XXII
Los de Seattle
El chichón de la cabeza y los rasponazos le dolían más que el primer día.
Las magulladuras por la caída la incomodaban y admitió que caerse de un caballo era cosa seria.
Haizea se observó desnuda en el espejo del armario del dormitorio, comprobó que tenía un gran moratón en uno de los glúteos y varios cardenales más por todo el cuerpo, y reconoció que Mitch tenía razón: que podía haberse matado.
Así que decidió que tenía que hacerle caso y reposar por una vez en su vida.
Por eso no pudo enterarse de que dos tipos andaban por el pueblo preguntando con insistencia por ella.
Se aplicó el linimento aquel para los caballos, se puso hielo al golpe de la frente y de la rodilla, se tomó un antiinflamatorio y acabó dormida en el sofá mientras escuchaba las aspas del ventilador.
La despertó el timbre de la puerta y se dio cuenta de que les hacía falta un guardián que avisase de los intrusos. Pensó que eso sería lo primero que le diría a Mitch cuando regresase de los pastos: tenían que ir a adoptar un perro al refugio de Boise.
Salió a la entrada en chanclas, con una camiseta y unos pantalones cortos.
Al abrir se topó con un par de tipos muy parecidos que, a pesar del caluroso día, vestían con chaqueta.
Extrañada y aún somnolienta, solo acertó a recibirlos con un escueto hola.
Los dos hombres saludaron y Haizea se dio cuenta de que eran forasteros porque no tenían el acento de la gente de Idaho.
—Buenas tardes. Queríamos hablar con la señora Elorrieta. Somos Aaron Silverman y Bruce Smith, y representamos a nuestro cliente en Seattle, Landon & Co. —dijo uno de ellos.
—Yo soy Haizea Elorrieta —se presentó, tendiéndoles la mano a ambos, que no dejaban de mostrar la sonrisa más forzada que ella había visto jamás—. ¿Puedo ayudarles en algo?
—Por supuesto, señora Elorrieta —asintieron sonrientes.
—Señorita —corrigió ella, aguantándose un bostezo y dudando si invitar a pasar a aquel par.
—Pues verá, señorita Elorrieta… —comenzó el otro.
—Pasen, pasen. Hace mucho calor para charlar aquí fuera —interrumpió Haizea al ver cómo a ambos hombres les caían por la frente sendas gotas de sudor— ¿Les apetece un té helado?
—No, no se moleste —rehusaron a la vez.
—Pues yo me voy a tomar uno, si no les importa.
Haizea les hizo tomar asiento en el sofá del salón mientras acudía a la cocina para servirse un té de la nevera.
—Bueno… —suspiró, sentándose en una butaca frente a los de Seattle—. Pues ustedes dirán.
—Verá… Hemos tenido conocimiento de que existía una nueva dueña de la propiedad… —comenzó el tipo más sonriente de los dos.
—Y solo venimos a reiterarle nuestra oferta, que no ha cambiado desde que se la mostramos al antiguo propietario —dijo el otro.
—Incluso podríamos tratar de mejorarla —añadió el primero, tendiéndole unos papeles con una sonrisa de dentadura blanquísima y demasiado perfecta.
—¿De qué oferta se trata? —preguntó ella, al comprender que le estaban haciendo una propuesta de compra del rancho.
—Todo está explicado en la propuesta, que ya le fue presentada tanto al capataz como al antiguo dueño, pero ninguno de los dos quiso considerarlo.
—Así es. No fue posible llegar a un acuerdo, pero usted parece mucho más razonable que el señor Larrea —sonrió uno de los tipos.
Al escuchar el apellido de Mitch, Haizea levantó la vista de los papeles.
—¿Dicen que hablaron ya con él?
—En efecto. Nos hemos puesto en contacto varias veces con el capataz y también con el señor Garmendia, pero este nos remitió de nuevo al señor Larrea.
—Hemos de añadir que, tras el fallecimiento de su familiar, le damos nuestro más sincero pésame —interrumpió el segundo hombre, que parecía más afable que el otro tipo con fundas en los dientes.
Haizea tragó saliva sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando de boca de aquellos dos.
«No puede ser. No pueden estar hablando de Mitch», se dijo alarmada.
—¿Seguro que están hablando del señor Larrea?
—Como le decía, él no ha accedido a más entrevistas, pero al detectar que existía un nuevo propietario, en este caso propietaria, debíamos ponernos en contacto para informarle de lo que nuestro representado está dispuesto a desembolsar por los terrenos, la casa y las instalaciones adyacentes. Era lo justo —explicó el menos risueño.
