XXI
Agosto
Agosto llegó con temperaturas desorbitadas. Los pastos, antes verdes, estaban resecos y el ganado sediento se pasaba el día buscando la sombra, bebiendo más y comiendo menos.
—Este verano no están engordando como deberían. Las madres dan menos leche, los terneros crecen peor… —resopló Mitch vigilando el ganado en la pradera cada vez más amarilla—. Y hoy las noto…
—¿Lentas? —preguntó Haizea, descabalgando a la vez que Mitch.
Él se acercó a una vaca y la acarició con suavidad.
—Estrés por calor. ¡Mierda! —dijo tocando el morro del animal.
—Están deshidratadas.
—Sí, tienen las mucosas secas. Llevamos meses en los que apenas llueve, aparte de alguna tormenta, y las temperaturas baten récords cada día.
Los animales sufren por culpa del clima; hay menos partos y más muertes.
No solo nos enfrentamos a la guerra de los aranceles que ha creado el inútil de Trump, sino también a algo contra lo que no podemos luchar: el cambio climático.
Haizea asintió con tristeza.
—En los océanos es terrorífico lo que está ocurriendo con las algas y los corales. Van a desaparecer gran parte de las especies marinas si no actuamos ya. El mar se está calentando demasiado deprisa. Los peces emigran a otras zonas y les ocurre igual: se reproducen peor o enferman más.
—Y nadie hace nada —suspiró Mitch—. Aquí los inviernos ya no son tan duros, nieva menos y las reservas de agua disminuyen.
Además, el verano se alarga y cada año tenemos que reducir las cabezas de ganado.
Aunque la sequía se haya aliviado en otros estados, aquí en Idaho la falta de lluvias nos está golpeando.
Con los pastos secos hay que alimentar a las vacas a base de pienso, que está subiendo de precio por la misma escasez.
Los costes están por las nubes y, en consecuencia, el precio de la carne.
Lo de los dichosos aranceles no va a mejorar nada las cosas.
—Volvió a montar en su caballo y la miró—.
Vamos a llevarlas hasta el río, Elorrieta.
—Me gusta que me llames así —dijo ella, acercando su montura a la de él para besarlo.
Mitch sonrió y emitió el grito característico de los vaqueros justo antes de ponerse a cabalgar seguido de Haizea.
Los días posteriores, el mercurio continuó en alza y no mejoró la situación. Las temperaturas diurnas alcanzaban los cuarenta grados a diario y Mitch estaba preocupado por el ganado, pero también porque Haizea se había mareado varias veces.
—Es por el calor. Me baja la tensión. Puedo cabalgar perfectamente.
—Preferiría que te quedaras en el rancho —dijo Mitch, acariciando su rostro mientras la miraba preocupado y le posaba la mano en la frente.
—Estoy bien… Una vez buceé hasta con fiebre.
—Te creo muy capaz. Por eso te lo digo: quédate —le pidió serio.
Haizea resopló y lo llamó exagerado antes de besarlo con pasión en la boca.
—Quieres hacer que me quede, ¿verdad? —Sonrió él.
—No, solo quería que dejases de ser gruñón.
—No soy un gruñón —dijo devolviéndole el beso junto con una sonrisa—. Y ya verás a la vuelta.
Ella suspiró, imaginando a lo que se refería, y lo dejó ir con aquella promesa sellada por sus labios.
Desde que habían reconocido que estaban enamorados no habían dejado de hacer el amor ni un solo día, a menudo por la mañana y por la tarde, cuando él regresaba al rancho.
Tanto Mitch como Haizea se habían dado cuenta de la felicidad que les suponía sentir de nuevo, amarse.
Para ella era la constatación de que eso que la gente llamaba dependencia en una pareja, y que ella misma había rechazado en otros tiempos, solo era un refugio para no aceptar que existen personas que nos tocan el alma y la hacen suya, mientras que otras solo nos producen soledad.
Nunca había sido obediente y ese día tampoco lo fue.
Cabalgar se había convertido en una rutina para Haizea y estar en casa sin hacer nada le aburría, así que decidió salir por los alrededores a primera hora de la mañana, cuando la temperatura aún era soportable.
Fue a la cuadra, pero no pudo salir con Priscilla porque estaba convaleciente de una leve tendinitis.
En vez de a la tranquila yegua, eligió a otro caballo que le pareció muy manso.
Ensilló un bonito appaloosa moteado con una estrella blanca en la frente al que Mitch tenía en gran estima.
Morning Star era un exponente precioso del corcel oficial de Idaho, una raza desarrollada por la tribu de los Nez Percé a partir de los caballos españoles de origen árabe, que una vez pobló las praderas de los Estados Unidos en manadas salvajes.
Lo que Haizea no sabía era que Morning Star se asustaba hasta cuando se cruzaba con un perro. Por suerte, el mismo dueño del chucho vio lo ocurrido y ayudó a Haizea a llegar a casa.
El corcel había continuado su habitual recorrido hasta los pastos y, cuando Mitch lo vio aparecer solo y ensillado, supo que algo había pasado.
Dejó a Jacob al cargo y cabalgó como si lo llevara el diablo hasta el rancho. Al llegar y ver a Haizea toda despeinada, y con aspecto sucio y maltratado, se dio cuenta de que no le había hecho ni caso.
—¡Elorrieta! ¿Qué diablos te ha pasado? —preguntó.
