XX
Dopamina
Tener sexo con alguien que te besa bien, con ganas, como si estuviera muriéndose de hambre, es algo de otro mundo, pensó Haizea mientras intentaba regresar de la nube de placer que tras un orgasmo embota los sentidos.
Ambos estaban sofocados y no podían dejar de mirarse y sonreír como un par de idiotas. Mitch la besó con ternura en la frente y ella lo abrazó haciendo que él inspirase con fuerza.
—¿Vamos a ser valientes, por fin? —susurró Mitch.
Haizea elevó el rostro y lo miró extrañada.
—¿A qué te refieres?
—A si podemos poner nombre a esto que nos está pasando y que a mí me parece maravilloso.
Ella se incorporó para observar el rostro de Mitch.
—Soy una cobarde y ahora mismo estoy dopada y no puedo pensar con claridad.
—¿Dopada?
—Hacer el amor produce un montón de sustancias químicas que llegan al cerebro y hacen que nos sintamos muy bien. Si tengo que ser sincera, hasta me da miedo lo bien que me encuentro.
Él se puso serio al escuchar sus palabras.
—¿Tienes miedo de mí, cariño? —preguntó Mitch con ternura.
—No. —Rio ella acariciándole el pecho—. Tengo miedo de mí misma, de perder el control porque siempre que ocurre me entra el pánico. Y contigo siempre me pasa. Soy un desastre y me aterra acabar teniendo que recoger mis propios pedazos.
—Y a mí me encanta que lo pierdas y ver cómo te peleas contigo misma —dijo besándola con suavidad al ver que ella se emocionaba y suspiraba con fuerza tratando de no llorar—. Haizea, yo no voy a engañarte ni a mentirte.
—No puedes prometerme eso. Lo que no quiero es volver a preguntarme qué es lo que siente alguien por mí. Tampoco quiero rogar tiempo a nadie.
—Sí, sí que puedo, cariño.
—¿Y si arruinamos nuestra amistad?
—No, no lo haremos.
Él la contemplaba y Haizea no podía mantener la vista fija en la suya, la abrumaba lo que Mitch le hacía sentir. Al final lo miró sin poder evitar las lágrimas
—¿Y puedes darme tu palabra de que no tendré que compartirte con nadie? Porque no estoy dispuesta a hacerlo.
—No vas a compartirme con nadie. No temas. Soy tuyo, solo tuyo —murmuró rozando su cuello con sus labios—. Y todo lo que ves es tuyo, es solo para ti.
Haizea tomó el rostro de Mitch entre las manos, lo besó muy profundo y él le correspondió hasta que a ninguno de los dos le quedó aliento para continuar.
Volvieron a hacer el amor más despacio. Él salió con lentitud, la abrazó y ella se aferró a los músculos tensos y duros de su espalda. Aliviados por fin, se miraron fijamente acariciándose en silencio.
Haizea notó cómo le temblaban las piernas mientras Mitch la contemplaba.
Parecía hacerlo como si pudiese ver el fondo de su alma.
Ella sintió aquellas mariposas en el estómago de las que tanto había oído hablar, y que jamás había experimentado hasta entonces, y sonrió. Poco después, el sueño los venció.
Al amanecer, él abrió los ojos primero y observó a Haizea, que permanecía dormida, y se quedó conmocionado al darse cuenta de lo mucho que la amaba.
Ella se despertó poco después, respiró hondo y, nada más verlo, sintió unas ganas enormes de encontrarse de nuevo envuelta entre los fuertes y acogedores brazos de Mitch, así que se acurrucó en ellos y cerró los ojos. Él la apretó contra su cuerpo.
—Buenos días. ¿Estás bien? —susurró él.
—Sí, de maravilla. ¿Y tú? —preguntó ella mirándolo con una gran sonrisa.
Haizea acarició el rostro de Mitch con suavidad, lo que provocó en él un suspiro de felicidad. A sus cuarenta años ya manifestaba el paso del tiempo con finas arrugas de expresión, pero eso lo hacía incluso más atractivo.
—Tienes un par de canas en la barba. Aquí y aquí —señaló ella. La barba castaña raspaba sus dedos.
—No me miro mucho en el espejo. No me preocupa envejecer. Eso es que estoy vivo.
Y Haizea pensó en el idiota de su ex, que se depilaba el pecho, se teñía el pelo y en lo mucho que le preocupaba tener entradas, y se dio cuenta de que aquel mes pasado con Mitch había sido mucho más importante que todos sus años con el egocéntrico de Derek.
—Es un síntoma de salud y de que no eres un idiota —rio ella.
—Eso es —susurró él sobre su boca antes de volverla a besar.
El corazón comenzó a latirle con fuerza nada más sentir los labios de Mitch sobre los suyos. Para él los besos de Haizea tenían el poder de curarlo y devolverle la alegría y la esencia de lo que fue. Él gruñó sin querer ni poder dejar de besarla.
—Me encanta que seas tan ruidoso —gimió ella.
—¿Ruidoso yo? —preguntó ronco.
—Sí, haces unos gruñiditos y unos gemidos muy graciosos.
—¿Graciosos? Se supone que deberían excitarte, no hacerte gracias —sonrió él.
—Las dos cosas, mi amor —dijo ella enredando los dedos en su pelo.
—¿Qué acabas de decir?
—Que me gustan y me hacen gracia tus gruñidos.
—No, eso no. Lo otro —susurró sin dejar de mirarla.
—Mi amor —dijo ella en voz baja.
