XXV
Regreso a Mundaka
Transcurridos varios días y casi olvidado el incendio, Haizea comprendió que puedes estar casi diez años con una persona y no conocerla en absoluto, y pasar un par de semanas durmiendo con alguien y que sea más que suficiente.
Con la convivencia se dio cuenta de que Mitch era tan grande y fuerte como gentil y tranquilo, y que eso le hacía sentirse bien.
Aunque lo que de verdad la convenció para quedarse junto a él fue cómo la miraba, cómo le hablaba, cómo la escuchaba sin anularla.
Tenía iniciativa, estaba cuando lo necesitaba, la hacía reír a carcajadas, se apasionaba por sus cosas, conversaba con ella no solo para conseguir sexo, sin huir después.
Porque con él podía ser ella misma sin miedo a agobiarse o a alejarlo.
Mitch estaba descalzo, concentrado en preparar sus espaguetis con albóndigas, y Haizea disfrutaba de verlo cocinar tan serio, tan guapo; se sentía muy feliz de estar allí, justo en aquel instante.
—Que conste que me quedo por tus espaguetis —bromeó.
—Ah, ¿sí? —preguntó con una amplia y arrebatadora sonrisa mientras meneaba la cazuela.
Haizea rio y él no pudo esperar para dejar el guiso y darle un beso breve y dulce con sabor a salsa de tomate.
—Se te va a pegar la salsa.
Él negó con la cabeza y emitió un gruñido de placer mientras la besaba en el cuello.
Ella le acarició la nuca, enredando los dedos en su cabello, y Mitch la subió sobre la encimera de la cocina para continuar besuqueándose sin parar.
Haizea llevaba el móvil en el bolsillo de los pantalones vaqueros y lo sintió vibrar de pronto.
—Creo que me llaman —dijo sobre los labios de Mitch.
Él continuó besándola antes de responder.
—Déjalo. —Susurró con el tono de voz profundo, suave y acariciador que a Haizea le parecía irresistible y que la hizo continuar pegada a él.
El ruido del móvil cesó para comenzar justo después. Ella suspiró y Mitch paró.
—Cógelo, anda —dijo con una sonrisa resignada.
Así lo hizo. Haizea bajó de la encimera, él continuó con la salsa y ella se puso a hablar mientras paseaba por la cocina.
Era Saioa, que en menos de un minuto le relató un montón de novedades que hicieron que Haizea solo pudiese contestar con monosílabos.
A medida que escuchaba parlotear a su amiga, fue abriendo cada vez más los ojos.
Haizea se despidió y miró a Mitch todavía impactada por todo lo que acababa de escuchar.
—¿Ha pasado algo? —preguntó extrañado.
—No… Bueno, sí. Era mi amiga Saioa. No es algo malo, pero no sé cómo tomármelo ahora mismo —dijo, mirando a Mitch—. Me dijiste que debíamos ser sinceros el uno con el otro.
Mitch dejó de remover la salsa.
—Así es —dijo él, asintiendo con seriedad.
Ella le sonrió como una tonta porque el gesto de dejarlo todo aparcado para prestarle atención le pareció encantador. Él se contagió de aquella sonrisa sin saber muy bien por qué.
—¿Qué te hace gracia, cariño? —preguntó Mitch, chupándose un dedo manchado de salsa, lo que provocó que el ánimo de Haizea cambiase de tierno a candente en cuestión de segundos.
—Es que no estoy acostumbrada a que me escuchen.
Él la cogió por la cintura con suavidad.
—No es fácil no hacerlo. Eres muy vehemente.
Se besaron despacio hasta que Mitch recordó lo de la llamada.
—Cuéntame qué pasa, anda.
—Al parecer, mi amiga suplantó mi identidad hace dos meses, justo cuando llegué aquí, y me inscribió en una oferta de empleo para un puesto de trabajo.
Saioa es así. —Suspiró—. Es para un programa de investigación del ecosistema marino que llevará a cabo la Universidad del País Vasco en la rama de Ciencias Ambientales y en colaboración con una fundación privada.
Lo vio en el periódico o algo así. Sería sobre gestión de recursos acuáticos y la evaluación de impactos ambientales marinos.
Tendría de nuevo una actividad relacionada con el mar.
Además, sería trabajo de campo, en Urdaibai, con un equipo de biólogos.
Mitch no pasó por alto el entusiasmo con el que habló Haizea.
—¡Son buenas noticias!
Ella lo miró inquieta.
—Tendría que presentarme en la universidad la semana que viene para una entrevista.
Mitch apagó el fuego y se acercó para tomar el rostro de Haizea entre las manos.
—Siempre he querido conocer el lugar de donde procede mi familia.
—¿Dejarías el rancho? —preguntó asombrada.
Él suspiró, acariciándole las mejillas.
—Todo lo que conozco es esto; pero sí, ahora sí. Hubo un tiempo, cuando era muy joven, en que lo pensaba todos los días.
