Corazones en Boise XXVI
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El forastero

Durante algo más de dos semanas fueron solo un par de corazones anhelantes que se mensajeaban a todas horas y se llamaban a diario para contarse cómo les había ido el día, o cualquier detalle que les recordara al otro y les hiciera gracia.

Al decimosexto atardecer, le llegó un mensaje a Haizea:

«Hoy me he despertado casi al amanecer y, como todas las mañanas, he pensado en ti justo antes de abrir los ojos.

Mi padre acababa de morir. Se ha ido en paz.

Tenía el rostro sereno y parecía dormido.

Días antes le conté lo nuestro, que dejaba el rancho a Jacob, que me iba contigo al otro lado del mundo y estoy seguro de que me escuchó.

Después de darme cuenta de que había fallecido, he llamado a mis hermanos y, mientras el personal del hospital me mandaba salir de la habitación para ocuparse de él, he bajado a la calle, he visto salir el sol y era como si solo apareciese para mí.

Entonces he pensado que mi padre ya estaba junto a mi madre y ahora solo quiero coger ese avión para volver a estrecharte entre mis brazos.

No pasa un solo segundo del día sin que piense en ti, en tenerte otra vez, en ver tu rostro, en escuchar tu risa y sé que es solo cuestión de horas, cariño, incluso aunque medio mundo nos separe».

Y por fin, un mediodía, las gentes de Mundaka vieron cómo un forastero lleno de músculos, con un sombrero vaquero, botas y una mochila, se bajaba del autobús de línea de la costa, en dirección al puerto.

Durante el trayecto en autobús desde Bilbao, observó todo con ojos curiosos y, al leer Gernika en una de las señales de tráfico, pensó que iría a ver el famoso árbol con Haizea, aquel roble que los ancianos vascos de Boise veneraban y del que Garmendia decía que tenía un retoño en el jardín de su mansión.

Al llegar a Urdaibai y contemplar aquel estuario con amplios arenales serpenteados por pequeños arroyos irregulares, que nacían de estrechos valles cubiertos de bosque con abundancia de encinas cantábricas y robles, se quedó prendado del paisaje.

Mitch no hacía más que mirar a las cimas de los montes que rodeaban el estuario, llenas de ermitas, y le inundó el sentimiento de que estaba contemplando algo de singular belleza, la misma sensación que experimentaba al mirar a Haizea.

Cuando llegó al pueblo de sus ancestros, caminó absorto en los detalles de las calles del casco antiguo de Mundaka, con sus fachadas de colores y balcones floreados.

Mientras escuchaba a la gente pasar a su lado sin entenderla, sentía que esos sonidos no le eran ajenos y que aquel paraje tan verde y hermoso formaba parte de él.

Había llegado a ese lugar que Haizea tanto amaba y, cuanto más lo observaba, menos extraño le parecía.

Recorrió las callejuelas del pequeño pueblo marinero, el de su madre, con el corazón latiéndole con fuerza y con la imagen de ella en su mente.

Se paró frente a la iglesia de Santa María, una pequeña joya gótica del siglo XVI, besó la medalla de Ane que llevaba al cuello, y continuó por la calle Lorategi hacia el puerto, con el aroma a salitre que traía la brisa impregnando sus fosas nasales.

Google Maps le ayudó a encontrar la dirección del hotel rural llamado Zure Etxea.

Ya divisaba su destino frente a él cuando una mujer de poca estatura y con un flequillo peculiar, que llevaba un cesto bajo el brazo de donde asomaban verduras, se le adelantó para, justo después, pararse a su lado mirándolo fijamente.

—Eres Mitch, ¿verdad? —le preguntó en español, aunque él solo acertó a comprender su nombre.

—Mitch, sí —respondió también en español.

—¡Ay, ama! Espera un momento. Wait a moment, please. Wait! —le dijo haciendo gestos con las manos para que aguardase.

Mitch vio cómo la mujer echaba a correr a toda velocidad y la siguió sonriendo. Después, al llegar a una plaza, pudo escucharla gritar con nitidez el nombre de Haizea frente a una casa.

