XIX
Slow burn
La impaciencia los arrastró al mismo hotel donde ya habían pasado una primera noche juntos sin tocarse. A Haizea, Mitch le pareció más alto, más fuerte e imponente plantado junto a la puerta del dormitorio.
—Bueno… Parece que ya estamos solos, Elorrieta —dijo él.
—Pues sí. —Sonrió nerviosa. Era devastador verlo allí y saber cómo habían hecho el amor apenas cuarenta y ocho horas antes. Enseguida se quedó atrapada por su mirada cálida, dulce y amable—. Creo que… una copa nos sentaría bien.
Miró a su alrededor y, tras dar con el minibar, Haizea se puso a rebuscar.
—A ver… vodka, pastís… —Mitch frunció el ceño—. Y champán francés.
—Eso está mejor.
—Los vasos y copas están… Mira, aquí —apuntó ella, alargando el brazo hacia un armario adyacente al minibar—. Creo que ya tenemos todo lo que necesitamos.
Sacó la botella de champán de la pequeña nevera e intentó abrirla, pero se le resistía.
—Trae —dijo él, tomando la botella de entre los dedos.
Al hacerlo, se acercó y le rozó la cadera sin querer. Ella no se apartó. Él sonrió sin dejar de mirarla, descorchó el champán y se dispuso a llenar un par de copas mientras Haizea intentaba serenarse.
Se fijó en las manos temblorosas de Mitch al servir la bebida.
También estaba nervioso, aunque intentaba no parecerlo.
Después, le tendió una de las copas rozándole la mano con suavidad.
Su tacto la incendió. Mitch le dio un sorbo al champán sin dejar de contemplarla.
Sus pupilas se abrieron, oscureciendo del todo sus preciosos ojos pardos.
—Está bueno —dijo ella, caminando por la habitación.
Él bebió y dejó escapar un murmullo ronco y lento en señal de asentimiento. Luego se chupó los labios y Haizea no pudo evitar anhelar con todo su ser esa lengua tan suave, cálida y húmeda sobre su cuerpo.
Se escrutaron mutuamente. Mitch se sentía extraño, con los nervios a flor de piel y los sentidos abrumados por la presencia de Haizea al otro lado de la habitación.
Ella estaba apoyada en la cómoda, junto a la ventana, dando pequeños sorbos a su copa.
Él se encontraba aún cerca de la puerta.
La cama, grande y con un ostentoso cabecero, estaba en medio del dormitorio, entre los dos.
Permanecían alejados, pero podían sentir el cuerpo del otro y el calor.
Por eso supieron que les estaba ocurriendo lo mismo, que podían notarse dentro de aquel cuarto a pesar de la distancia que los separaba.
Haizea admiró los fuertes brazos musculosos y quiso que Mitch la abrazara, que la apretara contra su pecho ancho y duro. Ansiaba volver a aferrarse a él y perderse en su calor y en su aroma.
La postura de apoyo sobre el mueble hacía que a ella se le pegara la camiseta de tirantes, marcando su cintura fina, la curva de su vientre y el contorno de sus pechos redondos. Se podían apreciar hasta sus pezones, erectos bajo la tela elástica que evidenciaba que no llevaba sujetador.
Haizea lo miraba y él no podía apartar los ojos de ella.
Ambos ardían. Mitch quería desnudarla, estrecharla con fuerza, acariciarla entera, olerla y saborearla mientras besaba cada centímetro de su cuerpo sin dejarse nada.
Sin embargo, estaba allí parado contemplándola casi sin inhalar, respirándola a ella.
El corazón le latía furioso en la garganta, en los oídos, en el vientre; en todos los lugares menos en donde debía.
—¿Me puedes servir un poco más? —pidió ella.
—Un poco solo. No quiero que te quedes dormida —dijo él, obsequiándola con una de sus hermosas sonrisas, a la vez que le rellenaba la copa.
Haizea le observó el cuerpo mientras sostenía la copa de champán recién servida.
La camiseta de cuello en pico le marcaba muy bien los hombros y el torso, en el que se adivinaban los músculos definidos, y permitía ver el vello que asomaba.
De repente, ella deseó acariciarlo, enredar los dedos en él y recorrerlo con la lengua, bajando hasta su vientre.
Con aquella imagen tan sensual en su mente, algo muy cálido y dulce, como una suave inundación que crecía y amenazaba con desbordarla, comenzó a propagarse en su interior.
Mitch le sostuvo la mirada de la forma que solo él sabía.
Ella se humedeció los labios casi sin darse cuenta, mientras sus ojos se abrían de par en par.
Su boca roja y húmeda permanecía entreabierta, tentadora.
Esa imagen lo perturbó de tal forma que notó cómo el cuerpo se le tensaba de deseo.
Ella apuró la copa, la dejó sobre la cómoda y volvió a mirarlo.
Su respiración se había vuelto más profunda y percibía cómo algo se derretía en su interior, igual que mantequilla fundida al calor.
Al sentir los ojos de Haizea fijos en él, Mitch dio un sorbo más a la copa sin apartar la mirada.
Se quedaron inmóviles, frente a frente, en silencio, sin dejar de observarse.
Ninguno de los dos parecía querer romper ese instante mágico previo al fuego.
Iban a arder si continuaban así, estaban seguros.
Ambos podían notar en el aire la terrible carga erótica que desprendían y que llenaba el espacio que los separaba, como electricidad.