—Pero… ¡Este rancho es tu vida!
Mitch la miró con una sonrisa.
—No, mi vida eres tú, cariño —dijo, y acarició el rostro de Haizea, que le sonrió emocionada.
—No te imagino lejos de todo esto —opinó ella, mirándolo con ternura.
—Pues yo sí. Imagino dejar de madrugar tanto, de preocuparme por el clima, por la fiebre aftosa y la brucelosis, por las pezuñas infectadas, por los incendios, por cómo pagar los créditos bancarios, por los aranceles, por esos gilipollas de Seattle…
—Resopló—. Lo único que quiero es que tantos años de trabajo no se pierdan en la nada.
Haizea asintió. Lo comprendía.
—¿Y qué quieres tú, Mitch? De verdad.
Le rodeó el cuello con los brazos.
—A ti —susurró, besándola.
—Aparte de a mí. —Sonrió Haizea.
—¿Te digo la verdad? Quiero que alguien recoja el testigo.
Estoy agotado. —Ella asintió acariciando su pecho, y él suspiro con fuerza—.
El problema es que yo no soy de ciudad, no podría vivir en una ciudad, lo sé.
No me adaptaría. Solo conseguiría trabajo en tiendas o de camarero, y ya no tengo edad.
—Las amigas de Lorraine estarían encantadas si tuviesen un camarero como tú en algún bar de Boise —bromeó Haizea.
—No te burles. —Rio él—. Es muy difícil salir adelante hoy en día. El país no va bien. El mundo entero parece haberse vuelto loco, pero, al menos, aquí tengo para comer.
Ella lo abrazó con fuerza.
—No quiero irme de aquí, de ti… Ahora no…
Él la apretó contra su cuerpo con ternura y la besó en el cuello, distrayéndola. Haizea jadeó, pero mantuvo el control; tenía que proponerle algo a Mitch.
—Se me está ocurriendo que… Jacob es quien más conoce el rancho además de ti y podría vendérselo o dejarlo a su cuidado, por si tenemos que regresar.
—Pues es la mejor idea que he oído —dijo él, besándola con ternura en la boca.
—Necesitarás un visado.
—Mañana mismo me ocupo de eso. Garmendia me podrá ayudar con los trámites. —Rio, cogiéndola en brazos para elevarla y hacerla girar en el aire.
—El problema es que el visado solo sirve para noventa días. El mío está ya casi extinguido.
Mitch la posó en el suelo sin soltarla.
—Lo sé. Necesitaría otro especial para residir por más tiempo, y puede demorarse.
—Serías un ilegal a no ser que encontrases un trabajo o…
Mitch sonrió.
—Ya sé cuál es la otra opción, aunque estoy casi seguro de que… de que tú no quieres recurrir a ella.
—Yo no quiero volver a casarme, pero no porque no te quiera.
Él la besó en la frente.
—Yo tampoco quiero. Mi boda fue un desastre. —Rio.
—La mía también. Aquel día no fui feliz—dijo Haizea.
—La novia se emborrachó y vomitó en la pista de baile. No hubo noche de bodas. Supéramelo.
Haizea se echó a reír y le acarició el rostro con cariño.
—¿Por qué te casaste? En mi caso, creo que fue porque todo el mundo pensó que no lo haría. Además, quería trabajar en Australia. —Resopló—. Fue un cúmulo de malas decisiones, ahora me doy cuenta.
—Yo no la conocía. Creí que queríamos las mismas cosas y no era así en absoluto. Ella quería cambiarme.
—No se te puede cambiar, Mitch Larrea —dijo ella, besándolo en la boca.
—Creo que a mí me pasó justo lo contario. Pensé que era lo que todo el mundo esperaba de mí. Mis hermanos ya estaban casados, con familia. No sé qué se me pasó por la cabeza. La verdad es que no me gustan las bodas.
—A mí tampoco. —Sonrió Haizea.
—Aunque siempre podemos ir a un juzgado y casarnos en vaqueros —dijo Mitch.
—Me parece genial.
Ella lo acarició con avidez, se pegó a su cuerpo y comenzó a quitarle la camiseta.
—¿Y los espaguetis con albóndigas? —susurró en la boca de Haizea.
—Después.
En los días posteriores, Haizea y Mitch prepararon todo para empezar una nueva vida juntos. Tenían los papeles, los billetes de avión y el equipaje hecho; pero en la vida hay un refrán que dice que el hombre propone y Dios dispone, y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Dos días antes del viaje a Europa, el padre de Mitch sufrió un segundo ictus hemorrágico masivo que lo dejó en coma.
—¿Cómo está? —preguntó ella sentándose junto a él tras su regreso del hospital.
Mitch se había dejado caer en el sofá, agotado por la noche de guardia.
—Mi hermano Pete se ha quedado con él. —Inspiró con fuerza y cerró los ojos—.
Nos han dicho que no hay nada que hacer.