Ella los miraba atónita. Entonces comprendió que Mitch, Garmendia y tal vez los Horn le habían ocultado todo aquel asunto y el estómago le dio un vuelco. En un intento de sobreponerse a aquella sospecha que le estaba taladrando el alma, dio un trago al té helado.
—¿Podrían decirme qué pretende hacer su representado con estas tierras? —preguntó, tratando de dejar de pensar en Mitch sin conseguirlo.
Tenía claro que aquel par eran unos cretinos de ciudad, como él decía, pero también que Mitch le había ocultado todo aquello.
—La intención principal de Landon & Co. es la creación de un resort en el que se fundirá la naturaleza con el ocio y con la salud —comenzó uno de los tipos.
—El rancho sería un oasis de tranquilidad con cabañas personalizadas para cada huésped en una experiencia única e irrepetible —prosiguió el otro.
—Todas las comodidades de la vida moderna en este paisaje idílico —insistió el primero al apreciar la escasa emoción de Haizea.
Mientras tanto, el otro sacaba de una carpeta los folletos informativos.
Las imágenes de aquellos folios a todo color mostraban a una pareja enamorada con sombreros vaqueros, en medio de una puesta de sol, junto a un moderno rancho rodeado de todoterrenos enormes, y estaban hechas con Inteligencia Artificial.
—Montar a caballo, pescar, descansar de la vida de la ciudad y desestresarse.
—Acampadas bajo las estrellas, caza de venados e incluso experiencias de supervivencia. Lo que el cliente demande.
—Incluso traeríamos a un gran chef con el que ya estamos en conversaciones, que en la actualidad regenta uno de los mejores restaurantes del mundo, con dos estrellas Michelin.
—¿Y el ganado de la finca? —preguntó Haizea por fin.
—Esa cuestión no es relevante. Las vacas no interesan y contaminan muchísimo.
—Prescindiríamos de ellas.
—Ya veo… Tendrán menús veganos, claro —dijo ella.
—¡Por supuesto! Y sushi —sonrió el de los dientes falsos.
Haizea terminó el té de un solo trago y posó el vaso con fuerza sobre la mesita de madera, frente al sofá y a los dos hombres.
—Estaremos un par de días más alojados en Boise, pero, si necesita más tiempo para pensarlo, puede contactar con nosotros en cualquier momento —se adelantó uno de ellos, tendiéndole una tarjeta de visita.
—¿Son ustedes, por casualidad, los que gestionaron la compra del rancho Garrison? —recordó de pronto Haizea.
—En efecto y el Etxeberri —dijeron sonriendo a la vez—. Y hemos de decir que Landon & Co. se enorgullece de crear puestos de trabajo en la región.
Haizea rememoró lo que le había contado Mitch acerca de aquel rancho reconvertido en un hotel de lujo y publicitado con imágenes de la serie Yellowstone, cuyos huéspedes de Nueva York, Miami y Los Ángeles, se habían dedicado a dar de comer adelfas a algunas vacas de McKay intoxicándolas, a quejarse del olor y a espantarlas con el ruido de los quads que empleaban para moverse por la zona.
Pensar en Mitch hizo que se le pusiera un nudo en el estómago. Estaba muy confusa, furiosa y decepcionada. Se sentía de nuevo al borde de un precipicio y necesitaba deshacerse de aquellos dos intrusos antes de sufrir un colapso nervioso.
—No necesito pensarlo —dijo Haizea, levantándose de la butaca.
—Nos congratula escuchar eso —sonrió el que parecía el más estúpido de los dos.
—No me ha entendido. No pienso firmar nada de nada. Ya pueden volver a Seattle y decirle a su jefe que no vendo.
—Está cometiendo un error, señorita Elorrieta. Le estamos ofreciendo lo mismo que hace dos años cuando, hoy en día, el mercado no está en las mismas condiciones que entonces. Los precios están bajando y, si decide vender más tarde, lo hará por mucho menos —dijo el otro visiblemente molesto.
—No tengo ninguna intención de dejar que conviertan esto en un parque temático. Idaho no se vende —dijo, acompañándolos hasta la puerta sintiéndose como su amiga Saioa cuando defendía sus causas con vehemencia y corazón.
—Se arrepentirá —dijeron al unísono irritados.
—No, no lo haré y no me amenacen. ¡Largo! ¡Fuera de mis tierras! —concluyó furiosa.
Haizea se quedó en la puerta observando con satisfacción cómo los dos tipos de Seattle se alejaban y, cuando los perdió de vista, entró de nuevo en casa.
—¡Maldito seas, Mitch Larrea, por haberme devuelto la confianza! —renegó entre dientes, dando un portazo.