La vislumbró de repente, al aparecer en la puerta. Ella dio un respingo al verlo, pronunció su nombre y fue como en las películas: los dos contuvieron el aliento por un instante, corrieron a encontrarse y, al hacerlo, se abrazaron con fuerza y comenzaron a besarse sin parar.

—¿Eres real? —preguntó Haizea, quitándole el sombrero para acariciar su pelo y sus mejillas.

—Sí, cariño —susurró sin dejar de mirarla.

—Pero ¿por qué no me has avisado?

—Quería darte una sorpresa.

—¿Cómo estás? —susurró.

Él comprendió que se refería al fallecimiento de su padre y asintió.

—Ahora duele un poco menos.

Ella comenzó a llorar.

—Lo siento —gimió.

—Mi llorona… —rio Mitch abrazándola más fuerte.

Haizea sonrió también y volvieron a besarse con pasión durante un buen rato, hasta que comenzaron a escuchar vítores y silbidos.

—Creo que nos está mirando todo el mundo —susurró ella con una risita.

Mitch echó un vistazo a su alrededor y se percató de todas las personas que se habían parado en medio de la plaza para observarlos.

Entonces, tomó el rostro de Haizea entre sus manos enormes para volver a besarla de tal manera que la elevó del suelo, y los espectadores comenzaron a aplaudir.

Cuando dejaron de hacerlo, descubrieron a Saioa, que desde la puerta de Zure Etxea aplaudía también.

—Ven, ven a conocer a mi amiga —dijo Haizea.

Saioa improvisó un silbido.

—Así que ya está aquí Mitch, de cuerpazo presente —dijo mirándolo de arriba abajo, mientras él asentía con una de sus estupendas sonrisas.

—En efecto. Mitch Larrea, esta es Saioa —los presentó Haizea.

Él saludó en inglés y le tendió la mano, pero la amiga de Haizea no perdió la oportunidad y, poniéndose de puntillas, aferró a Mitch, obligándolo a agacharse para besarlo en ambas mejillas.

—Pleased to meet you, Mitch. No iba a desperdiciar la oportunidad. Y no bromees sobre mi acento —le dijo a Haizea, haciéndola reír—. ¡Pasad, pasad!

Ambos entraron en el vestíbulo del hotel. Saioa los acompañó al bar-restaurante y los invitó a sentarse en una mesa.

—Esto hay que celebrarlo, pareja —dijo, regresando de inmediato con una botella de txakolí de Bakio y unas gildas para picar.

—¡Ah, txakoli! —dijo Mitch, asintiendo complacido.

—¡Lo conoces! —exclamó Saioa asombrada, ante la mirada divertida de Haizea.

—Pixka bat —respondió él.

—Entiende muy poco español —le aclaró a su amiga.

—¡Ay, ene! Con esa cara de vasco que tiene y encima habla euskera.

Mitch se bebió el fresco vino blanco de un trago y se comió la gilda con gusto.

—¿Tienes hambre? —le preguntó Haizea en inglés, mientras le acariciaba el brazo con ternura. Ninguno de los dos podía dejar de mirarse.

—Hambre, sed… Y estoy agotado. El viaje ha sido pesado, apenas he dormido, me han perdido las dos maletas y desde el aeropuerto hasta aquí se me ha hecho aún más largo.

Por cierto, saludos de Jacob y Cindy. Creí que no llegaba nunca.

Además, necesito una ducha —respondió, mientras la miraba de un modo que obligó a Haizea a respirar hondo.

Mitch tomó la mano de Haizea para besársela.

Ella le acarició la nuca enredándole los dedos en el pelo.

Fue una caricia rápida, mitad cariño, mitad provocación.

Un lento roce por el cuero cabelludo. El pulgar rozó con suavidad la piel cálida del cuello, tras la oreja, deteniéndose donde palpitaba con fuerza la sangre de su corazón.

Mientras Saioa hablaba, él rodó los dedos por la palma de la pequeña mano; Haizea cerró los suyos, apresando los de Mitch, y él deslizó las yemas de los dedos, presionando como cuando la acariciaba entre los muslos.

Ella notó cómo las entrañas se le llenaban de puro deseo y de amor genuino por aquel hombre, y casi no entendió lo que su amiga les estaba contando.