—Pensé que no me lo ibas a decir nunca, cariño —jadeó mientras se giraba para posarse sobre su cuerpo.
Justo antes de que sus sentidos se nublasen para perderse en el placer que él le daba, Haizea consideró lo extraño que era enamorarse.
El amor no lo podemos planear ni comprar, no se puede controlar ni evitar ni fingir.
Por eso es tan misterioso e inexplicable y nos hace tan felices cuando aparece y tan desdichados cuando se va.
—Te deseo tanto… —lo oyó murmurar mientras la cabeza de él se adentraba entre sus piernas.
—Uhm… No te cansas. —Rio ella cerrando los ojos.
—¿Cuándo se ha calmado la sed con un solo sorbo? —jadeó contra la blancura de su muslo.
«Cómo iba a saber que me daría un vuelco el corazón cada vez que sus dedos rozasen mi piel», pensó justo antes del orgasmo.
Se equivocó al decirle a Saioa que le daba pereza comenzar una nueva relación, porque para ella contarle cosas que para Mitch eran nuevas, dejar que él descubriera sus gustos y hacer planes tontos y simples, era lo mejor.
Le parecía extraño, como si jamás hubiese estado enamorada antes.
O tal vez fuera eso, que nunca lo había estado.
A Mitch le ocurría algo muy parecido. Siempre había pensado que le costaría mucho volver a dejarse llevar.
Se había acostumbrado a estar solo, a ser huraño, pero se descubría emocionado al verla sonreír al despertar y al apretar su mano al caminar.
Quería desayunar junto a Haizea el resto de su vida porque ella le había arrancado la soledad de su corazón.
No necesitaba palabras; solo una mirada y ya la comprendía, porque ella era transparente en sus expresiones.
Y se dio cuenta de que sentía devoción por su risa contagiosa y que, al notar su presencia y escuchar su respiración, su cuerpo reclamaba el de ella como un lugar sagrado.
Era como si todo su ser obedeciera a cada movimiento de Haizea.
Ella amaba su preciosa sonrisa torcida, la piel curtida por el sol, los dedos callosos del trabajo duro en el rancho y su forma suave de preguntar si podía cuando ya le estaba desatando la blusa mientras miraba su boca con codicia.
Él amaba la forma en que Haizea arrugaba la nariz al reírse de sus chistes tontos o cómo fruncía el ceño cuando se concentraba. Y sabía que el lugar favorito de ella era ese hueco entre su hombro y su cuello donde descansaba la cabeza después de hacer el amor.
Se hizo habitual que Mitch preparara los espaguetis con albóndigas descalzo y Haizea, la tortilla de patatas mientras canturreaban. Pronto se dieron cuenta de que se trataba de querer y desear estar juntos, y no de tener que decirse «te amo» todo el tiempo.
Se habían acostumbrado el uno al otro con tanta facilidad que les resultaba extraño cuando se paraban a pensarlo. Jacob decía que formaban el tándem perfecto y ellos negaban con la cabeza sonriendo avergonzados mientras se abrazaban.
—Los chismosos del pueblo opinan que ha sido un braguetazo por mi parte.
Siguen pensando que tú eres una rica heredera europea y que yo me estoy aprovechando para poder quedarme con todo, ¿no es así, Jake?
—preguntó Mitch, lo que provocó carcajadas en Haizea, mientras compartían una merienda-cena con los Horn en la parte trasera de la casa.
—En efecto —sonrió Jacob.
—Al menos ya no harán más conjeturas acerca de qué tipo de relación tenemos —dijo ella sentada a la mesa.
—Creo que siempre la dieron por segura. —Rio Mitch sin dejar de acariciar la cintura de Haizea con un lento roce de sus dedos—. Pero seguirán hablando. Ya lo creo que lo harán.
—¿Sabéis cómo supe que teníais algo? —dijo Cindy sonriendo a Jacob con complicidad—.
Fue el día de la cena, cuando os vi interactuar.
Las parejas tienen un lenguaje propio, gestos que solo ellos conocen, y vuestro código era muy intenso.
Cuando en el gabinete hacemos terapia de pareja, casi siempre sabemos los que van a poder continuar: los que conservan esa comunicación sin palabras.
Cuando os vi por primera vez, erais como esos amantes clandestinos que callan en un lugar lleno de gente, pero cuando uno de ellos dice una tontería o cuenta un chiste el otro se ríe más que nadie. La complicidad os delató.
—Yo comprendí que este estaba tonto perdido porque no podía dejar de mencionarte por cualquier motivo sin ninguna razón —dijo Jacob a Haizea.
Mitch asintió dando una palmada cariñosa en la espalda de su amigo y recordó que hubo un tiempo en que ni siquiera se paseaba por el pueblo para no tener que responder a preguntas o miradas incómodas, y que fue eso lo que lo aisló hasta llevarlo a la depresión.
—Pues en esa cena aún no teníamos nada —aclaró Haizea.
—Pero ya estabais juntos —reflexionó Cindy.
Ambos asintieron sonrientes.
—Si a ti no te importa que hablen, a mí tampoco —dijo Haizea antes de darle a Mitch un beso muy tierno en los labios.
—Ya no —susurró él mirándola con dulzura.
—¿Sabes lo que se dice en el Euskadi acerca de la vida en los pueblos? —Mitch negó con la cabeza—. Herri txiki, infernu handi, que quiere decir: pueblo pequeño, infierno grande.
Y los cuatro se echaron a reír.