Corazones en Boise XXVII
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XXVII

Un buen lugar

Tras una siesta reparadora, Haizea bajó a reunirse con Saioa en el bar del Zure Etxea.

—Se ha quedado frito —dijo a su amiga algo azorada.

Ella sonrió, asintiendo con malicia, mientras servía sendas copas de un whisky caro en la barra.

—¿Y eso? —preguntó a Saioa, señalando la bebida.

—Os merecéis un brindis —dijo, guiñándole un ojo—. Oye, ¿Mitch no tendrá algún hermano o primo disponible? Porque, ¡madre mía! ¡Cómo está! Ahora fuera bromas, te sienta de maravilla.

—¿El qué?

—El estar enamorada hasta las trancas de ese morrosko que parece sacado de un anuncio y, lo que es mejor de todo: que te adora. ¿Cómo te sientes? —preguntó, sentándose al lado de Haizea.

—Bien, pero al principio estaba un poco asustada. Da miedo no controlar y dejarse llevar.

—Me imagino. Brindemos por ello —sugirió Saioa.

Las dos amigas chocaron las copas.

—Mitch es muy intenso.

—Yo quiero uno que me mire así, con esa mandíbula, esa sonrisa y esa ristra de músculos. No pido nada más ni nada menos —rio Saioa—. Parece muy transparente y directo.

Haizea miró a su amiga y sonrió al borde de las lágrimas.

—Lo es. Es un amor de persona y lo quiero muchísimo. Ahí donde lo ves tan grande, es como un peluche.

—Es un pocholo, está claro. Y parecéis un par de adolescentes —dijo Saioa—. Y nunca te había visto con la piel así de tersa. Tú ya me entiendes.

Ambas rieron.

—Bueno, tengo que reconocer que estoy teniendo el mejor sexo de toda mi vida —dijo Haizea, bajando la voz—. De hecho, es así como me siento, como una adolescente alterada por las hormonas.

—No te culpo —rio Saioa—. Pero tranquila, él está peor que tú.

—Jamás había querido a alguien así. No de un modo tan… carnal —dijo sonrojada—. Siempre me guardaba algo. No sé por qué.

—Para protegerte y sentirte a salvo. Querías seguridad, tus padres y sus idas y venidas no ayudaron, y solo bajabas la guardia cuando te lanzabas al mar. ¿Te acuerdas de que me daba mucho miedo el agua?

—Sí, lo recuerdo —asintió Haizea.

—Aprendí a nadar gracias a ti.

Las dos asintieron con los ojos húmedos de emoción.

—Mitch es como el mar para ti —dijo Saioa.

Haizea asintió y respiró hondo, tratando de no llorar.

—A eso me refería con que creía que tú necesitabas algo más, txiki —dijo, tomando a su amiga de la mano—.

Te mereces esta felicidad que te desborda y no menos.

Todas la merecemos y no deberíamos conformarnos con cualquier pelagatos y apresurarnos, o tener miedo a eso tan machista de que se nos va a pasar el arroz.

Yo ya he decidido que mejor sola que mal acompañada.

—Él me ha hecho olvidar todas las veces que me rompieron el corazón. Y el físico está ahí, es obvio, pero es que tenemos un sentido del humor muy parecido. Además, me pone nerviosísima y… ¡Milagro!, me escucha.

—Está claro que sí, que tiene un gran sentido del humor. Lo de los condones me ha matado —rio Saioa—. Brindo por ello y por vosotros. Y espero encontrar eso mismo algún día. ¡Chinchín!

Mitch despertó por la tarde con el chillido de las gaviotas.

Se levantó, se dio una ducha que lo hizo sentirse como nuevo y se asomó a la ventana que daba al puerto para apreciar la estampa marinera, donde las barcas traqueteaban mecidas por el mar.

Justo después de extrañar a Haizea, pensó que aún tenía que arreglar el tema de los papeles para su estancia en el país.

