entre las palmas de las manos y empezó a llorar.