Corazones en Boise XXIV
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Valientes

Haizea y Jacob llegaron al rancho y se dieron cuenta de que Mitch tenía razón. Allí el aire aún era respirable, aunque ya olía a humo y el hollín se podía apreciar a simple vista en la atmósfera. Ella entró en la casa con la convicción de que no debía haberla abandonado aquella mañana.

—Tal vez, si me hubiese quedado, Mitch no se hubiera marchado —dijo en voz alta.

—No lo creo, siempre que hay un incendio se implica, aunque no recibe nada a cambio. ¿Te contó lo de su madre?

—Sí, lo hizo, pero no me dio detalles.

—La encontraron dentro de su camioneta. No fue el fuego lo que la mató; se asfixió por la inhalación de humo.

No quedaba oxígeno a su alrededor y se quedó inconsciente antes de perder el control del vehículo y chocar contra un árbol.

La carretera en medio del bosque fue una trampa.

El fuego se propagó con rapidez por las copas de los árboles y consumió todo el aire respirable en muy poco tiempo.

Murieron varios vecinos, entre ellos Ane.

Fue el desastre más brutal que ha habido por aquí en cincuenta años.

Él nunca dejará de ayudar en un incendio.

No se lo pidas porque no lo hará —reveló Jacob.

Haizea guardó silencio, percatándose de que su amigo ya había comprendido de que ella no iba a marcharse; se quedaría allí a esperar a Mitch.

Jacob cerró la toma de gas, quitó la luz y puso pilas a un viejo transistor, mientras Haizea sacaba unas linternas y velas por si se les echaba la noche encima. Al parecer, dos de los focos estaban ya bajo control, pero el tercero se había descontrolado y amenazaba con cercar un rancho.

—Jacob, deberías irte a casa con Cindy y los niños. Yo estoy bien.

—Si hago eso, Mitch me matará —dijo sonriendo—. Ellos están bien y saben que yo también. No te preocupes por eso ahora, Haizea, no te voy a dejar sola.

—Gracias, porque reconozco que estoy muerta de miedo. Y no solo por mí. Mitch estará bien, ¿verdad?

Jacob la miró, pero no respondió.

—Sabe lo que hace.

—Lo sé, pero hasta que no regrese… —suspiró con fuerza. Otra vez tenía ganas de llorar por la angustia.

—Yo también estoy nervioso. Vamos a hacer algo mientras para mantenernos ocupados, ¿te parece? —propuso él.

—¿Algo como qué?

—Pues… No tengo ni idea, la verdad.

—Tal vez… ¿emparedados y algo de… café y té? Supongo que la los vecinos y bomberos les hará falta.

—Sí, podríamos repartirlo cuando llegue el relevo del retén.

—¿Cuándo será eso?

—Suelen trabajar durante muchas horas seguidas, pero necesitan descanso. Depende de la virulencia del incendio.

Haizea pensó con preocupación que solo habían pasado unas pocas horas y que el fuego era fuerte y extenso.

—Espera… Están diciendo algo en la radio.

Ambos guardaron silencio mientras escuchaban con atención. La emisora local comunicó que un helicóptero de transporte y descarga de agua iba a participar en las labores de extinción del tercer foco, que aún se encontraba sin control en un terreno escarpado de las inmediaciones.

—¿Estará allí Mitch?

Jacob asintió.

—Sabe cuidarse, no te preocupes —le dijo, intentando calmarla.

El cielo se cubrió de extrañas nubes y, de pronto, pareció que anochecía cuando solo eran las dos de la tarde.

Haizea encendió un par de velas. No tenían muchas y prefirió guardarlas por si acaso continuaban sin luz tras el incendio.

Tras las ventanas cerradas se divisaba una luminosidad extraña de tonalidad rojizo-anaranjada en el horizonte.

Las horas pasaban y la radio continuaba emitiendo todos los pormenores del incendio, entre ellos los nombres de varios vecinos que habían perdido sus hogares.

Fue a eso de las seis cuando escucharon sobrevolar el rancho al helicóptero que venía de abastecerse en la presa y se dirigía al tercer foco del fuego.

Tanto Haizea como Jacob salieron al exterior y aullaron de alegría al ver pasar el aparato cargado de agua.

—La ayuda que necesitábamos. ¡Por fin!

—Sí, por favor… —susurró ella, llevándose las manos hacia el rostro como en una plegaria.

Se quedaron mirando cómo el aparato pasaba por encima de sus cabezas y se alejaba en dirección a la montaña.

—A mí nadie me quita de la cabeza que esto ha sido provocado —murmuró Jacob con rabia.

—¿Lo dices por los tres focos? —preguntó Haizea.

—Exacto.

—Quieren que vendamos a cualquier costo —dijo Jacob entre dientes, mirándola—. No tienen escrúpulos y Mitch lo sabe muy bien.

Ella no podía dejar de pensar en él y en lo que estaría viviendo.

Regresaron dentro, al rato volvieron a escuchar que el fuego comenzaba a estar controlado y suspiraron aliviados.

La radio local informaba de que los trabajos para evitar la propagación del incendio forestal estaban muy concentrados en una zona montañosa acotada y que, a pesar de que el tercer foco principal estaba aún latente, también se hallaba controlado y no persiste el riesgo de propagación.

