Corazones en Boise XXVIII
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Lo mejor está por llegar

Al día siguiente, aprovecharon para ir a Bilbao y formalizar la petición de residencia de Mitch. Entonces, tuvo constancia de que, al ser nieto de un ciudadano español, podía reclamar la nacionalidad por filiación.

Fue allí, en capital vizcaína, donde él probó por fin el famoso bollo de mantequilla, la carolina y el pastel de arroz. Las caras de satisfacción y los consiguientes ruidos de placer culinario que emitía Mitch cada vez que cataba uno de aquellos pasteles hicieron reír a Haizea durante días.

Durante las jornadas posteriores visitaron Gernika, Bermeo, Elantxobe, Lekeitio y Ondarroa, pero lo que más le impresionó a Mitch fue San Juan de Gaztelugatxe, aunque solo pudo apreciar el enclave desde lejos por culpa de las listas de espera para acceder a una de las localizaciones más famosas de Juego de tronos.

De vuelta a Mundaka, y tras conocer que sus maletas habían terminado en Düsseldorf y que tardarían casi un mes en devolvérselas, Mitch decidió comprarse algo de ropa.

Cuando regresó al hotel, Haizea no pudo evitar una carcajada al ver la camiseta sin mangas de colores chillones, las bermudas con estampado de palmeras y las chanclas que lucía.

—Pareces un surfero —rio ella.

—Pues todo esto me ha costado bastante. No había otra cosa en esa tienda de surf. Hasta que recupere las maletas no me queda otra que vestirme así.

—No te queda mal del todo —bromeó, admirando su bíceps.

Él se sentó a su lado junto al balcón de la habitación del Zure Etxea y se dio cuenta de que Haizea estaba especialmente alegre.

—Estás radiante —dijo, rozándole la mejilla con ternura

—Es que tengo noticias. —Mitch la miró sin dejar de acariciarla—. Mientras te comprabas ropa me han llamado de la universidad.

—¿Por el empleo? —Ella asintió—. ¿Y? ¡Venga, dímelo!

—¡Me lo han dado!

Mitch la tomó en brazos y la levantó entre exclamaciones de alegría.

—Una cosa menos que arreglar. Empiezo en unos días, en septiembre. Las primeras jornadas me tengo que presentar en la facultad de Biología, pero enseguida pasaré a formar parte del equipo aquí, en las marismas —explicó, besuqueándolo.

—Yo también tengo muchas noticias —sonrió Mitch.

—Cuenta.

—Jacob nos manda saludos de él y de Cindy, y alguna foto del rancho.

Mitch le tendió el móvil y ella sintió nostalgia al ver en la pantalla la puesta de sol sobre el río, a Priscilla con el hijo de Jacob y el porche de la casa bañado por la luz de Idaho, con la pradera llena de cosmos de colores.

—Es lo justo. Esa tierra fue de sus antepasados —dijo Haizea.

Mitch le tendió los brazos y ella se acurrucó en ellos; de inmediato supo que, a pesar de las dificultades, todo iría bien entre los dos.

—Es lo mismo que pienso yo —asintió él—. Ahora solo me queda encontrar algo parecido a un trabajo, y tiene que ser rápido. He visto los precios de los pisos de alquiler y son una locura. Y también necesito un coche, pero no uno de esos pequeñitos que veo por aquí.

Haizea rio.

—Pues mira, mientras te esperaba me he dedicado a husmear por el pueblo.

No te voy a negar que he vuelto algo deprimida al ver los anuncios de las inmobiliarias.

Pero… —sonrió con picardía—. Saioa me ha puesto al corriente de que se alquila un baserri a las afueras del pueblo.

Al parecer, el dueño del caserío no podía seguir cuidando de sus tierras y de los animales debido a su edad avanzada y una enfermedad degenerativa.

Sus hijos, que viven y trabajan en Bilbao, y no quieren hacerse cargo de la herencia, han decidido arrendar la propiedad.

El propietario es como el difunto Anselmo: desea que la explotación no se pierda.

Además, como les urge, podemos esperar un precio más justo que si solo quisieran especular con la propiedad.

Ah, y tienen ganado —La cara de Mitch se iluminó—. ¿Qué te parece?

Él la aferró por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo.

—Eres maravillosa, Elorrieta —dijo, acariciando su rostro con ternura—. Quiero ir a ver ese baserri hoy mismo.

—¿Sabes? Me encanta eso de ti.

—¿El qué?

—Que no procrastinas.

—¿Eso es lo de no dejar las cosas para otro momento?

—Ajá —asintió Haizea.

—Las importantes jamás —susurró él, mientras la besaba hasta que se quedaron sin aliento y se dejaron caer sobre la cama.

