Capítulo 6 #2
Y de pronto su mirada cayó en una foto enmarcada de un equipo de fútbol infantil. —¿Eres tú el de la foto? —preguntó.
Él se giró y miró el cuadro en la pared.
—Sí. Entreno a los chicos. —Quitó la foto de la pared, la miró con una ternura que casi hizo que el corazón de Lorella se rompiera y se la entregó.
Lorella se quedó mirando al Pasquale de gran sonrisa a la derecha de la imagen.
Estaba radiante de orgullo ante la cámara, como si los chicos a su lado acabaran de ganar la Copa del Mundo—.
¿También Mario y Rocco? —preguntó Lorella, buscando a sus sobrinos en la imagen.
—Hasta hace unos años, sí. Entreno a los pequeños. Rocco y Mario ya son demasiado grandes para mí. —Recuperó la foto de sus manos—. Y demasiado fuertes. —Le guiñó un ojo.
Antes de que pudiera formular otra pregunta, Pasquale tomó las riendas de la conversación.
—¿Y tú? ¿Dónde vives ahora mismo?
—En Londres.
Pasquale asintió y su expresión pareció decir algo como: Eso también te pega. —He oído que has venido de visita unas cuantas veces en los últimos años.
—No muy a menudo.
—Entonces es que nunca nos cruzamos.
—No. —¿Por qué estaba siendo tan monosilábica? Hundió los dedos en el bolso para evitar tirar con nerviosismo de su ropa o de su pelo.
—Me estabas evitando. —Fue una afirmación, no una pregunta. Sin embargo, no había reproche en sus palabras, solo comprensión.
Lorella negó con la cabeza. —No conscientemente. Era verdad. Nunca lo había evitado exactamente. Más bien se había escondido en casa de su hermana cada vez que estaba allí, diciéndose a sí misma que no era por Pasquale, sino simplemente porque quería pasar el mayor tiempo posible con su familia.
—En cualquier caso, me alegra verte.
Allí estaban, como dos viejos conocidos, intercambiando cortesías y una charla algo torpe.
No parecía natural. Simplemente, no estaba bien.
Hubo un tiempo en la vida de Lorella en el que no habría podido imaginar la vida sin Pasquale.
Durante años habían estado unidos como dos imanes, compartiendo la sensación de que no podían existir el uno sin el otro.
Y ahora estaban frente a frente como dos extraños, tan distanciados por el tiempo y por todo lo ocurrido que bien podrían haber estado en planetas diferentes.
—Y a mí —dijo Lorella después de un rato—. ¿Así que al final sí hiciste las prácticas en el banco? —preguntó sin venir a cuento. No se le ocurría nada mejor que decir.
Pasquale asintió brevemente. Era evidente que prefería no decir nada más sobre el tema, y Lorella lo comprendía perfectamente. Aquello había sido un punto de fricción entre ellos en el pasado, y ni ella ni él tenían ganas de revivirlo. Sacó la cartera. —Mi tarjeta no funciona.
Pasquale asintió y le cogió la tarjeta de crédito. Dejó el documento de identidad donde estaba. Se giró hacia el ordenador y empezó a escribir. Con cada minuto que pasaba, su expresión se volvía más seria. Aquello puso nerviosa a Lorella. Él volvió a mirarla.
—Tu límite de descubierto es de dos mil euros —dijo.
Ella asintió.
—Lo has alcanzado.
Lorella se quedó helada. Sintió que la sangre se le retiraba del rostro. Eso era imposible. Absolutamente imposible.
—No —logró articular con voz átona.
—Sí. Lo veo aquí. —Giró la pantalla hacia ella con gesto significativo.
Lorella se quedó mirando la pantalla, pero los números y las letras se emborronaron ante sus ojos. No era posible. Había revisado su cuenta unos días antes de volar. Había varios miles de euros en ella. —Yo... —empezó, pero no continuó.
—¿No has mirado el saldo a través de la aplicación?
Lorella negó con la cabeza. —No tengo nada de eso.
—¿Una aplicación bancaria?
—No.
—A través de la banca por internet, entonces.
—No me sé mi contraseña de memoria —dijo Lorella con voz monótona.
Pasquale se aclaró la garganta y le devolvió la tarjeta a Lorella. —La tarjeta funciona; lo que pasa es que tu cuenta está vacía.
Sí, eso ya lo había entendido. Lo que no entendía era cómo había podido suceder.
—Si no tienes aplicación ni acceso a la banca por internet, un ataque de piratas informáticos queda casi descartado —continuó explicando Pasquale—. ¿Has dejado la tarjeta desatendida? ¿O le has dicho a alguien tu número secreto?
Lorella negó con la cabeza, incapaz de responder. Se sentía entumecida.
—¿Las retiradas de la semana pasada las hiciste tú?
Lorella intentó recordar, intentó comprender qué estaba pasando. —¿Retiradas?
Pasquale volvió a mirar la pantalla. —Varias retiradas por el importe de tu límite diario hasta que se alcanzó el límite de crédito. Un total de ocho mil quinientos cuarenta euros.
Lorella cerró los ojos, frunció el ceño y se apretó los nudillos contra la frente. No, no, no. Era imposible. ¡Y precisamente delante de Pasquale! —Yo... ¿qué debería hacer ahora? —preguntó en voz baja.
—Bueno, antes de nada, sería importante considerar si...
Ella levantó la mano y Pasquale se interrumpió de inmediato. Respiró hondo varias veces, intentando poner orden en sus torbellinos de pensamientos e ignorar el hecho de que Pasquale la miraba con lástima. ¿O eran solo imaginaciones suyas?
Tenía que despejar la mente. Y allí era imposible, bajo la mirada escrutadora de Pasquale.
—Tengo que irme —dijo ella, guardó su tarjeta y su documento de identidad, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Se detuvo allí un momento—. Gracias, Pasquale. Ha... ha sido un placer verte. —Antes de que él pudiera responder, ya había salido por la puerta.
Vagó sin rumbo por Camaiore, con el cerebro convertido en un gran interrogante, hasta que finalmente sus piernas la llevaron a casa de Letizia como por voluntad propia.
La osteria acababa de abrir y ya habían llegado los primeros clientes para un almuerzo temprano.
Lorella ignoró tanto sus saludos como sus miradas, entró en la casa y se desplomó en la primera silla que encontró.
Andrea salió de la cocina. Llevaba en una bandeja dos cuencos humeantes de minestrone en equilibrio.
— Ciao , Lorella. ¿Hambrienta?
Ella negó con la cabeza, con la mirada fija en la mesa. Un momento después, su hermana estaba sentada frente a ella. —¿Qué te pasa, Lollo? Parece que hayas visto a un fantasma.