—Nada —dijo ella, intentando aparentar una tranquilidad que no tenía al verlo allí, tan bañado en sudor y preocupadísimo por ella.
—¿Cómo que nada? Me he encontrado a Morning Star en los pastos y tienes un chichón en la frente.
—Sí, me caí, porque se nos cruzó un perro en el camino de McKay, pero estoy bien. Solo es un poco de polvo y tierra. Me disponía a bañarme —dijo, tratando de peinarse con los dedos la melena revuelta.
—Al baño, entonces. Te ayudo, que estás llena de tierra —dijo Mitch con firmeza mientras se quitaba la camisa y se quedaba en camiseta interior.
—Ahora voy y no hace falta que me acompañes.
—Eso es lo que tú te crees, cabezota —murmuró con rabia.
Él la miró sabiendo que a ella le irritaba que intentasen gobernarla. Esa era la verdadera Haizea, cabezota y orgullosa, y supo que precisamente por eso le volvía loco aquella mujer. Ella apartó la vista y él se dirigió al cuarto de baño para llenar la bañera.
Lo siguió y comenzó a desnudarse. Haizea supo que él estaba enfadado y Mitch se dio cuenta de que ella era consciente de ello.
Se metió en la bañera rechazando su ayuda.
El agua estaba fresca y ella dejó escapar un murmullo de genuino placer que a él no le pasó desapercibido.
Mitch cogió el taburete del baño y, sin poder evitar un resoplido, se sentó junto a la bañera tratando de no mirar a Haizea.
—Podías haberte partido el cuello. ¡Maldita sea! —exclamó al ver que del codo raspado le resbalaba un hilillo de sangre. Volvió a colocarse delante de ella, intentando no distraerse con su tentadora desnudez, mientras se arremangaba y cogía el gel y la esponja.
—No necesito ayuda —dijo ella.
—Sí la necesitas —dijo él, y comenzó a lavarle los pies y a deslizar la esponja por las piernas magulladas.
A Haizea, sentir el agua jabonosa y fresca en la piel la hizo suspirar de gusto.
—Tienes las rodillas raspadas. Ibas con pantalones cortos. Eres una imprudente —le riñó mientras continuaba frotándola y trataba de no desearla con tanta vehemencia.
—No sabía que ese caballo era tan asustadizo. Me caí y rodé por un terraplén. No sé por qué te tienes que poner así.
Mitch bufaba y, de vez en cuando, la miraba con furia.
Volvió a cambiar la banqueta de lugar, inspiró con fuerza y le levantó los brazos para restregarle las axilas.
La curva de los pechos era delicada, la piel suavísima, aunque estaba demasiado enfadado como para permitirse sucumbir a los encantos de Haizea.
A ella se le puso la carne de gallina al sentir cómo le rozaba la espalda con la esponja.
—Echa la cabeza hacia atrás —le exigió, colocándose tras ella para frotarle el pelo.
Haizea obedeció y cerró los ojos perdida en el placer que le estaban provocando las manos grandes y fuertes de Mitch en contacto con su cuero cabelludo.
Él tenía un tacto especial, seguro y suave a la vez, que ella consideró que habría adquirido cuidando de los caballos.
Mientras le enjabonaba la cabeza le rozó el cuello y los hombros, lo que provocó en ella leves estremecimientos.
Después, enjuagó el cabello de Haizea con una palangana llena de agua limpia.
En el proceso, él se había mojado la camiseta interior de tirantes, que se le pegaba al cuerpo y marcaba su estupenda anatomía.
Ella lo miraba con deseo. Mitch se percató de ello, pero todavía estaba disgustado y se resistía a bajar la guardia.
—Es que, a veces, me aburro sin hacer nada y necesito estar ocupada.
—Lo sé, lo sé. Estás acostumbrada a tener un trabajo y aquí no lo puedes tener —resopló él.
Ella se dio cuenta de que tenía delante al hombre más comprensivo y cabal del planeta y sintió que lo amaba con toda su alma.
—¿Se te pasa el enfado? —preguntó con ternura.
—No —gruñó él, sentándose enfrente—. Es que me has asustado mucho.
—Vale, lo entiendo. No volveré a hacerlo. He sido una…
—Una inconsciente.
—Que sí, gruñón —dijo haciendo un mohín.
Él la miró sintiendo cómo sus defensas caían sin remedio y ella lo percibió al instante.
—Creo que me falta algo por lavar —susurró Haizea mientras estiraba la pierna para alcanzar el pecho de Mitch y acariciarlo con los dedos de los pies.
—Ah, ¿sí? ¿Qué? —preguntó, intentando mantenerse serio.
Ella separó los muslos, señaló entre sus piernas y él, sin dejar de mirarla a los ojos, metió las manos en el agua y la lavó sin la esponja.
Cuando comenzó a gemir, Mitch no pudo contenerse más. Paró y, desnuda y mojada, la tomó en brazos para llevarla a la cama sin mediar palabra. No se detuvo hasta hacerla sentir blanda y temblorosa.
—¿Esta ha sido nuestra primera pelea? —preguntó Haizea, posada sobre el cuerpo desnudo de Mitch, que yacía exhausto sobre la cama revuelta y mojada.
—Puede —sonrió él sin dejar de acariciarla y de darle besos en el rostro, el cuello y los hombros.
—Entonces deberíamos enfadarnos más a menudo.
—No, no quiero enfadarme contigo, cariño —musitó él.
—Yo tampoco —susurró ella, colocándose a horcajadas sobre sus caderas.