—Venga… llévatelo a la habitación. Iba a decir que necesitáis una con urgencia, pero ya la tenéis —se interrumpió Saioa.

—Necesita darse una ducha; el viaje desde Idaho es muy largo. —Se disculpó Haizea.

—Claro, claro. Me hago cargo. Ya estáis tardando —sonrió su amiga.

Haizea se levantó para llevarse a Mitch con ella.

—Ah, dile a Saioa que muchas gracias por los condones —dijo mientras se dirigían a las escaleras de madera que daban a la primera planta.

—¡No! —exclamó Haizea, parándose en seco.

—Díselo. Venga —pidió Mitch, sonriendo.

—Decirme ¿qué? Hasta ahí ya llego con el inglés —dijo Saioa, mientras limpiaba la mesa.

—Mitch quiere darte las gracias por los condones.

—¿En serio? —preguntó Saioa, divertida.

—Es que le expliqué que eras tú la que me los guardaba en el bolso para emergencias y te está muy agradecido. Es una larga historia.

—Que me tendrás que contar en algún momento —aclaró Saioa, señalando a su amiga con el dedo justo antes de saludar con la mano—. See you later, Mitch!

Subieron deprisa. Haizea se adelantó para mostrarle el camino mientras Mitch la aferraba por la cintura y le iba dando besos urgentes en el cuello. Ella lo frenó para abrir la puerta.

—Estás chalado, ¿lo sabías? —rio Haizea.

—Cualquiera en su sano juicio se hubiera vuelto loco por ti, cariño —dijo a la vez que ella lo enganchaba de la cinturilla de los pantalones vaqueros para meterlo en la habitación.

Haizea cerró la puerta. Las manos de ambos estaban lo bastante cerca como para que cada uno sintiese el calor del cuerpo ajeno, pero no tanto como para tocarse. Los ojos documentaron con esmero cada centímetro del rostro del otro, deteniéndose en los labios.

—Eres preciosa —suspiró él, sonriendo y aproximándose a ella—. No sabes la de cosas que quiero hacerte.

—Yo también. Enséñamelas —susurró ella, posando su cuerpo en el de él, que lo recibió con los brazos y los labios ávidos.

—Pero necesito una ducha —gimió.

—Después —dijo ella, lamiendo el sabor salado de su cuello y provocándole otro gemido.

Mientras se besaban con voracidad, Mitch deslizó una mano bajo las faldas del vestido de Haizea y, metiéndosela entre los muslos, la posó para apretarla contra la tela de algodón que tapaba su carne.

—Estás empapada —jadeó con voz ronca.

—Llevo así un buen rato. Solo con mirarme ya lo logras —susurró ella en su boca.

Él emitió un gruñido de pura necesidad y le desató el vestido para quitárselo, mientras ella lo desnudaba a toda velocidad.

Se amaron con ansia, sin recato y sin calcular cuánto tiempo dedicaban a cada caricia o a cada beso. Se tuvieron el uno al otro hasta que pensaron que estaban saciados, pero al rato se dieron cuenta de que nunca lo estarían del todo y volvieron a empezar.

Ella sintió su corazón, él la llamó amor y cada caricia se dio para ser recordada. Eran amigos y amantes porque a veces existe esa complicidad capaz de hacer que las estrellas se alineen en el momento justo, cuando más falta hace.

—Adoro encontrar tu perfume en mí tras estar contigo —susurró Mitch ronco, mientras acariciaba el pelo de Haizea muy despacio y la abrazaba.

Ella lo besó con ternura y él emitió un gruñido de éxtasis que la hizo sonreír.

—Tu amiga ha subido la música del bar —susurró Mitch, medio adormilado.

—Ah, ¿sí? ¿Nos habrá escuchado? —preguntó Haizea.

Él intentó aguantarse un bostezo, exhausto por el viaje y por tantas emociones. El sueño y el cansancio le estaban venciendo.

—Tranquila, seguro que no nos ha oído —suspiró satisfecho para, justo después, cerra los ojos con una sonrisa de absoluta felicidad en el rostro, mientras Haizea se dormía envuelta en sus brazos.