Mitch regresó de los pastos y, al entrar en casa y ver a Haizea en camiseta, se dio cuenta de que le había hecho caso y sonrió al pensar que, aunque su espíritu era indomable, debía haber confiado más en ella. De lo que no se percató en un primer momento fue de su cara de pocos amigos.
Le pareció extraño que no le preguntara cómo le había ido el día, pero lo achacó al calor o quizás a que aún se sentía dolorida por la caída del caballo. Fue él quien se acercó e intentó darle un beso en la mejilla, pero, cuando ella le giró la cara, supo que algo iba mal.
—¿Estás bien? ¿Quieres que prepare algo de cenar? —preguntó extrañado.
—No tengo hambre —dijo abriendo la nevera para coger un botellín de cerveza—. He tenido una visita inesperada.
—¿De quién?
Haizea abrió el botellín y le dio un trago largo mientras Mitch la observaba.
—Los conoces. Son un par de tipos de Seattle. Se acordaban de ti e incluso de Garmendia.
Él suspiró al darse cuenta de que Haizea se había enterado de la peor manera posible de lo que no había llegado a decirle. También se percató de su gran error al observar la mirada de resentimiento que encontró en sus preciosos ojos azules.
—Haizea… Puedo explicártelo.
—Deberías.
—Tenía que habértelo contado, pero esperé demasiado y luego… pensé que ya no hacía falta, que ese par no regresaría.
—Acepté la herencia sin saber que existía esa oferta. Me has engañado.
—¡No! No es así. Reconozco que te he ocultado información, pero créeme, no era mi intención. Iba a decírtelo, pero no encontré el momento.
Ella estaba muy dolida, ofuscada, y sonrió con sarcasmo.
—¿Cuándo, Mitch? —preguntó elevando la voz.
Él suspiró frustrado.
—Me prometiste que no me engañarías. Solo necesitaba poder confiar de nuevo. No podía hacerlo y lo sabes. Me costó mucho y, al final, lo hago, me ilusiono contigo, ¿y ahora me entero de esto? Quería un poco de lealtad.
—Cariño, yo… Lo siento —susurró acercándose con los brazos extendidos para intentar abrazarla, pero ella lo rechazó y él la contempló como si no la conociese.
Haizea continuó. Ya no podía detenerse.
—Y lo peor de todo es que lo sabíais tú, Garmendia, los Horn… —le interrumpió—. Os habéis pensado que soy idiota o algo parecido.
—Eso no es así. Ellos no tienen culpa de nada. Pensé que, si conocías todo esto, que si aguardaba a que comprendieras, que te darías cuenta de que merecía la pena luchar por el rancho. Por tu herencia, por nosotros.
—Di más bien por tu modo de vida.
Entonces fue él quien se alejó de ella.
—Si piensas así de mí, no me conoces en absoluto. Era una oferta de mierda y lo sabes. Están comprando todo y destruyendo el trabajo seguro de muchas familias.
—Puede ser eso, que pensé que te conocía, pero no es así —musitó Haizea.
Mitch, que hasta entonces había mantenido una actitud de culpabilidad frunció el ceño molesto.
—Lo mismo digo. Pensé que eras una persona más comprensiva.
—Lo fui y no me sirvió de nada.
Él estaba molesto y no midió sus palabras.
—Está claro que no y que aún te puede el rencor, pero no lo pagues conmigo. Yo no soy como tu ex. No te confundas.
Haizea lo miró con rabia y salió de la cocina en dirección al dormitorio, seguida en tromba por Mitch.
—¡Lo siento! ¡No quería decir eso! —gritó Mitch.
—¡Sí, claro que querías! —chilló Haizea, entrando al dormitorio que compartían.
—¿Qué más te puedo explicar? ¡No le di importancia!
—¡Nada! No puedes decirme nada porque ya no confío en ti —dijo, sacando la maleta y comenzando a llenarla con sus pertenencias.
Mitch la miró angustiado.
—¿Qué estás haciendo?
—Recoger mis cosas. Me marcho. Ha sido un error.
Aquellas tres frases hicieron que Mitch sintiese un dolor que pensó que jamás podría volver a sufrir, lo que le hizo dejar de intentar que Haizea comprendiera.
Le habían dicho esas mismas palabras tiempo atrás.
Mientras tanto, ella sintió el peso del silencio, elevó la mirada y se topó con aquellos hermosos ojos tristes aguardando algo, pero volvió a bajar la vista para continuar haciendo el equipaje.
Entonces Mitch salió del cuarto y la dejó allí, preparando la maleta.