Corazones en Boise XXIV #2
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XXIV #2

Haizea, sentada a la mesa junto a él —frente a una cena improvisada—, lo contempló en silencio, sin dejar de observar cada rasgo, cada gesto. Mientras acariciaba su espalda y aferraba su mano, tampoco podía dejar de pensar en lo frágil que podía llegar a ser la vida.

Mitch se dio cuenta de que continuaba angustiada.

—¿Estás bien? Casi no has comido nada —dijo con las manos de Haizea entre las suyas.

—Tú tampoco. ¿Te ha visto algún médico?

—Nos han hecho un reconocimiento, no te preocupes.

No he necesitado oxígeno, aunque estoy algo magullado —resopló—.

En el momento no te das cuenta de nada por la adrenalina.

Estás concentrado en no meter la pata porque puede costarte la vida; pero, cuando paras y te relajas un poco, te duele todo porque te has golpeado con ramas de árboles y ayudando a compañeros.

—No lo digo solo por eso. Es que se te ve deshecho —dijo ella, acariciando su cabello húmedo y sucio de pegotes de ceniza, mientras observaba con preocupación sus ojeras marcadas.

—Y lo estoy. Voy a darme un baño caliente —dijo, quitándose la camiseta de tirantes, antes blanca y que se veía gris por el hollín, mientras emitía un gruñido de dolor—. ¿Vienes conmigo?

Mitch le tendió la mano y su mirada, más que una pregunta, fue una promesa. Haizea tomó esa mano tan grande y áspera y ya no tuvo dudas.

Los dos se desnudaron y se metieron en la ducha para quitarse el susto y la ceniza mientras llenaban la bañera. No se tocaron aún; solo se miraron en silencio. La atmósfera entre ellos había vuelto a cambiar; ya no era suave sino muy sensual. La atracción entre ambos era una delicia insoportable.

Primero se enjabonaron el uno al otro y después, abrazados bajo el chorro, dejaron que el agua se llevara la espuma de jabón y todo lo malo.

Las caricias mutuas les habían encendido y no dejaban de mirarse.

Se necesitaban con vehemencia y el ansia por volver a hacer el amor los mantenía en tensión.

Ella le besó los golpes, las rozaduras y las leves quemaduras que tenía en la frente.

Mitch jadeaba cada vez que los labios de Haizea rozaban su cuerpo.

—¿Te duele?

—No, lo único que me hace daño es tu desconfianza. —Suspiró, luchando contra el impulso que le provocaba ella con solo mirarlo.

Haizea lo contempló con una gran congoja y él la abrazó con ternura.

—Necesito que me perdones —le pidió susurrando sobre su pecho.

—No tengo nada que perdonarte, cariño —dijo él, besando su frente.

—Fui mezquina contigo —dijo, perdida en sus hermosos ojos, sintiendo la punzada de lujuria mientras le hablaba.

Mitch sonrió, negando con la cabeza.

—No me justifiques. —Rogó Haizea.

—No lo hago. Yo también me porté mal. Debí contártelo todo —musitó, mientras le acariciaba el cuerpo despacio—. Tenemos que ser sinceros el uno con el otro. Eso es lo importante.

Asintió, mirándolo con ternura, y lo besó en la boca con ansia.

Cuando dejaron de besarse, él se lamió los labios para continuar sintiendo su sabor.

Mitch hubiese querido aguardar para hacer el amor con Haizea, porque le estaba empezando a pasar factura aquel día horrible y agotador.

No sabía qué le gustaba más: si esperar y beberla poco a poco, como a sorbos, o unirse a ella con una furia salvaje.

Sin embargo, la deseaba tanto que solo pudo pensar en hacerla suya allí mismo, de pie en la ducha.

Y ella no le permitió dudarlo ni un momento cuando deslizó las manos rodeando sus caderas, hasta alcanzar sus nalgas, y lo atrajo hacia sí en una caricia tan íntima que le encendió la sangre.

—Tal vez deberíamos esperar. Estás cansado —jadeó Haizea.

—Para ti nunca.

Y gimió de placer apretándose contra ella, mientras notaba cómo la sangre se le agolpaba a borbotones entre los muslos.

Mitch cerró el grifo de la ducha y la alzó, aferrándola por debajo de las rodillas para sujetarla contra la pared.

Haizea se sentía tan dichosa cuando él entró en ella que rio de felicidad agarrada a su cuello.

Él la retenía con firmeza para no dejarla caer y ella le rodeaba las caderas con los muslos, sin dejarlo salir.

Se tomaron el uno al otro con urgencia, ávidos y necesitados, musitando palabras de amor.

Ella disfrutó la barba crecida surcando su cuello y la calidez de su lengua bajándole por el por el escote hasta los pechos.

Haizea era como esa sangre que bullía y que lo encendía.

—Suéltate —le pidió él, al límite de sus fuerzas.

Lo hizo, confió, y él la sostuvo mientras la penetraba por última vez antes de derramarse. Para ambos fue algo enloquecedor, un reencuentro piel con piel que activó un sinfín de terminaciones nerviosas y les despertó todos los sentidos.

Ya en la bañera, él se colocó entre los muslos de Haizea y ella lo abrazó con ternura. Ambos estaban agotados después de todas las emociones de aquel día y de la noche sin dormir, por lo que se quedaron sumergidos en el agua caliente respirando muy lento, con los ojos cerrados.

Ella le acariciaba las clavículas marcadas y el pecho musculoso, enredando los dedos en el vello de su largo torso.

La luz del atardecer arrancaba reflejos caobas de su pelo, donde asomaban algunas canas, y de la barba crecida después de varios días sin afeitarse.

Él giró el rostro hacia ella, suspirando de placer y felicidad.

—La vida es extraña —dijo Haizea, sin dejar de tocarlo.

Mitch se acomodó entre sus pechos, sintiendo los pezones en la espalda, y cerró los ojos emitiendo un quejido de gusto que a ella le erizó la piel.

—Claro que lo es, pero ¿por qué dices eso?

—Si no hubiese ocurrido el incendio, me hubiese marchado porque soy una cobarde. Siempre lo he sido. Me casé por cobardía y me he ido de tu lado por cobardía también.

—¿Tú cobarde? ¡Pero qué dices! Eres la persona más valiente que he conocido nunca —dijo, girándose en la bañera para tomar el rostro de ella entre las manos.

Haizea negó con la cabeza, sollozando—. Has nadado entre tiburones, te fuiste al otro lado del mundo y viniste hasta aquí sola.

Además, enamorarse es la mayor valentía de todas porque es como una lotería.

Se corre el peligro de sufrir un dolor devastador, pero merece la pena el riesgo. Tú lo vales, cariño.

—Y tú también, Mitch. Muchísimo.

Él se dio cuenta de que era normal tener miedo a caer; que Haizea había luchado por olvidar la traición, por ser valiente.

Porque amar es aceptar que alguien tiene la llave para salvarte o para destruirte, y aun así confiar; y enamorarse de nuevo es volver a saltar al vacío o como conducir sin frenos. Se corre un riesgo real.

La vio sonreír, su corazón se llenó de una inmensa alegría y supo que quería hacerla reír el resto de su vida. Ella contempló cómo se le humedecían los ojos, lo besó con ternura y comprendió que lo amaba ya, sin defensas ni reservas.