Podía permanecer con el visado hasta noventa días en la zona Schengen europea, pero ya había consumido dos semanas mientras cuidaba a su padre y, para quedarse más tiempo, debía solicitar una autorización de residencia temporal o permanente en la Oficina de Extranjería de Bilbao.

Aún le dolía pensar en su padre, en sus últimos años, en todo lo que no pudieron decirse. Por otro lado, estaba muy contento de que Jacob hubiese decidido hacerse cargo del rancho sin dudarlo. Como le dijo su amigo: la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la tierra.

Con todos esos pensamientos en la cabeza, bajó a buscar a Haizea. La encontró en la terraza, bajo el sol, comiendo bonito con piperrada, y la observó con una sonrisa de absoluta plenitud que se vio interrumpida por sus tripas, al rugir de hambre.

—Eso huele casi mejor que tú —dijo, sentándose a su lado y dándole un beso en la mejilla.

—Come, seguro que tienes un hambre de lobo —dijo ella, pasándole el plato y el tenedor.

—¿Y tú? Supongo que esto será tu cena —preguntó él, metiéndose en la boca el primer bocado.

—Ya me he comido cuatro croquetas de bacalao, especialidad de Saioa. Están tan buenas como las de Patty.

—Uhm… ¡Esto está increíble! —murmuró él con la boca llena.

Haizea lo observó comer y concluyó que Mitch no era un hombre frugal en nada.

—He pensado que cuando termines de cenar…

—Ni he empezado. Ya me habías avisado de que aquí cenáis a unas horas infernales, pero para mí las siete de la tarde es la hora adecuada y creo que me voy a pedir toda la carta; hace como veinte horas que no como y estoy famélico.

Esto está delicioso y quiero esas croquetas de las que me has hablado, y eso que tienen los de la mesa aquella, que tiene una pinta estupenda y que no sé qué es.

—Callos en salsa vizcaína —rio ella.

—Y probar las… No recuerdo el nombre de esa verdura.

—Las alcachofas a la plancha con foie.

—Y ese postre tan exquisito, del que me hablaste, ¿cómo se llamaba?

Haizea rio, negando con la cabeza.

—No es un postre, es un pastel que se llama bollo de mantequilla. Pero no va a poder ser.

—¿Por qué no? —preguntó decepcionado.

—¡Es que quiero llevarte a la playa, pero si te zampas todo eso no podrás flotar! —lo interrumpió.

—¿Quieres… llevarme a darme un baño en el mar? —preguntó asombrado.

—Exacto, ese era el plan para cuando despertases —dijo ella, mirándolo con ternura.

Mitch terminó el bonito en dos bocados, dejó la servilleta sobre la mesa, el tenedor en el plato y se levantó para seguir a Haizea, tomando su mano.

—Pero no tengo bañador, cariño.

Y Haizea le guiñó un ojo.

Caminando unos minutos desde el Zure Etxea, llegaron a la ermita de Santa Catalina, situada en una península a la entrada de la ría, rodeada de verdes pastos y acantilados.

Al estar en un pequeño montículo frente al mar, su ubicación era privilegiada, no solo por las impresionantes vistas, sino también porque se convertía en un punto estratégico para vigilar todo lo que ocurría en la entrada al estuario.

Al edificio, pequeño y con una única campana, se accedía pasando por un romántico arco a su derecha. Rodearon la ermita para acceder a su parte trasera, desde donde se tenía una vista maravillosa de la costa vizcaína.

Mitch exhaló un suspiro de absoluta sorpresa y Haizea lo observó admirar el impresionante paisaje en silencio.

—Es… sobrecogedor —susurró él, maravillado.

—Me gustaría ver el mar con tus ojos, como por primera vez —dijo Haizea, contemplando a Mitch.

—Estoy un poco abrumado ahora mismo —suspiró con fuerza, emocionado—.

Esa cantidad de agua en movimiento, que parece que se va a meter en la tierra, impone.

Es… portentoso, y el sonido de las olas, asombroso.