Haizea y Jacob saltaron del sofá gritando de alegría, pero enseguida volvieron a sentarse.

Justo después, el corazón les dio un vuelco al escuchar el último parte desde el punto de reunión del dispositivo de extinción de incendios, situado a pocas millas de allí: se comunicaba el fallecimiento de dos personas entre los efectivos de extinción.

A Haizea la incertidumbre y la angustia le provocó un nudo en el estómago y miró a Jacob que permanecía en silencio y muy serio.

—Jacob, ¿podrías llevarme hasta el punto de encuentro del retén?

—¿Qué? No, ni hablar —negó con vehemencia.

—Iría yo misma, pero no tengo cómo llegar. Tengo que saber que él está bien; no puedo ni quiero esperar —dijo poniéndose en pie.

—No le habrá pasado nada. Estoy seguro.

—Jake, por favor… —suplicó.

La barbilla de Haizea tembló. Estaba en un estado absoluto de nervios; ya no pudo soportarlo más y no logró aguantarse un sollozo.

—Está bien. No soporto ver a una mujer llorar; Cindy dice que tengo que trabajar eso. Además, Mitch me ha dicho que eres muy cabezota —suspiró, haciendo reír a Haizea—. Te llevo, pero que te eche la bronca a ti, no a mí.

El punto de encuentro de los medios de extinción no estaba muy lejos.

Al salir de la camioneta, Haizea comprobó que el ambiente era irrespirable.

Una bocanada de aire caliente y cargado de ceniza le entró por las fosas nasales, obligándola a toser mientras luchaba por respirar.

Jacob caminaba junto a ella entre el caos que reinaba en el lugar.

Algunos hombres, pertrechados con todo el equipo de extinción de incendios, deambulaban exhaustos y llenos de hollín.

Otros gritaban dando órdenes a diestro y siniestro.

En una zona más apartada, un puesto de socorro repartía víveres a efectivos y vecinos.

Hasta allí se dirigió Jacob con la comida y bebida que habían preparado en el rancho, mientras Haizea se adentraba entre los grupos de bomberos preguntando por Mitch, aunque nadie supo decirle dónde se encontraba.

El corazón le latía con fuerza en el pecho y la tensión le hacía apretar la mandíbula y resoplar, a pesar del fuerte olor a quemado que lo inundaba todo.

El paisaje era desolador, con el humo que surgía de la madera ennegrecida de los árboles calcinados.

Entonces se percató de que, junto a una ambulancia, un grupo de hombres se abrazaba llorando.

Recordó las noticias y no quiso ni imaginar que a Mitch le hubiese ocurrido algo.

Sin querer, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

Los nervios hicieron que se despistara y enseguida se dio cuenta de que había perdido de vista a Jacob.

Un miedo absurdo e irracional la hizo temblar y casi comenzó a hiperventilar.

Sus ojos recorrían el perímetro una y otra vez, mientras gente anónima corría de un lado a otro sin percatarse de que ella estaba en medio.

Fue en uno de esos barridos visuales cuando divisó la inconfundible figura de Mitch, que, sudoroso y derrotado por el cansancio, se agachaba apoyándose sobre sus rodillas como si fuese a caer al suelo en cualquier momento.

—¡Mitch! —gritó ella.

Él se irguió, se giró hacia Haizea y, cuando las miradas de ambos se encontraron, sonrieron. Corrieron al encuentro del otro y, cuando se juntaron, sus cuerpos se fundieron en un agónico abrazo.

—Pero… ¿qué demonios haces aquí, Elorrieta? —jadeó él, sin dejar de mirarla como si contemplase una aparición.

—No culpes a Jacob, ha sido cosa mía. ¿Estás bien? —sollozó ella, sin parar de acariciar y observar aquel bello rostro tan tiznado de negro.

—Sí, estoy bien. No llores, Haizea, no llores…

Pero la congoja de ella aumentó y no lo pudo evitar. Entonces, Mitch la abrazó con más fuerza y le fue llenando el rostro de besos hasta que la cara de Haizea estuvo manchada de churretes de hollín mezclados con sus lágrimas.

Ambos se fueron serenando en los brazos del otro y, cuando volvieron a mirarse, se besaron con una profundidad y una ternura que los dejó temblorosos.

Mitch posó la frente en la de Haizea, dando gracias por tenerla de nuevo en sus brazos.

—Entonces… ¿no te marchas?

Ella negó con la cabeza y él emitió un suspiro entrecortado de alivio. Ambos tenían el corazón lleno de dicha a pesar del caos y la tragedia.

—Anda, vámonos a casa, cariño —dijo Mitch, rodeando los hombros de Haizea con su brazo.

Ya en el rancho y tras dejar a Jacob de camino al pueblo, él le habló de los dos fallecidos: un vecino que había intentado salvar su granja y no había hecho caso de las advertencias del retén de que debía abandonarla; y un bombero al que, a pesar de llevar más de cuarenta años como tal, el fuego, siempre traicionero, le había rodeado sin remedio.

—Al regresar de un incendio, hay algo que nunca comprendo: por qué algunos sí y otros no, y no le encuentro ningún sentido.