Corazones en Boise XXIII
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Humo y cenizas

Ninguno de los dos pudo pegar ojo al saber que el otro estaba tras la pared que separaba ambos dormitorios. Mitch todavía guardaba la esperanza de que ella le hubiese perdonado, pero la miró y comprendió que no iba a ocurrir.

—¿Quieres que te lleve a alguna parte? —preguntó él.

—No, no hace falta. Acabo de enviarle un mensaje a Cindy. Jacob va a hacerme el favor y me va a llevar a Boise. Estará a punto de llegar.

Mitch asintió sintiendo cómo se le partía el corazón, pero supo que lo soportaría porque no volvería a ocurrir nunca más.

—Tómate un café al menos —dijo tendiéndole una taza que Haizea cogió sin mirarlo a la cara, intentando mantenerse firme al darse cuenta de que flaqueaba con solo escuchar su voz.

Él la vio salir con la maleta hacia el sendero y ni siquiera quiso acercarse a despedirla. En realidad, no era capaz de decir adiós a la que, a pesar del poco tiempo transcurrido, tenía la certeza de que era el amor de su vida.

—Para mí no has sido un error, cariño. Eso es imposible —susurró al perderla de vista.

Al escuchar el motor de la camioneta de Jacob pensó en cómo se le escapaba la felicidad y la vida entera de entre las manos y no pudo evitar un sollozo.

Los primeros minutos del viaje de regreso a Boise en la camioneta de Jacob fueron tensos.

Él se había quedado petrificado al verla salir con la maleta a rastras por el camino.

Ya en el interior del vehículo, ninguno de los dos pronunció ni una palabra.

Al fin y al cabo, Jacob era el mejor amigo de Mitch y era normal que estuviese receloso, pensó Haizea.

Ella miraba por la ventana y notaba cómo la congoja se le iba alojando dentro, le apretaba el pecho y le provocaba unas enormes ganas de llorar.

Jacob puso la radio, una emisora de grandes éxitos musicales antiguos.

Sonaba I will always love you y, al escucharla, Haizea se vino abajo.

Jacob, que la observaba de reojo, se dio cuenta de que le rodaban lágrimas por las mejillas.

—Haizea, ¿qué os ha pasado? ¿Por qué te marchas del rancho? —preguntó.

—Que Mitch me ha engañado.

—¿Engañado? No puede ser. Es como mi hermano. Si fuese así, yo lo sabría.

—No me refiero a ese tipo de engaño. Me ocultó la oferta por el rancho de unos compradores de Seattle. Y sé que sabes de qué te estoy hablando.

Jacob suspiró.

—Me lo comentó desde un principio. Me dijo que debía decírtelo, aunque no se atrevía.

Aún no os conocíais, pero me aseguró que lo haría y yo le aconsejé que fuese cuanto antes.

Quería asegurarse de que te familiarizabas con el rancho y lo que significaba esta vida, que supieras valorarlo.

Y después, bueno… aceptaste la herencia y estabais juntos ya, así que di por hecho que te lo habría contado.

—Pues no lo hizo y él sabía que yo, ante todo, necesitaba sinceridad.

—Comprendo tu desconfianza, pero a veces solo es cuestión de creer. Lo de fiarse viene después —le dijo Jacob.

Ella comprendió el reproche y no replicó.

—Está claro que ha sido una cagada, Haizea. Estoy segurísimo de que no quiso hacerte daño y menos engañarte. Le conozco muy bien. Mitch es buen tipo. Es leal, nada rencoroso, se preocupa por todo el mundo y no tiene intenciones ocultas, te lo aseguro. Y cuando dice que va a hacer algo, lo hace.

«Por supuesto, es vasco», pensó Haizea.

—Pero se piensa mucho las cosas y, a veces, tarda demasiado en tomar una decisión; ese es su problema. Aunque una vez lo hace, es el tipo más honesto del mundo. Ha cometido un error y me da mucha pena, te lo digo de verdad, porque sé que te adora.

«No como yo, que lo hago todo a lo loco», pensó Haizea con remordimiento.

Fue entonces cuando, por la ventanilla a medio bajar, entró el característico aroma a quemado que anunciaba la catástrofe.

—Huele mucho a humo, ¿no? —dijo ella.

—Sí, es verdad —dijo Jacob, mirando alrededor con extrañeza.

Cambió de emisora y sintonizó una de noticias locales que advertía de un incendio que había comenzado alrededor de una hora antes.

—¡Maldita sea! Era de esperar con estas temperaturas y lo poco que se cuidan los bosques.

En los últimos años no para de arder todo por culpa de la falta de recursos para las zonas agrícolas y ganaderas.

Nadie limpia ni retira la maleza. No hay guardabosques y los turistas no saben comportarse; se creen que el bosque es un vertedero y que la basura se recoge sola —rabió Jacob.

La radio continuó informando. Jacob conducía resoplando y maldiciendo de cuando en cuando. Las noticias eran muy preocupantes. A medida que avanzaban por la carretera, el humo se fue haciendo más denso y, al girar una curva, se toparon con las llamas, que bajaban hasta el asfalto.

—No podemos continuar por aquí. Tenemos que dar la vuelta —dijo Jacob, cerrando la ventilación de la camioneta.

De pronto, ambos escucharon el aviso del cambio de dirección del incendio, que avanzaba a gran velocidad por culpa del viento seco y cálido.

—¿He entendido bien, Jacob? ¿Se está acercando al rancho? —preguntó ella angustiada.