Si lo operan, a su edad y en su estado, puede que no sobreviva a la cirugía.
Y si, por un milagro, resistiese, no volvería a ser el mismo nunca.
Así que nos han recomendado que es mejor dejarle tranquilo porque no va a despertar. Pero mis hermanos tienen dudas.
—¿Y tú?
—Yo… creo que deberíamos dejarlo en paz. Que se marche tranquilo, sin dolor, y si es verdad que existe un cielo, que se vaya allí, con mi madre, que lo estará esperando. —Suspiró con fuerza.
Haizea lo abrazó y lo acunó como si fuese un niño; Mitch no pudo más y rompió a llorar en sus brazos.
—No voy a ir. No con tu padre así.
Mitch la miró con el ceño fruncido.
—Sí que lo harás. ¡Por supuesto que sí!
—Pero… ¿cómo voy a marcharme y dejarte aquí? —preguntó ella, alterada.
—Haciéndolo —dijo él, muy serio.
—¡No, no! —Negó con la cabeza.
Él suspiró al darse cuenta de que le iba a costar convencerla, pero la tomó de las manos y la miró a los ojos con calma.
—Mi padre no va a sobrevivir. Es cuestión de días. Tú irás antes y harás esa entrevista de trabajo porque te mereces ese puesto.
—No, no me voy a irme, no te voy a dejar.
Mitch sonrió, acariciando su hermoso rostro angustiado.
—Cariño, estaremos bien. Tenemos la relación perfecta, no lo dudes.
—Me quedo contigo.
—Haizea, no puedes renunciar a ser tú misma por estar conmigo. Verás… Mi madre no regresó a su tierra, aunque era su intención. Dejó todo por mi padre. ¿Por qué no podría hacerlo yo? ¿Por ser un hombre? Rebátemelo, cariño. —Sonrió.
—¡Pero tú vas a hacerlo! Vas a dejar el rancho por mí.
—No, no lo hago solo por ti; también lo hago por mí —dijo, sentándose más cerca de ella—.
Cuando fui a terapia con Cindy, ella me dijo algo de lo que nunca me había dado cuenta: me he pasado la vida intentando complacer a mi padre, siendo el mejor en los rodeos, ganando premios de ganado, llevando el rancho…
Pero todo lo hacía para que él estuviera orgulloso de mí, porque siempre he pensado que nunca fui suficiente para él.
Yo intenté hacer todo por él cuando mi madre murió, aunque sé que ya no será posible, que nunca lo fue.
Tengo que vivir mi vida, no la suya. Y mi vida está contigo.
Cuando mi padre ya no esté, iré a buscarte y mi vida será allí, contigo.
No dejo nada ni pierdo nada; lo gano todo contigo.
Haizea cerró los ojos con fuerza y, al abrirlos, dos lágrimas rodaron por cada una de sus mejillas. Fue Mitch quien se las retiró con los dedos.
—Hablas mucho. —Sonrió ella.
—Y tú mi vida, eres maravillosa, pero te empeñas en sabotearte porque también crees que no eres suficiente.
—Lo sé. —Hipó emocionada.
—Y sí lo eres, lo eres todo, amor, pero yo quiero que decidas tú ser feliz conmigo, no decidir yo sobre tu felicidad. Me daría pánico que dejases de hacer algo por mí. Y prometo amarte bien, Elorrieta; sin mentiras, sin tibiezas. ¿Me vas a esperar?
Ella sollozó asintiendo con una sonrisa.
—Eres muy intenso, Mitch Larrea, aunque eso ya no me asusta.
Él hizo un gesto para que se acercara a su cuerpo, ella se echó en sus brazos y aquella vez fue él quien la acunó.
Se llevó con ella la camisa para dormir que le dio Mitch el día que se conocieron y el atrapasueños; no dejó que la acompañara al aeropuerto. Fue Jacob quien lo hizo.
—Gracias por todo, Jake. —Él negó con la cabeza—. Sí, sé que has ayudado a Mitch muchísimo. Por eso te pido que cuides de él. Va a pasar muchas horas en el hospital y necesita comer bien. Y descansar lo suficiente.
—No te preocupes por nada, Haizea —dijo, abrazándola en el aparcamiento—. Y enhorabuena por ese trabajo.
—Estás dando por hecho que conseguiré el puesto.
—¡Seguro que sí! Y tú prométeme que vendrás con Mitch de nuevo por aquí a visitarnos.
—¡Claro que lo haré! Me llevo a Idaho conmigo, ¿sabes? —dijo con un nudo en la garganta—. Dale un fuerte abrazo a Cindy y a tus niños.
Jacob asintió con cariño.
Haizea comenzó a alejarse en dirección al acceso de salidas del aeropuerto cuando se giró hacia Jacob, muy emocionada.
—¡Mitch tiene que proponerte algo de mi parte! —gritó ella.
—¿El qué? —chilló Jacob.
—¡Habla con él! —Sonrió y levantó la mano, agitándola para despedirse.