Me siento pequeño, asustado y feliz al mismo tiempo.

Es… lo más hermoso que he visto en mi vida después de ti.

Haizea sonrió con un nudo en la garganta mientras observaba lo absorto que estaba divisando el mar Cantábrico.

—Mira, como hace un día bastante despejado, desde aquí se puede ver la pequeña isla de Izaro. Y ese es el peñón de Ogoño.

Mitch asintió con la mirada húmeda. El abrazo que le dio a Haizea la tomó por sorpresa.

—Gracias por esto, gracias, cariño —dijo, besándola con muchísima ternura.

Recorrieron la zona durante un rato. El cielo se fue nublando hasta amenazar lluvia.

—Pero si hace un momento lucía el sol —dijo Mitch, mirando las nubes oscuras.

—Aquí puede variar el clima varias veces al día. Hay que salir con gafas de sol y paraguas —dijo Haizea, enseñando uno pequeño que sacó del bolso y que tendió a Mitch para que lo abriera.

Pasearon un poco más hasta una cala rocosa apartada y desierta a esas horas del atardecer. Ni corta ni perezosa, ella lo llevó hasta la orilla y, tras mirar a su alrededor y, comprobar que no había nadie, comenzó a desvestirse ante la mirada asombrada de Mitch.

—¿Nos damos un baño? —preguntó Haizea.

—¿Desnudos?

—No nos van a ver porque no hay nadie.

Se quitaron la ropa, la dejaron doblada y resguardada bajo el paraguas abierto, clavado en una zona con arena apartada de la orilla, y caminaron juntos adentrándose en el mar.

Mitch chilló al sentir el agua llegando a sus muslos.

—¡Está fría!

—¡Sí! El Cantábrico es así. Y hay que tenerle respeto. Si alguna vez te arrastra la marea, nada en paralelo a la costa y deja que te lleve para no cansarte. No intentes gastar tus energías en nadar hacia la orilla.

Mitch se zambulló y salió sin parar de dar aullidos, salpicándola.

—Dios, este lugar es extraordinario —jadeó sin poder apartar los ojos de Haizea—. Y tú más todavía.

—Pues no te imaginas lo impresionante que es cuando hay temporales. Con la marejada, las olas saltan por encima de la ermita.

Se miraron con el agua cubriéndolos por la cintura. Ella lo atrajo hacia su cuerpo y se abrazaron con fuerza mientras flotaban, hasta quedar mecidos por las olas.

—Me da la sensación de que se flota mejor en el mar —dijo Mitch, rodeado por las piernas de Haizea.

—Es por la sal.

—Me siento… —resopló—. Es como si durante años hubiese tenido el peso del mundo sobre mis hombros y, de pronto, me encuentro liviano.

Ella lo besó, emocionada.

—Y ahora, como ya conoces el mar, solo te falta aprender a bucear.

—¿Me enseñarás?

Asintió, volviéndolo a besar, y él miró al cielo y sonrió.

—Gracias, Anselmo.

—¡Gracias! —gritó Haizea con alegría.

Se besaron con ansia, dejándose llevar por la corriente para salir a la carrera hacia las rocas.

Ella se sentó sobre una piedra lisa; Mitch jadeaba, mirándola con deseo.

Lo atrajo hacia ella y él le acarició los muslos mojados y frescos mientras le entreabría las piernas.

Haizea notó sus manos fuertes y calientes, y gimió de ganas.

Él comenzó a besarla y saborearla, y ella le apremió por miedo a que alguien los observara.

No tardó nada en llegar y, al bajar la vista y ver a Mitch sonriente, mojado y tan hermoso, casi sintió que le dolía el corazón.

—Sabes como el mar, cariño —susurró él, mirándola con hambre y devoción.

Entonces, ella lo atrajo hacia su cuerpo para sentirlo hasta lo más profundo de sí misma. Mitch no tardó nada en derramarse y ella disfrutó todo el amor que él guardaba, y que se desbordó en su interior hasta consumirlos a ambos.