El baserri estaba en perfecto estado. La casa, situada en una loma sobre Mundaka y con vistas al mar, había sido restaurada años atrás y poseía todas las comodidades de un inmueble moderno, aunque conservaba una decoración exterior tradicional de muros de piedra y recias vigas de madera que agradó mucho a Mitch.

El propio hijo del dueño fue quien les mostró la propiedad, rodeada de campas y bosquecillos. La finca constaba de varias tierras adyacentes: el prado, un maizal, una huerta, varios manzanos, un par de perales y varios nogales.

Haizea hizo de traductora para Mitch, mientras el hombre les hablaba de las particularidades de la finca.

—No son muchas tierras, pero conllevan trabajo todo el año.

Me crie aquí y sé lo que digo. Cada estación tiene sus verduras de temporada.

Ahora termina la época de los tomates y, en breve, comienza la de las calabazas.

Los frutales son todos de otoño, menos los cerezos.

Además de vacas, mi padre tiene varias cabras y gallinas.

Hacía queso de cabra y ha producido leche con certificados de calidad y trazabilidad para la cooperativa formada por caseríos de la zona, que distribuye directamente a los consumidores para asegurar un precio justo y apoyar la economía rural local.

Las explotaciones de vacuno de leche en Bizkaia han disminuido mucho en los últimos años, pero se trabaja para mantener la calidad del producto y el bienestar animal, un aspecto clave para conseguir una leche de alta calidad.

Mitch escuchó la traducción de boca de Haizea asintiendo con vehemencia y pidió ver el ganado.

La granja, limpia y luminosa, les dio una grata impresión. Se componía de tres zonas: en una descansaban las terneras; la pieza más extensa era la de las vacas de ordeño y, anexa a ella, estaban la enfermería y el paritorio.

Mitch tomó de la mano a Haizea y se acercó a los animales.

—Están muy sanas y bien cuidadas —advirtió, sin perderse detalle de nada.

Haizea vio cómo él acariciaba a una de las vacas y todas sus dudas se despejaron porque supo que él iba a ser feliz también allí, en Mundaka.

La parte más llamativa de la explotación ganadera era el sector del ordeño, un lugar espacioso, aireado y dotado de ventiladores que se activaban cuando la temperatura subía de los veintiún grados.

Eran dos pequeñas zonas valladas a las que las vacas entraban de una en una, atraídas por un pienso más dulce que el pasto que consumían con normalidad.

Una máquina conectada a ordenadores localizaba la ubre y colocaba de modo automático las pezoneras.

—Al mismo tiempo que se extrae la leche y se envía al depósito, el programa aporta información sobre las veces que la res ha pasado por aquí, su estado de salud o si se encuentra en periodo fértil.

Las vacas portan un collar con un dispositivo que las identifica y, si por gula quieren repetir pienso, se les cierra el paso —prosiguió Haizea con la traducción.

—¡Vaya! —exclamó Mitch, atónito.

—Estaba al tanto de estos sistemas tan modernos, pero, al verlo, creo que es mejor de lo que pensaba —dijo Mitch, mientras salían al exterior de la cuadra.

—Aquí no se tienen muchas cabezas de ganado —apuntó Haizea.

—Ya lo veo —asintió Mitch.

—Si he de serles sincero, lo más probable es que en un futuro no muy lejano optemos por vender la propiedad. No lo hacemos ahora por no hacer daño a mi padre. Él adora el baserri —añadió el hijo.

Para terminar la visita, les enseñó el interior de la casa, que constaba de un amplio salón, un vestíbulo, un aseo y una inmensa cocina con isla central en la planta baja, y dos pisos más con dormitorios y varios cuartos de baño completos.

Las estancias, con gruesas vigas de roble barnizadas y suelos de baldosas de color terracota gastadas por el tiempo, eran amplias.

Los detalles de artesanía en cerámica, madera y tapices, le daban un aire muy cálido al recio caserón de gruesas paredes de piedra clara.

El salón, con el clásico hogar y el dormitorio principal, también con chimenea y un balcón, eran las estancias más espaciosas de la casa, además de la cocina.

Sobre los muros colgaban antiguas imágenes en blanco y negro.

—¡Cuántas fotografías! —señaló Haizea.

—Estaban ya cuando nosotros compramos la propiedad. Son de los antiguos dueños y algunas tienen casi cien años. Tengo entendido que aquí vivió una familia por generaciones. A mi padre le gustaban y las conservó —dijo el hijo del dueño.

Las escenas costumbristas de mujeres hilando o alrededor del fuego del hogar, hombres con bueyes ataviados con sus yuntas y otras más modernas, mostraban cómo había sido la vida del caserío en otros tiempos; Haizea pensó que eran muy hermosas y que se quedarían donde estaban.