—Eso me temo, pero tenemos que mantener la calma. Estamos a salvo en la camioneta —masculló dando un volantazo para esquivar a varios ciervos que cruzaban la carretera despavoridos, escapando de las llamas.

Los minutos pasaban y Haizea estaba cada vez más asustada porque se daba cuenta de que, cerrado el paso hacia Boise, la carretera los devolvía al epicentro del incendio y no pudo evitar pensar en Mitch.

—Encima la cobertura va y viene. ¡Mierda! —se quejó Jacob.

— Mitch estará bien, ¿verdad? —preguntó ella.

Jacob no contestó y aguzó el oído para prestar atención a la radio.

—Están pidiendo refuerzos para los retenes de bomberos —resopló.

—No me ha gustado nada cómo lo has dicho. ¿Qué ocurre?

Él suspiró contrariado.

—Que Mitch es voluntario.

—¿Voluntario?

—Bombero reservista. Se apuntó en cuanto tuvo edad para hacerlo. Aquí, la mayor parte de los parques de bomberos los integran voluntarios de los pueblos y los dueños de granjas y ranchos. Cada vecino se ocupa de ayudar a los demás cuando hay un incendio.

Haizea sintió cómo un escalofrío recorría su espalda.

La radio aconsejaba alejarse del frente del fuego en dirección opuesta al viento, al avance de las llamas y del humo; entrar en zonas ya quemadas lo más pronto posible; acercarse a zonas con agua; no refugiarse en pozos ni en cuevas, ya que el oxígeno podía terminarse con rapidez, y evitar las zonas con pendiente, los puertos de montaña y los valles estrechos, porque el aire caliente tendía a ascender y las llamaradas podían moverse deprisa y atraparte.

La nube de ceniza era cada vez más espesa y Jacob encendió los faros para aumentar la seguridad y hacer visible el vehículo. Haizea se estaba poniendo muy nerviosa.

La cobertura regresó y, con el manos libres, Jacob pudo escuchar un mensaje de voz de Mitch que acababa de llegar:

«Jake, por aquí todavía no nos ha alcanzado el fuego.

Hemos tenido suerte, el viento va en dirección contraria al rancho.

Me he puesto en contacto con los chicos del retén de bomberos y dicen que hay varios focos, pero que están alejados y que ya han empezado con la extinción.

Los del pueblo se encuentran a salvo, así que, estate tranquilo.

He enviado a los chicos con el ganado hacia el río y a los que tienen familia a sus casas.

He escuchado en la radio que el incendio ha obligado a cerrar el paso a vehículos en dirección a la ciudad, así que vais a tener que daros la vuelta.

Yo me voy con el retén y sé que no puedo pedirte que te quedes en el rancho.

Lo que sí quiero hacer es suplicarte que pongas a salvo a Haizea si no lo está ya.

Tú sabes cómo hacerlo y confío plenamente en ti.

Por favor, cuida de ella, hermano. Ten muchísimo cuidado y no os pongáis en peligro. Yo estaré bien».

Justo al terminar de escuchar la voz de Mitch, volvieron a quedarse sin cobertura.

De pronto, Haizea se dio cuenta de su equivocación.

—¡Soy una estúpida! Le he hecho lo único que no esperaba de mí. Estaba tan roto como yo. —Los sollozos no la dejaron continuar.

Jacob miró a Haizea al escuchar cómo lloraba.

—Todo tiene remedio —dijo, dando otro volantazo que la obligó a agarrarse a la manilla de la puerta de la camioneta.

—¿A dónde vamos? —preguntó con la voz entrecortada por los suspiros.

—De vuelta al rancho, como nos ha dicho Mitch. Tenemos el viento que sopla en dirección contraria, la alberca y eso nos mantendrá a resguardo. Toma, ponte esto para taparte la boca y la nariz, y no respires hondo —indicó, tendiéndole dos pañuelos que guardaba en la guantera.

Jacob marcó el número de su casa para hablar con Cindy. Mientras lo escuchaba tranquilizar a su esposa y a sus hijos, Haizea se dio cuenta de que amaba a Mitch con toda su alma. Notó cómo el corazón le daba un vuelco y sintió una mezcla de angustia y alegría.

Fueron las vacas las que notaron el fuego antes de que ningún humano se diese cuenta de él. Al amanecer, ya estaban inquietas, mugían y se removían en los establos.

Mitch notó las primeras cenizas en el aire, junto con el aroma inequívoco del incendio, poco después de que se fuese Haizea.

Tras dar instrucciones a los hombres para que pusieran a resguardo al ganado llevándolo hacia el río, decidió llamar a Jacob asegurarse de que ella se hallaba a salvo.

Al ver que su amigo no contestaba, le envío un audio con el aviso de lo que acontecía por los alrededores y preparó todo el equipo necesario para acudir con el retén de bomberos de la zona.

Siempre que ocurría un desastre como aquel, recordaba el fatídico día en el que su madre murió atrapada por el fuego y en la última vez que la vio por la mañana, despidiéndose de su padre en la cocina con un tierno beso.

Hizo lo de tantas otras veces: se quitó la medalla de Santa Catalina, patrona de Mundaka, que llevaba siempre puesta desde el día en que su madre murió, y la colgó del espejo retrovisor de la ranchera.

Tras hacerlo, se santiguó, tal como Ane Larrea hacía siempre antes de salir de casa.

Después, pensó en Haizea y suspiró con fuerza justo antes de arrancar, sin saber muy bien si, en realidad, le importaba lo que pudiera pasarle aquel día.