Él respiró profundo, sintiendo cómo la impaciencia lo poseía. A su vez, Haizea se preguntaba qué estaría pasando por su cabeza, por qué no la tocaba ya. Podía percibir la respiración pesada llenando el ancho pecho de Mitch, subiendo y bajando acompasada. Ella también inspiró hondo.
—Tengo tantas ganas de ti… que no sé por dónde empezar —murmuró despacio, pronunciando cada sílaba.
Su voz le pareció como una caricia ardiente, muy suave y profunda, que la hizo estremecer.
No esperó más. Se acercó a Mitch sin dejar de mirarlo, con el corazón martilleándole en el pecho, sin pensar.
Él la aguardaba, mirándola maravillado. Cuando llegó frente a su cuerpo, los ojos de Mitch continuaban fijos en ella.
Su aliento agitado hizo que Haizea también comenzase a respirar deprisa.
—¿Y si empezamos por esto? —dijo, quitándole la copa de la mano.
La dejó sobre una mesilla, la que tenía más cerca, sin dejar de observarlo.
—Buena idea, cariño —susurró él, haciéndola vibrar.
Los cuerpos se fueron acercando el uno al otro, como a cámara lenta, a la vez, como dos imanes que se atraían sin remedio.
Las manos de Mitch alcanzaron el rostro de Haizea.
Le acarició las mejillas y, al hacerlo, rozó su boca.
El contacto de la yema de ese dedo hizo que ella dejara escapar un gemido tembloroso.
Ya no hubo marcha atrás. Él posó sus labios sobre los de ella muy despacio, como pidiéndole permiso.
Notó su aliento cálido y presionó con suavidad.
Entreabrió un poco la boca y contuvo la respiración; después la besó con fuerza, con mucha necesidad.
Su lengua entró reclamándola con un ronco jadeo.
Mitch sentía el pulso martilleando frenético en su pecho y algo cálido y familiar que se licuaba por todo su ser, hasta las entrañas.
Ella estaba ansiosa porque sabía lo que vendría después, porque sus cuerpos ya se conocían, y eso hizo que gimiera por anticipado de pura necesidad al sentir su sabor a champán en la boca.
El efecto de aquel beso salvaje y hambriento fue demoledor.
Se abandonaron a ese anhelo sediento mientras temblaban de ganas.
Ambos cuerpos respondieron de la misma manera a la saliva, al calor y a la respiración cada vez más agitada.
Mitch enredó los dedos en el pelo de Haizea, atrayéndola hacia él con fuerza, y se apretó contra su cuerpo, haciéndola gemir.
Las manos de Haizea se posaron en su pecho mientras las de él, posesivas y apremiantes, lo hacían en su cintura.
Él las fue bajando hasta el trasero a la vez que ella las deslizaba por su pecho hasta el abdomen, vibrando por anticipado al sentir cómo se humedecía sin remedio.
Se descalzaron, los zapatos golpearon el suelo y el ruido los hizo sonreír a ambos.
Haizea necesitaba con urgencia la piel desnuda de Mitch en contacto con la suya y comenzó a subirle la camiseta.
No le dio tiempo de hacerlo del todo porque él estiró de la prenda para sacársela por la cabeza mientras ella maniobraba con los pantalones para quitárselos.
Él respiraba con fuerza conteniéndose, dejándola hacer hasta que se los bajó con un par de tirones junto con los calzoncillos, para tirar de la ropa de Haizea sin conseguir nada de lo que pretendía.
—Espera… —jadeó—. Es un body y hay que soltarlo de… abajo.
—Ah… perdona —susurró azorado.
Los dos rieron y se relajaron de inmediato. Estaban demasiado excitados y nerviosos. Ella se soltó los vaqueros y se los bajó delante de los ojos de Mitch mientras sonreía.
—¿Ves? —dijo, tirando de los corchetes de la prenda—. Ahora sí.
—¿Puedo yo? —preguntó él.
Ella asintió y Mitch tiró con delicadeza del body ya suelto para dejarla desnuda por completo.
—Igualdad de condiciones. —Y rio con aquel sonido que a Haizea le parecía maravilloso.
Le ardían las manos, ansiosa por volver a tocarlo.
Él la miraba como hechizado. Ella se acercó, le posó los pechos sobre el cuerpo y lo hizo jadear.
Nada más sentir su tacto, Haizea inspiró con intensidad.
Se abrazaron con fuerza. Entonces Mitch la tomó en brazos y la aupó para llevarla hasta la cama, la posó sobre ella con delicadeza y se colocó encima de su cuerpo.
Chocaban en aquel frenesí potente, húmedo y caliente.
Haizea meneaba sus caderas pegando su vientre al de Mitch mientras él acompañaba el movimiento con cada nuevo embate.
Ella se estremecía sintiendo el ímpetu de aquel hombre y él se hundía resbalando, empujando, escuchando su erótica y ronca voz entrecortada y aquel sonido mojado de su carne jugosa recibiéndolo.
Ella se estremecía absorta en aquel placer y él se perdía en ella gruñendo, haciéndola resoplar y dejándola sin resuello.
El calor que emanaba de Mitch era tan intenso que Haizea se sentía encendida; él estaba ardiendo.
Por eso, en el momento en que tomaron conciencia de ello, ambos comenzaron a temblar sin control, como nunca.
Entonces la besó con una profunda necesidad para, de inmediato, gruñir y palpitar con fuerza.
Se pusieron tensos, rígidos, recogiendo cada uno el orgasmo del otro hasta que todos sus miembros volvieron a relajarse mientras permanecían unidos, con los ojos cerrados, casi sin aliento.