Ella ya lo tenía decidido y estaba casi segura de que Mitch también. Era el lugar perfecto para ambos. Quiso decírselo y lo buscó con la mirada. Mitch se había parado ante una de aquellas fotografías y la estaba observando con detenimiento.

—Haizea, ¿puedes preguntarle cuál era el apellido de los antiguos dueños? —dijo él de pronto.

Su voz le sonó alterada. Ella se acercó sin dejar de observarlo. Parecía conmovido.

—Perdone, ¿recuerda el nombre de los viejos propietarios? —preguntó ella al hijo del dueño.

—Sí, creo que se llamaban Madariaga.

Mitch miró a Haizea. En su cara se apreciaban el asombro y la emoción contenida.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó, tocando su brazo.

En el momento en que él sintió el tacto de Haizea, su cuerpo tembló de un modo casi imperceptible.

—Ese era el apellido de soltera de mi madre y creo que ella está en esta fotografía. Este podría haber sido… su hogar.

No tardaron en salir de dudas cuando el hijo del dueño les confirmó, mediante una llamada al teléfono móvil de su padre, que aquel baserri había sido el hogar de Ane Madariaga hasta que emigró a los Estados Unidos.

Mitch, sobrepasado por las emociones vividas a lo largo de las últimas dos semanas, se emocionó hasta las lágrimas.

Fue entonces cuando le habló a Haizea de los Madariaga, de cómo el padre de su madre decidió que el futuro tal vez estaba al otro lado del mar.

Pedro Miguel Madariaga, casado y con tres hijas, apenas lograba mantener a su familia con lo que cultivaba y como marinero de bajura.

Aquel hombre alto y enjuto, al que en Mundaka todos llamaban Peru, llevaba tiempo escuchando la historia de varios vecinos que habían emigrado a los Estados Unidos y a Australia.

El hijo de un gudari fusilado durante la Guerra Civil había perdido la esperanza de que los países que ganaron la Segunda Guerra Mundial les ayudasen a deshacerse del dictador, y veía cómo, a finales de los años sesenta, sus amigos y vecinos continuaban siendo detenidos y encarcelados por estar en contra del régimen fascista de Franco.

Apoyado por su familia, tomó la difícil decisión de emigrar solo al otro lado del mundo y, cuando pudo, se trajo a su esposa y a sus tres hijas con él.

Ane, la hija mayor, que tan solo llevaba un año en Boise y que no se hacía ni al lugar ni al idioma, conoció a Joseph Larrea en una feria de ganado y fue amor a primera vista.

A él le encantó aquella guapa muchacha morena, decidida y risueña que hablaba un inglés espantoso, y a ella le ocurrió lo mismo con aquel vaquero de apellido vasco que le pareció tan apuesto, serio y formal.

Salieron de nuevo al exterior. Desde la colina se divisaba cómo el sol brillaba sobre el mar Cantábrico arrancando destellos plateados de la superficie del agua. Se despidieron del hijo del dueño con la promesa de llamarlo ese mismo día para darle una respuesta.

—Las vistas son soberbias desde aquí —dijo Haizea, mientras Mitch se limpiaba las lágrimas de los ojos—. ¿Crees en las casualidades?

—La verdad es que no. Mi padre decía que jamás comprendió por qué mi madre accedió a salir con él. Ella siempre le decía que por pura casualidad, y él le daba un beso y le respondía que las casualidades no existen —dijo Mitch con voz queda.

Haizea lo besó en la mejilla mojada por las lágrimas.

—Sería un buen lugar para vivir, ¿no? —aventuró ella.

—El mejor —susurró a su espalda, aferrándola por la cintura—. Tengo ahorros.

—Yo no, pero podría pedir un crédito.

Él la apretó más fuerte contra su cuerpo y, con suavidad, apoyó la barbilla sobre la cabeza de Haizea.

—¿Ves ese árbol? —dijo Mitch, señalando el recio roble que crecía cerca de la entrada.

—Es hermoso.

—En esa rama, ahí, podríamos poner un columpio si tú quieres.

Haizea se giró, lo miró comprendiendo el significado de sus palabras y se abrazó a él con todas sus fuerzas, asintiendo. Él la besó en la frente con ternura.

Mitch le mostró la verdad: las raíces no entienden de distancias, se debe luchar por quien confía en ti y las palabras no significan nada si no se cree en ellas.

Ella comprendió de dónde venía, recuperó la confianza y supo que la elección debe ser desafiante, nunca cómoda; que el amor no puede ser tibio.

Tiene que ser quien nos pone nerviosas, quien nos hace frente y nos inspira, quien nos da libertad y valor.

—¿Y no te importa que sean vacas lecheras? —preguntó Haizea, sollozando de alegría.

—No, no será un problema, cariño —dijo, besándola con pasión.

Y ambos aprendieron que nunca hay que conformarse. Jamás.